A SUS PIES CAPÍTULO 16 LOS PLANES DEL CAPITÁN #2
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CAPÍTULO 16 LOS PLANES DEL CAPITÁN #2

—En primer lugar, me gustaría que Enrique expusiera cuales son sus planes de asalto para la fortaleza. Tú, tío Ander, mantente callado de momento, ya que tú ya sabes perfectamente lo que yo pienso sobre esta incursión y quiero comprobar si al capitán se le pasa algún detalle por alto.

Enrique carraspeó, intentando recuperar su porte de noble comandante ante la autoridad de la niña.

—He pasado de ser capitán a simplemente Enrique en esta isla, jovencita —replicó el veterano caballero intentando marcar cierta distancia con su rango.

Sin embargo, Carla le clavó una mirada gélida y analítica, respondiendo sin el más mínimo atisbo de duda:

—Al haber sido nombrada consejera de guerra por la reina, creo que mi rango estratégico en esta mesa está muy por encima del suyo, capitán.

Julia, al escuchar la contundente réplica de la niña, se volvió hacia su tío con una sonrisa de oreja a oreja y le propinó una palmada burlona en el brazo:

—¡Toma! ¡Vuelve a por más, tío! ¡A ver si así aprendes con quién te estás midiendo!

Enrique tragó saliva con dificultad, dándose cuenta de que aquella cría no era un juguete de la corte. Bajó la cabeza y miró largo y tendido el mapa preliminar de Magnord, intentando concentrarse en la estrategia militar pura.

—Bien... Para trazar una pinza marítima efectiva, lo primero que necesito saber es cuántos hombres custodian actualmente la fortificación de la frontera —inquirió Enrique arrugando el entrecejo.

Carla le interrumpió de inmediato, señalando un punto del plano con su dedo meñique:

—Exactamente no lo sabemos, capitán. Basándonos en las anteriores formaciones de defensa descritas minuciosamente por Ander, suponemos que la guarnición habitual no debería superar los diez soldados.

Aunque, por los movimientos recientes de Frainord y lo que sabemos de la reina Mireia, bien podrían haber enviado refuerzos y encontrarse allí doscientos hombres esperándonos.

Enrique arqueó las cejas ante la incertidumbre.

—En ese caso, lo primero que deberíamos hacer es espiar el terreno —propuso el caballero con lógica militar.

—Coincidimos en ese punto —asintió Carla con solemnidad, sin cambiar el tono de su voz—.

Pero el plan de batalla debe estar perfectamente cerrado y preparado antes de subir a los barcos.

Debemos establecer cómo proceder si la fortaleza se encuentra vacía del todo; cómo proceder si solo hay diez soldados custodiando los muros; cómo actuar si nos encontramos con treinta enemigos, un número similar a nosotros; o cómo ejecutar una huida rápida por mar sin ser vistos en caso de que haya doscientos hombres apostados en las almenas.

Así que... ¿cuáles son vuestras propuestas para cada escenario, "capitán"?

Enrique dio un paso instintivo hacia atrás, abrumado por la capacidad estratégica de la niña de siete años. Se inclinó levemente hacia su sobrina y le susurró al oído con total sinceridad:

—Julia, por los clavos de Cristo... esta niña me da un miedo espantoso.

—A mí me fascina por completo —le respondió la reina con orgullo en la mirada.

—Ya, y a mí también —confesó Enrique en el mismo tono clandestino—, pero te aseguro que a la vez me aterra de mala manera.

Las manos del caballero, unas extremidades callosas, robustas y curtidas en mil batallas sangrientas en el continente, temblaban levemente ante la apabullante presencia de la pequeña consejera de guerra.

Ander, percatándose del pánico del veterano, decidió ponérselo todavía más difícil para divertirse a su costa.

Se le acercó por el otro lado y le lanzó una advertencia letal con una sonrisa lobuna:

—Mucho ojo con lo que dices en esta mesa, mi señor... Recuerda que a mí ya me han cosido a flechas dos veces por llevarle la contraria en los simulacros.

Al escuchar aquello, Enrique palideció por completo, quedándose inmóvil en su sitio con una sonrisa congelada en el rostro mientras contemplaba el mapa de Magnord y a la inquietante niña que aguardaba sus órdenes.

El capitán Enrique comenzó su exposición, pero lo cierto es que empezó verdaderamente mal. Se aclaró la garganta, adoptando esa postura imponente de quien ha dirigido batallas en el continente, y señaló con su dedo enguantado el borde del pergamino que descansaba sobre la mesa de pino pulida.

—Pues yo —comenzó a decir el veterano caballero, inflando el pecho cubierto por las placas de hierro bellamente grabadas por los mejores artesanos de la corte—, lo que haría sería acercar las dos galeras de guerra con sigilo, aprovechando las sombras de la noche, y detenerlas cuando estemos a un kilómetro de distancia de la costa.

Desde ese punto estratégico, desplegaría un bote pequeño con un solo espía a bordo.

De esa forma no llamaríamos en absoluto la atención de los vigías.

En mitad de una noche cerrada el bote no se vería desde tierra, e iría directo hacia los acantilados.

Una vez que el hombre toque tierra firme, le tocaría escalar la roca escarpada sin ser visto; pero es harto raro que los soldados de Mireia estén vigilando un ascenso tan sumamente difícil por esa zona, así que subiría y, una vez arriba, se arrastraría por la hierba hasta las empalizadas de Magnord para explorar todo el campamento. ..

Carla había empezado a escucharle con las manos apoyadas en el borde de la mesa, mirando fijamente el mapa preliminar.

Sin embargo, a las tres frases del discurso, la pequeña dejó de mirar por completo el plano de Magnord.

Sus ojos castaños, gélidos y fijos como dos cuentas de piedra, se clavaron directamente en los ojos del capitán Enrique.

El veterano guerrero siguió hablando, intentando mantener la firmeza, pero a medida que la mirada inexpresiva de la niña le taladraba el rostro, sus propias palabras comenzaron a sonar cada vez más ligeras, dubitativas y carentes de todo sentido militar.

Incluso el propio Enrique acabó por desviar la vista del pergamino, dándose cuenta de que la mocosa ya había descubierto, con solo mirarle, muchas razones de peso por las cuales su plan fracasaría estrepitosamente.

—Y... bueno, cuando el espía haya explorado todo el terreno, que baje de nuevo y vuelva a remar para informar —acabó concluyendo el capitán, con una voz notablemente más baja que al principio.

Carla mantuvo el silencio durante un instante eterno, sosteniendo la mirada del caballero.

Luego, desvió los ojos hacia Tristán, el hijo de Calen, que se encontraba a su lado con su pequeña espadita de madera sujeta al cinto.

El niño de seis años negaba lentamente con la cabeza, con una mueca de desaprobación en su tierno rostro.

—Acabará como Luis —sentenció Tristán con voz madura.

Luis era un niño del asentamiento, fuerte como un roble, un pequeño gigante que siempre destacaba por su fuerza física en los juegos de la isla.

Lamentablemente, tanto Tristán como Carla sabían a la perfección que con la fuerza bruta no se llegaba a ningún sitio en la guerra, y si el pequeño lo tenía claro, la mente táctica de Carla lo sabía mil veces mejor.

—Capitán, ¿puedo llamarle así? —preguntó la niña utilizando su vocecilla infantil, pero con una formalidad cortante.

Enrique, intentando salvar el orgullo delante de sus hombres y buscando aliviar la tremenda tensión que flotaba en la mañana, forzó una sonrisa y le contestó siguiéndole el juego:

—Es así como me llaman todos en la corte, jovencita. Tú eres la única en toda esta isla que me ha llamado Enrique a secas, pero puedes llamarme como más le plazca, señorita consejera de guerra.

Aquel comentario levantó algunas sonrisas burlonas en las caras de sus veinte soldados de la guardia real, que se miraban entre sí divertidos por ver a su comandante debatiendo con una cría.

Enrique también sonrió con suficiencia, pero Ander, que se encontraba frente al capitán, justo detrás de Carla sin que esta pudiera verle.

Con su imponente armadura de placas reluciente, le hizo un gesto sutil que le congeló la sangre en las venas.

El primer oficial negó con la cabeza con el rostro serio y, acto seguido, se apuntó veinte veces seguidas con el dedo índice en mitad del pecho, dejándole ver de forma nítida que no se riera, porque Carla también lo cosería a flechazos a él delante de toda su tropa si se descuidaba.

La niña, ajena al revuelo de los adultos, volvió a tomar la palabra, hablando con una tranquilidad pasmosa, como quien no quiere la cosa: