A SUS PIES CAPÍTULO 14 LOS PLANES DE GUERRA
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CAPÍTULO 14 LOS PLANES DE GUERRA

Al caer la noche, la familia se reunió en la intimidad de la casa de Julia. Alrededor de la mesa se encontraban Enrique, Olga, Miguel, Ander y, por supuesto, la joven soberana. Mónica y Patricia se encargaban de servir una cena que Alan había preparado con esmero a petición expresa de Enrique.

—Este viejo lobo de mar prepara el pescado como nadie en este mundo —comentaba Enrique con entusiasmo, frotándose las manos—.

Vosotros seguro que estáis más que hartos de comerlo a diario, pero yo estoy hasta los mismísimos de la carne.

En Borandel, gracias a Dios, tanto el ganado como los cultivos van de maravilla, y los estofados que nos sirven en la corte son deliciosos, pero como vuelva a ver un solo plato de estofado delante de mí. ..

Alan pasó en ese preciso instante junto a la mesa cargando una bandeja, y no pudo evitar refunfuñar y lanzar una maldición amistosa sobre el veterano caballero:

—Que si Alan hace tan buen pescado, que si bla, bla, bla... ¡Siempre que vienes a la isla me toca meterme en la cocina por tu culpa! ¿Por qué demonios no dejas de venir de una vez?

Los dos hombres rompieron a reír sonoramente, demostrando la vieja confianza que se tenían.

Tras pedir una disculpa de manera jovial, Alan se retiró hacia la cocina y tanto Mónica como Patricia hicieron lo propio, no sin antes dejar sobre la mesa una jarra de vino reconfortante, otra de cerveza fresca y toda la comida dispuesta.

Miguel y Olga habían sido invitados de honor porque esa era la noche clave en la que debían definirse los planes definitivos de ataque, y la opinión de la experimentada pareja era profundamente respetada por todos.

Durante los primeros compases de la velada, les contaron detalladamente lo que había acontecido en la reunión anterior, cuando los niños fueron nombrados consejeros reales.

Julia hizo especial hincapié, con un deje de reproche en la voz, en el momento en que Ander se había ofrecido voluntariamente para servir de cebo ante el ejército enemigo, una acción que Enrique valoró de inmediato como un gesto sumamente valiente y honorable para con su gente.

—¿Lo ves? Te lo dije —le susurró Ander a Julia con una sonrisa de suficiencia.

Sin embargo, el ambiente cambió cuando pasaron a relatarle lo que Carla habría hecho con él si lo llegaba a ver ofreciéndose como carnada en el campo de batalla. Al escuchar la fría genialidad de la niña, tanto a Ander como a Enrique les costó pasar el bocado que tenían en la boca.

—Se me quitaron las ganas de golpe —confesó el primer oficial, rascándose la nuca—. Solo de imaginarme convertido en un alfiletero por las flechas de esa cría me entran escalofríos.

Enrique asintió con semblante serio, dejando la jarra sobre la mesa.

—De verdad te lo digo... En los ojos de esa pequeña hay algo sumamente especial y, a la vez, espeluznante.

Ander levantó la vista hacia el techo de madera, con el rostro ensombrecido por la nostalgia.

—Es Calen —sentenció con voz queda.

Julia le aferró la mano con ternura por debajo de la mesa y, levantando su jarra de barro con solemnidad, proclamó:

—Por Calen.

Todos los presentes imitaron su gesto, chocando sus jarras en un brindis silencioso, pero Enrique, intrigado por el misticismo que rodeaba aquel nombre, rompió la calma preguntando:

—¿Quién era exactamente ese tal Calen del que tanto habláis?

Ander guardó silencio durante unos instantes.

Luego, con una parsimonia que heló el ambiente, se levantó de su asiento y se arrodilló solemnemente ante Enrique.

Con la mirada baja, fija directamente en suelo de piedra, y los ojos cerrados para contener las imágenes del pasado, comenzó a relatarle con crudeza quiénes eran en realidad los once hombres que habitaban la isla.

Enrique, con un fuego repentino encendiéndose en las pupilas, interrumpía la narración asombrado:

—¿Los pantanos del norte? ¿Fuisteis vosotros?

—Sí, mi señor, fuimos nosotros —respondió Ander sin levantar la vista—. De hecho, toda aquella carnicería fue idea de Calen.

—¿Y la masacre de la frontera sur? —insistió el caballero con creciente asombro.

—Sí, también fuimos nosotros.

—¿Y la toma de Magnord?

—Sí... Todo, absolutamente todo —confesó Ander con la voz quebrada por el remordimiento—.

Todo el horror, la sangre y la destrucción que hemos sembrado en el pasado pesa como una losa de piedra sobre nuestras cabezas.

Jamás seremos capaces de perdonárnoslo a nosotros mismos, ni de devolver a los inocentes todo lo que la tiranía de Mireia nos obligó a arrebatarles.

Ander levantó por fin la cabeza, clavando sus ojos en Julia, que ya lloraba en silencio al escuchar el relato. De los ojos del rudo soldado también brotó una solitaria lágrima que le surcó la mejilla.

—Por nuestra culpa, por culpa del ejército al que pertenecíamos, Julia perdió a toda su familia, y muchísima gente inocente perdió la vida. Solo puedo decirle, mi señor, que mi vida entera está en sus manos en este mismo instante.

Miguel y Olga, que desconocían por completo el oscuro pasado militar de los desertores, se quedaron de piedra.

Lo que acababan de escuchar en mitad de aquella cena les sacudió los cimientos del alma; sin embargo, los once hombres se habían ganado a pulso el cariño de todos en la isla.

Ambos se levantaron de sus asientos de golpe, y fue Olga la que tomó la palabra con valentía:

—Vuestros crímenes pasados son horribles y jamás os justificaremos por ellos, y a ti tampoco te culparemos por lo que decidas hacer ahora, Enrique... Pero le hemos cogido un afecto enorme al chico, a él y a todos sus compañeros, y nuestros ojos no pueden presenciar esta ejecución.

Enrique contempló la escena durante unos tensos segundos. Finalmente, soltó un bufido.

—Ni los míos —declaró el caballero con severidad—.

Ver a todo un señor soldado arrodillado de esa manera y entregando su cuello como un cordero da auténtico asco.

¡Anda, levántate de una vez, muchacho! ¿De verdad pensáis que los espías de la corona no lo sabían ya absolutamente todo sobre ti?

¿O sobre Calen, el mismísimo León de Frainord?

Solo he preguntado para comprobar con mis propios ojos qué clase de hombre eres en realidad.

Recuerda que estás cortejando a mi sobrina; si se me ocurriera hacerte algo, ella jamás en la vida me lo perdonaría.

Y vosotros dos, Miguel, Olga... dejad de hacer tonterías y sentaos de una vez.

Mirad qué suelo de piedra tan bonito y limpio tenemos aquí; jamás permitiría que se ensuciara con la sangre de mi futuro rey.

Ander se incorporó lentamente, mientras Miguel y Olga regresaban a sus asientos exhalando el aire que retenían en los pulmones.

—Pues nos has dado un susto de muerte, Enrique —admitió Miguel, secándose el sudor de la frente.

—¿No sabéis a qué clase de demonios tenéis viviendo entre vuestra gente y el susto os lo he dado yo? —replicó Enrique con una sonrisa irónica.

Fue en ese preciso instante cuando Julia intervino. Su tono de voz había descendido hasta los mismos infiernos, y sus palabras resonaron en la estancia con la frialdad de una amenaza directa:

—No te equivoques, tío... Tú tampoco tienes la más mínima idea de con quién estás sentado a la mesa en este momento, ni por quién has brindado realmente esta noche.

Ander le cogió la mano con firmeza por encima de la mesa, negando con la cabeza en un intento silencioso por detenerla, pero la joven reina continuó, encendida por el dolor de los recuerdos:

—Supongo que tus numerosas cicatrices de guerrero son siempre fruto de hacer el bien y defender la justicia, tío.

.. Pero aquel maldito día, los espías de la reina Mireia nos descubrieron huyendo a todos los campesinos.

Calen dio la orden de que regresaran para protegernos, aunque lamentablemente no todos lo hicieron.

Él esperó pacientemente para cargar con su caballería sobre Magnord cuando ya no quedase nadie en los alrededores; solo pretendía cumplir las órdenes estrictas que le habían impuesto, no quería hacerle daño a ningún inocente.

Cuando cargó, tomó la fortaleza de Magnord sin siquiera derribar las puertas principales; mandó a varios de los once saltar los muros en mitad de la lluvia y abrir los portones desde dentro.

No mató a una sola alma en esa incursión, solo recuperó una fortificación que ya había sido abandonada.

.. Pero uno de los espías de Mireia no regresó con el contingente real.

Ese malnacido se quedó atrás... y asesinó a toda mi familia delante de mis propios ojos.

Enrique bajó la cabeza, apretando los puños sobre la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Julia, apretando la mano de Ander con todas sus fuerzas, continuó tragando saliva en un esfuerzo supremo por contener el llanto.

Su voz se entrecortaba por el sufrimiento, pero prosiguió a pesar del tormento que los recuerdos traían consigo: