A SUS PIES CAPÍTULO 12 MÁS MADERA
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CAPÍTULO 12 MÁS MADERA

Ander cabalgó por los campos, pero esta vez no dio órdenes directas; fue pidiendo permiso a los maestros para llevarse a sus hombres, con la premisa de: "Ha llegado la madera, y muchísima".

Mandó al primero que fuera al molino a por la sierra, y luego, uno tras otro, fueron montando y yendo a la playa.

Allí, con la ayuda de los caballos y sogas gruesas, desmontaron los troncos en la arena.

Eran muchos más de los que parecían al principio, ya que dos filas enteras de troncos iban sumergidas por el peso y, según iban descargando, salían a flote como gigantes dormidos.

—Creo que nosotros tenemos que hacer casi todo el trabajo con la madera —dijo Marcus mientras evaluaba el material—. Hay que hacer tablones y saldrán cientos, es increíble. Haremos brazos de tanto serrar.

La sierra era una herramienta larga, diseñada para ser usada por dos personas, una a cada lado, que rítmicamente cortaban la fibra.

La idea era primero cortar el tronco en tres partes y luego sacar los tablones necesarios.

Para las vallas del ganado o el establo debían usar la sierra, ya que necesitaban tablones rectos y uniformes; también para el circuito de obstáculos del entrenamiento.

Sin embargo, para las flechas o las espadas de práctica, decidieron usar cuñas de madera.

Las cuñas abrían el tronco siguiendo la veta sin romper las fibras, lo que le daba a la madera mucha más consistencia; al abrirse y no cortarse, las espadas resultaban más resistentes y duraderas ante los golpes.

Así que, sin mediar palabra, se pusieron manos a la obra.

Lo primero que construyeron con la madera recién llegada fue un tejado para la playa, que ahora se había transformado en un aserradero improvisado lleno de serrín y sudor.

Incluso se planteó fundir las espadas de los soldados abatidos con Lucio para forjar otra sierra de acero, pero mientras durase la que tenían, decidieron no hacerlo.

Las pieles de los soldados se pusieron rojas, cubriéndose de ampollas por el duro trabajo bajo el sol inclemente.

Aunque se cuidaban de las insolaciones dándose baños rápidos en el mar o bebiendo mucha agua, ya a finales de mayo el sol apretaba con fuerza y el tejado no cubría toda la extensión de la playa.

Mientras unos serraban sin descanso, Bastian y Cédric fabricaban flechas de entrenamiento con las cuñas: largas y delgadas para los arcos, y más gordas y cortas para las ballestas.

Después las hervían en agua dulce y las dejaban bajo peso, para que las fibras quedases rectas, luego las pasaban cuidadosamente por el fuego para darles la dureza necesaria y listas para el entrenamiento, de haberlas querido para la guerra hubieran necesitado fundir metal y hacerles las puntas, pero no tenían ni fragua ni metal en la isla, y para que aprendieran puntería, no seria aconsejable dejar en manos inexpertas armas letales.

Mientras tanto, los carros iban y venían cargados con tableros recién cortados que olían a resina y mar.

Al principio fue más difícil trabajar la madera porque había absorbido el agua salada, pero tras dos días bajo ese sol abrasador, acabó secándose y abriéndose mucho más fácil.

Eso sí, la pasión de los soldados con las mujeres disminuyó drásticamente; el agotamiento de la tarea y las dolorosas quemaduras en la espalda y los brazos hacían que el descanso fuera su única prioridad al caer la noche.

Llevaban ocho días desde que se puso en marcha el plan y solo quedaban siete para la luna nueva.

A Ander, viendo la paz de la isla y el progreso del trabajo, le pareció que quizás no había que correr tanto, quizás esperar un mes más, no seria tan mala idea, allí, rodeado de los suyos y con Julia, se sentía bien.

Tras dos días de serrar y trabajar la madera sin descanso, tanto Ander como sus hombres se vieron obligados a parar y retirarse a descansar cuando el sol aún se encontraba en lo alto del cielo.

Las mujeres de la isla, que habían cuidado con esmero de “sus” hombres desde el primer día de su llegada, acudieron de inmediato provistas de ungüentos naturales a base de aloe vera.

Mientras los soldados se retorcían de dolor en sus lechos por las severas quemaduras solares, Bastian y Cédric, cobijados bajo la densa sombra, continuaban con su incansable labor de fabricar flechas.

Al final, la obtención de cientos de tablones y miles de flechas había costado un tremendo sufrimiento físico a los combatientes, y las mujeres se sentían en la absoluta responsabilidad de aliviar y curar a sus hombres.

Julia regresó a su casa buscando desesperadamente a Ander, pero al no encontrarlo allí y tras preguntar a varios lugareños, se dirigió a la vivienda del oficial. Al entrar, lo descubrió tendido en la cama, quejándose en silencio.

—¿Qué haces aquí? —le preguntó Julia con extrañeza—. ¿Por qué no estás en mi... en nuestra casa?

Ander intentó girarse hacia ella, no sin antes soltar un quejido doloroso que reflejaba el suplicio de su piel.

—No quería mancharte las sábanas —respondió él con la voz debilitada—. Las ampollas de la espalda se están reventando debido al roce y no quería llenarlo todo de este agua asquerosa.

Julia se arrodilló con ternura al borde de la cama, quedando su rostro a la altura del de él. Le plantó un beso con extrema delicadeza en los labios y, mirándolo a los ojos, le habló con suavidad:

—Sabes... mi cangrejito, que no te he pedido nada estos días porque leo en tus ojos que me dirás que no, y sé perfectamente que un “sí” te separa de ser rey.

Te amo con toda mi alma, y si me lo pides, pasaría el resto de mi vida a tu lado lejos de todo esto; incluso si la carga de ser rey te atormenta, renunciaría a mi cargo ahora mismo, dándoselo a cualquiera, y podríamos desaparecer a donde tú me digas.

Pero necesito que sepas que soy tuya, al igual que tú eres mío.

Y ahora, como castigo por haber hecho semejante tontería de esconderte.

.. voy a curarte la espal... —Se detuvo un instante para recorrerlo con la mirada de arriba a abajo—.

Todo el cuerpo, con unos mimos que te harán desearme con locura, pero tal y como estás ahora, sé que no podrás hacer nada.

Creo que esa dulce tortura te valdrá para aprender la lección.

Además, no habéis dejado que nadie os ayude en la playa, ¿es que seguís pensando que nosotras somos débiles o algo parecido?

Ander levantó un poco la cabeza, haciendo un visible esfuerzo por soportar el dolor.

—No, Milady, en absoluto pensamos que seáis débiles —replicó con sinceridad—. Pensamos que os debemos la vida, y la decisión de matarnos a trabajar solos no ha sido únicamente mía; ha sido una determinación conjunta de los once, sobre todo de los mayores.

Julia frunció el ceño, divertida por el comentario.

—¿De qué mayores me hablas si tú ya me sacas casi diez años? ¿Quiénes son los mayores para ti?

Ander abrió los ojos de par en par, sorprendido por su lógica.

—¿Me estás comparando con Gedeón o con Marcus? Ellos son muchísimo más mayores que yo.

Julia se volvió hacia el oficial con una sonrisa pícara.

—Yo tengo veintiséis años. ¿Cuánto más mayores sois entonces?

La verdad es que vuestro aspecto varía según cómo se os mire; por todas esas cicatrices de guerra que os marcan la piel, diría que tenéis más de cien años, pero viéndoos trabajar, luchar o hacernos el amor con ese ímpetu, diría que tenéis mi misma edad.

.. Bueno, todos menos Lucas, que ese muchacho debe de ser de otro planeta.

Los dos rompieron a reír, aliviando un poco la tensión del ambiente. Ander, divertido, comenzó a enumerar las edades del grupo:

—Yo tengo treinta y cinco; Bastian, treinta y siete; Cédric, treinta y cinco; Elías, treinta y dos años; Marcus, cuarenta; Gedeón, cuarenta y dos; Hugo, treinta y tres; Cónrad, treinta y seis y Lucas... veintisiete años.

Julia enarcó las cejas con ironía mientras destapaba el frasco de aloe vera, el cual se había mantenido guardado en agua fría para aliviar el ardor.

—O sea, que el hecho de que tú me saques nueve años te parece poco, ¿pero que Gedeón te saque siete a ti lo convierte automáticamente en un anciano? —le espetó justo antes de volcarle el ungüento frío sobre la espalda.

Ander sintió un violento espasmo de frío que le recorrió la espina dorsal, provocándole un fuerte grito de impresión. Julia, divertida por su reacción, continuó con su tarea.

—A mí no me importa la edad, Ander; me importa lo que siento por ti en el pecho. Aunque no te voy a negar que tengo cierta curiosidad por lo de Lucas.

Ander se giró hacia ella con tanta rapidez que el cuello le crujió, encontrándose con la mirada abiertamente burlona de Julia.

—Eres mala, muy mala —refunfuñó él.

—Como lo sabes —afirmó la joven reina, aproximando sus labios a los de él como si fuera a besarle, pero deteniéndose en el último milímetro—. No voy a besarle, anciano, no sea que con el movimiento le dé un dolor de cadera o algo peor.

Ander intentó estirar los brazos para agarrarla por la cintura y demostrarle la virilidad y la fuerza de un hombre de su edad, pero el estiramiento de las quemaduras le hizo exclamar un agudo quejido de puro dolor.

—Está bien, lo admito, soy un viejo y ahora mismo no puedo hacerte nada —claudicó él con una sonrisa resignada—.

Pero juro que me vengaré. Es una promesa por mi honor: la oiré gritar de placer más pronto que tarde, mi némesis.

Si tú me haces sufrir con tus burlas ahora, yo lo haré esta misma. .. o quizás mañana cuando me recupere.