A SUS PIES CAPÍTULO 12 MÁS MADERA #3
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CAPÍTULO 12 MÁS MADERA #3

Tras empapar generosamente a Marcus con el frescor reconfortante del aloe vera, el veterano volvió a ponerse la camisa.

Al humedecerse con el ungüento, la tela se adhirió de inmediato a su torso, marcando su imponente y robusta figura.

Fue entonces cuando Julia, recorriéndolo con una mirada lenta de arriba a abajo, le dijo con picardía:

—Me alegro mucho por Mónica.

Acto seguido, le guiñó un ojo a Marcus, provocando que Cédric y Bastian explotaran en una ruidosa carcajada bajo el porche de la playa.

El resto del día transcurrió con una calma casi irreal.

Los habitantes de la isla recobraron sus rutinas habituales, comportándose como lo hacían antes de la llegada de los soldados, ya que, a excepción de Bastian y Cédric que permanecieron incansables con las flechas, todos los demás, incluido Marcus, se habían retirado a descansar al abrigo de sus casas.

Cuando el sol ya empezaba a esconderse tras el horizonte, tiñendo el cielo de tonos rojizos, Julia regresó a la vivienda de Ander portando un cesto con pan recién horneado y unas sardinas ahumadas.

—Te traigo algo de comer —anunció con voz suave al entrar.

El oficial se incorporó de la cama con visibles gestos de dolor, pero la reconfortante presencia de Julia pareció infundirle nuevas fuerzas.

Comieron juntos en un ambiente íntimo y, aprovechando que el sol ya estaba bajo y la brisa marina soplaba fresca aliviando el ardor de sus pieles, decidieron salir a dar un tranquilo paseo.

Sus pasos los guiaron de manera natural hacia el campo de entrenamiento. Al llegar, se encontraron con Miguel y Olga, quienes, a pesar de la hora, se hallaban completamente enfrascados en la planificación y construcción del circuito de obstáculos.

—Pero es en esta zona donde tendrán que tumbarse —argumentaba Olga, señalando un tramo del terreno.

—Sí, de acuerdo, pero yo creo que queda muy poca distancia para ir arrastrándose —le respondió Miguel pensativo.

—Precisamente por eso —replicó Olga con viveza—, si creamos una curva cerrada en este punto, no solo obligaremos a los muchachos a pasar más tiempo arrastrados, sino que también les enseñaremos a cambiar de dirección de manera efectiva mientras se mantienen pegados al suelo.

Miguel se quedó mirando a Olga fijamente. Un brillo de profundo amor y admiración le iluminó las facciones de la cara, pero, adoptando un tono de fingida queja burlona, le dijo:

—¿Es que no te cansas de tener razón siempre? De verdad, da un poco de rabia que la mujer a la que amas te humille con su inteligencia todo el tiempo. La próxima vez, te lo ruego, hazte un poco la tonta para que pueda tener razón yo al menos una vez en la vida.

Olga rompió a reír con ganas, demostrando el inmenso afecto que sentía por su compañero.

Los tiempos de la lujuria desbocada de cuando se conocieron hace años, habían dado paso a un amor cómplice, maduro, entremezclado con la amistad sincera de quienes se conocen a la perfección tras compartir una vida entera.

Se inclinó hacia su hombre, lo besó con el cariño arraigado de los muchos años que llevaban juntos y, mirándolo directamente a los ojos, le susurró:

—Jamás. Además, no estoy contigo por tu gran cerebro; estoy contigo porque me haces destacar a mí... y por el sexo. Tienes que admitir que eres extraordinariamente bueno en la cama.

Los dos se fundieron en un cálido abrazo mientras reían divertidos, justo en el preciso instante en que la reina y su... novio hacían acto de presencia, habiendo escuchado toda la conversación.

Julia sonrió con ternura ante la escena.

Aquella estampa de complicidad y paz era exactamente el reflejo de lo que anhelaba para su propio futuro junto a Ander.

Sin embargo, al desviar la mirada hacia el oficial, se dio cuenta de que la expresión de este había cambiado por completo.

En las facciones de Ander no se reflejaba la dulce esperanza de alcanzar esa vida tranquila, sino una férrea y sombría determinación: la urgencia absoluta de proteger ese estilo de vida ajeno a toda costa.

El amor del soldado se había expandido, trascendiendo a Julia para abarcar a cada una de las almas que habitaban su nuevo reino, situando el bienestar de aquella gente por encima de su propia existencia.

La mirada del oficial se endureció de golpe.

Ander levantó la cabeza, buscando con la vista una luna que iba menguando con el paso de los días en el firmamento.

En tres días, bajo el manto de la luna nueva, conseguiría asegurar más tierras para parejas como la que tenían delante, o moriría en el cruento intento.

Julia pudo leer aquella inquebrantable promesa en el fondo de sus ojos.

Comprendió entonces, recordando las palabras de Marcus en la playa, que nada ni nadie en este mundo sería capaz de hacerle cambiar de opinión; porque intentar detenerlo o cambiar su instinto protector, significaría también destruir la esencia misma del hombre al que amaba.

Ander se acercó a la pareja y les felicitó efusivamente por el extraordinario trabajo que estaban realizando en el circuito.

Acto seguido, con un gesto de dolor, se quitó la camisa, la cual al mínimo roce con las quemaduras solares le hacía ver las estrellas, y sin importarle el suplicio de su piel, se puso a cargar pesados tablones junto a ellos.

Mientras tanto, Julia se encargaba de servir agua fresca y pan, lo único de lo que disponían allí para reponer fuerzas tras la dura jornada.

Al apartar la vista un momento, Julia se percató de que la cuadra de los caballos ya estaba completamente terminada.

Con los ojos iluminados, se volvió hacia Ander y le pidió permiso para montar a Ganul.

El oficial dudó durante unos instantes; sin duda, aquel animal era el caballo de su difunto amigo, su fiel montura de mil batallas.

Era un imponente caballo de guerra, un semental que necesitaba acción, y dejarlo allí atado permanentemente acabaría por marchitarlo.

Así pues, dibujando una sonrisa pícara en su rostro, Ander la miró y le dijo:

—Que sepas, Milady, que de momento sí, podrás montarlo. Pero tu espíritu no es lo suficientemente fuerte y salvaje como para llevar las riendas de una bestia así.

Julia lo recorrió con una mirada desafiante de arriba a abajo.

—¿Y el tuyo sí? —le espetó con ironía.

Ander bajó la cabeza, perdiendo la sonrisa por un segundo.

—Ni de broma —confesó con total sinceridad—. Este caballo está destinado a Carla. Sin duda, esa cría es la reencarnación de Calen en el cuerpo de una niña pequeña.

Julia había planeado iniciar una disputa en broma, una de esas divertidas conversaciones suyas llenas de puyas y réplicas mordaces de un lado para otro, pero aquella inesperada respuesta la dejó completamente muda.

Ni Ander, el oficial más experimentado, ni Tristán, el propio hijo de Calen, eran a ojos del soldado los merecedores de heredar la montura del capitán.

Carla, una niña que acababa de cumplir los siete años y que ya había sido nombrada consejera de guerra por la propia reina, era la elegida.

Y, pensándolo fríamente, a Julia le pareció una decisión impecable; de hecho, no se le ocurría nadie mejor en toda la isla.

Abrió la boca con la intención de soltar algún comentario sarcástico o burlón para romper la solemnidad del momento, pero de sus labios lo único que pudo brotar fue un simple y resignado:

—Tienes razón.

Acto seguido, se giró sobre los lomos de Ganul y espoleó al animal.

El caballo de guerra reaccionó al instante, saliendo disparado con una potencia y una fuerza tan brutales que el tirón casi la arroja de espaldas hacia la arena.

El animal era una criatura magnífica, imponente, y no cabía duda de que se convertiría en el compañero perfecto para la gran guerrera que Carla estaba destinada a ser en el futuro.

Cuando la luz del día empezó a escasear y las sombras del atardecer se alargaron sobre el campo de entrenamiento, el rumor de un gentío aproximándose hizo que Ander, Miguel y Olga giraran las cabezas al unísono.

Los diez soldados restantes, acompañados por sus respectivas parejas, junto a un grupo de veinte niños de la comunidad, llegaban en masa dispuestos a arrimar el hombro en las obras del circuito.

Tristán y Carla comandaban con paso firme a la tropa de los más jóvenes, mientras que Julia se puso de inmediato a la cabeza de las mujeres para organizar las tareas.

Ante tal despliegue de mano de obra, Miguel se volvió hacia Ander, algo abrumado, y le preguntó qué debían hacer a continuación. Sin embargo, el oficial miró fijamente a sus hombres y luego se dirigió al veterano con un respeto absoluto:

—Señor, es usted nuestro superior. Estamos a sus órdenes.

Al escuchar aquellas palabras, un profundo y antiguo orgullo recorrió el pecho de Miguel, transportándolo de golpe a sus viejos tiempos de gloria, cuando comandaba con mano firme al ejército de Borandel.

Olga, percatándose de la emoción de su esposo, se le acercó sigilosamente y le susurró al oído con voz cargada de ternura:

—Yo también vi hace mucho tiempo eso mismo que ellos ven ahora en ti. Eres el único que dejó de verlo en el espejo hace ya bastantes años... pero eso fue, precisamente, lo que me hizo enamorarme perdidamente de ti.

Acto seguido, le plantó un tierno beso en los labios a su marido y se marchó a paso ligero para unirse al grupo de las mujeres.

Poco después, Bastian y Cédric aparecieron cargando las nuevas espadas de madera.

No las habían traído todas, y las que tenían en las manos aún no estaban del todo secas, pero ya mantenían perfectamente la forma recta gracias a la prensa.

Para completarlas, les habían fabricado unas guardas provisionales con madera de pino; aunque este material las hacía más débiles en esa zona, cumplirían de sobra su función principal, que era proteger los dedos de los aprendices de sufrir dolorosas roturas, el accidente más común durante los entrenamientos pesados.

Además, al ser piezas intercambiables y estar hechas de una madera tan fácil de trabajar, resultaría muy sencillo fabricar muchas más y sustituirlas rápidamente a medida que se fueran rompiendo con los golpes.

Aquella noche se transformó en otra auténtica fiesta en la Isla de los Antepasados.

Una festividad diferente, nacida del sudor, el esfuerzo y el trabajo comunitario, pero que se grabó a fuego sobre todo en la mente de los soldados.

Julia, que observaba la escena desde la distancia mientras repartía el alimento, se percató con un vuelco en el corazón de un detalle sobrecogedor: uno tras otro, de manera casi inconsciente, todos los hombres de armas levantaban la mirada hacia el cielo, contemplando una luna menguante que se desvanecía por momentos.

El tiempo de la paz se agotaba; los soldados se encontraban ya en una absoluta y silenciosa cuenta atrás.

La fiesta acabó ya tarde, pero lejos de imbuirles de deseos carnales, esta festividad donde solo se había compartido agua fresca hizo que los soldados quisieran volver a sus casas para dormir abrazados junto a sus parejas.

No había espacio para la pasión aquella noche; solo un amor profundo, puro y sincero, tanto por ellas como por esa idílica forma de vivir.

Era un sentimiento arraigado que, sin duda alguna, les haría luchar con garras y dientes no solo para conservarla, sino para expandirla por toda la región.

A una larga caminata de distancia se encontraban las viviendas, tanto la casa comunal de los niños como los hogares de los soldados.

Allí se despidieron entre risas, bromas y cálidos aunque dolorosos abrazos antes de entrar acompañados al abrigo de sus hogares.

Lucas entró en la suya junto a Lourdes y las otras tres P (Pilar, Paula y Paloma); las cuatro ya eran pareja antes de conocerle a él, por lo que no existía la más mínima tirantez ni celos entre ellas, y compartían al joven semental con absoluto gusto.

Por su parte, Julia y Ander se dirigieron a la casa de la joven reina para dormir en una cama grande y espaciosa, la cual les permitiría descansar manteniendo las distancias necesarias para evitar cualquier roce en sus doloridas y quemadas pieles.