CAPÍTULO 13 LA LLEGADA #2
A Ander, por alguna extraña razón que no alcanzaba a comprender del todo, aquel hombre de barba canosa le había caído sumamente bien desde el primer instante.
Sin embargo, el guante del desafío ya había sido arrojado sobre la arena de la playa, y su honor de guerrero no le permitía dejarlo pasar.
Con una sonrisa lobuna y la mirada encendida, el oficial respondió:
—Eso es algo muy fácil de averiguar, mi señor. Propongo un duelo al primer toque, sin derramamiento de sangre. Serán los míos contra los tuyos, enfrentándose de uno en uno, sin el peso de las armaduras y utilizando únicamente las espadas de entrenamiento que tenemos en la playa.
—A mí me gusta especialmente el número trece —replicó Enrique, cruzándose de brazos con superioridad—. Pero, por desgracia, vosotros solo sois once soldados. ¿Qué os parece entonces un once contra once?
—No —dijo Ander con firmeza, mientras una idea brillante cobraba forma en su mente—.
¿Quién soy yo para despojar al tío de mi amada de su número favorito?
Que sean trece contra trece, tal y como deseáis.
Pero eso sí, necesito que me indiques cuales son tus dos mejores hombres de entre toda la tropa; para ellos tengo reservado algo muy especial.
Julia, que parecía leer la mente de Ander como si de un truco de magia se tratase, comprendió de inmediato a quiénes pretendía colocar en esos dos puestos vacantes y soltó una sonora carcajada. Dirigiéndose al oficial entre risas, le preguntó:
—¿De verdad vas a hacer eso?
—Son simples espadas de madera, Milady, no puede pasar nada malo —respondió Ander guiñándole un ojo con complicidad.
Julia continuó riéndose de buena gana ante la audacia de su hombre, mientras que los diez veteranos, que intuyeron de inmediato por dónde iba la jugada, se limitaron a levantar la comisura de los labios, saboreando de antemano el glorioso espectáculo que se avecinaba.
Ander prosiguió con el acuerdo:
—Por mí, empezaríamos con los duelos esta misma tarde, pero comprendo que estaréis exhaustos por el largo viaje en el mar. Si lo preferís, ¿queréis que lo pospongamos para mañana?
Enrique se hinchó de orgullo de inmediato, irguiendo su robusto torso cubierto de metal para demostrar el inquebrantable poderío de sus huestes.
—Mis hombres son guerreros de Borandel; podrán luchar esta misma tarde sin el menor problema —aseguró con altanería.
Julia se puso en pie, dando por concluido el encuentro en el muelle con voz firme y autoritaria:
—De acuerdo, pues... ¡Comeremos todos juntos y, después, nos dirigiremos de inmediato al campo de entrenamiento! —exclamó alzando la voz para que toda la playa la escuchara.
Durante el banquete, Julia no pudo evitar sentirse un tanto desplazada y relegada a un segundo plano.
A pesar de encontrarse sentada físicamente en medio de Enrique y de Ander, ambos hombres parecían esquivarla constantemente, estirando los cuellos por encima de ella para enfrascarse en una interminable sucesión de batallitas de soldados, compartiendo estrategias y viejas anécdotas de campaña.
En el resto de las mesas, los diez veteranos hacían exactamente lo propio con los diecinueve recién llegados de Borandel, compartiendo el pan y estrechando lazos de camaradería militar.
Por supuesto, tal y como solía ocurrir en la isla ante cualquier novedad, las mujeres solteras parecieron salir de debajo de las piedras, acudiendo al lugar con timidez pero con un evidente interés por los recién llegados.
Sin embargo, estos soldados provenían de la corte de Borandel y la inmensa mayoría de ellos estaban felizmente casados en su tierra natal; aunque, para fortuna de las lugareñas, había algún que otro muchacho que aún permanecía soltero, convirtiéndose de inmediato en el objetivo más codiciado y observado de toda la reunión.
Tras dar por finalizada la comida y con los estómagos llenos, llegó el momento de emprender el paseo hacia el campo de batalla improvisado, bajo un sol que comenzaba a calentar la tarde.
En el campo de entrenamiento se había dispuesto un cuadrado hecho especialmente para los duelos, un espacio que los hombres habían planificado con esmero justo la noche anterior.
Todos los presentes rodearon el perímetro manteniéndose a una distancia prudencial; aunque las armas que iban a utilizar eran de madera, todos sabían perfectamente que si alguien lanzaba una estocada con fuerza y fallaba, o si el golpe era desviado con violencia por el contrincante, la espada podía salir volando por los aires y acabar rompiéndole todos los dientes a cualquiera que simplemente estuviera observando el espectáculo.
Enrique propuso a trece de sus mejores hombres para la contienda, excluyéndose a sí mismo de la lista. Por su parte, Ander se vio obligado a incluirse en el grupo para intentar equilibrar la balanza, y aún así solo sumaban once combatientes.
—¿Cuáles son tus mejores hombres? —le preguntó el oficial al tío de su amada, clavando la mirada en las filas de Borandel.
Enrique señaló con orgullo a dos fornidos guerreros.
Al despojarse de sus pesadas armaduras de placas para el duelo, las doncellas de la isla quedaron completamente extasiadas; aquellos hombres poseían unos músculos portentosos que debían de estar comprimidos bajo tanto metal, dos auténticos gigantes que mostraban sus numerosas cicatrices de batalla como si fueran medallas de honor.
—¿Y a quiénes vas a enfrentar tú contra ellos? —inquirió Enrique con curiosidad.
Ander, manteniendo el misterio y sin incluirlos todavía en el recuento, se limitó a responder con una sonrisa enigmática:
—¡Oh! No se preocupe, mi señor. Son solo dos miembros del consejo real, pero son nuevos en el cargo, así que no creo que hayáis tenido el placer de conocerlos.
Un murmullo atronador e intrigado inundó de inmediato la escena, y Enrique comenzó a temerse lo peor ante la seguridad que desprendía el oficial. Ander propuso las condiciones finales:
—¿Al que gane siete combates?
Enrique aceptó el trato con un asentimiento de cabeza. Ander fue el primero en entrar en la zona delimitada, y junto a él se colocó un soldado de Borandel a quien se le percibía visiblemente nervioso por tener que enfrentarse al primer oficial.
—¡Adelante! —anunció Julia con voz clara y firme.
El soldado se lanzó al ataque con presteza, pero justo en ese preciso milímetro, Ander soltó su propia espada de madera por completo, dejándose golpear por el acero ficticio de su rival.
Julia, conteniendo la risa, anunció el resultado:
—¡Ganador, Borandel!
—Muy bien hecho —le dijo Ander al sorprendido soldado, dándole una palmada amistosa.
El oficial salió del cuadrado y se dirigió de inmediato hacia Gedeón, que esperaba su turno para ser el siguiente.
—Quiero cinco —le susurró Ander con tono estratega.
Gedeón se volvió hacia el grupo de los diez veteranos y señaló discretamente a cinco de sus compañeros Enrique se fijó en el dedo que marcaba a cada uno sin saber qué quería decir.
Acto seguido, entró en la zona de combate y, siguiendo las órdenes de su oficial, perdió su duelo de la misma manera.
Enrique, observando la escena desde la barrera, comenzó a olerse la tostada y a temerse lo peor; aquello era una estrategia en toda regla.
Cuando llegó el turno de Lucas, Enrique se aproximó apresuradamente a su soldado y le advirtió por lo bajo:
—Ten mucho cuidado... A ese muchacho lo han señalado para ganar.
Y, efectivamente, tras un despliegue de velocidad asombroso, Julia gritó entusiasmada:
—¡Ganador, los once!
Enrique vio cómo, uno a uno, todos los soldados de su bando iban perdiendo sus respectivos combates frente a los hombres de los once, a excepción de los que Ander había seleccionado expresamente para perder.
Los veteranos de la isla ganaban sus turnos con una facilidad pasmosa, demostrando una técnica muy superior.
Sin embargo, el momento decisivo de la tarde había llegado, y los dos mejores guerreros de Enrique se encontraban listos y ansiosos por pelear en la arena. El marcador general iba seis a cinco a favor de las tropas de Borandel, y el capitán contemplaba el panorama con una mezcla de asombro y temor.
—¿A quién vas a llamar ahora para el siguiente duelo? —preguntó Enrique, intentando adivinar la jugada.
Ander, sin el menor rastro de temor en el rostro, anunció en voz alta:
—Llamo al consejero de logística.
El gentío que rodeaba el cuadrilátero se abrió de par en par, y el pequeño Tristán apareció caminando con paso firme, portando su pequeña espadita de madera entre las manos.
Ander se agachó a su altura y le dijo lo suficientemente alto como para que todos los presentes pudieran escucharle con claridad:
—Si pierdes no importa en absoluto, campeón. Tú simplemente entra ahí y diviértete.
Luego, el oficial se enderezó y se dirigió directamente a Enrique con semblante serio:
—Mi señor, ese muchacho es uno de mis soldados, además de mi sobrino, y exijo que lo tratéis como tal. No vayáis a pensar que no es lo que aparenta; no quiero que vuestro mejor guerrero use luego como excusa que, al tratarse de un niño, no se ha aplicado a fondo en el combate.
Acto seguido, Ander clavó sus ojos en la enorme bestia que esperaba dentro de la zona y le lanzó una advertencia letal:
—Escúchame bien: como te gane un niño, no te valdrá de nada decir que no te estabas esforzando. Y como se te ocurra abrirle la cabeza o hacerle el más mínimo daño, te rajaré el cuello tan lentamente que suplicarás por tu vida. Así que limítate a ganar si puedes, pero no le humilles.
El gigante tragó saliva y miró de reojo a Enrique, quien le hizo un sutil gesto con la mano que significaba claramente: "Por supuesto, aplícate a fondo pero ten cuidado, no vayas a matar a un niño".
Julia contempló a Tristán con el corazón en un puño y se acercó rápidamente a él para infundirle confianza.
—Es solo como una Silvi grande, cariño —le susurró con ternura—. Esquívala bien y gánale, tal y como lo has hecho tantas veces en tus juegos.
Acto seguido, le dio un gran abrazo protector y un tierno beso en la mejilla.
El pequeño le devolvió una sonrisa confiada, pero en el preciso instante en que giró la cabeza y clavó la vista en el gigante de Borandel, su expresión cambió por completo, transformándose en la de un guerrero concentrado.
Julia regresó a su posición y gritó:
—¡Adelante!
El gigante no perdió el tiempo y soltó un rápido y potente tajo recto.
Tristán, haciendo gala de una agilidad asombrosa, esquivó el golpe con limpieza; sabía perfectamente que no poseía la fuerza física necesaria para desviar semejante estocada, por lo que aprovechó el impulso del rival para avanzar con rapidez, restándole espacio vital al gigante.
Enrique contemplaba la escena sabiendo que, técnicamente, su hombre ya había perdido la ventaja posicional, pero el niño parecía resignarse a dar el golpe de gracia de forma convencional.
El gigante intentaba moverse desesperadamente de izquierda a derecha para quitárselo de encima, pero Tristán era muchísimo más rápido que él.
Al final, aprovechando su corta estatura, el pequeño se pegó la espada de madera contra el pecho y, en un movimiento maestro, se abrazó por detrás agarrando con firmeza la pierna del coloso para que su espada lo tocara.
—¡Ganador, Tristán! —gritó Julia con entusiasmo.
Sin embargo, al mirar hacia la posición de Ander, vio que este le hacía un gesto con la mano, señalando a toda la multitud que celebraba en el campo. Julia captó la indirecta de inmediato y se corrigió.
—Perdón... ¿Ganador los once? ¿Los doce? ¿Los trece?
Ander se aproximó a ella con una sonrisa de oreja a oreja y le susurró unas palabras al oído, y la joven reina, con el rostro iluminado por el orgullo, gritó más fuerte que nunca:
—¡Ganador... la Isla de los Antepasados!
Julia no podía parar de reír de la felicidad mientras el gigante de Borandel, asombrado por la destreza del pequeño, se arrodillaba voluntariamente ante Tristán.
Este, lo abrazó como un niño abraza a una imponente montaña, y acto seguido, el guerrero subió al pequeño consejero sobre sus hombros con total respeto.
—El último combate de la tarde lo vas a presenciar desde aquí arriba, muchacho —le dijo el gigante con una sonrisa.
Julia dio un paso al frente para anunciar el desenlace:
—¡El último combate!
A la palestra se disponía a salir el mejor y más letal de los guerreros de Enrique, pero el veterano caballero le puso una mano firme en el pecho para detenerlo, decidiendo salir él mismo a la arena. Ander lo miró fijamente a la cara y le preguntó con tono de advertencia:
—¿De verdad queréis hacer eso, mi señor? He dejado lo mejor de toda la isla para el final...
Enrique asintió con determinación, aferrando su arma de entrenamiento.
Ander se giró hacia el gentío y rugió con fuerza:
—¡Llamo a la consejera de GUERRA!
Toda la multitud se abrió de inmediato, dejando paso a una niña pequeña de ojos gélidos y calculadores que infundió un terror absoluto en el pecho de Enrique con tan solo mirarlo.
Las pupilas de Carla analizaban cada milímetro del cuerpo del caballero, calculando todas las opciones posibles en cuestión de segundos y buscando una victoria fulminante.
Cuando Julia se disponía a dar la orden de inicio, Enrique, abrumado por la inquietante presencia de la pequeña, dio un paso atrás.
—¡Me rindo! —declaró el caballero en voz alta, soltando su espada de madera sobre la arena.
Se dirigió de inmediato hacia Ander y le susurró al oído con total sinceridad:
—Esa niña me da un miedo espantoso, te lo digo de verdad.
Ander le rodeó con el brazo por los hombros para hablarle muy cerca del oído, compartiendo su secreto:
—A mí me ganó en tan solo tres segundos, mi señor.
Al escuchar aquello, los dos hombres rompieron a reír a carcajadas, fundiéndose en un fuerte abrazo de camaradería. Julia, contagiada por la risa general, no pudo hacer más que sentenciar el resultado final del día:
—¡La Isla de los Antepasados gana el torneo!
Toda la comunidad estalló en vítores y celebraciones, aunque en el fondo de los fríos ojos de Carla se alcanzaba a notar un ligero fastidio por no haber tenido la oportunidad de demostrar sus habilidades en la batalla.