CAPÍTULO 17 ¿SALIMOS? #3
El oficial pareció teletransportarse; en un parpadeo quedó tendido boca arriba en el jergón, con su pene completamente vertical apuntando hacia el techo.
La reina, que aún respiraba con evidente dificultad, se deslizó sobre él.
Sin embargo, no llegó a tocarlo con la piel; simplemente inclinó la cabeza y dejó que su larga cabellera comenzara a acariciarle el miembro.
Ander se revolvía entre las sábanas, frenético, sufriendo por la intensidad de unas ganas contenidas que rozaban la agonía.
En cualquier otra ocasión aquella caricia le habría parecido una delicia celestial, pero en ese instante exacto era una auténtica tortura oriental.
Julia lo miró fijamente y dejó escapar una risa cristalina. Sus ojos castaños emitían auténtico fuego, conteniéndose a duras penas para seguir provocándolo y pinchando su orgullo:
—¿Te ha gustado verme disfrutar con mi juguete?
Ander continuaba retorciéndose sobre el colchón. Por un instante, incluso le pasó por la cabeza la idea de terminar él solo recurriendo a la masturbación, pero la mirada divertida de Julia lo mantenía anclado a su voluntad.
—No es el momento para juegos, mi reina... Estoy muy a punto —rogó el soldado con la voz rota—. Quiero correrme ya.
Ella ignoró sus súplicas y continuó pasando sus mechones por el miembro, el cual palpitaba con violencia y se tornaba de un color rojizo debido a la acumulación de sangre.
Acto seguido, Julia ascendió un poco por su cuerpo, haciendo que uno de sus pezones rozara deliberadamente el glande hinchado.
El oficial soltó un grito de puro placer, arqueando la pelvis; le faltaba ya muy poco, tan solo un último empujón.
La soberana subió un poco más hasta que su rostro quedó a escasos milímetros del suyo. Metió la lengua en la boca de Ander, lamiendo sus labios con parsimonia y mordisqueándolos con suavidad.
—¿De verdad quieres correrte ya? —le susurró.
—Sí, por favor... No es que lo quiera, es que lo necesito —rogó él, despojado de toda altanería militar.
En respuesta, Julia le sujetó los brazos hacia arriba y se arrodilló directamente sobre ellos sujetándolos.
Con sus propias manos, se apartó el vello púbico, dejando todo su sexo expuesto y húmedo a la vista del oficial y a escasos centímetros de su boca.
Se agachó hacia un lado y cogió el juguete de madera pulida otra vez.
Ander intentó subir la cabeza para lamer su intimidad, pero la reina le plantó la mano firmemente en la frente para mantenerlo quieto.
Con una destreza envidiable, comenzó a deslizar la madera sobre su propio clítoris, el cual ya había vuelto a despertar pidiendo más guerra.
Gimiendo sin tapujos, Julia se contorneaba sobre la cara del soldado.
De repente, introdujo el juguete hasta el fondo de su anatomía y lo sacó con rapidez, arrastrando una cantidad enorme de flujo espeso que se había quedado retenido tras el orgasmo anterior.
Sin miramientos, restregó toda aquella esencia íntima sobre el rostro de Ander, quien sacaba la lengua con desespero para degustar con delicia ese sabor salado que tanto le fascinaba.
Poco después, la reina apartó el objeto y continuó la estimulación utilizando sus propios dedos. Mientras gemía de placer, le preguntó con la voz entrecortada:
—¿Qué prefieres? ¿Quieres correrte tú... o quieres que me corra yo primero para ti?
—Las dos cosas... No seas mala conmigo, de verdad que voy a explotar —suplicó el oficial, sintiendo cómo los sudores fríos le caían por la frente—. Solo un poco más, por favor...
Julia sintió que el clímax la reclamaba a ella también por segunda vez. Se colocó lentamente en cuclillas justo sobre el miembro erecto de Ander y, como si el tiempo se hubiera detenido en una cámara lenta, fue descendiendo con parsimonia hasta clavarse por completo en él.
Solo hizo falta una vez, pero para Ander fue más que suficiente.
Cuando la reina tocó fondo, un grito unísono y ensordecedor llenó la casa entera.
Fue en ese instante sagrado cuando ella comenzó a cabalgar sobre él con una violencia salvaje.
Perdieron por completo el conocimiento de lo que hacían, arrastrados por una marea carnal incontrolable, hasta que Julia cayó desplomada sobre el pecho de Ander justo en el momento en que llegaba el segundo orgasmo de él y el tercer clímax de ella.
Los dos se quedaron abrazados, completamente sin aliento en mitad de la penumbra, permitiendo que la densa semilla del oficial quedara sellada en el interior de la reina sin posibilidad de escapar.
Permanecieron en esa misma postura durante un largo rato, en absoluto silencio, hasta que la inevitable flacidez del soldado hizo que su miembro se deslizara hacia fuera por sí solo. El desprendimiento provocó que Julia experimentara un último espasmo de placer que la hizo estremecerse.
Ander, recuperando el aliento, rompió el silencio:
—No sabía que tuvieras esa mala hostia guardada... De verdad me has hecho sufrir demasiado. Y ese tipo de juguetes... Me has puesto a cien.
—Sí, lo necesitaba —confesó Julia, acomodando la cabeza en su hombro—. Esta noche ha sido sumamente... Joder, es que por mi mente ha pasado de todo.
Ander se incorporó un poco sobre el jergón, mirándola fijamente.
—Mientras no haya pasado Lucas por esa cabecita tuya, me vale.
Julia se mordió el labio inferior, guardando silencio. Ander abrió los ojos de hito en hito.
—¡¿Ha pasado Lucas?!
Ella soltó una carcajada limpia, disipando la tensión.
—¡Nooo! Pero... ¿Sabes cuando mencioné en la cena lo de imaginarme con Mónica y Rosa? Pues la mujer que verdaderamente ha pasado por mi cabeza todo el tiempo ha sido Lourdes.
Ander la contempló con los ojos abiertos de par en par, completamente estupefacto.
—Yo no tenía ni la más mínima idea de que tú albergaras esa clase de pensamientos.
Julia lo miró con ternura.
—Sabes que te amo, ¿verdad?
—Sí, y tú sabes que yo también te amo.
La reina desvió la vista hacia las sábanas revueltas, mostrando un sutil atisbo de vergüenza en sus facciones.
—Pues no son simples pensamientos, Ander... Son recuerdos reales.
El oficial la miró con una expresión completamente renovada. En su rostro no había el menor atisbo de asco o desaprobación; al contrario, la revelación hizo que su miembro comenzara a crecer y a endurecerse de nuevo bajo la sábana.
—¿Tú y Lourdes?
—Sí, ocurrió en Borandel —explicó Julia en voz baja—.
Yo ayudaba en las tareas de la lavandería y ella me mostró su juguete un día.
Yo le comenté que estaría muy bien tener uno propio, pero que, siendo una princesa de la corte, me moriría de la vergüenza si le pedía a un artesano que me lo fabricara.
Así que ella misma se encargó de pedirlo, me lo regaló.
.. y... bueno, luego me enseñó cómo debía usarlo.
Ander esbozó una sonrisa de complicidad. Julia, percatándose del gesto, lo miró con tono burlón:
—Cómo sois los hombres... Si te dijera que sueño con Lucas te sentaría como una traición, pero si te digo que sueño con Lourdes... ¡Mira qué cara se te ha quedado!
Ander soltó una risa franca.
—Pero es que eso es del todo normal, mi reina.
Cuando te imagino con Lucas... y créeme que me asquea profundamente solo pensarlo, me imagino cómo le chupas esa cosa descomunal que tiene y me entra el pavor de que él te pueda dar más placer que yo, o que termines por sustituirme.
Además, si te besara después, el sabor que me vendría a la boca sería el de su.
.. Buaj. Pero en cambio, si te imagino con Lourdes.
.. Cuando te beso después, el sabor que me llega es algo que, de no estar contigo, no me importaría en absoluto o incluso desearía probar yo mismo.
Así que... A ver, si llego un día a casa y te pillo en la cama con ella, mientras me pueda unir a la fiesta o después te queden ganas para mí, no sé exactamente cómo me lo tomaría ni lo que duraría el enfado.
Aún recuerdo la descripción que hiciste durante la cena y.
.. De verdad que casi acabo allí mismo en mitad de la plaza.
Julia se rió con ganas ante la sincera confesión de su hombre.
—Desde luego, si llego a casa y estás con ella, me echas de aquí para que no moleste y luego te quedas completamente saciada... Ahí sí que me lo tomaría muy mal. ¿Me explico?
—Sí, eres un hombre y, por lo tanto, tienes una mente sencilla —le espetó Julia con cariño—. La metes en un agujero femenino y, mientras se reduzca a eso, te vale. Pero... ¿Y si te dijera de hacerlo con Daniel? ¿A que eso ya no te gustaría tanto?
Las facciones de Ander se contrajeron al instante en un gesto de pura desaprobación, lo que provocó que Julia volviera a reírse a carcajadas.
—Por ti lo haría... Asqueado, pero te aseguro que lo haría.
Julia lo contempló con devoción. Se inclinó sobre él, le plantó un beso tierno en los labios y le aseguró:
—No te preocupes, mi oficial, jamás te pediría una cosa así con otro hombre. Pero lo otro... Lo de Lourdes es una historia muy diferente.
Aquella última frase fue el detonante definitivo. La sutil promesa encendió la llama de la lujuria en la alcoba una vez más y la noche volvió a comenzar entre las sábanas de lino ya empapadas.