CAPÍTULO 14 LOS PLANES DE GUERRA #3
Ander acudió a las viviendas de los veteranos, congregándolos con rapidez mediante señas militares que no necesitaban de gritos.
Marcus salió estirándose la camisa ensangrentada por las heridas de la noche anterior; Gedeón caminaba con la veteranía grabada en sus facciones; Grégor flexionaba sus imponentes manos sediento de actividad, mientras Lucas aparecía con una sonrisa cansada pero radiante, despidiéndose con un guiño de las mujeres que asomaban por su puerta.
Juntos, bajo el mando de Ander y escoltados por Enrique, el contingente de los once descendió por el sinuoso sendero que conducía a la playa, donde las dos imponentes galeras de guerra de Borandel cabeceaban suavemente sobre el oleaje amarradas al muelle de madera de Alan.
Al llegar a la arena, la estampa era imponente.
Los soldados de la guardia real ya habían comenzado a descargar pesados cofres de madera reforzados con herrajes de hierro, alineándolos bajo el porche improvisado que los colonos habían construido para proteger el aserradero.
Cuando Enrique ordenó abrir las tapas de los baúles, un brillo plateado y el intenso olor a aceite de protección, cuero engrasado y acero templado inundaron el ambiente.
Los ojos de los once veteranos se encendieron con el fuego propio de los guerreros que reencuentran su verdadera identidad.
Ander avanzó en primer lugar hacia uno de los cofres principales.
Con un gesto cargado de un desprecio absoluto que llevaba meses madurando en sus entrañas, desabrochó de su cinto la espada y la daga que portaba.
Eran las armas de Frainord, el acero marcado con el sello de la tiranía de Mireia; armas que les recordaban cada día la barbarie de las fronteras y el horror que se vieron obligados a sembrar.
Peor aún era la daga secundaria que Ander llevaba oculta: era el arma del malnacido espía que había violado a Julia en el bosque antes de que Calen le diera muerte.
Su propia daga noble se la había entregado a Julia el primer día como promesa de protección, y desde entonces se había visto obligado a cargar con el hierro de aquel monstruo.
Aprovechando que Julia se encontraba lejos, en las lavanderías, Ander extrajo la daga del violador con un asco infinito y la arrojó sin miramientos al interior de un arcón de desecho destinado a la fundición de chatarra.
El sonido del hierro viejo golpeando el fondo del cofre sonó como una liberación psicológica brutal.
—A tomar por culo —rugió Ander desde sus adentros, escupiendo en la arena.
Uno tras otro, los diez veteranos imitaron a su oficial. Desenvainaron sus viejas espadas de Frainord y las dejaron caer en el montón de descarte, despojándose voluntariamente del último vínculo que los ataba a la soberana que les había destrozado la vida.
A cambio, el arsenal de Borandel les ofrecía piezas de una calidad técnica extraordinaria, forjadas por los maestros armeros de la corte más próspera de la región.
Ander introdujo la mano en el cofre principal y extrajo una imponente espada de una mano y media.
La hoja era recta, de doble filo, con una acanaladura central perfectamente pulida para aligerar su peso sin restar un ápice de resistencia al acero templado.
Los gavilanes de la guarda eran rectos y anchos, diseñados para desviar con eficacia los impactos enemigos, y el pomo esférico de hierro macizo equilibraba el arma de tal manera que parecía una extensión natural de su propio brazo.
Al aferrarla, el cuero nuevo y rugoso que envolvía la empuñadura crujió bajo sus dedos, transmitiéndole una seguridad letal.
A su lado, Marcus y Gedeón admiraban sendos espadones de caballería de acero borandés, cuyas hojas resplandecían bajo la bruma matinal con un fulgor gélido.
Grégor, por su parte, localizó un cofre que contenía armas de impacto y extrajo una maza de guerra monumental; la cabeza de hierro macizo contaba con severas pestañas afiladas capaces de reventar la más gruesa de las corazas de placas, y el mango de madera de fresno reforzado con tiras de metal le proporcionaba un agarre soberbio.
Grégor la sopesó en el aire, dibujando una sonrisa lobuna que denotaba que aquella arma causaría estragos entre las huestes de Frainord.
En mitad del entusiasmo generalizado por las armas nuevas, Cédric y Bastian se mantuvieron firmes a un lado, sosteniendo con orgullo sus viejos arcos largos de tejo.
Los marineros de Borandel intentaron ofrecerles los arcos nuevos de la guardia real, bellamente lacados y reforzados, pero los dos experimentados tiradores negaron con la cabeza con total rotundidad.
Habían compartido demasiadas batallas, demasiados asedios y demasiadas muertes con aquellos leños de tejo como para abandonarlos en la arena; aquellos arcos conocían la fuerza de sus brazos y el ritmo de sus respiraciones.
Sin embargo, no eran tontos: se aproximaron a los arcos de Borandel para arrancar las cuerdas de repuesto hechas de cáñamo de la más alta calidad y trenzadas con hilos de seda para resistir la humedad del mar.
Con parsimonia y destreza, tensaron sus viejos arcos de tejo para sustituir las gastadas cuerdas por las nuevas, probando la tensión con un chasquido seco que resonó bajo el porche.
Asimismo, aceptaron con gratitud varios carcajes de cuero repletos hasta los topes con decenas de flechas nuevas de Borandel, cuyas puntas de acero templado en forma de punzón estaban diseñadas específicamente para perforar las mallas de hierro de los soldados de Mireia.
Sopesaron las flechas con admiración, comprobando la rectitud de las varas de fresno y el perfecto emplumado de ganso, aunque volvieron a colgarse sus viejos arcos al hombro.
Tras el festín de acero y empuñaduras, Enrique ordenó abrir los baúles que contenían las armaduras de la guardia real.
Aquello se transformó de inmediato en una auténtica y divertida sesión de "sastrería militar" sobre la arena de la playa.
Los once hombres llevaban muchos días vistiendo ropajes holgados de colonos y camisas de lino ligeras, por lo que volver a encajarse en el metal y el cuero rígido supuso todo un desafío cómico y realista.
—¡Por los clavos de Cristo, esto me está apretando los huevos de mala manera! —gritó Lucas, intentando abrocharse los herrajes de un quijote de hierro que le quedaba ridículamente pequeño, haciéndole caminar como un pato mareado mientras Bastian y Cédric se mofaban de él a carcajadas.
Grégor, con su imponente y descomunal caja torácica armada a base de años de levantar piedras y troncos, rabiaba intentando encajarse en un peto de placas de la guardia real de la corte.
Las correas de cuero crujían bajo la tremenda tensión de sus músculos, amenazando con reventar antes de entrar en combate.
—¡Traedme una coraza para hombres de verdad y no para los finolis que abanican a los nobles en Borandel! —rugió Grégor, mientras dos marineros sudaban la gota gorda intentando cinchársela por la espalda.
Cónrad y Hugo, acostumbrados al uso del escudo, seleccionaron pesados cotas de malla de eslabones remachados, colocándoselas sobre los jubones de lana acolchada.
Al ponérselas, el tintineo metálico de miles de anillos de hierro chocando entre sí llenó la playa con el auténtico sonido de un ejército en marcha.
Se encajaron los yelmos de tipo bacinete, comprobando que la visera abatible les permitiera una correcta visión periférica para cubrirse mutuamente con los grandes escudos que también habían extraído de los cofres.
En mitad del revuelo de metales, correas que picaban en los cuellos quemados por el sol y quejidos de dolor por el roce del hierro con las ampollas de la playa, Elías permaneció completamente al margen.
El rastreador y espía del grupo miraba los baúles de metal con un desprecio absoluto.
Cuando Enrique le ofreció una hermosa brigantina tachonada de placas de acero, Elías negó con la cabeza de forma tajante.
—Si me pongo eso, mi señor, seré tan sigiloso como un carro de bueyes cargado de cacerolas de bronce en mitad de la noche —sentenció Elías con voz queda—.
Mi fuerza radica en la maleza, en el silencio y en la sombra.
El metal brilla bajo la luna y delata los movimientos con el más mínimo roce contra las ramas.
En su lugar, Elías seleccionó un jubón de cuero engrasado, grueso pero extremadamente flexible, que envolvía su torso como una segunda piel sin emitir el menor crujido al moverse.
Se calzó unas botas de piel blanda que amortiguaban por completo sus pisadas sobre la arena y se ciñó un par de finas dagas del mejor acero a ambos lados de la cadera, perfectamente equilibradas para el lanzamiento o el degüello rápido desde las sombras.
Ander, tras rebuscar entre las diferentes tallas con la ayuda de Marcus, logró dar con un arnés de placas que se ajustaba a la perfección a su envergadura.
Se encajó las grebas en las piernas, ajustó las coderas y los guardabrazos de acero pulido y, finalmente, Marcus le cinchó el imponente peto de hierro que lucía el emblema grabado de la corona de Borandel en el centro.
Al colocarse el cinturón de cuero nuevo y colgar de él la magnífica espada de una mano y media, Ander se enderezó por completo.
El dolor de las quemaduras de la espalda pareció desvanecerse bajo la adrenalina y el peso del metal; volvía a ser el primer oficial, un guerrero respetado y temido, listo para liderar una campaña militar legítima.
Enrique contempló al grupo de los once hombres ya completamente pertrechados.
El aspecto de colonos harapientos y exhaustos había desaparecido de la faz de la tierra.
Ante él se erguía una falange de veteranos de guerra resplandecientes, una fuerza de combate letal cuyo acero relucía bajo la bruma matinal con una promesa de sangre y justicia.
—Ahora sí parecéis soldados de verdad —declaró Enrique con orgullo, ajustándose los guanteletes de hierro—. En marcha. Vuestra reina nos aguarda en el campo de entrenamiento para trazar los planes de guerra.
El contingente inició la marcha ascendiendo por el sendero que conducía desde la playa hacia el interior de la isla.
El sonido de sus pasos ya no era el caminar blando y disperso de los agricultores; ahora, el eco rítmico, pesado y contundente de las botas reforzadas con metal y el chocar de las placas de hierro resonaba contra las paredes de roca de la orografía isleña con la fuerza de un tambor de guerra.
Era un sonido imponente, capaz de infundir valor al más cobarde y terror al enemigo.