A SUS PIES CAPÍTULO 19 BATALLA DE MAGNORD
81%

CAPÍTULO 19 BATALLA DE MAGNORD

Mientras tanto, en la Isla de los Antepasados, el amanecer trajo consigo el día previo al asalto.

La atmósfera del asentamiento se transformó por completo, dominada por un ajetreo constante de preparativos de guerra y despedidas silenciosas cargadas de incertidumbre.

Toda la actividad se concentró en los muelles de la costa, donde los carpinteros y marineros trabajaban a marchas forzadas para modificar los dos barcos pesqueros de Alan.

Las naves debían adaptarse de forma estratégica para albergar de manera encubierta a los contingentes: una de ellas transportaría a los veinte hombres de la guardia real, mientras que la otra llevaría a los doce integrantes del flanco occidental (Los Once veteranos junto al propio Alan).

La principal prioridad era el camuflaje estratégico; debían asegurarse de que, en caso de que alguna galera de patrulla de Frainord los avistase en alta mar, no descubrieran el acero que transportaban.

Para ello, dispusieron un entramado de gruesas redes de pesca cargadas de aparejos sobre las cubiertas, destinadas a ocultar las escotillas.

Bajo ellas, los soldados viajarían completamente agazapados y ocultos en la penumbra de las bodegas, listos para ejecutar un ataque sorpresa si eran abordados.

Además, se afanaron en agrandar y reforzar la superficie de las velas principales, cosiéndoles paños adicionales de lona para ganar la máxima velocidad posible y aprovechar el viento del norte.

Tampoco descuidaron el avituallamiento; cargaron abundantes provisiones de agua dulce, cecina y pan de centeno, conscientes de que tanto Alan como el navegante experto de la guardia real de Enrique tendrían que pasar un día entero custodiando las embarcaciones a la deriva en un punto seguro en alta mar.

Una vez terminadas las labores en el muelle, los hombres se reunieron de nuevo alrededor de la mesa de mapas para repasar los pasos definitivos de la incursión. Para fijar la estrategia en la memoria colectiva, repasaron minuciosamente los puntos cruciales que componían el plan de los once:

Desembarcar en las playas asignadas bajo el amparo de la noche.

Esconder las armaduras pesadas y el acero entre la maleza, manteniéndose ocultos en el bosque.

Elías se adelantará en solitario para vigilar y otear el interior de la fortaleza.

Si todo va bien y el perímetro está despejado, el contingente del este comenzará la tala haciendo el mayor ruido posible y gritando con fuerza: "¡Árbol va!".

Esperar a que salga la primera patrulla reglamentaria desde Magnord para investigar el jaleo.

Fingir una huida hacia la espesura para emboscarlos y acabar con ellos en mitad del bosque.

Continuar con el engaño gritando desde la distancia: "¡Muchas gracias, muchas gracias!" y "¡Árbol va!", simulando que la patrulla les ha permitido seguir trabajando.

Provocar la salida de la segunda patrulla de la fortaleza debido a la tardanza de sus compañeros.

Ejecutar la entrada silenciosa del contingente del oeste por el flanco desprotegido.

Neutralizar de forma limpia a los arqueros de las almenas y a los pocos soldados que queden en el interior.

Atacar desde dentro y por la espalda a la segunda patrulla que permanece atrapada en el bosque a merced de los leñadores.

Al terminar de enumerar los once pasos, todos los soldados de la explanada asintieron con rostros severos y decididos, completamente preparados para la acción.

La partida se ejecutaría esa misma tarde, aprovechando la marea, con el objetivo de navegar durante el crepúsculo y alcanzar las costas enemigas en mitad de la noche más cerrada.

Las órdenes de contingencia dictadas por los generales quedaron grabadas a fuego en la hueste: si algo iba mal durante la travesía en el mar, la orden ineludible era virar los timones y huir de inmediato en dirección este, hacia Borandel.

Si la complicación surgiera una vez hubieran tocado tierra firme, no habría margen para la duda: tocaría luchar a muerte con todo el acero disponible.

Y en caso de tener que ejecutar una retirada de emergencia en los barcos pesqueros, el rumbo de navegación sería siempre hacia Borandel; jamás, bajo ningún concepto, se debía guiar a ninguna nave enemiga de regreso a esta isla secreta para proteger la vida de las mujeres y los niños.

Sin embargo, el plan también contemplaba la prudencia.

Si Elías ejecutaba la vigilancia y avistaba un contingente excesivamente numeroso en los muros, o si simplemente no veía segura la aproximación, la incursión se daría por cancelada al atardecer.

Quedó establecido de forma estricta que, si el sol terminaba de ocultarse en el horizonte del día del asalto y nadie había comenzado la tala ruidosa en el bosque, se ordenaría la retirada inmediata de todas las tropas de vuelta a los botes.

El destino de Magnord se decidiría en las próximas horas.

Los líderes almorzaron con un nudo en el estómago, conscientes de que apenas faltaban unas pocas horas para embarcar.

El ambiente estaba cargado de una tensión silenciosa, la propia de quienes saben que se dirigen hacia un punto de no retorno.

Alan y el experto navegante de las tropas de Borandel ya lo tenían todo dispuesto en los muelles; los dos barcos pesqueros habían sido preparados minuciosamente y el arsenal completo permanecía a buen recaudo bajo el camuflaje de las redes.

No se habían limitado a esconder las armas de mano de los soldados; en las oscuras bodegas también descansaban ballestas, arcos y grandes cajones con toda la munición necesaria para afrontar un asedio si la situación lo requería.

A cierta distancia del ajetreo, el capitán Enrique conversaba con Ander.

El rostro del capitán reflejaba un evidente cansancio; sin duda, la falta de sueño y las mujeres de la noche anterior le habían pasado una dura factura, pero lograba disimularlo con esa imponente postura militar que mantenía de forma estoica.

—Parece que si todo va bien, nuestras bajas serán nulas —comentó Enrique, tratando de insuflar algo de optimismo.

Sin embargo, Ander, recordando a su mentor, torció el gesto y corrigió al capitán con voz severa:

—En una batalla siempre hay bajas, procuremos que las nuestras sean menores que las de ellos y podamos hacernos con el control de Magnord.

Justo en ese entonces vio a Carla que llegaba desde lejos. Su expresión era tan fría como la de siempre y no demostraba ninguna urgencia, así que Ander volvió la vista hacia Enrique que volvió a hablar:

—El plan es casi perfecto, sin duda yo haría lo que la niña dijo, y perdería, si viera que alguien inofensivo entra en mi territorio, enviaría una patrulla pequeña para echarlos o incluso matarlos, pero si tras desaparecer oyera que se ponen a hablar mandaría otra con órdenes más contundentes, no miraría al otro lado, pensaría que quizás se conocen o algo, así Magnord se despejaría por el otro flanco.

Ander, que recordaba lo que Calen le decía siempre, estaba dispuesto a que las cosas salieran mal:

—¿Y si Elías no consigue ver a todos los que hay dentro y cuando empieza el ataque salen de dentro de las casas y su número se multiplica?

¿Y si solo Elías ve a sesenta personas, el ataque sigue, o no?

¿Y si tras la empalizada hay solo 20 hombres, pero es porque está llegando el ejército y nos pillan en medio?

Pero entonces Carla, que estaba llegando, dijo:

—¿Y si cuando los barcos se dividen el suyo, capitán, es destruido y Elías ve pocos hombres?

Ander empezaría a cortar leña, pero no llegaría el ataque por el otro flanco.

Y además dependemos de saber si los once encontrarán por donde desembarcar al este de Magnord, quizás solo haya acantilados hasta muy lejos casi llegando a Borandel, y entonces, no llegarían a tiempo, ustedes se quedarían esperando una señal que no llega y a la noche siguiente se irían con el barco que llegaría a recogerlos y Ander con los once quedaría solo.

Pueden pasar muchas cosas, pero ahí busco su improvisación y su lealtad con el plan, si al primer escollo usted se da la vuelta eso pondría en peligro al otro equipo, por el contrario si los once no lograran desembarcar y no llegaran dándose la vuelta eso pondría en peligro a Enrique y sus diecinueve.

Los dos quedaron perplejos, pero al unísono le dijeron a Carla:

—¡Eso no pasará, jamás nos rendiremos si hay gente en peligro!

Pero Carla se limitó a decir:

—Eso espero, el plan es bueno, pero sin información, todos los planes pueden fallar, quizás lleguen, Elías no vea a nadie pero es porque están todos en el bosque escondidos y sean ellos quienes les hagan la emboscada.

Hay demasiados quizás, yo me metería de cabeza en la trampa, pero es que si yo pierdo solo mi orgullo sale herido, pero ustedes morirán, así que dependerán de sus propias decisiones allí, y repito todos los planes pueden torcerse o fallar estrepitosamente.

Tras unos segundos de silencio en el cual los dos líderes miraban el mapa como queriendo ver por dentro de este, Carla volvió a hablar:

—Por otro lado, capitán, ¿usted no tiene un rastreador o espía cómo el tío Ander?

Porque lo ideal sería tener información por los dos lados, aunque insisto, el plan solo funcionará limpiamente si ninguno es descubierto, así que si está seguro de tenerlo, quizás pueda tener información usted también, pero si duda de que puedan hacer el trabajo, es que no debería dejar que lo hicieran.

Enrique contestó:

—Quizás Alberto, pero...

Carla lo interrumpió de golpe, con una frialdad cortante:

—Si hay un "pero", no vale.

Sin embargo, Enrique no se dio por vencido y siguió argumentando:

—No, ya ha espiado con éxito en otras ocasiones. Aunque es arquero, su fuerte no se centra en el sigilo puro, sino en la distancia.

Carla lo sopesó por un instante y contestó, concediendo un pequeño voto de confianza: