A SUS PIES CAPÍTULO 17 ¿SALIMOS?
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CAPÍTULO 17 ¿SALIMOS?

La noche pasó en absoluto silencio. Los treinta y un soldados y la reina caminaron de regreso hasta la aldea, que era como llamaban cariñosamente a la zona donde estaban emplazadas las rústicas casas de adobe y madera y la plaza principal; en definitiva, una pequeña y acogedora aldea.

Una vez allí, se reunieron para cenar bajo el amparo de las antorchas.

El silencio de la noche solo se rompía por alguna duda persistente sobre el plan de asalto, aclaraciones de última hora o la forma exacta en que debían coordinarse los grupos.

Al tener que separarse en dos flancos, las indicaciones de Elías desde su puesto de vigía correrían el riesgo de no llegar a tiempo al contingente de la tala.

Estuvieron barajando la posibilidad de fabricar una especie de ballesta ligera que disparara pequeñas piedras (un tirachinas casero) para que, cuando Elías diera el visto bueno a la incursión, pudiera avisar mediante piedrecitas; sin duda, el vuelo de un guijarro se vería muchísimo menos que el de una flecha en mitad de la penumbra.

Además, imitar el canto del cuco empezaba a parecerles una opción arriesgada; resultaba extraño que un pájaro sonase con la fuerza matemática necesaria para que el sonido cruzase de un lado a otro las murallas del poblado de Magnord.

Fue el propio Enrique quien, demostrando su veteranía, dio la solución más lógica:

—¿Y por qué Elías no se queda directamente con el grupo de la tala?

Ander lo miró con el semblante serio durante un instante antes de que una sonrisa se le dibujara en el rostro.

—Enhorabuena, capitán —le dijo con ironía—. Ya piensa usted como una niña de siete años. Esa idea es lo más obvio del mundo y ninguno de nosotros la había sopesado.

Todos los hombres congregados soltaron una sonora carcajada colectiva, incluido el propio capitán; sin embargo, los nervios por la batalla inminente no dejaron que la risa durase demasiado.

Las mujeres de cada soldado presenciaban la escena desde los márgenes.

Al oír que solo les quedaban dos días de tregua antes de la partida, el ambiente se tiñó de una urgencia casi desesperada.

Si la incursión salía mal, perderían a sus hombres para siempre; pero si salía bien, perderían su amada isla, ya que deberían abandonar el asentamiento para instalarse definitivamente en las tierras conquistadas de Magnord.

Aquella certeza las empujaba a apremiar a los soldados con miradas cargadas de explícitas intenciones o sutiles caídas de los tirantes de sus vestidos, las cuales no dejaban absolutamente nada a la imaginación.

Con Lucas la situación fue todavía más gráfica.

Lourdes, Paula y Paloma se apostaron justo enfrente del muchacho, manteniéndose a medio camino entre las sombras de los soportales para que el resto de la hueste no las observase con demasiada claridad.

Allí mismo, las tres jóvenes comenzaron a besarse y a manosearse con un descaro tan ardiente que a varios soldados de Borandel se les cayó la comida de la boca por la impresión.

Lucas, que sentía un dolor punzante y casi insoportable en sus partes debido a la rigidez de la armadura nueva, la cual era incapaz de contener semejante miembro en plena erección, no pudo aguantar más la tentación.

Se puso en pie por completo encorvado, intentando disimular el bulto que empujaba el cuero y las mallas.

—Señores, estoy exhausto y me esperan en casa —anunció, doblándose sutilmente para que no se le notase la urgencia.

Enrique miró a Julia con evidente extrañeza; lo último que necesitaban a las puertas de una guerra era que alguno de sus mejores guerreros cayera enfermo o sufriera algún tipo de cólico.

Sin embargo, la reina lo sacó de dudas de inmediato.

Alargó las dos manos en el aire y le hizo un gesto explícito, mostrándole el descomunal tamaño de la verga del muchacho.

Enrique sonrió de medio lado, pensando para sus adentros que aquello debía de ser una exageración propia de las tabernas; pero no solo Ander asintió con la cabeza confirmando el dato, sino que Silas, que había captado el ademán de la soberana, intervino en la conversación:

—¿Habláis de Lucas? Ese niño debe tener algún tipo de problema bendito en la entrepierna... porque además, os aseguro que sabe usarlo a la perfección.

Uno de los soldados de la guardia real, que se había quedado estupefacto al presenciar cómo las tres mujeres reclamaban al joven a la vez, preguntó con los ojos abiertos:

—Pero... ¿de verdad está con las tres mujeres a la vez?

Julia lo corrigió de inmediato con un brillo de malicia en los ojos:

—Está con cuatro, y os aseguro que las deja a todas muy satisfechas... bastante escocidas, diría yo. En los lavaderos se cuentan historias que harían sonrojar a un obispo.

Ander, arqueando una ceja, la miró de hito en hito.

—¿Debería ponerme celoso, mi reina?

Ella le devolvió una sonrisa sumamente burlona y tentadora.

—No, porque tu hombre es completamente fiel a su oficial. Por mi parte... no lo sé, admito que cierta curiosidad sí que tengo.

—¡Oye! —replicó Ander, con picardía en la mirada—. ¿Y si yo quisiera probar con cuatro mujeres a la vez?

—Pues me impresionarías tanto como él —le espetó Julia, bajando la voz hacia un tono sumamente erótico—. Además, de esa forma podría deleitarme viendo cómo le como todo a... no sé, a Rosa, mientras siento cómo me come por detrás Mónica...

Al escuchar aquellas palabras, Gedeón y Marcus comenzaron a encogerse en sus asientos de madera, intentando ocultar la súbita rigidez de sus calzones.

En sus mentes de veteranos empezaban a proyectarse imágenes sumamente gráficas, húmedas y descriptivas de la fantasía que la reina acababa de relatar.

Pero Julia no se detuvo ahí y continuó espoleándolos:

—¿Os imagináis el cuadro? Oyendo nuestros gemidos desbocados en mitad de la noche, viendo sus fluidos resbalar por mi boca... ¿Y tú, mi oficial? ¿Cuánto crees que durarías en acabar ante semejante espectáculo?

Enrique, carraspeando para recuperar el aliento, intervino con una sonrisa pícara:

—Sobrina... recuerda que yo también soy viudo, ¿no? ¿Acaso no tienes alguna amiga con esas mismas costumbres para este viejo capitán?

Toda la mesa estalló en carcajadas limpias; sin embargo, tanto Marcus como Gedeón se levantaron de inmediato de sus bancos. Lo hicieron visiblemente encorvados y se despidieron con presteza para ocultar su vergüenza. Julia, aprovechando la retirada, les lanzó la puyita final en voz alta:

—¡Gedeón! ¡Si Rosa no quiere esta noche ese culito tuyo, pásate luego por mi casa!

Ander rompió a reír con ganas, mientras que el rudo Gedeón aceleró el paso de forma notable; sin duda alguna, Rosa tendría aquella noche una ración doble de veteranía.

La conversación de la mesa había derivado hacia un terreno sumamente íntimo.

Por debajo de la tosca madera, la mano de Julia ya se había deslizado con destreza y acariciaba el miembro erecto de Ander, apretándolo con suavidad.

Mientras tanto, la reina continuaba hablando en voz alta con su tío y con el resto de los soldados como si no estuviera ocurriendo absolutamente nada, deleitándose con el hecho de que Ander se había quedado completamente mudo y petrificado a su lado.

—Señores, debéis comprender que esta es una isla habitada casi en su totalidad por mujeres —explicó Julia, alzando su copa—.

Algunas llevan aquí atrapadas más de quince años.

El deseo reprimido y la falta de carne masculina las han hecho medio enloquecer; desde desear desesperadamente que los hombres traigan madera para fabricar ciertos juguetes eróticos, hasta tallárselos ellas mismas en la propia roca viva.

Otras, simplemente, se han pasado al otro bando y han comenzado a jugar intensamente entre ellas.

Pero, tío... —añadió, clavando sus ojos castaños en las pupilas de Enrique—, en las cocinas de la aldea cenan todas las mujeres a esta misma hora.

Y, por si acaso, creo que todas las jarras de cerveza y buen vino que quedan en esta mesa bien podríais llevarlas hacia allá.

Seguro que estarán todas deseando tomar una copa en buena compañía.

Enrique se levantó de la silla al instante y se estiró con parsimonia, haciendo crujir sus articulaciones.

—Qué cansado estoy... pero desperdiciar todo este vino sería un auténtico pecado. ¿Alguno de mis soldados tiene a bien acompañarme para que esas damas puedan tomarse una copa con nosotros?

Tan solo tres soldados de la guardia real prefirieron quedarse sentados en sus sitios.

El resto de la hueste se levantó como un resorte; algunos incluso vaciaron apresuradamente los posos de sus copas de vuelta en la jarra, casi derramándola por la prisa, antes de marchar decididos en dirección a las cocinas comunes.

Julia observó con atención a los tres hombres que habían permanecido inmóviles.

—Veo que sois unos maridos ejemplares y fieles —les dijo con tono de aprobación.

Dos de ellos asintieron con solemnidad.

—Nosotros sí, mi reina, aunque es evidente que se han levantado varios maridos bastante menos fieles. Pero con respecto a David... —añadió uno de ellos, señalando con la cabeza al tercer soldado que permanecía sentado—, digamos simplemente que sus gustos son diferentes.

Al escuchar aquello, Ander se puso de pie inmediatamente con los ojos abiertos de par en par.

Con la sorpresa, descuidó por completo su erección, la cual quedó expuesta de forma totalmente abierta ante los ojos de los soldados antes de que pudiera darse cuenta.

Se encorvó un poco, visiblemente avergonzado, y le preguntó a Julia con urgencia:

—¿Dónde está Daniel?

Julia no había caído en la cuenta hasta ese instante, pero respondió de inmediato:

—Debe de estar en la cocina con las demás, supongo.

Ander se inclinó sobre la reina y le plantó un beso apasionado y ardiente en los labios.