CAPÍTULO 18 MIREIA
Mireia había hecho llamar a uno de los soldados de la guardia para que le proporcionara placer esa noche; sin embargo, por su mente solo desfilaba de forma obsesiva el gozo que una vez le había hecho sentir Krista.
Quién le iba a decir a ella, la soberana absoluta, que acabaría con la vida de la mujer que más deleite le había brindado en toda su existencia.
Mientras tanto, el soldado la penetraba de forma mecánica, interrumpiendo el ritmo con demasiadas preguntas absurdas que solo conseguían irritarla:
—¿Más rápido, mi señora? ¿Le agrada de esta forma? ¿Lo prefiere más fuerte? ¿No tan fuerte?
En las últimas ocasiones, la frustración de la reina la había llevado a sacar su juguete erótico predilecto, una pieza pulida a la que apodaba "el dedo de Krista".
Mientras se lo introducía por el ano, le ordenaba de malas maneras al soldado de turno, a la sirvienta o a quien estuviera presente en la alcoba que procediera a lamerle todo el sexo al mismo tiempo que ella se metía "el dedo".
Pero era inútil; aunque el acto concluyera en un orgasmo, aquello sucedía más por mera repetición física y frotamiento que por un placer real.
Krista la había dejado completamente vacía de sensaciones verdaderas; su forma de tratarla, esa manera experta de prolongar sutilmente la llegada del clímax, su delicado masaje vaginal.
.. todo en ella la satisfacía. Pero Mireia había ejecutado a su amante y, con esa muerte, sus placeres habían desaparecido de la faz de la tierra.
El soldado se encontraba ya al límite, a punto de derramar su simiente, pero la soberana ni siquiera estaba cerca de sentir nada. Furiosa, le ordenó detenerse y lo expulsó de la estancia con desprecio.
—¡Fuera de aquí, no vales absolutamente para nada! —le gritó con la voz cargada de veneno—. "¿Más rápido? ¿Más fuerte?". ¿Acaso tienes hombría? ¿Sabes usar la lengua al menos? ¡No, no sabes!
El soldado, completamente erecto y con las ganas contenidas a punto de estallar, abandonó la alcoba a toda prisa, preso del pánico; tuvo tanto miedo que incluso se dejó las ropas olvidadas sobre la alfombra de la estancia real.
La reina Mireia, quedándose completamente sola y conservando aún el dedo de Krista introducido en el lugar exacto para el cual había sido creado, lloró con profunda amargura hasta que el cansancio la venció y se quedó dormida en mitad de la penumbra.
Cuando amaneció, la llamada reglamentaria de Lidia al otro lado de la puerta la despertó de su letargo.
—Adelante —respondió la reina con la voz ronca, mostrando el rostro sucio y deslucido por las lágrimas de la noche anterior. El juguete descansaba sobre las sábanas de la cama, visiblemente manchado de heces.
Lidia y Sofía entraron en los aposentos con la cabeza baja y se dirigieron directamente hacia la zona del baño para sacar el orinal y reponer el agua.
Cuando salieron para comenzar con los aposentos, la reina se dirigió a una de ellas utilizando un tono de voz que sonó con demasiada educación para lo que era habitual en la corte:
—Sofía... ¿podrías encargarte tú de sacar los enseres del baño y dejar a Lidia a solas conmigo para que podamos hablar un momento?
Sofía se quedó completamente absorta y petrificada por la petición, pero reaccionó con presteza:
—Por supuesto, mi señora. Esperaré tras la puerta para cuando usted me requiera; no osaré llamar siquiera. Cuando desee que regrese a la estancia, tan solo hágamelo saber.
—Gracias —añadió la reina, mostrando una actitud que denotaba que estaba medio rota por dentro.
Sofía, atónita ante semejante muestra de cortesía por parte de Mireia, abandonó la habitación sintiendo que caminaba sobre una nube.
No estaba en absoluto acostumbrada a recibir ese trato tan humano.
Así pues, a pesar de que Eduard la había forzado físicamente aquella misma mañana (como hacía casi cada día), se sintió extrañamente feliz de no tener que satisfacer también las peticiones retorcidas y los juegos de la soberana durante esa jornada.
Lidia se aproximó lentamente a la cama, asumiendo con resignación que le tocaba una nueva sesión de sexo obligatorio.
Todo lo que un día lejano había llegado a sentir por la reina se había esfumado por completo del mapa; no solo había tenido que soportar el dolor de compartir a su soberana con todos los hombres y mujeres que Mireia deseaba, sino que la propia monarca la había compartido a ella con todos los soldados y cortesanos que le había venido en gana.
Con un gesto sumamente mecánico, Lidia comenzó a bajarse el vestido, pero la reina la contempló con evidente sorpresa.
—¿Qué estás haciendo? —le preguntó arqueando una ceja.
Lidia se sintió profundamente avergonzada y se subió la prenda a toda prisa, con las mejillas encendidas.
—Perdonadme, majestad... Pensé que... Lo siento de verdad.
Mireia, que se encontraba totalmente desnuda bajo las mantas, le indicó con un ademán:
—Sí, quítatelo igualmente para estar las dos en la misma condición... pero hoy no quiero hacer nada de eso. Dime, ¿podemos hablar?
Lidia sintió un miedo genuino ante aquella nueva faceta de la soberana que desconocía por completo.
Sabía perfectamente que la reina disfrutaba demostrando su poder absoluto mediante vejaciones y humillaciones hacia todos sus siervos; por lo menos, cuando actuaba de esa forma cruel, no se centraba únicamente en ella.
—Sí, mi señora... podemos hacer lo que sea de vuestro agrado.
Mireia apartó el juguete erótico manchado que descansaba a su lado, pero no pudo evitar llevárselo a la nariz para oler su propio interior en busca de algún rastro de excitación.
Sin embargo, entre el roce continuo de las sábanas que habían limpiado casi toda la superficie y la extrema sequedad del ambiente del ala norte del castillo, el objeto no desprendía el aroma esperado ni causó la más mínima reacción en su cuerpo.
—Quería hablar sobre... mí —confesó la reina con amargura.
Lidia no supo muy bien cómo reaccionar ante la confesión y guardó las distancias.
—¿Qué os ocurre, majestad?
—Pues que ya no soy capaz de sentir absolutamente nada en mis carnes —explicó Mireia con desesperación—. ¿Acaso no recuerdas lo bien que lo pasábamos juntas en el pasado?
Al escuchar la pregunta, la sirvienta recordó con nostalgia que, en efecto, hubo un tiempo muy lejano en el que se permitió el lujo de pensar que existía amor real entre ellas dos.
Incluso cuando tuvo que compartir el lecho con la llegada de Krista que aún siendo la veterana, nunca se había entregado a Mireia.
Lidia llegó a creer firmemente que formaban una pareja sólida o un trío bien avenido.
Pero después de aquello, todo cambió: la soberana comenzó a usarla como a un simple juguete sin alma, utilizándola como un agujero de carne para el disfrute de sus soldados de la guardia o para el propio deleite de Eduard.
Armándose de un valor inusual debido al miedo, Lidia se permitió ser sincera:
—Alteza... permitidme que sea franca con usted por una vez. ¿Tengo vuestro permiso?
Las facciones de Mireia se ablandaron por completo y, modulando la voz hacia el tono más suave y afectuoso que pudo conseguir, le respondió:
—Por supuesto que sí. Si hay algo malo en mi comportamiento, quiero saberlo de inmediato; solo así podré ver si tiene remedio. Al fin y al cabo somos amigas, Lidia... Habla conmigo sin ningún tipo de tapujos.
Por fortuna para ella, Lidia ya se conocía a la perfección ese cuento de la soberana, así que midió bien sus palabras y se limitó a relatar menos de la mitad de lo que verdaderamente pensaba:
—Hubo una época en la que estaba locamente enamorada de usted, mi señora.
Venía a estos aposentos con una ilusión desmedida solo por el hecho de verla, y usted me deleitaba saboreando cada uno de sus orgasmos a mi lado.
.. Era un tiempo verdaderamente feliz. Pero cuando ese maldito bastardo de Calen mató a Krista, usted se perdió a sí misma.
Imagino que mi señora estaba realmente enamorada de ella y su pérdida la destrozó por completo; debido a eso, su brillo se fue apagando.
Yo deseo hacer lo que sea necesario por usted, majestad, pero parece que todo lo que intento me sale mal.
En las últimas ocasiones me ha compartido con sus soldados y ya no hemos podido disfrutar de la intimidad como lo hacíamos antaño.
.. Así que no sé de qué forma puedo ayudarla a recuperar su sentir.
Mireia giró la cabeza con violencia hacia la almohada, pero en ese mismo instante sus facciones se transformaron por completo, adoptando una expresión puramente demoníaca mientras sus pensamientos se oscurecían: "¿De verdad esta estúpida cree que yo amaba a esa mujer?
¿Que ella me hacía feliz? ¡¿Yo amando a una simple limpiadora de letrinas? ! ¿Dónde demonios está mi puñal?".
Al estirar el brazo y no encontrar el arma (el puñal se había caído probablemente debajo de la estructura de madera de la cama o entre los ropajes del suelo), la reina enterró el rostro con fuerza entre las sábanas revueltas, ocultando su mirada asesina para no dar a conocer a la sirvienta el brote de ira y muerte que acababa de apoderarse de su cabeza.
Pero Lidia continuó jugándose el cuello. Comenzó a acariciar el trasero de la reina de forma pausada, sin que ella se lo hubiera mandado.
—Pero, majestad... si me lo permite, puedo intentar volver a hacerla sonreír —susurró la sirvienta con audacia.