A SUS PIES CAPÍTULO 16 LOS PLANES DEL CAPITÁN #4
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CAPÍTULO 16 LOS PLANES DEL CAPITÁN #4

El capitán Enrique, completamente fascinado por el despliegue de lógica de la cría, ya había acercado una silla de madera y se había sentado a su lado, apoyando los codos en la mesa para mirar el plano desde la misma perspectiva que Carla.

—¿Qué plan de la tala es ese? —preguntó Enrique con genuina curiosidad militar, mirando de reojo a Ander.

El primer oficial dio un paso al frente, apoyando la mano en el pomo de su nueva espada.

—Es una idea genial, mi señor —le respondió Ander con una sonrisa de orgullo—. Luego, cuando estemos a solas, se lo cuento al detalle, pero deje que la consejera acabe de exponer la estrategia.

Carla volvió a centrar la atención de la mesa golpeando el mapa con los dedos:

—Pero claro, ese plan de la tala está pensado y diseñado para enfrentarnos a un contingente de cincuenta soldados malos.

¿Y si resulta que llegamos allí y solo hay diez guardias custodiando los muros?

En ese escenario, con treinta hombres de nuestro lado, el asalto sería una auténtica masacre para ellos.

El tío Ander está firmemente convencido de que en el interior de Magnord quedan soldados que fueron leales a Calen y a él, hombres que no apoyan la tiranía de la reina Mireia y que querrán rendirse en cuanto vean nuestras nuevas armaduras.

Yo, personalmente, soy partidaria de acabar con todos y cada uno de ellos; nunca sabremos con certeza si dicen la verdad o si nos están engañando hasta que les des la espalda y te claven un puñal.

Esa decisión final sobre la vida de los prisioneros la dejo en sus manos como líderes.

Pero supongamos el último caso: llegáis a Magnord y os encontráis con doscientos hombres apostados en las almenas.

En ese escenario, tocará esperar ocultos entre la maleza del bosque.

Tras pasar un día entero observando los movimientos, si no hay señales de que disminuyan las fuerzas, los barcos pesqueros regresarán sigilosamente al punto de desembarco a la noche siguiente, volveréis todos a bordo y regresaremos a la isla.

Aquí no habrá pasado nada y buscaremos otra oportunidad y si hemos triunfado, el plan es el mismo, los barcos pesqueros irán al punto de recogida donde uno de los nuestros le dará las noticias a traer a la isla y podremos sumar fuerzas en Magnord o avanzar desde Borandel.

Ese es, a grandes rasgos, el plan que se me ha ocurrido.

El capitán Enrique se quedó mirando fijamente a Ander durante unos largos segundos. El primer oficial, girando levemente la cabeza, le resumió en un susurro rápido en qué consistía el plan de la tala:

—Lo pensó en apenas un minuto, el día que nos hacía falta madera para el aserradero de la playa.

Pero ahora, gracias a las cuerdas y la idea de Tristán, la madera nos sobra en el asentamiento, así que el plan sigue adelante pero el cargamento nos da exactamente igual; solo lo usaremos como distracción.

Enrique se giró lentamente hacia atrás para mirar a sus veinte hombres de la guardia real, buscando con la mirada desesperada que alguno de sus sargentos o veteranos le sacara alguna pega técnica a la estrategia.

"Que alguien le encuentre un fallo a este plan por el amor de Dios, no podemos dejarnos dirigir por una cría", pensaba el caballero para sus adentros con el orgullo herido.

Sin embargo, para su desgracia, todos los soldados de Enrique asentían con la cabeza con los ojos iluminados, completamente convencidos y maravillados bajo la impecable estrategia de la niña de siete años.

Al ver la reacción de su tropa, el mayor mando militar de la corona se levantó de la silla con parsimonia. Se aproximó solemnemente a la pequeña, se despojó del yelmo de cresta negra y realizó una respetuosa inclinación de cabeza ante ella.

—Será un auténtico honor y un privilegio cumplir sus órdenes en el campo de batalla, gran consejera de guerra —declaró Enrique con una sonrisa sincera y un tono de profunda devoción—. ¡Salve, Carla, la auténtica Tigresa de Borandel!

Al escuchar el nuevo título de la pequeña, todos los hombres congregados en el campo de entrenamiento, uniendo a los once veteranos y a las tropas del continente, explotaron al unísono con vítores, aplausos y gritos de júbilo que rompieron la bruma matinal por completo.

Julia no podía parar de reír de la felicidad viendo el triunfo de su consejera, mientras que el fornido gigante que llevó a Tristán sobre los hombros vitoreaba con fuerza.

Carla permaneció firme junto a la mesa de mapas, manteniendo su habitual expresión de indiferencia gélida, aunque en el fondo de sus pupilas castañas se alcanzaba a notar un ligero destello de orgullo.

El plan de guerra estaba oficialmente cerrado; la Isla de los Antepasados estaba lista para marchar hacia la batalla.

Ander se acercó un paso más a Enrique, aprovechando que el gentío de la guardia real seguía vitoreando el nuevo apodo de la pequeña consejera.

Apoyó la mano en el hombro metálico del caballero y, bajando la voz para mantener el tono confidencial, comenzó a desglosar la verdadera esencia de la táctica:

—Verá, capitán... El plan de la tala de Carla no es un ataque frontal, es una maniobra de distracción por saturación y un vacío de flanco. La genialidad radica en que obliga al oficial al mando de Magnord a debilitar sus propias defensas basándose en lo que él cree que está pasando fuera.

Ander apoyó los nudillos sobre la madera de la mesa, señalando los puntos fuera del pergamino para que Enrique visualizara la geografía costera:

—La incursión comenzará en estricto silencio nocturno.

Una vez que Alan nos deje en la playa de la desembocadura, la clave no es avanzar en línea recta, sino dividir nuestras fuerzas aprovechando la geografía.

Nos separaremos en dos contingentes flanqueando la posición: uno tomará el sector este de Magnord y el otro el sector oeste.

Para no levantar sospechas ni dejar huellas en los caminos, la aproximación se hará por el mar, ya sea nadando en la oscuridad de una noche sin luna o bordeando las rocas de la costa con el agua por la cintura, pero siempre sin iniciar ninguna escalada prematura y manteniéndonos pegados a la base del acantilado.

Enrique escuchaba con atención, asimilando la lógica de la infiltración húmeda mientras Ander continuaba:

—El contingente del este, que es la zona más alejada de nuestra playa de desembarco, será el cebo.

Su misión es transformarse en leñadores.

Ocultarán el acero pesado entre los matorrales y la maleza, y solo mostrarán hachas de trabajo.

Se pondrán a talar árboles a la vista del enemigo, armando el mayor jaleo posible y gritando "¡Árbol va!

" para simular que son simples colonos harapientos buscando madera para calentarse.

Mientras tanto, el contingente del oeste permanecerá agazapado en el flanco contrario, en un silencio sepulcral, esperando que la distracción cumpla su cometido.

—¿Y cómo sabemos cuándo empezar el ruido sin alertar a la guarnición entera? —inquirió Enrique por lo bajo.

—Ahí entra Elías —respondió Ander con una sonrisa de confianza—.

Él será nuestra avanzadilla. Se internará solo, trepará a una de las copas más altas de los árboles o buscará un saliente elevado para otear el interior de la empalizada.

Su trabajo es contar cabezas y evaluar si el ataque es viable.

Si ve que el perímetro está despejado, transmitirá la señal acordada al grupo del este, y el sonido de las hachas romperá la mañana.

Esa será la confirmación de que el plan está en marcha.

Ander se reclinó levemente, cruzando los brazos sobre su peto grabado de Borandel:

—Al oír el escándalo de la tala, el oficial de Magnord enviará una patrulla reglamentaria de seis hombres para echarlos o abusar de su poder, pensando que son simples lugareños.

Nuestro grupo de leñadores fingirá terror y retrocederá pacientemente, atrayendo a los soldados hacia la espesura del bosque.

Una vez allí, rodeados por la maleza, los emboscaremos y los liquidaremos mientras les soltamos un "¡Muchas gracias!

", simulando ante los ojos de la fortaleza que la patrulla simplemente les ha dado permiso para seguir talando y que todo está en orden.

Enrique arqueó las cejas, comenzando a vislumbrar el desenlace.

—Exacto, capitán —prosiguió Ander—. Al ver que el primer grupo no regresa y que el sonido de las hachas continúa, el oficial al mando no sospechará de un ejército; pensará que sus propios hombres son unos malditos incompetentes que se han quedado holgazaneando o escoltando a los leñadores.

Cabreado y perdiendo la paciencia, desprotegerá el flanco oeste enviando un segundo contingente al bosque para ver qué pasa.

Y es justo en ese instante, cuando abran las puertas y dejen el flanco occidental vacío, cuando los hombres ocultos en el oeste treparán la empalizada en silencio absoluto.

Limpiaremos sus almenas con flechas para anular a sus arqueros, dejando a su segunda patrulla atrapada en el bosque a merced de los leñadores y tomando Magnord por puro factor sorpresa.

Enrique miró el mapa y luego a su tropa de veinte hombres, asimilando la escala actual de la operación.

—La estrategia de la cría es perfecta, Ander... pero ahora somos treinta y un hombres en total, no once —observó el caballero.

—La escala cambia, pero la ejecución es exactamente la misma, mi señor —concluyó Ander con firmeza—.

El núcleo del plan se mantiene intacto. La única diferencia es que ahora, gracias a vuestros veinte hombres de la guardia real, tendremos el triple de acero escondido en la maleza y muchos más hombres listos para asegurar los dos flancos.

Ocultar a treinta hombres requiere más disciplina en la noche, pero el golpe final será tres veces más devastador y limpio.

Enrique asintió lentamente, asimilando la lección. El plan que antes le había parecido una locura infantil cobraba ahora la forma de una de las estrategias de infiltración más brillantes y despiadadas que había escuchado en toda su carrera militar.

La tarde transcurrió sumida en una atmósfera densa y cargada de tensión; la certeza de que la partida hacia Magnord se ejecutaría en tan solo dos días mantenía los nervios de los soldados a flor de piel.

El constante tintineo de las cotas de malla al ser revisadas y el áspero sonido de las piedras de afilar contra el acero resonaban por todo el campamento como un lúgubre recordatorio de la batalla inminente.

Tras cerrarse el consejo estratega, tanto Carla como Tristán dieron media vuelta y regresaron con parsimonia a la zona común para reunirse con el resto de los niños del asentamiento.

Mientras tanto, en un rincón más apartado del campo de entrenamiento, donde las sombras de los pinos comenzaban a alargarse sobre la tierra batida, Enrique conversaba en voz baja con Julia.

El veterano caballero contemplaba el horizonte con el ceño fruncido, asimilando todavía el golpe a su orgullo militar.

—Detesto que una niña me haya puesto en mi sitio de esa manera —confesó el capitán, cruzando los brazos sobre su imponente peto de acero pulido y dejando escapar un suspiro de frustración.

Julia lo observó con una mezcla de serenidad y orgullo regio antes de responderle:

—Ya, es increíble. Me he informado a fondo sobre ella, porque lo cierto es que yo tampoco la conocía de antes.

Cuando nació, su padre murió en alguna batalla o debido a las heridas de guerra, dado que se marchó a luchar al continente.

.. Quizás lo hizo bajo tus propias órdenes, quién sabe, pero el caso es que jamás regresó.

Poco después, su madre cayó enferma por la peste; yo misma pensaba que esa maldita plaga ya estaba completamente erradicada en nuestras tierras, pero por lo visto aún florece algún caso aislado en la miseria de las aldeas.

La reina hizo una breve pausa, contemplando la silueta lejana de la pequeña consejera antes de continuar con el relato:

—Desde que prácticamente tuvo uso de razón, esa niña estuvo completamente sola, deambulando por la espesura del bosque como un pequeño animal acorralado.

Así sobrevivió hasta que la encontraron unas mujeres de Borandel, quienes se apiadaron de ella y la llevaron de vuelta a la ciudad.

En una de las ocasiones en las que uno de los barcos comerciales zarpó hacia este asentamiento, una de esas mujeres la trajo consigo, para desdicha de la criatura, pues la mujer acabó muriendo poco después en un accidente.

Enrique la miró de hito en hito, visiblemente extrañado y con una enorme curiosidad en los ojos.

—¿Qué clase de accidente? —inquirió con tono intrigado.

—Ni idea, no lo sé ni me importó preguntarlo, ya que no soy tan morbosa como tú —le espetó Julia con una sutil sonrisa de reproche—.

O se cayó por la vertical de un acantilado, o se le vino encima la estructura de un molino, o rodó por unas escaleras de piedra.

.. Yo qué sé. La cuestión inmutable es que esa niña es la definición pura de ganarse todo por sí misma; todo lo que es y todo lo que sabe lo ha conseguido ella solita.

Quién sabe los horrores por los que habrá tenido que pasar para sobrevivir en la crudeza del bosque, en los callejones del reino o aquí mismo, liderando los juegos de guerra con los demás niños.

Es una criatura sumamente dura y gélida; calcula al milímetro cada paso que da y cada opción que tiene a su alcance, es algo sencillamente increíble.

Julia se acercó un paso más a su tío, enfatizando sus palabras con elocuencia:

—¿Acaso no viste cómo te dejó hablar durante tu exposición?

Estaba calculando con frío detalle que estabas planeando mal la incursión.

Y fíjate bien: se mantuvo en absoluto silencio cuando todos empezaron a reírse con mis descaros hacia Lucas y Ander; sin duda alguna, estaba esperando pacientemente el momento idóneo para que su discurso calase con la fuerza de un mazo en la mente de las tropas.

Y vaya si lo consiguió... Además, es sumamente manipuladora y.

.. derrotó a Ander en un duelo con espadas. Es algo que roza lo imposible.