CAPÍTULO 14 LOS PLANES DE GUERRA #2
—Después de matarlos... me ató de pies y manos y me propinó una paliza despiadada.
Cada vez que yo intentaba gritar o pedir auxilio, me infligía un corte en la piel con la punta de su espada —Al decir esto, la joven se puso en pie y, con un movimiento lleno de dolor, se levantó el vestido lo justo para enseñar su hermoso cuerpo, el cual se encontraba plagado de finas cicatrices blancas que daban testimonio de la tortura—.
Me violó salvajemente durante toda la tarde, toda la noche y toda la mañana siguiente.
.. Hasta que, en mitad del horror, mientras abusaba de mí por detrás, cayó repentinamente fulminado al suelo.
Calen había entrado en escena sigilosamente y le había rebanado los tendones de las piernas.
Se giró hacia mí, me miró fijamente a los ojos, y lo que vio en mi rostro y el gesto que puso.
.. Jamás en la vida seré capaz de olvidarlo.
Se volvió hacia el agresor y hundió su pesada espada de acero directamente en la boca del espía, atravesándole el cráneo con una furia y un odio que nunca antes había visto en un ser humano.
Tras ese instante, algo cambió para siempre dentro de Calen.
.. Y entonces apareció Ander, que era su primer oficial.
Ellos dos me salvaron de la muerte, tío.
Se convirtieron en desertores y traidores a su patria únicamente por mí.
Después, nos dirigimos juntos a Frainord, donde la reina Mireia mantenía secuestrados a la esposa de Calen y a su pequeño hijo, si, ese fue el motivo real de su barbarie, protegerlos.
.. Y fuimos todos, sí, incluida yo, dispuestos a rescatarlos de las garras de esa arpía.
Presenciamos con nuestros propios ojos cómo esa zorra degollaba a la mujer de Calen delante de él, y vimos cómo él, enloquecido de dolor, le desfiguraba el rostro a la reina lanzándole su daga antes de que Mireia ordenara a toda la guardia matarle delante de nosotros.
Solo pudimos rescatar de aquella carnicería a su pequeño hijo, nuestro querido Tristán.
Julia se derrumbó por completo al terminar el relato, arrojándose a los brazos de Ander y llorando desconsoladamente sobre su pecho. Enrique se aclaró la garganta con dificultad; la crudeza de la historia le había atenazado el corazón y el cuerpo entero.
—Sabíamos en la corte que el León de Frainord había caído en desgracia —confesó el caballero con la voz ronca—, pero jamás supimos los detalles, ni cómo ni por qué había sucedido en realidad.
También llegó a nuestros oídos el rumor de que alguien le había destrozado la cara a la arpía de Frainord, pero tampoco logramos averiguar la identidad del causante; pensamos que se había tratado de algún asesino enviado desde Thoral.
.. Y ese niño, Tristán... Ahora comprendo por qué tiene esa mirada tan especial.
Siento en el alma todo el sufrimiento por el que has tenido que pasar, Julia.
La joven reina levantó la cabeza del pecho del oficial, secándose las lágrimas con el dorso de la mano pero manteniendo una firmeza renovada en la mirada.
—Ahora soy mucho más fuerte de lo que era entonces, tío. Y conocí a Ander... Él me salvó la vida junto a Calen. Estoy segura de que si Calen no hubiera estado en el bosque, Ander habría hecho exactamente lo mismo por mí.
Ander, sin embargo, negó con la cabeza lentamente. Un gruñido sordo y peligroso brotó desde lo más profundo de sus entrañas, y sus ojos se tornaron gélidos.
—Te equivocas, Julia... Yo no lo hubiera matado de forma tan rápida y misericordiosa como hizo Calen. Yo le habría cortado uno a uno todos los tendones del cuerpo, lo habría dejado desangrándose en mitad del bosque y habría llamado a los lobos para que lo devoraran vivo mientras aún respiraba.
Tras la intensa carga emocional que había traído consigo la conversación, los presentes decidieron de mutuo acuerdo aplazar la reunión estratégica sobre los planes de ataque para cuando estuvieran todos los miembros reunidos en el campo, especialmente los jóvenes consejeros, cuyas ingeniosas tácticas eran vitales para la victoria.
Aquella noche, Ander y Julia durmieron profundamente fundidos en un abrazo protector en mitad de la gran cama.
La cena había desenterrado fantasmas e imágenes del pasado que creían haber dejado atrás y que, con total seguridad, regresarían de nuevo en alguna ocasión; pero ambos sabían, por la calidez de sus cuerpos unidos en la oscuridad, que mientras se tuvieran el uno al otro, serían completamente capaces de superar cualquier tormento que el destino les tuviera preparado.
CAPÍTULO 15: ARMADOS Y LISTOS
La mañana despertó sobre la Isla de los Antepasados envuelta en una bruma gélida y densa que ascendía desde el océano Atlántico, trepando por los escarpados acantilados hasta cubrir los campos de cultivo con un manto blanquecino.
El sol apenas era un disco pálido y difuminado en el horizonte oriental, incapaz todavía de calentar la húmeda orografía que tanto recordaba a las tierras norteñas.
En el interior de la vivienda principal, donde el suelo de piedra pulida aún conservaba el frío de la noche, Julia se incorporó del lecho con un suspiro silencioso.
Con sumo cuidado para no perturbar el descanso de Ander, se deslizó fuera de las sábanas.
Al mirarlo dormir de lado, observó el brillo blanquecino de los ungüentos de aloe vera cubriendo los hombros y la espalda del oficial.
Los restos de las ampollas, reventadas por el rudo trabajo de los días anteriores serrando pinos en la playa, comenzaban a secarse, dejando la piel tirante y dolorida.
Julia sonrió con una mezcla de ternura y melancolía; sabía perfectamente que esa tregua de paz estaba tocando a su fin.
Tras vestirse con rapidez, ajustando su sencillo pero digno atuendo real, salió al exterior.
Sus botas ligeras apenas hicieron ruido al cruzar el umbral, encaminándose con paso decidido hacia la zona de las lavanderías.
El deber de una reina no entendía de miedos, y las limpiadoras la aguardaban para una jornada intensa de trabajo; antes de que el sol alcanzara su cenit, el asentamiento entero requeriría sábanas limpias y vendas preparadas para lo que el destino les deparara.
Apenas unos minutos después, Ander abrió los ojos.
Un quejido sordo brotó de su garganta al intentar estirar los músculos de los brazos.
Al incorporarse sobre el borde de la gran cama, sintió el roce de la tela basta de su camisa como una auténtica lija contra las quemaduras solares que le martirizaban la espalda.
Se puso de pie con parsimonia militar, ajustándose los calzones y ciñéndose al cinto la vieja correa de cuero.
Al sentarse un instante para calzarse las pesadas botas de cuero, la empuñadura de la daga que llevaba escondida en el cinturón se le clavó de forma incómoda en la ingle, arrancándole un juramento entre dientes.
Al salir de la casa, el aire fresco y cargado de salitre le golpeó el rostro, despejándole la mente de golpe.
No llegó a dar diez pasos sobre el camino de tierra cuando una imponente silueta recortada contra la bruma matinal le obligó a detenerse.
Enrique lo aguardaba allí mismo, de pie, con los brazos cruzados sobre el peto de su armadura de placas, la cual lucía un aspecto apagado debido a la humedad del amanecer.
La cresta de pelo negro de su yelmo, que ahora llevaba bajo el brazo, se mecía levemente con la brisa marina.
Ander se tensó por instinto, rememorando la sobrecogedora conversación de la noche anterior arrodillado ante él, pero Enrique avanzó un paso, rompiendo la distancia con una seriedad que no admitía réplica.
El veterano caballero de Borandel miró fijamente al oficial antes de hablar, con su barba canosa aún húmeda por la niebla.
—Muchacho —comenzó Enrique, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo denso—, lo que se habló anoche bajo el techo de mi sobrina, se queda enterrado en esa maldita sala para siempre.
Ya he hablado seriamente con Miguel y con Olga al despuntar el alba.
Son buena gente, leales a esta isla y a Julia, y te aseguro que no saldrá una sola palabra de sus bocas.
Nadie en Borandel, ni el más retorcido de mis soldados, sabrá jamás quién fue el León de Frainord, ni que los diez hombres que ahora te siguen fueron los causantes de tanto dolor y carnicería sirviendo a los intereses de Frainord.
El pasado está muerto y bien sepultado bajo la tierra de Magnord.
Ahora tenemos una guerra que ganar, y tu pueblo necesita que lideres a esos hombres con la cabeza despejada. ¿Está claro?
Ander guardó silencio durante un prolongado instante, asimilando las palabras del caballero. El peso que oprimía su pecho pareció aligerarse un milímetro, sustituido por un profundo respeto hacia el tío de su amada. El oficial asintió firmemente con la cabeza, ofreciéndole una mirada limpia.
—Está claro, mi señor. Os agradezco vuestro silencio y vuestra hombría —respondió Ander con solemnidad.
Enrique esbozó una sonrisa de suficiencia y le dio una palmada en el hombro no exenta de fuerza, lo que hizo que Ander apretara los dientes al resentirse de las quemaduras.
—Bien. Ahora, haz llamar a tus diez hombres. Es hora de bajar a la playa, a las galeras. Tenemos un cargamento que inspeccionar y va siendo hora de que vistáis como verdaderos soldados y no como colonos harapientos —ordenó Enrique, colocándose de nuevo el pesado yelmo sobre la cabeza.