CAPÍTULO 13 LA LLEGADA
La mañana llegó rompiendo el silencio con el tañido de la campana, pero este sonido no era igual al que había anunciado la llegada de la madera; era otra campana, una vibración diferente que denotaba urgencia.
Ander saltó de la cama como un resorte, vistiéndose y armándose por completo antes incluso de que Julia lograra abrir los ojos del todo.
—¿Qué demonios pasa ahora? —preguntó el oficial con el instinto militar alerta.
—Han venido —respondió Julia con total tranquilidad.
—¿Quiénes? —insistió él, confundido.
—No pensarías que se me habría olvidado que quizás en dos días vayas a jugarte la vida, ¿verdad? —le dijo ella con una sonrisa enigmática.
Ander se extrañó profundamente ante la respuesta, pero no hubo tiempo para más preguntas.
Julia se vistió a toda prisa y ambos salieron a paso ligero en dirección a la playa.
Al llegar a la arena, descubrieron que los diez soldados ya se encontraban allí apostados, firmes y con las manos apoyadas con tensión en los pomos de sus espadas.
Ander se aproximó a Gedeón, y el veterano, sin apartar la vista del horizonte, le informó con seriedad:
—Barcos de guerra. Son dos, mi oficial.
Julia se adelantó de inmediato, metiéndose en medio del grupo con paso firme y porte majestuoso.
—Sí, señores, así es —declaró la soberana con orgullo—.
Soy la reina de una de las ciudades más prósperas de esta tierra, o por lo menos lo era hasta que vosotros empezasteis a robarme las tierras.
¿De verdad creíais que no tenía a mi disposición un modesto ejército?
Yo misma los hice llamar a espaldas de todos, pues temía que no llegaran a tiempo para la luna nueva.
Ahora las barcas de María no os llevarán a la batalla, y si los soldados de Magnord intentan pillaros por sorpresa, los aplastaremos antes de que puedan siquiera decir o hacer nada.
Ander se había autoproclamado en su mente como el salvador de todo un reino, pero jamás se le había pasado por la cabeza la escala real de la situación: Borandel era un territorio inmenso, incluso más grande que el reino de Frainord.
Que fuera un reino pacífico y comercial no significaba, ni mucho menos, que careciera de un ejército poderoso y adiestrado.
Julia marchó con paso decidido, escoltada por sus hombres, hasta el muelle de madera donde Pedro, el anciano consejero, aguardaba pacientemente el desembarco.
—¿Ha venido él en persona? —preguntó la reina al anciano.
—Supongo que sí, mi señora. Yo mismo lo hice llamar tal y como me ordenasteis —respondió Pedro inclinando la cabeza.
Tras arrojar las áncoras al fondo del agua, las tripulaciones comenzaron a desembarcar a lo que, sin duda alguna, eran soldados de élite.
Su indumentaria militar era impresionante: armaduras completas de placas de hierro pulido, con yelmos cerrados que les cubrían cada centímetro de piel, reluciendo bajo el sol de la mañana.
El primero de los caballeros en pisar el muelle lucía un vistoso penacho de pelo negro como una cresta sobre su yelmo, y fue hacia él, a quien Julia se dirigió con una inmensa sonrisa de alegría.
—¿Enrique? —le llamó la soberana.
El imponente caballero de hierro realizó una reverencia exageradamente pomposa y teatral.
Al ver aquel gesto, Ander comprendió de inmediato que esa forma de saludar, tan noble y afectada, era la señal inequívoca de que debajo de todo ese frío metal se escondía el verdadero Enrique, fuera quien fuese aquel misterioso individuo.
Sin embargo, lo que sucedió a continuación dejó al oficial completamente helado.
Julia, perdiendo toda compostura real, saltó sobre el caballero abrazándolo con las piernas alrededor de su cintura, mientras él la sujetaba con fuerza por el trasero para sostenerla en vilo.
Aquella escena provocó que tanto Ander como los diez veteranos tensaran los músculos, a punto de desenvainar el acero de sus fundas por puro instinto de protección hacia su reina.
Julia, ajena al revuelo, besaba el frío yelmo del caballero por todos los rincones posibles.
No obstante, la joven giró la cabeza un instante y, tras captar la expresión de absoluta furia que nublaba el rostro de Ander, se volvió hacia el guerrero y le dijo en un susurro divertido:
—Bájame suavemente, por favor, antes de que ruede tu cabeza por la arena.
Ander permanecía petrificado en su sitio, pero sus ojos inyectados en sangre transmitían un odio profundo y visceral; la presencia de aquel ser le producía una ira asesina que apenas podía contener.
Sin embargo, cuando el tal Enrique se retiró el pesado yelmo de hierro, la visión de una larga barba canosa y unos ojos maduros, plagados de arrugas por la edad, calmaron instantáneamente los celos del oficial.
Aún así, seguía sin comprender absolutamente nada de lo que estaba ocurriendo.
Ander soltó el pomo de su espada, separó los brazos del cuerpo para demostrar que no portaba malas intenciones y se acercó hacia la pareja.
A pesar de su aparente calma, sus movimientos seguían siendo felinos, tensos y peligrosos.
Julia, percatándose del peligro, susurró rápidamente a sus soldados recién llegados de Borandel que se mantuvieran firmes y no realizaran ningún movimiento brusco que pudiera malinterpretarse.
El tal Enrique, lejos de amedrentarse, dio un paso al frente y se plantó ante Ander con un tono abiertamente desafiante.
—Tú eres Ander, ¿no es así? —le preguntó mirándole de arriba a abajo.
Ander intentaba desviar la vista para buscar la mirada explicativa de Julia, pero el robusto Enrique se interponía deliberadamente en su línea de visión a cada paso que daba.
Cuando el primer oficial intentó buscar a la reina por tercera vez y el caballero volvió a cruzarse en medio, Ander levantó la mirada por completo.
En sus ojos ya no había confusión; había una sentencia de muerte grabada a fuego.
"Apártate de mi camino o muere aquí mismo", lanzó de forma silenciosa con la intensidad de su mirada.
Enrique se le acercó un poco más, rompiendo la distancia de seguridad, y le susurró al oído con una sonrisa socarrona:
—Dime una cosa, muchacho... ¿Cuánto crees que durará tu idilio de amor cuando Julia vea cómo degüellas a su tío favorito?
Ander se quedó completamente congelado en el sitio, con los ojos abiertos como platos por la sorpresa.
La revelación le golpeó con la fuerza de un mazo.
Reaccionando de inmediato, bajó la mano derecha con la palma completamente abierta hacia atrás, realizando una señal militar inequívoca; al ver el gesto de su oficial, los diez veteranos alejaron las manos de sus armas al instante, relajando la postura en el acto.
Acto seguido, Enrique rompió a reír con fuerza, envolvió a Ander en un abrazo de oso y le zarandeó con energía, llegando incluso a plantarle dos sonoros besos en las mejillas ante la estupefacta mirada de los presentes.
—¡Así que tú eres el culpable de que mi sobrina tenga esa sonrisa radiante clavada en la cara!
—exclamó el veterano caballero con alegría—.
Y también el insensato que planea desatar una guerra contra Frainord.
.. Bien, hablemos de vuestras tácticas, pero hagámoslo en igualdad de condiciones.
Primero, dejemos que mis hombres terminen de desembarcar en la playa.
Cuando las dos galeras terminaron de vaciar tanto a los soldados como su carga (unas embarcaciones que navegaban casi vacías, albergando apenas a diez soldados en cada una, incluyendo al propio Enrique), Julia dio un paso al frente para comenzar con las presentaciones oficiales.
En primer lugar, presentó uno a uno a los diez veteranos que la acompañaban ante la atenta mirada de su tío.
Al resto de los soldados de Borandel que acababan de desembarcar, la joven reina no los conocía personalmente; quizás su difunto padre o sus hermanos sí hubieran tenido trato con ellos en la corte, pero ella, habiendo tenido que asumir la corona de forma tan abrupta y en mitad de tan terribles circunstancias, jamás había dispuesto de la oportunidad de conocer a la guardia real.
Así pues, tras concluir las presentaciones de los diez fieles compañeros de Calen, Julia avanzó con paso firme, aferró con ternura el robusto brazo de Ander y declaró con orgullo:
—Y este es tu futuro...
Enrique, arqueando una de sus pobladas cejas canosas, la interrumpió de inmediato:
—¿Rey?
Sin embargo, ella le corrigió al instante con una sonrisa decidida:
—No, tío, rey no. Será el marido de tu sobrina, pero él no quiere ser rey.
Enrique se quedó mirando fijamente a Ander, recorriéndolo de arriba a abajo con una mirada analítica, sin duda comparando mentalmente las cicatrices que ambos portaban en la piel como medallas de antiguas guerras.
Al cabo de unos instantes, con una voz profunda que no dejaba el menor resquicio a una réplica, sentenció:
—El hecho de que no quiera ser rey lo convierte, inmediatamente, en el mejor candidato posible para serlo.
Ese muchacho sabe perfectamente que la corona no es un objeto de disfrute, sino de puro sacrificio; sabe que portarla no se traduce en lujos, sino en un trabajo incansable por su pueblo.
Nunca has querido escuchar mi opinión, Julia, pero aunque no la desees, debes saber que tienes todas mis bendiciones con él.
Dicho esto, el veterano caballero desvió de nuevo sus ojos hacia el primer oficial, entornándolos con un brillo desafiante.
—La verdadera cuestión ahora es si tú, Ander, realmente mereces liderar este pequeño ejército que os he traído. Apenas son dos decenas de hombres, pero no sé si serás capaz de vencer siquiera a alguno de ellos en combate.