CAPÍTULO 17 ¿SALIMOS? #2
—Espérame en tu casa, mi vida. Iré en cuanto pueda; voy a realizar una presentación de inmediato y salgo corriendo hacia allí. ¡David, vente conmigo! Quiero presentarte a alguien.
Los dos hombres salieron a toda prisa hacia las cocinas, dejando atrás a Julia en compañía de los dos únicos maridos fieles del contingente.
—Si queréis, puedo enseñaros dónde están vuestros aposentos para que descanséis —les ofreció la reina.
Sin embargo, los dos soldados prefirieron declinar la oferta, manifestando su intención de quedarse en la playa al cuidado de las galeras. Al quedarse sola, Julia, sintiendo una prisa acuciante y una intensa humedad entre las piernas, corrió decidida hacia su casa.
Mientras tanto, Ander y David corrieron literalmente por los senderos de la aldea hasta alcanzar las cocinas, donde el ambiente ya se encontraba verdaderamente caldeado.
Enrique tenía a una mujer sentada en cada uno de sus muslos y el resto de los soldados se encontraban en una situación idéntica.
El tono de la estancia había subido notablemente; las manos subían y bajaban por los cuerpos sin pudor alguno, palpando rincones íntimos que, de no haber una firme promesa de mucha más lujuria, no se estarían dejando tocar.
Ander alzó la voz por encima del bullicio, preguntando por el paradero de Daniel.
—Estará deprimido en algún rincón, como siempre —le respondió una de las mujeres, que en ese momento tenía una mano metida por dentro de su blusa, acariciándole el pecho con insistencia.
Ander prefirió no averiguar ni a quién pertenecía aquella mano. Otra de las presentes, que jadeaba visiblemente debido a los dedos que se movían por debajo de su vestido, alcanzó a balbucear entre suspiros:
—Mira en el... ¡ahhh!... en el almacén del fondo.
Ander deseaba salir de allí cuanto antes; su cuerpo le exigía estar ya a solas con Julia, pero sentía una profunda empatía y tristeza por la soledad que arrastraba Daniel.
Así pues, arrastró a David con firmeza, abriéndose paso entre los cuerpos entrelazados donde los densos aromas a sexo ya inundaban el aire de la estancia y los gemidos resonaban sin pudor ninguno.
Tras cruzar una pesada puerta de madera, allí encontraron a Daniel. Estaba sentado frente a una mesa baja con un pergamino de inventario entre las manos, revisando las existencias de la isla solo para mantener la mente ocupada y no pensar en su propia soledad.
—Daniel —dijo Ander, haciendo que el hombre se girara de golpe.
Acto seguido, hizo pasar a David a la habitación—.
Este es David, un buen amigo mío. ¿Por qué no le enseñas el lago de la isla?
Acaba de desembarcar con las galeras y no conoce los parajes que tenemos por aquí —añadió, guiñándole un ojo de forma cómplice.
Daniel dejó a un lado el listado y la pluma de ganso. En ese mismo instante, el gesto cortante y reservado que siempre llevaba encima se esfumó por completo de sus facciones, transformándose en un caballero sumamente atento.
—Sí, por supuesto —respondió Daniel, levantándose con elegancia—. Si me lo permite, señor, le enseñaré con sumo gusto los rincones más hermosos de esta isla.
David le devolvió una sonrisa sincera y respondió con suavidad:
—Me encantaría.
Ander contempló la escena y pensó para sus adentros: "Soy una casamentera brutal, de verdad que merezco una palmadita en la espalda". Justo después, escuchó a Daniel hablar en voz baja:
—Salgamos por la puerta de atrás; de esa forma no nos costará ningún trabajo abrirnos paso entre todo ese barullo de la cocina.
Al oírlo, Ander reaccionó de inmediato:
—¿Tenéis una salida trasera? ¡Pues permitid que vaya yo primero! —exclamó, apartando a la incipiente pareja con cierta prisa—. ¡Perdonadme, muchachos, pero es que a mí me están esperando!
Ander cruzó el umbral y corrió con todas las fuerzas que le permitían sus piernas a través de la noche, directo hacia la casa de Julia, voló por las penumbras de la aldea con el corazón desbocado, sintiendo que la distancia entre las cocinas y el hogar de la reina se hacía eterna.
Al alcanzar por fin la puerta de madera de la casa de Julia, no necesitó empujarla para saber lo que le esperaba en el interior.
Lo primero que se filtró a través de las rendijas, rompiendo el silencio de la noche, fueron los jadeos húmedos, profundos y desesperados de la soberana, acompañados por unos gemidos entrecortados que denotaban una urgencia incontenible.
Julia había sacado toda la artillería pesada para recibirlo.
Al entrar en la alcoba, iluminada apenas por el titilante fulgor de una vela, la estampa era puramente pecaminosa.
Julia se encontraba sobre el lecho de sábanas revueltas, con los muslos completamente abiertos y jugando sin pudor alguno con un juguete erótico, metiéndolo y sacándolo rítmicamente de sus interiores.
El roce continuo y el deseo acumulado hacían que sus flujos íntimos empaparan la cama por completo, brillando bajo la tenue luz con una humedad desbocada.
Al ver aparecer la silueta del oficial recortada en el umbral, Julia arqueó la espalda con un gemido agudo y le clavó una mirada encendida en pura lascivia.
—¡Corre, ven! —le ordenó la reina con la voz rota por el deseo.
Ander no se lo pensó dos veces. Se despojó de la pesadez de sus prendas y avanzó hacia el borde del jergón con una presteza animal.
Se arrodilló sobre la madera, posicionándose con firmeza para colocar su miembro erecto justo a la altura de la boca de ella.
Acto seguido, sus manos callosas descendieron con decisión hacia la entrepierna de Julia para hacerse cargo del juguete.
Por la cabeza del oficial pasó un pensamiento fugaz: no tenía ni la más mínima idea de que Julia custodiara ese tipo de juguetes tallados en sus aposentos; pero reflexionando con rapidez, siendo ella la reina absoluta de la isla y permaneciendo soltera en un territorio dominado por la escasez de hombres, era del todo lógico que tuviera de todo para saciar sus necesidades.
Ander sujetó el juguete con firmeza e introdujo la pieza lentamente, buscando los rincones más profundos con una suavidad inicial que hizo temblar el vientre de la joven.
Mientras tanto, Julia rodeó la base de la verga de su oficial con las manos y comenzó a chupar con una pasión desmedida, devorándolo con una brusquedad y una entrega que rozaban la locura.
Sin embargo, la lentitud del bombeo no era suficiente para el clímax que la reina buscaba; Julia interrumpió la succión por un instante y, guiando la mano de Ander con la suya propia, le exigió entre jadeos:
—Más rápido... necesito apagar este fuego ya. Quiero correrme... Me ha puesto sumamente caliente la conversación de la cena y hoy quiero ser yo la que dé envidia a Lourdes. Así que haz que me corra ya, ¡más fuerte!
Ander asimiló la orden y la urgencia de su soberana.
Imprimió un ritmo endiablado al juguete, acelerando el bombeo con una destreza mecánica que hacía salpicar la humedad entre los labios vaginales de Julia, cuyos gemidos se tornaron en gritos ahogados de puro placer.
Sin perder un segundo de esa sintonía carnal, el oficial se tumbó por completo sobre el cuerpo desnudo de la reina, estirando el cuello hacia abajo para comenzar a lamer su clítoris con una lengua experta, rápida y voraz, saboreando sus fluidos más dulces.
La estimulación doble fue el detonante de una locura incontrolable.
Julia, completamente ida por el placer, arqueó la pelvis buscando más presión contra el juguete mientras, al mismo tiempo, agarraba los muslos de Ander para empujar la verga de este con una fuerza ciega hacia el fondo de su garganta.
El miembro se introdujo con tanta profundidad que le produjo varias arcadas físicas inevitables; sin embargo, lejos de detenerse, la reina continuó succionando y entregándose al ahogo con una voracidad salvaje.
La pasión en la alcoba estaba completamente desatada, gobernada por un magnetismo carnal implacable del que ninguno de los dos podía ni quería escapar.
Ander desplegó todo su arsenal erótico, orientándose a ciegas a través de los gemidos urgentes de Julia.
Sintiendo, por los violentos espasmos que sacudían el vientre de la reina, que el clímax que ella tanto ansiaba estaba a punto de llegar.
Él también se encontraba al límite, con la semilla golpeando por salir, pero la soberana se le adelantó.
Con una última y brutal convulsión de todo su cuerpo, Julia estalló en un grito desgarrador que inundó la alcoba.
En mitad de aquel orgasmo salvaje, eyaculó sobre el rostro del oficial, apartándolo de encima con la fuerza ciega del espasmo violento que acompañó su liberación y dejándolo a él a las mismísimas puertas del abismo, completamente frustrado.
Julia se quedó tendida, jadeando sin aliento.
—Necesito aire... —alcanzó a balbucear con el pecho subiendo y bajando de forma frenética.
Sin embargo, Ander estaba a punto de estallar. Se abalanzó sobre ella con la intención de besarla y culminar dentro de su cuerpo, pero la vena burlona de la reina se había encendido y estaba dispuesta a torturarlo.
—¿A dónde vas? —le espetó, frenándolo con una mano en el pecho.
Ander estaba completamente hinchado; no solo su miembro palpitaba con dureza, sino que las venas del cuello y de los brazos se le marcaban bajo la piel.
Todo su ser buscaba desesperadamente la explosión que lo relajara, ese placer supremo que solo Julia era capaz de otorgarle.
Lo ansiaba de cualquier manera, bien fuera con la boca o simplemente con el roce de sus manos, pero debía ser ya.
Julia, regalándole una mirada cargada de malicia, le ordenó:
—Túmbate.