CAPÍTULO 19 BATALLA DE MAGNORD #2
—Si ese Alberto puede subirse a un árbol lo justo para mirar por encima de la empalizada, podría ver algo. Pero tened en cuenta que, si hubiera arqueros de Frainord apostados en las defensas, también podrían verlo a él, y eso significaría acabar con el plan entero.
Enrique miró a Carla con un deje desafiante, sintiendo cómo la presión aumentaba por momentos:
—¿No nos puedes dar una buena noticia? ¿O algo que al menos nos dé esperanzas?
Pero Carla se limitó a clavar en él su mirada imperturbable y a decir:
—Mi trabajo creo que consiste en saber todo lo que puede fallar, y el suyo, capitán, evitar los escollos.
Si quieren, con gusto dejaré de pensar en esto y me iré a jugar, pero creo que hay que tener todos los posibles contratiempos contemplados.
Quizás lleguen y Magnord esté completamente vacío, y con las puertas abiertas de par en par. .. ¿quieren que les diga eso?
Ander miró con dureza a Enrique, el cual, sintiendo el peso de la reprimenda, bajó la cabeza y se disculpó con la joven consejera de guerra:
—Perdonadme, mi señora... —rectificó de inmediato al recordar que a la niña no le gustaba en absoluto que la llamaran así, viendo la reacción de ella—.
Perdona... Carla. Es que ahora mismo tenemos los nervios a flor de piel.
Los planes que habías expuesto eran tan sumamente buenos que me hice ilusiones, olvidando por un momento que todo puede fallar.
Estaba animado, y el tío Ander y tú me habéis puesto en mi sitio, y eso. .. me ha bajado un poco la moral.
Al escuchar aquellas palabras, Ander no pudo evitar sonreír de medio lado y soltó:
—¿Ahora también soy tu tío? Ya tengo tres sobrinos, aunque uno de ellos es bastante mayor que yo.
—Cuidado, jovencito, tampoco tanto —replicó Enrique, tratando de encajar el golpe con humor.
Los dos soltaron una carcajada franca, pero la risa se les cortó en el acto tras ver los ojos castaños e inexpresivos de Carla, quien no había entendido la broma o, simplemente, no le había hecho ninguna gracia.
—Yo no confiaría el plan a Alberto. En sus manos queda, pero me fío de Elías, así que el plan sigue igual. Les deseo suerte.
Dicho esto, se dio media vuelta y se fue por donde había venido, caminando con el mismo paso pausado. Ander se volvió hacia Enrique y, en un susurro apenas imperceptible, le dijo:
—Te juro que la he visto reír, aunque creo que solo ha sido una vez.
Enrique le devolvió el susurro, asegurándose de que la niña ya estuviera lo bastante lejos:
—¿Cómo es posible que esa niña me aterrorice tanto? Vamos a una guerra y lo único que temo es defraudarla; creo que moriría con una sonrisa si con ello demuestro que su plan funciona.
—Pues tú no te has enfrentado a ella en combate —añadió Ander con una mueca de resignación—.
Jamás sentí mayor humillación en toda mi vida.
Y no ya por el hecho de ser derrotado, sino porque lo hizo parecer no solo fácil, sino que pasó a describirme minuciosamente la forma exacta en que moriría; una de ellas viendo cómo me desangraba por completo.
Usó una táctica que, desde luego, estoy deseando probar en combate.
Enrique le miró inquisitivo, esperando el desenlace, pero no dijo nada. Fue el propio oficial quien rompió el silencio:
—Me apuñaló un pie.
Enrique sonrió al principio, tomándoselo a la ligera, pero un segundo después pensó en todas las implicaciones reales que aquello tendría en mitad de una refriega, desde la imposibilidad absoluta de caminar o atacar, hasta quedar a merced del contrario sin poder huir, sabiendo que al final moriría desangrado en el suelo.
Su expresión se fue oscureciendo poco a poco ante la genialidad de la crueldad táctica.
—Ganemos esta batalla por nuestra sobrina —concluyó Enrique con solemnidad.
Pero Ander le miró arqueando una ceja:
—¡Eh! Es mi sobrina. A ti aún no te ha llamado tío Enrique.
Y los dos volvieron a sonreír, aunque esta vez con el miedo contenido de no reírse demasiado fuerte, por si acaso ella andaba todavía cerca.
El tiempo pasó, llegando la hora de comer entre estrategias y armas.
Ander le dejó claro a Enrique que si Elías decía que no había mucha defensa, y ellos no habían podido llegar a la playa bien por haber caído o bien por haber huido a Borandel, él tomaría con los once Magnord o moriría en el intento.
Enrique no pudo decir lo mismo. —Mis hombres son buenos hombres, pero nada que ver con los tuyos.
En el enfrentamiento vi claramente cuando todos los que señalabas vencían.
Si enfrentásemos a mis hombres contra los tuyos, caeríamos rápidamente aún siendo más numerosos.
Si no dais la señal, me retiraré a la noche siguiente.
El primer oficial agradeció la sinceridad.
Borandel siempre había sido pacífico, y por eso Calen pudo ganar todas las batallas sin apenas pérdidas; pero ahora el oficial se veía respaldado por un amplísimo ejército, de buenos hombres, pero que en definitiva eran campesinos armados.
En una confrontación real, podrían no llegar a asesinar a sangre fría, o ponerse histéricos y salir huyendo aunque vayan ganando.
Ander confiaría su vida a cualquiera de los diez hombres que le seguían, pero no se fiaba del mismísimo Enrique siquiera, el cual había luchado y seguía vivo, pero ¿había vencido? O había huido...
En Frainord llegaba la hora de comer. Mireia paseaba con Lidia sin dejar de mirarla y sonreírle:
—Estás espectacular, casi me da rabia haberte regalado ese vestido, estás más guapa que yo.
—Eso es imposible, mi señora. Su belleza rivaliza con la de los arcoíris o la de la naturaleza. Sus ojos son dos mares donde el simple hecho de mirarlos es perderse en ellos y desear ahogarse.
—Tengo ganas de besarte, Lidia, ¿puedo?
—Puede hacer conmigo lo que quiera.
Mientras Mireia besaba a Lidia, la sirvienta la rodeó por la cintura y su beso fue más apasionado de lo esperado, lo cual chocó a la soberana.
Pero por la cabeza de Lidia asomaba la duda; tanta amabilidad ya la había visto con Krista, y no cuadraba con la forma de ser de la reina.
Aunque le estaba encantando el día y su vestido nuevo, algo no cuadraba.
Mireia se separó de su boca e intentó leer su expresión, pero Lidia fue más astuta y mantuvo los ojos cerrados como embriagada por el beso, así que Mireia pensó: "Esta me va a costar más tiempo, la apuesta sube, eso me excita".
Una campana sonó; la comida estaba servida.
Sobre un mantel de lino debajo de una sombra en los jardines, estaban dispuestos los mejores manjares de la zona, todos ellos humeantes; la "nota" de la temperatura había hecho que el camarero y por extensión el cocinero entraran en pánico.
Lidia olió la comida esperando ver dónde se sentaba Mireia y dónde lo haría ella, pero por su cabeza pasó: "Aquí hay comida para varias personas, esto lo preparó anoche ya pensando en lo que haríamos hoy, vestido, paseo y comida.
.. ¿lo tiene todo preparado?". Y así era.
Con una sonrisa, la reina despidió al camarero y muy amablemente le dijo:
—No te preocupes, ya nos servimos nosotras, gracias.
El camarero solo asintió y se fue extrañado. Luego la reina se sentó ayudada por Lidia, la cual retiró la silla y luego la acercó.
—Muchas gracias, Lidia, qué sería de mi sin ti.
Por la cabeza de Lidia pasó: "Pues hubiera dejado al camarero, o contrataría a otra Marian". Pero dijo. —Siempre feliz de servirle, majestad. Hoy ha sido un día muy especial para mí.
—Y todavía no ha acabado —dijo la reina siempre mostrando una sonrisa, y mostrándole una silla cercana a ella.
A Lidia le extrañó que no se sentaran una enfrente de la otra, pero con la reina no se opinaba, se obedecía y punto. Cuando se sentó, Mireia le acarició el muslo:
—Lo suyo hubiera sido que te hubieras puesto enfrente, pero después de lo de ayer... jamás de los jamases me había sentido tan vulnerable delante de nadie. Siento que... es una tontería, déjalo.
—No, por favor, mi señora, continúe.
—Que... podemos ser algo más que lo que somos. No solo compartir el placer, también los sentimientos. Siento que puedo hablar contigo de cualquier cosa, no sé lo que siento... ¿quizás es... amor?
Lidia sonrió, y fue a besarla. Mireia deslizó la mano debajo del vestido de esta y notó que estaba seca, lo cual la molestó, pero solo la besó usando más lengua, intentando calentarla, lo cual fue relativamente fácil.
Lidia dudaba de Mireia, pero era una joven sexualmente muy activa y su capacidad para humedecerse era muy fácil; con solo el tacto de la mano de la reina, y notar su lengua en la boca, su sexo se humedeció haciendo que Mireia diera la batalla por ganada.
Pero ahora era el momento del sufrimiento o la espera. Jugó con el vello púbico de esta mojando todo, enmarañándolo y volviéndolo una masa, acariciando como por error sus labios internos y haciendo que incluso el vestido se mojara. Luego se alejó como sorprendida:
—Perdona —dijo la reina—. Tendrás hambre, es que no sé qué me haces que no me puedo controlar —dijo señalándose los pezones, los cuales se marcaban visiblemente a través del vestido y de la seda fina que los cubría delatándolos duros y tensos—.
Es que me pones... muy nerviosa y solo quiero arrancártelo todo.
Cuando Lidia fue a contestar:
—Pues vayamos...
La interrumpió:
—No, comamos antes, tenemos todo el tiempo del mundo. Ya te digo que no quiero que esto sea como siempre, eres algo más para mí.
Dijo observando en Lidia el deseo. Al haberla dejado caliente, ya mojada y haberla detenido, ahora era Lidia quien deseaba a Mireia y ella lo sabía.
Luego, con su obsesión siempre presente, olió el flujo que emanó la sirvienta en sus dedos, lo cual la hizo mojarse ella también, y metiéndolos en la boca de Lidia le agarró la mano y le dijo:
—Comamos rápido, porque mira cómo me has puesto tú a mí.
Y deslizó la mano de la sirvienta hacia su sexo.
Lidia intentó meter los dedos o acariciar el clítoris desatando el ardor en la reina, pero esta gimió calentando más a la sirvienta y luego alejó la mano de la lavandera, no sin antes deleitarse con su propio olor y luego degustar sus propios fluidos.
La miró a los ojos, volvió a besarla y dijo:
—Comamos, ya te comeré luego.