CAPÍTULO 16 LOS PLANES DEL CAPITÁN #3
—Primero, ponemos una enorme galera... perdón, no, dos enormes galeras de guerra justo enfrente de la fortaleza de Magnord.
Eso, de entrada, ya me parece una idea muy mala.
Pero según usted, como los soldados de Frainord allí arriba están ciegos, no van a ver los barcos solo porque no hay ni luna en el cielo ni fuego en la costa.
No sé siquiera cómo pretenden navegar ustedes con esa oscuridad tan absoluta en la que no se ven las dos galeras ni entre sí.
Después de eso, cogemos a un solo hombre de la tripulación que tiene que remar un kilómetro entero hasta los acantilados escarpados él solo, sin estrellarse contra las rocas por culpa del oleaje o esa oscuridad tan absoluta, y consiguiendo además que el bote no haga el más mínimo ruido al golpear el agua.
Tampoco sé si su plan requiere que el espía vaya con una cuerda y ate el bote a las piedras arriesgándose a que el mar lo destroce, o si pretende que mande solito al bote para que vuelva flotando a la galera.
O lo mismo, dado que remar un kilómetro de noche no cansa nada a un soldado, supongo que cuando termine de escalar los trescientos metros de acantilado vertical de roca viva.
.. querrá que también lo lleve a cuestas para que no se lo roben.
Que no se mate durante la escalada en mitad de la noche, eso estaría muy bien, desde luego.
Y que cuando llegue por fin arriba del todo, se esfume mágicamente por el aire.
Como la fortaleza de Magnord está construida justo al borde del acantilado, si el hombre sube por el centro, quedará directamente bajo las luces de las antorchas de los muros; pero claro, como los defensores son ciegos, tampoco lo han visto llegar.
Entonces, el espía ve lo que hay... Vamos a pensar que son solo diez soldados en la guarnición.
¿Entonces qué hace? ¿Qué salte acantilado abajo?
¿Hasta el bote? ¿O el bote ya lo lleva a la espalda como un caracol?
Supongamos por un momento que el bote ha quedado atado a las rocas y que las olas milagrosamente no lo han destrozado contra ellas, ni ha hecho ningún ruido al golpearse contra el arrecife.
Y supongamos que el soldado es un experto escalador y consigue desescalar los trescientos metros hacia abajo en la oscuridad sin romperse el cuello.
Entonces, si sumamos ir remando un kilómetro, escalar hacia arriba, desescalar hacia abajo y remar de vuelta solo para informar.
.. ¿Y la galera a dónde se supone que tiene que ir mientras tanto?
¿A los acantilados a escalar también o..
.? (Carla hizo una pequeña pausa, clavando sus ojos castaños en las pupilas del caballero, y soltó la puyita final): ¿la galera si puede pensar en un plan mejor?
Tristán dio un paso al frente, aproximándose a Carla con los brazos cruzados, y repitió mirando al caballero con total solemnidad:
—Es exactamente igual que Luis.
Carla se volvió hacia el capitán Enrique, que permanecía paralizado ante la reprimenda de la niña, pensando que había matado a uno de sus soldados estampado contra las rocas, o había delatado su posición. En su cabeza, que le cosieran a flechazos era mejor que eso.
—Señor, yo tengo un amigo llamado Luis en el asentamiento —explicó la pequeña con calma—.
Jugábamos a la guerra hace un tiempo; mi posición en el juego era elevada y descuidé deliberadamente una de las entradas por la sencilla razón de que era un acceso de rocas muy difícil por donde subir.
Mi amigo Luis decidió darme una sorpresa y ascender por ese punto ciego para pillarme desprevenida.
Pero al intentar subir por la piedra escarpada, no solo se cayó desde lo alto, sino que todas las rocas se desprendieron y le cayeron encima de la cabeza.
De esto hace ya un mes, y el pobre Luis despertó de la inconsciencia hace apenas una semana.
Digamos simplemente, capitán, que no puede mandar a un hombre solo a hacer semejante locura en Magnord.
Y eso por no hablar del resto del plan.. . ¿Tiene alguna otra idea que proponer?
En mitad de la magistral explicación de la niña, el ambiente en el campo de entrenamiento cambió por completo.
Ya no es que no hubiera burlas ni sonrisas entre los veinte soldados de la guardia real; es que no se escuchaba una sola alma en toda la explanada.
El viento de la mañana parecía haberse detenido y el silencio era tan denso que resultaba incómodo.
El capitán Enrique se quedó completamente mudo, con los ojos abiertos de par en par y sintiendo cómo el sudor frío le corría por la nuca bajo el yelmo.
—Julia... por favor... ¿hay algo de agua por aquí? —alcanzó a balbucear el caballero con la garganta completamente seca.
Olga, percatándose de su estado, se acercó con presteza y le tendió un vaso de barro con agua fresca, el cual Enrique agotó de un solo trago desesperado.
El rudo militar miró entonces a su sobrina Julia con una mirada suplicante, implorando un consejo o un cable para salir de aquella humillación pública, pero la reina Julia se limitó a sonreír y señaló con el dedo directamente a Carla.
Enrique giró la cabeza hacia Ander buscando la complicidad de su futuro sobrino, pero el primer oficial imitó el gesto de la reina, señalando con la cabeza hacia la niña con una sonrisa de complicidad.
No había escapatoria; la cría mandaba en esa mesa.
—Perdone, señorita consejera de guerra —claudicó por fin Enrique, despojándose de toda su altanería y mostrando un respeto absoluto mezclado con el terror a la humillación que desprendía la cría—. ¿Podría ser tan amable de darnos usted los pasos exactos a seguir para la incursión?
Carla asintió con solemnidad y estiró el mapa sobre la rústica mesa de pino.
Sin embargo, los puntos estratégicos que marcó con sus pequeños dedos no los situó sobre el pergamino, sino muy fuera de él, golpeando la madera desnuda de la mesa para simular las distancias reales.
De esa forma, comenzó la clase magistral de estrategia militar:
—Como ya le expliqué detalladamente al tío Ander en la reunión anterior, la clave de toda esta operación consiste en, bajo ningún concepto, darle a entender al enemigo ni de dónde venimos, ni cuántos hombres somos en realidad.
Ahora, tras la llegada de ustedes con las dos galeras, los planes han variado notablemente en la forma, porque todos sabemos que se esconde mucho mejor a diez hombres que a treinta en territorio enemigo.
.. pero los fundamentos vienen a ser exactamente los mismos. ¿Oído?
Los treinta y un hombres del campo, uniendo las voces de los once veteranos y los veinte de la guardia real, se cuadraron y respondieron al unísono con una potencia que hizo vibrar el campo de entrenamiento:
—¡Sí, señor!
Carla arrugó el entrecejo y les corrigió al instante con tono severo:
—Prefiero que me llaméis Carla, ni siquiera me gusta señorita.
Dicho esto, volvió a mirar de frente al capitán Enrique, fijando las directrices en el mapa:
—Utilizaremos dos barcos pesqueros del puerto de Alan, no las dos galeras de guerra de Borandel.
Si por un golpe de mala fortuna somos descubiertos por alguna patrulla en el mar, la excusa será simple: somos pescadores faenando en aguas del norte.
Y si intentan atacarnos, nos iremos huyendo de inmediato, pero siempre en dirección a Borandel, navegando hacia el este, nunca regresando hacia esta isla para no delatar la posición de las mujeres y los niños.
Eso en el peor de los escenarios, aunque no tienen por qué descubrirnos dado que no iremos directamente a Magnord por mar; o por lo menos, no nos aproximaremos en barco a sus acantilados.
Ustedes son diecinueve hombres de la guardia y usted, y ellos son los once.
Yo había dividido inicialmente a las tropas en dos contingentes de seis y de cinco hombres, pero ahora que contamos con sus fuerzas, las posiciones serán de veinte y once.
Los once veteranos de Ander irán en su barco pesquero directos a la playa que se encuentra en la desembocadura del río; esa zona está a tres kilómetros de distancia de Magnord y no debería estar vigilada en absoluto durante la noche.
El resto del ejército, es decir, ustedes veinte bajo el mando del capitán, irán más hacia el este, en dirección a Borandel, y atracarán en otra playa diferente donde puedan realizar el desembarco de las armaduras pesadas con total facilidad.
Con el barco de los once irá Alan, el cual, tras dejarlos en la arena, se llevará la embarcación y la dejará oculta lejos de la costa.
Y con ustedes supongo que tendrán a algún navegante experto en la tripulación que pueda hacer exactamente lo mismo, llegando incluso a reunirse con Alan en un punto seguro, pero nunca a menos de cuatro o cinco kilómetros de la fortaleza.
No pueden vernos bajo ningún concepto. Una vez en tierra, los once mandarán por delante a Elías; ya hemos trazado los planes de espionaje, cómo hacerlo y cómo moverse por la maleza del bosque.
Cuando el terreno esté despejado, Bastian lanzará una de sus flechas de tejo hacia la posición de ustedes para dar la señal, o bien Elías o Cónrad imitarán el canto del cuco.
Les sale muy bien y es un sonido natural del bosque que no levantará sospechas.
En ese momento, comenzará el plan de la tala que el tío Ander le explicará más tarde.
Pero aquí viene lo verdaderamente importante de la estrategia: el ataque final sobre Magnord debe ser obligatoriamente de día.
Lo importante es llegar al terreno sin ser vistos aprovechando la oscuridad de la noche, pero el plan de asalto ha de ejecutarse con la luz del día para que funcione correctamente.