A SUS PIES CAPÍTULO 18 MIREIA #2
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CAPÍTULO 18 MIREIA #2

Acto seguido, agarró uno de los glúteos de la soberana y lo separó con delicadeza, soplando con suavidad sobre su esfínter.

Aquella zona, que desde hacía muchísimo tiempo permanecía rígida y tensa, se contrajo al instante ante el estímulo húmedo.

Mireia levantó la cabeza de golpe sobre la almohada.

"¿Puede ser posible?", pensó para sus adentros, asombrada por la repentina vibración que recorrió su espina dorsal.

Tuvo el impulso inmediato de ordenarle que continuara, pero contuvo la lengua, resuelta a observar en qué extraña osadía desembocaba todo aquello.

Lidia mordió sutilmente la carne del glúteo y, guiándose por el cambio drástico en la respiración de Mireia, dedujo que debía seguir adelante.

Dado que últimamente "el dedo de Krista" se había convertido en su juguete favorito de entre las decenas de piezas que custodiaba en su baúl, la sirvienta centró allí toda su atención, lamiendo y soplando con extrema delicadeza el ano real.

Mireia se colocó a cuatro patas sobre el colchón y arqueó la espalda por completo, rindiéndose al estímulo.

Fue entonces cuando Lidia pasó a su sexo; sin embargo, mientras sus labios y su lengua estaban centrados en él, para su agujero favorito esta vez no utilizó ningún objeto artificial, sino que empleó su propio dedo para acariciar la zona oscura y sensible que rodeaba ese sitio, el preferido de la reina, aquel que tantas veces había contemplado siendo dilatado por el juguete.

La respiración de la soberana se elevó de golpe y los primeros gemidos auténticos comenzaron a brotar de la piedra áspera y fría que reinaba en Frainord.

Lidia también comenzó a calentarse de forma inevitable ante la sumisión de su señora.

Impulsada por el deseo, hizo algo que sabía perfectamente que Mireia agradecería: se introdujo dos dedos en sí misma, gimiendo al unísono con la monarca mientras acariciaba su propia entrepierna hasta extraer esos fluidos íntimos que tanto le fascinaban a la reina.

Acto seguido, acercó su mano húmeda a la nariz de esta, y Mireia aspiró profundamente aquel aroma carnal, embriagándose con la esencia.

Cuando Lidia comprobó que la soberana estaba completamente al límite, al borde del abismo, metió con decisión la punta del dedo dentro de ella.

El contacto directo la ayudó a alcanzar el primer orgasmo verdaderamente placentero que experimentaba en muchos días.

El alivio fue de tal magnitud que la reina, en un insólito gesto de gratitud, quiso devolverle el favor:

—Gracias, Lidia... ¿Podrías tumbarte tú ahora? Me gustaría dar placer y no solo recibirlo...

El día avanzó entre las sábanas, con las dos mujeres besándose y otorgándose gozo mutuamente y por igual, prolongando el encuentro hasta tal punto que Sofía, al otro lado de la puerta de madera, estuvo a punto de quedarse dormida del cansancio.

Cuando la pareja quedó finalmente extasiada tras tantos placeres compartidos, se acurrucaron unidas en mitad de la cama, adoptando la postura de la cucharita.

Fue en ese momento de absoluta intimidad cuando Mireia se permitió el lujo inédito de llorar en compañía de alguien, sintiendo el calor físico y el pecho de la sirvienta como un apoyo sincero contra su soledad.

Pasaron mucho tiempo recluidas en el lecho.

Hubo varios intentos por parte del servicio de palacio de hacerles llegar el desayuno a los aposentos, pero declinaron la oferta en cada ocasión.

Las respuestas de Mireia incluyeron palabras tan dulces que dejaron al camarero de la corte completamente anonadado:

—No, por favor... Estamos bien, gracias.

El sirviente miraba con extrañeza a Sofía, que continuaba sentada junto al umbral esperando pacientemente su turno.

La joven sirvienta abría las manos en un ademán de total desconcierto, sin saber qué demonios estaba sucediendo más allá de los gemidos encendidos que atravesaban la madera de vez en cuando; unos sonidos que solían detenerse tras un grito agudo de puro placer, seguidos de un largo silencio que volvía a romperse tiempo después.

Al llegar la tarde, la reina no pudo aguantar más la presión en su vientre y tuvo que acudir al baño de la alcoba, solo para descubrir con frustración que el orinal portátil no se encontraba en su sitio.

Salió del habitáculo con las mejillas coloradas por el apuro y se dirigió a Lidia con una media sonrisa:

—Me estoy meando de mala manera y no está el bacín... ¿Crees que Sofía seguirá ahí fuera esperando?

Lidia abrió los ojos de hito en hito por la sorpresa.

—¡Hostia, Sofía! ¡Rápido, majestad, métase otra vez en el baño!

La reina obedeció al instante, ocultándose de nuevo.

Lidia, manteniéndose totalmente desnuda y sin importarle su falta de ropa, entreabrió la puerta del pasillo con cautela.

Allí se topó con el rostro de Sofía, que mostraba una cara de muy pocos amigos mientras sostenía firmemente el orinal de madera y el balde de agua limpia en las manos.

—Perdona... —alcanzó a decir Lidia, arrebatándole los enseres de un tirón antes de cerrar el portón de golpe.

Corrió hacia el cuarto de baño y los colocó con presteza para que la soberana pudiera orinar.

El gesto de absoluto alivio y satisfacción que transformó las facciones de la reina al vaciar la vejiga le hizo tanta gracia a Lidia que no pudo evitar sonreírle a su majestad.

Mireia se rió abiertamente, devolviéndole la mirada a través de sus intensos ojos azules desde una perspectiva completamente renovada.

Aquella nueva dinámica le agradaba sobremanera a la monarca.

Sabía perfectamente que aquello no era amor real, pero intuía que podría convertirse en el estímulo perfecto que le permitiría volver a experimentar grandes orgasmos en el futuro.

Si en el pasado ya había sido capaz de enamorar perdidamente a la experta Krista, el reto de volver a conquistar el corazón de Lidia, aunque lo consideraba mucho más fácil, le encendía la sangre y la volvía a excitar de forma irresistible.

Lidia se despidió llegada la noche con palabras sinceras:

—Buenas noches, majestad. Espero haber podido ayudarla... desde luego, usted me ha ayudado mucho a mí.

Pero como respuesta recibió algo que la dejó completamente sorprendida:

—¿Podrías besarme? No pido mucho... solo un beso de despedida.

Lidia se acercó con cautela y besó tiernamente a la soberana, cuyos labios se abrieron con suavidad para permitir que ese beso fuese algo más íntimo y profundo. Luego, Mireia se separó despacio, manteniendo fijos sus ojos azules en ella.

—Sí, me has ayudado —admitió la reina—. Mañana te veré, ¿verdad?

—Por supuesto, majestad.

Lidia caminó de regreso a su casa, pero en su cabeza todo era un absoluto caos y una confusión terrible.

No se fiaba ni un pelo de la reina, la cual ya se la había jugado en tantas ocasiones en el pasado que se había jurado no volver a confiar en ella jamás.

Sin embargo, la semilla de la duda ya había sido plantada en su interior en cuanto notó las lágrimas sinceras de la soberana sobre el lecho.

A la mañana siguiente, en los pasillos del castillo, comenzó la jornada de trabajo.

—Sofía.

—Lidia.

—Hola, soy nueva por aquí, me llamo Marian. Hoy limpiaré con vosotras; me han dicho en las cocinas que me presente a Sofía.

Tanto Lidia como Sofía se miraron con evidente extrañeza.

A Lidia le pasó por la mente el temor de que quizás la hubieran echado de sus funciones en el castillo sin haberla informado previamente; pero, hasta donde ella sabía, aún estaba viva, por lo que no lograba comprender absolutamente nada de lo que ocurría.

Las tareas en la planta baja pasaron muchísimo más rápido de lo esperado.

Primero, porque al entrar en la habitación de sir Eduard, lo encontraron acompañado por otro hombre.

Supusieron de inmediato que se trataba de un soldado de la guardia, pero dada la desnudez en la que se encontraban ambos sobre el jergón, lo único de lo que pudieron estar completamente seguras era de que se trataba de un varón.

Tras advertirle discretamente a Marian sobre lo que le esperaría en el futuro con los abusos de Eduard, continuaron con el recorrido hasta alcanzar las habitaciones de la reina.

Lidia llamó suavemente a la madera.

—Adelante.

Cuando entraron las tres sirvientas a la alcoba, Mireia ya se encontraba completamente vestida y aseada.

—Ah, qué bien... Tú debes de ser la nueva. ¿Cómo te llamas? —inquirió la soberana paseando la mirada por la recién llegada.

—Me llamo Marian, mi señora —respondió la muchacha con una reverencia—. Permitidme decirle que es usted muchísimo más bella de lo que esperaba.

Al escuchar el cumplido, Mireia no pudo evitar que su mente retorcida volara de inmediato hacia la lascivia: pensó en cómo sería la anatomía de la nueva sirvienta estando totalmente desnuda, en cómo olería su flujo íntimo o el sudor de su piel tras el esfuerzo, en si manejaría la lengua con la destreza necesaria, en cómo se abriría su culo ante sus dedos o en la forma exacta en que gemiría de puro placer bajo su dominio.

.. Sin embargo, se auto obligó a contener sus impulsos y a centrar toda su atención en Lidia.

Su apuesta personal por volver a enamorar a la limpiadora era lo que, de momento, más le excitaba e intrigaba; necesitaba comprobar por sí misma que su poder absoluto para manipular las mentes ajenas seguía completamente intacto.

Esta vez quería llegar muchísimo más lejos en su juego psicológico: ¿sería capaz de lograr que Lidia matase a alguien por ella si se lo ordenaba?

—Oh, muchas gracias, Marian —respondió Mireia, modulando su voz con dulzura—. Lidia, te estaba esperando. Hice llamar a alguien más para las tareas del aposento porque quiero que me acompañes a dar un paseo por los alrededores.

Lidia miró de reojo a Sofía, y su sutil ademán lo decía absolutamente todo: "Ahí te quedas a solas con la nueva".

—Por supuesto, majestad —asintió Lidia.

Las dos mujeres salieron de la alcoba real mientras Sofía se hacía cargo de todo el trabajo de limpieza de la estancia.

Lidia caminaba cargando sus trapos viejos de fregar, por lo que la primera parada obligatoria que hicieron fue en el taller del sastre real.

Curiosamente, el artesano había pasado toda la noche en vela trabajando por orden directa de la soberana; utilizando la tela de un viejo vestido de seda de la propia reina, había confeccionado una prenda un poco más ajustada que le venía a Lidia como un auténtico guante, realzando sus curvas naturales.

Mireia se aproximó al oído de la limpiadora y le susurró con un aliento cálido que la hizo estremecerse:

—Estás preciosa... De verdad que me dan unas ganas locas de romper el vestido aquí mismo y devorarte entera, pero tengo planes diferentes para nosotras hoy, si no te importa. Quería tener un día normal, para variar. ¿Te parece bien?

Lidia se sonrojó al instante, sintiendo el tacto suave y lujoso de la seda rozando directamente sobre sus pechos.

Tras las palabras eróticas de Mireia, los pezones se le habían erizado con fuerza, mostrando de forma nítida a través de la fina tela la silueta redondeada de la areola y la dureza de las puntas.

—Sí... me encantaría, majestad —alcanzó a responder con timidez.

—Pues vamos entonces —declaró la reina, extendiendo su mano noble en el aire.

Lidia la agarró con delicadeza y, entrelazando los dedos, bajaron juntas a los jardines del palacio, donde las mesas ya estaban dispuestas y el desayuno preparado expresamente para dos personas.

Allí se sentaron a desayunar bajo el sol de la mañana.

La reina probó la infusión de hierbas y notó de inmediato que estaba un poco fría; levantó la mano con autoridad y, aunque por su cabeza pasó el pensamiento habitual de ordenar que azotaran al camarero por su incompetencia, de sus labios brotaron unas palabras inusualmente amables:

—Hoy la infusión no estaba muy caliente, pero el resto del servicio, como siempre, estuvo espectacular. Muchas gracias.

—De nada, alteza —respondió el sirviente, inclinándose aliviado.

Tras un largo paseo por los senderos floridos, compartiendo confidencias íntimas, confesiones del pasado y besos apasionados a escondidas de la guardia, el día comenzaba a tornarse mucho más dulce y llevadero al lado de Mireia.