CAPÍTULO 20 COMIENZA EL PLAN
Mientras tanto, en la Isla de los Antepasados, la comida de los soldados se desarrolló como si se tratara de un funeral.
Mientras los hombres comían sumidos en un silencio sepulcral, intentando tragar los alimentos con evidente dificultad para seguramente tener algo que vomitar en el barco debido al previsible vaivén de las olas, las mujeres permanecían recluidas en la cocina.
Lejos de las miradas de sus compañeros, lloraban amargamente o mantenían la vista perdida en el vacío, atrapadas por los peores desenlaces posibles.
Y justo por esa dolorosa razón no habían querido acudir a la comida general, preferían llorarlo todo ahora, vaciar su dolor en la intimidad, para luego poder salir con ánimos renovados y entereza a la despedida definitiva en los muelles.
Solo Julia comía al lado de Ander. Su enorme responsabilidad institucional como reina y el vivo recuerdo de lo que Marcus le había confesado días atrás sobre cómo era realmente la naturaleza del hombre al que amaba, le impedía hacer lo que quería con desesperación, que era ordenar parar el ataque de inmediato.
En ese preciso instante, a ella le daba exactamente igual que el mundo entero saltara por los aires con tal de que quedara en pie esa isla secreta con los dos vivos y a salvo de sus enemigos.
Pero sabía perfectamente que, si obligaba a Ander a quedarse allí refugiado, él dejaría de ser él mismo; lo que ella más odiaba en su interior era, precisamente, esa implacable parte de guerrero.
Ander era un hombre sumamente cariñoso, atento y dulce, hasta que el peligro asaltaba el horizonte; en ese mismísimo instante se transformaba por completo en un soldado de hierro y le dictaba órdenes a la propia Julia como si fuera uno más de sus hombres en la hueste.
Pero entendía que ese soldado también formaba parte de su esencia, y acabar con esa faceta militar significaría destruirlo a él por entero.
Así pues, comió sumida en un absoluto silencio. No hubo muestras de cariño, ni esos toques juguetones que siempre los acompañaban allá a donde fueran; solo se respiraba una densa sobriedad y, en lo más profundo de su ser, un terrible temor a no volver a ver jamás al hombre que amaba.
Cuando el almuerzo llegó a su fin, todos los hombres se levantaron de la mesa y acudieron a sus respectivos puestos, dividiéndose según lo estipulado en la mesa de mapas: los once saldrían del puerto oculto entre las rocas, mientras que los veinte soldados de la guardia de Borandel lo harían desde el embarcadero de la playa abierta.
Aunque una vez en alta mar irían parte del camino juntos, navegando uno detrás del otro, este breve momento en tierra firme constituía la última vez que se verían frente a frente hasta que estallara la batalla.
Así pues, Ander se aproximó al capitán Enrique, le estrechó la mano sobriamente y le deseó una buena travesía, añadiendo la consigna de que la sangre derramada fuera únicamente la de sus enemigos.
Por parte de Enrique, este se limitó a sostenerle la mirada y a decirle un escueto:
—Buena suerte.
Aquellas palabras hicieron que el primer oficial torciera el gesto y girara la cabeza de golpe, mirándolo con evidente severidad: —Esta batalla dependerá enteramente de la preparación, no de la suerte.
Luego de la tensa despedida, Julia besó a su tío con profundo cariño y se fue de inmediato junto a Ander hacia el muelle de los once.
Las mujeres del asentamiento, por su parte, caminaban por los senderos de la costa firmemente agarradas del brazo de aquellos guerreros con quienes habían compartido cama durante los días anteriores o, en el caso de los veinte soldados de Borandel, la noche anterior.
Al avanzar por el camino, Julia miró profundamente sorprendida a su propio tío, el cual caminaba con paso firme y aire ufano llevando a una mujer diferente agarrada de cada brazo.
Cuando el contingente alcanzó finalmente el puerto oculto, se desató una despedida sumamente sobria y silenciosa, dominada por palabras de ánimo contenidas y besos sencillos llenos de incertidumbre de cara al futuro.
Julia se plantó con firmeza ante Ander y, tratando por todos los medios de mantener el tipo frente a la hueste, solo dijo con voz firme:
—Vuelve... o iré yo misma a buscarte. ¡¿Queda claro, soldado?!
Él asintió despacio con la cabeza y, rompiendo toda distancia militar, rodeó con sus poderosos brazos al auténtico amor de su vida.
En su mente, devolverle la fortaleza de Magnord era el principio de la larga penitencia que debía cumplir por habérsela arrebatado tiempo atrás; se lo debía por entero, tanto a su amor personal como a su legítima reina.
—Milady, me quedaré allí, limpiando y adecentando el lugar por si acaso decides venir a verme —le susurró Ander al oído con una ternura infinita—.
Pero ten por seguro que como no vengas tú, vendré yo mismo a buscarte.
Nada ni nadie en este mundo me separará de ti.
.. bueno, quizás Lourdes, pero solo por un breve tiempo.
Los dos rieron suavemente ante la ocurrencia en mitad de la tensión, lo cual hizo que Julia rompiera por completo su barrera de contención y se echara a llorar de golpe, totalmente desconsolada en sus brazos.
Ander tuvo que tragar saliva con fuerza varias veces para intentar pasar el espeso nudo que se le había formado en la garganta, pero aguantó la compostura lo justo para darle un último beso cargado de promesa y embarcar de inmediato.
En cuanto el barco pesquero soltó las amarras y comenzó a alejarse de la costa, las lágrimas acumuladas afloraron finalmente en los ojos de Ander, rodando por sus mejillas mientras contemplaba en silencio cómo la silueta de las mujeres se empequeñecía en la distancia.
La oscuridad iba llegando paulatinamente entre persistentes vómitos y la concentración absoluta de los hombres en los planes previstos.
El avance de las naves traía consigo el repaso mental de cada paso de la estrategia y, de manera inevitable, más vómitos entre la hueste afectada por el oleaje.
Ander les decía a los suyos que se hidratasen bien, ordenándoles con firmeza que bebieran agua, aún sabiendo perfectamente que lo hacían para volver a vomitar casi de inmediato.
Sin embargo, conforme pasaban las horas en alta mar, cada hombre iba acostumbrándose lentamente al implacable azote de las olas.
Contemplando el panorama de sus guerreros deslucidos, el primer oficial se dijo a sí mismo que, si lograban sobrevivir a esta peligrosa incursión, debían navegar muchísimo más en el futuro para acostumbrarse por completo al medio acuático, ya que su vida venidera se desarrollaría en un reino que dominaba los mares.
Mientras tanto, en el barco de Enrique, las risas crecían por momentos entre los soldados al ver a los once asomar la cabeza continuamente por la borda para echar la comida, la bebida y todo lo que tuvieran dentro del cuerpo.
Pero a medida que se iban alejando de la costa de la isla y la noche caía sobre el océano, los hombres de ambas naves iban agachándose más y más, adoptando una postura de alerta militar.
Una vez que la noche cayó por completo sobre las aguas, todos terminaron sentados en el suelo de la cubierta.
No era necesario meterse en la penumbra de la bodega aún, dado que si una galera enemiga de Frainord se aproximaba para atacar, esta tendría que portar luz obligatoriamente para navegar y se la vería desde muy lejos; de momento bastaría con mantenerse sentados y camuflados en la superficie, disfrutando de la fresca brisa marina.
Los once hicieron exactamente lo mismo en cuanto sintieron que ya no les quedaba nada más que echar por la boca. Los dos barcos pesqueros navegaron en línea recta, uno detrás del otro, manteniendo el rumbo fijo hasta que, llegada la noche cerrada, llegó el momento definitivo de separarse.
Enrique al oeste, con destino directo a la playa asignada, y Alan junto a los once hacia el este, rumbo a un destino completamente incierto, ya que debían buscar a ciegas un sitio por donde subir los escarpados acantilados o encontrar alguna otra playa oculta que fuese apta para el desembarco.
Entre los persistentes vómitos residuales y el terrible malestar general que causaba el viaje, Ander habló con Alan en un susurro cargado de evidente frustración:
—No me puedo creer que no sepáis si hay otra manera de desembarcar en Magnord.
Alan lo miraba fijamente a través de la densa penumbra, sin apenas ver nada del rostro del oficial, y le respondió con un marcado deje de ironía:
—A ver... Tenemos una tierra próspera y pacífica.
Salimos del puerto de Borandel, navegamos con nuestras redes las cuales no podemos arrastrar por el fondo debido a las rocas, así que lo hacemos siempre en línea recta en alta mar, sin ver la costa, pescando hasta llegar a una amplia playa, que también es nuestra.
Descargamos la mercancía en Magnord, que también es de nuestra propiedad, y luego hacemos exactamente el recorrido a la inversa para descargar en Borandel.
.. ¿Para qué demonios necesitamos buscar otra playa?
Ah, sí, por si algunos malnacidos nos declaran la guerra, matan de mala manera a nuestro rey y se apoderan por la fuerza de nuestra fortaleza, forzándonos a buscar otra forma de recuperarla.
Al escuchar aquel severo y justificado repaso, Ander agachó la cabeza y pensó para sus adentros: "Me lo tengo merecido por bocazas".
Alan, ajeno a los lamentos internos del frustrado oficial, cada cierto tiempo encendía con cuidado una vela de aceite y sal que el joven Tristán le había entregado antes de partir de la isla.
El ingenioso artilugio estaba cubierto por todos los flancos por una piel de ternera bien tensada, disponiendo únicamente de un pequeño agujero que apuntaba de forma estratégica directamente hacia abajo.