CAPÍTULO 16 LOS PLANES DEL CAPITÁN
Mientras tanto, en el campo de entrenamiento, la reina Julia aguardaba la llegada de los hombres junto a Miguel, Olga, Pedro y los consejeros juniors, que eran muy apreciados por su reina dadas sus últimas intervenciones.
Sobre una rústica mesa de pino colocada a un lado del cuadrilátero de duelos, ya se encontraban dispuestos los mapas preliminares de las costas de Magnord, cabeceando levemente bajo el peso de varias conchas marinas que hacían las veces de pisapapeles contra el viento de la mañana.
Julia conversaba en voz baja con Olga sobre las raciones de comida para las tropas cuando, de repente, el denso eco metálico del andar de los soldados comenzó a filtrarse desde el sendero.
Las conversaciones cesaron de inmediato en el campo de entrenamiento.
Miguel levantó la cabeza con el instinto del viejo comandante en la mirada, mientras que Olga dio un paso atrás, asombrada por la intensidad del sonido que se aproximaba.
A los pocos instantes, la bruma del amanecer se abrió de par en par en el extremo del campo, y el contingente de los guerreros hizo su aparición en la explanada.
Al verlos llegar, Julia se quedó completamente petrificada en su sitio, con la boca entreabierta por el absoluto asombro y un vuelco brutal en el corazón que le cortó la respiración por completo.
A la cabeza de la formación avanzaba Enrique junto a Ander.
El primer oficial lucía majestuoso; el acero pulido de su armadura de placas reflejaba los primeros y tímidos rayos de sol de la mañana, destellando con un fulgor plateado que realzaba su imponente envergadura.
El emblema de Borandel relucía con orgullo en mitad de su pecho, y el crujido del cuero nuevo de sus correajes se mezclaba de forma rítmica con el rudo tintineo de las mallas de Cónrad y Hugo.
Detrás de ellos, Marcus y Gedeón portaban sus enormes mandobles al hombro con la naturalidad de quien carga una simple vara, mientras Grégor caminaba haciendo girar levemente su monumental maza de guerra de pestañas afiladas.
Bastian y Cédric cerraban la comitiva con la mirada serena de los tiradores de élite, con los carcajes repletos de puntas de acero borandés sobresaliendo por encima de sus hombros.
Los colonos harapientos que Julia conocía se habían esfumado; en su lugar, marchaba una hueste de caballeros resplandecientes e implacables.
Habían dejado atrás el estigma de la deserción y el horror del pasado para transformarse, de forma oficial y legítima ante los ojos de su soberana, en los once ahora ya de Borandel.
El impacto visual y militar de aquella transformación inundó el campo de entrenamiento con una atmósfera de solemnidad y guerra inminente que erizó la piel de todos los presentes.
El ejército de la reina Julia estaba listo para reclamar su destino.
Tras llegar el contingente a la explanada y detenerse frente a la rústica mesa de pino, la reina Julia dio una orden contundente que resonó con la fuerza del acero:
—¡Firmes! ¡Inspección! —exclamó con la misma solemnidad con la que antaño, en la corte, había oído a su padre hacerlo frente a las huestes del reino.
Enrique y sus veinte soldados se cuadraron al instante.
Aunque se mostraron visiblemente extrañados por la audacia de la joven soberana, la disciplina militar de la guardia real se impuso y obedecieron sin rechistar, golpeando los talones de sus botas contra el terreno.
Sin embargo, los once hombres de armas reaccionaron con una devoción completamente diferente: se quedaron rígidos como estatuas de piedra, con el mentón alzado y el pecho inflado bajo el metal pulido.
Esta reina, la mujer que lavaba sus calzones en las lavanderías y los trataba como a iguales, les estaba otorgando por fin la valiosa oportunidad de servir a una causa buena y justa, y estaban resueltos a demostrarle su valía absoluta.
Julia esbozó una breve sonrisa cómplice dirigida a Miguel y a Olga, quienes observaban la escena con los brazos cruzados desde un extremo del cuadrilátero.
Acto seguido, transmutó sus facciones en un gesto severo, gélido y puramente regio para comenzar la inspección.
Sin embargo, sus pasos ignoraron deliberadamente a las tropas recién desembarcadas; solo iba a inspeccionar a los once.
Rodeó a cada uno de los veteranos de Ander con parsimonia, deteniéndose unos instantes frente a las imponentes mallas de Cónrad y Hugo, y aprobó el porte de cada uno de ellos con un sutil y digno movimiento de la cabeza.
Ander permanecía inmóvil en su sitio. Sentía el peso de la armadura de placas sobre sus hombros, y la miraba de reojo sin girar la cabeza ni un solo milímetro para no quebrar la formación.
Cuando la reina pasó a estar justo detrás de él, el oficial ni siquiera la siguió con la vista, manteniendo las pupilas fijas en el horizonte brumoso.
Enrique, en cambio, sí que giraba el cuello con curiosidad desde su posición, fascinado por el despliegue de autoridad de su sobrina.
Julia continuó avanzando entre las filas, desafiando abiertamente la templanza y la legendaria disciplina de cada soldado. En primer lugar, se plantó ante el más veterano de todos, Gedeón, cuya barba canosa permanecía firme.
—¿Está cómodo, soldado? —le preguntó la reina con tono inquisitivo.
—¡Sí, mi señora! —rugió Gedeón con voz de trueno, mirando al frente.
Sin embargo, Julia, aprovechando que se encontraba en el punto ciego de Enrique, estiró la mano y le dio un pellizco juguetonamente descarado en todo el culo para poner a prueba su templanza.
No hubo ninguna reacción física en el cuerpo del guerrero; permaneció tan firme como un roble, aunque la comisura de su boca se torció levemente en un intento desesperado por no sonreír ante la audacia de la soberana.
Satisfecha con la prueba, Julia dio tres pasos hacia atrás y ordenó en voz alta:
—¡Primer oficial, gírese!
Ander dio la vuelta sobre sus talones como un resorte perfectamente tensado.
El metal de sus grebas y su peto tintineó con un sonido seco, y sus ojos clavaron la mirada en el infinito, evitando a toda costa realizar contacto visual directo con su reina para no romper el protocolo militar delante de los recién llegados.
Al ver que el oficial permanecía imperturbable, Julia se acercó con paso felino a Lucas.
Echó un último vistazo de reojo a Ander para asegurarse de que la estaba observando y le preguntó al joven semental con una amabilidad exagerada:
—Dime, Lucas... ¿no te aprieta demasiado esa armadura en alguna zona?
Lucas abrió los ojos de par en par, completamente desencajado por la encerrona. Sintiendo la mirada asesina de su oficial clavada en la nuca y con el rostro comenzando a encenderse, solo pudo balbucear:
—Un... un poco, mi reina.
Julia sonrió con malicia infinita.
—Claro, normal... con este pedazo de...
Antes de que pudiera terminar la frase, su mano derecha bajó con decisión y descaro hacia la entrepierna del muchacho, rompiendo toda formalidad.
—¡Bueno, ya vale! —interrumpió Ander con un bufido, incapaz de contenerse por más tiempo.
Al ver la desesperación del primer oficial, todos los presentes en el campo de entrenamiento, desde los marineros recién llegados hasta los curtidos veteranos, explotaron en una sonora carcajada colectiva que rompió la tensión de la mañana de golpe.
Julia, soltando una risa cristalina, se dirigió decidida hacia su oficial.
Sin importarle la presencia de su tío ni de las tropas, le agarró sus partes masculinas a mano llena delante de todo el mundo.
—Esta es la que verdaderamente quiero —declaró la joven reina con los ojos encendidos de deseo, antes de ponerse de puntillas y plantarle un beso ardiente y apasionado en los labios, marcando su territorio con orgullo.
Gedeón, aprovechando el revuelo y las risas que aún resonaban en la explanada, se aproximó un poco a Ander y le susurró con sorna por lo bajo:
—Tú no lo has visto desde tu posición, oficial, pero creo sinceramente que a la reina le gusta mucho más mi culo que el tuyo.
Julia, que tenía el oído sumamente aguzado, se volvió hacia atrás con rapidez divina. Agarrando el trasero del veterano de cuarenta y dos años a mano llena y apretándolo con fuerza, le contestó guiñándole un ojo:
—¡Cómo lo sabes, bribón! De verdad te lo digo, me vuelve loca.
Ander rompió a reír con ganas ante la escena, mientras que el rudo Gedeón, el hombre que había sobrevivido a cien batallas despiadadas en las fronteras, se puso instantáneamente tan rojo como un tomate maduro, completamente abochornado por el atrevimiento de la soberana.
En mitad del alboroto y las mofas generalizadas, Enrique y los demás escucharon un severo y seco aclarado de garganta.
—¡Ejem!
El sonido, curiosamente, provenía de la pequeña Carla. La niña se encontraba de pie junto a la mesa de pino, con los brazos cruzados sobre su pecho y sus ojos gélidos fijos en los adultos.
—¿Empezamos de una vez o vamos a seguir perdiendo el tiempo con esto? —preguntó la pequeña con una madurez que helaba la sangre.
Todos los hombres del campo, incluidos los oficiales más veteranos, se encogieron de hombros y se cuadraron de inmediato, sintiéndose profundamente regañados por la reprimenda de la cría. Ander se aproximó lentamente a Enrique y, dándole un codazo sutil en la coraza, le susurró muy cerca del oído:
—Siete años, mi señor... Y Tristán tiene seis. Para que te vayas preparando.
Enrique miró al oficial con una expresión de absoluta incredulidad, mezclada con una admiración profunda y temerosa hacia la pequeña que dominaba la mesa de mapas.
Carla, extendiendo sus pequeñas manos sobre el pergamino que mostraba los accidentes geográficos y las defensas costeras de Magnord, tomó la palabra utilizando su característica vocecilla infantil, pero dotada de una seguridad aplastante: