A SUS PIES CAPÍTULO 11 PREPARATIVOS
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CAPÍTULO 11 PREPARATIVOS

Sin apenas haber dormido, la pareja se levantó de un humor radiante.

Los planes de batalla que ayer amenazaban con desatar una guerra peligrosa se habían esfumado de sus mentes, cambiados por la calidez del sol y el aroma de las flores que empezaban a abrirse con el alba.

Mientras la isla cobraba vida y la gente volvía a sus tareas cotidianas, Julia se dirigió hacia las lavanderas con una sonrisa que iluminaba su rostro, y Ander volvió a pasear a caballo, recorriendo los senderos de la isla allí donde se requiriera su ayuda.

Los diez hombres rotaron por los campos como se les había ordenado, y cada uno se maravillaba con los secretos que descubrían en el terreno que les tocaba trabajar hoy. Gedeón fue el que, en uno de los paseos de Ander, lo cogió por banda mientras este patrullaba.

—Ayer hubo luna llena —le dijo el veterano con tono cómplice—, así que en quince días podremos atacar. Elías se fue a hablar con Alan; habrá que hablar con él también.

Ander trotó de vuelta con una sonrisa en el rostro imposible de borrar.

El recuerdo de la noche y la idea de poderle devolver a su amor lo que días antes la tiranía de Mireia le había robado, le hacía desear que el tiempo volara para entrar en combate.

Pero, si ayer hubo luna llena y querían atacar bajo el manto de la luna nueva, el ciclo lunar lo dejaba claro: quince días más de espera.

Elías, por su parte, se encontraba en las vides con Román.

El maestro no solo le enseñaba cómo cuidar las cepas que crecían vigorosas bajo el clima atlántico, sino también en qué fechas se recolectaba y el complejo proceso de fermentación del vino, explicando cómo se extraía el delicioso brebaje de la uva.

Cuando Ander pasó por allí, Elías pidió permiso al maestro y se acercó a hablar con su oficial.

—Ayer hubo luna llena —comentó Elías con seriedad. —Sí, ya he hablado con Gedeón —respondió Ander—. Quince días.

Mientras tanto, Julia había mantenido una conversación tensa con el consejero mayor en el asentamiento.

—¡Son nuestras tierras! —exclamaba ella con firmeza.

—Pero podemos perderlo todo —le advertía el anciano con la voz cargada de prudencia.

—Pero si ya lo hemos perdido todo —sentenció Julia—.

En cuanto decidimos huir, lo perdimos todo, porque ahora ellos saben que podrán coger lo que quieran porque siempre huiremos.

Además, el plan de la niña... el de Carla, nos deja al margen.

Si los soldados atacan desde distintos puntos, jamás sabrán, si perdemos, que el ataque vino del mar.

Aunque no quiero que vayan solos. Haz llamar a dos.

El anciano la miró sorprendido, evaluando la determinación en los ojos de la joven.

—Señorita Julia, ¿está segura de que quiere empezar esto?

Julia no sabía más que su amor se iba a jugar la vida y ella no pensaba quedarse de brazos cruzados.

—Sí. Trae a dos lo antes posible. Y necesitamos madera; manda a alguien a traerla como dijo mi sob... el niño, Tristán. Tenemos una semana y quiero a esos dos y la madera para entonces, ¿oído?

El anciano bajó la cabeza en señal de sumisión.

—Como desee —dijo cabizbajo. —No —le replicó Julia suavizando el tono—, sabes que yo no soy así. Si ves otra salida, soy toda oídos, pero que no sea huida y esconderse. Yo no soy Mireia, así que no me trates como tal.

En otro rincón, Tristán tejía trampas de mimbre junto a veinte niños, enseñándoles con paciencia mientras corregía sus errores.

—Si lo haces así, los peces entrarán, pero tendrán por donde salir —explicaba el pequeño—. El embudo interior ha de ser más largo. Además, hemos de ir a por cangrejos para usar como cebo.

Nada más decir eso, Ander llegó cargando a caballo un carro repleto con tallos de cebada.

—Me han ordenado, señor consejero, que le traiga esto —dijo Ander con una sonrisa burlona—. Juntos formáis otro campo, el campo doce: trampas de pesca. Enhorabuena, ahora como consejero de la reina está usted por encima de mi rango.

—¿De verdad? —preguntó Tristán con los ojos abiertos de par en par.

Ander lo miró como si fuera una fiera a punto de saltar.

—¡Cómo consejero sí, pero como mi sobrino no! —Y saltó del caballo para atraparlo y abrazarlo con fuerza. Hoy, Ander desbordaba felicidad.

El día pasó rápido bajo el sol. Las mujeres que habían compartido lecho con los soldados la primera noche cuidaban de ellos, escapándose de sus labores domésticas siempre que podían para llevarles agua fresca, vino o cualquier excusa para verlos trabajar y sudar bajo el sol.

Incluso Lucas tenía a cuatro mujeres haciendo cola para satisfacerle; el joven tenía un don natural y un miembro que, al verlo, no sabías si sentir envidia o pensar que padecía alguna clase de enfermedad por su tamaño.

El trabajo terminaba a la hora de comer.

Todos comían en sus respectivos campos, menos los soldados, que después debían ir a entrenar.

Por ello, habían decidido, con el permiso de Miguel y Olga, comer directamente en el campo de entrenamiento para luego enseñar a quien quisiera aprender.

Hoy, como era habitual en la isla, hubo pescado para comer, la principal fuente de alimento de la comunidad.

El ganado solo se sacrificaba por avanzada edad o en fiestas especiales; al ser animales de cría, se cuidaba con esmero a los jóvenes para asegurar el futuro, y las carnes consumidas solían provenir de animales que se habían roto una pata o sufrían de ceguera.

Al terminar la comida, un caballo se acercaba con la primera aprendiz de muchas: era Julia, que cargaba en su montura a los consejeros juniors, Tristán y Carla.

Sin embargo, no venían solos; la mayoría de las limpiadoras y otras mujeres, bien por estar cerca de sus hombres o por el deseo de aprender a defenderse, acudieron en masa.

El campo de entrenamiento se quedaba pequeño y, ante la falta de madera para fabricar equipo de práctica, empezaron con circuitos de obstáculos y ejercicios físicos.

Usaban las espadas reales que tenían, pero manteniéndolas envainadas; aún así, era un peligro, ya que en algún movimiento brusco la vaina había salido volando, dejando el acero desnudo en manos inexpertas.

Pero al no haber combates reales, estaba bien que las mujeres y niños aprendieran el peso del arma y a moverse con soltura.

Marcus comentaba con Gedeón mientras observaban el panorama:

—Tenemos un ejército de valquirias, son todas mujeres.

Los dos veteranos se reían, pero sin duda la que mejores movimientos ejecutaba, y esta sí contaba con una espada de madera, era Carla.

La niña se desenvolvía con una ferocidad asombrosa; ya le había abierto más de una brecha a otros niños en sus juegos.

Se veía que había nacido para la batalla.

Incluso llegó a desafiar a Ander, el cual aceptó el reto con una sonrisa.

Él luchó solo con una vaina de espada, sujetándola por la mitad para no abusar de su ventaja de alcance.

Pero cuando dieron la orden de ataque, la niña saltó con una rapidez felina, tocándole en un pie y volviendo a su posición como un resorte.

Ander se quedó de piedra. No se estaba dejando ganar por ser una niña; ni siquiera se lo había tomado en broma.

Para él era un combate real y la niña lo había derrotado técnicamente.

Ahora, en el simulacro, le faltaba medio pie.

Jamás se le hubiera ocurrido atacar al pie ni defenderse de un ataque dirigido allí; desde siempre les habían enseñado a proteger los órganos vitales y la cabeza.

Carla lo miró con una indiferencia gélida y le dijo:

—No sé cómo vas a luchar sin un pie, o siquiera huir... o puedo esperar a que te desangres.

Cónrad lo vio todo y, lejos de burlarse de su oficial, se le acercó y le susurró:

—Ni siquiera yo hubiera bajado el escudo a tiempo. En la próxima batalla la quiero a mi lado.

Ander se rió, pero quedó profundamente impresionado por la destreza de la pequeña.

Julia, por su parte, estaba siendo entrenada por Hugo.

El uso del escudo y la espada corta le atraía mucho más que el espadón de caballería, que para ella no era más que una espada normal que pesaba demasiado; cada vez que lanzaba una estocada, el peso la arrastraba con ella.

En realidad, lo que más deseaba era practicar el tiro con arco, como la mayoría de las mujeres de la isla, pero la madera necesaria para los arcos no llegaba nunca.

Los días pasaron en Frainord y la recuperación de la soberana avanzaba entre sombras y rencores. Mireia ya podía comer sin que el dolor la atenazara y, lo que era más peligroso para quienes la rodeaban, había recuperado la fuerza suficiente para gritarle a Eduard con su habitual ferocidad.

—Se han ido. ¡Todo mi ejército busca a los malnacidos que me desfiguraron y parece que se han esfumado de la faz de la tierra! —exclamó ella, con la voz cargada de una rabia contenida que hacía vibrar las paredes de la estancia.

Eduard, que mantenía la parsimonia de quien ha tenido sexo reciente y aún conserva esa languidez en el cuerpo, le contestó con calma:

—Pero mi señora, esos hombres han desaparecido.

Seguro que habrán cruzado a otro continente; habrán llegado a las tierras de Thoral y de allí habrán tomado un barco hasta quién sabe dónde.

Para ir desde aquí hasta Borandel habrían tenido que pasar por Magnord, y nuestros hombres están apostados allí y no han visto pasar a nadie.

Además, no creo que en Borandel les quieran después de las cruentas batallas que esos mismos hombres han ganado para nosotros.

Así que, en vez de al sur, habrán ido al norte, y para entrar en Thoral habría que hablar con Torien. ..

La reina se giró con una rapidez felina y, sin previo aviso, puso la punta de su afilado puñal directamente sobre los huevos de Eduard, haciendo que este se callara en el acto, sintiendo el frío acero amenazando su virilidad.

—Primero —siseó ella, acercando su rostro marcado al de él—, ya he hablado con Torien, y me asegura que su gente no los ha visto por allí.

Segundo, las batallas no las han ganado para "nosotros", las han ganado para mí.

Y tercero, me estoy hartando de ese tonito condescendiente que tienes conmigo, como si fuese tu hermanita pequeña o algo parecido.

Soy tu reina, y si me haces enfadar, te ataré a cuatro caballos y los haré tirar en direcciones opuestas hasta que no quede nada de ti. ¿Has entendido?

—Sí... sí, mi señora... perdonadme —balbuceó Eduard, con el sudor frío recorriéndole la nuca.

La reina le puso la hoja del puñal en el cuello, sintiendo el latido acelerado de su pulso, y acto seguido metió la mano en los pantalones de él con desprecio.

Restregó sus dedos contra su miembro, que aún estaba húmedo por su reciente encuentro carnal.

Luego la sacó, llevándosela a la nariz con un gesto de asco supremo.

—Hoy tocaba hombre, ¿no? Huele a mierda. Ve a limpiarte, cerdo —le espetó antes de girarse y caminar con paso firme hacia sus aposentos reales.

Cuando llegó a ellos, Sofía y Lidia terminaban de limpiar los restos de cera y polvo, dejando la estancia impecable.

Pero el olor que traía de Eduard, esa mezcla de sexo y sudor, había encendido algo oscuro en la reina, despertando un calor que exigía satisfacción inmediata.

Miró a las dos sirvientas con ojos depredadores.

—Sofía, no te vayas —ordenó con voz de mando—. Y tú, Lidia, cierra la puerta y ven aquí. Comparemos olores.

Hacía cinco días desde su primer contacto sexual y aún no había nada que les calmara el apetito; Julia y Ander no veían el momento de quedarse a solas para hacerlo donde fuera o de que llegara la noche para desatar su pasión.

Luego dormían juntos, fundidos en un abrazo profundo, sin que importaran los ronquidos de él o la marca de la baba en su pecho; el amor los estaba consumiendo por completo.

Aunque nunca se escondieron, ahora el ímpetu era salvaje y en cualquier lado.

Las limpiadoras ya los habían pillado haciéndolo en varios sitios, como en las orillas del lago, dentro de este o incluso entre las sábanas de la lavandería, y lejos de cortarse y parar, simplemente Julia decía:

—Danos un tiempo y ahora acabamos.

Aún así, el respeto por la reina no se perdía, porque ella no desatendía sus labores autoimpuestas; seguía limpiando o ayudando a quien lo necesitara con la misma diligencia de siempre.

Y Ander igual, aunque en la isla ya hablaban de él como el futuro rey, una idea que al oficial le molestaba profundamente.

No quería ese puesto ni sus cargas, pero estaba dispuesto a hacer lo que fuera por Julia.

Dormidos en la cama de ella, mientras la luz del alba empezaba a filtrarse, él miraba su rostro descansando sobre su pecho y le susurraba casi imperceptiblemente:

—Te amo, Julia.

Pero esa mañana, el tañido de la campana rompió la calma. Julia se incorporó de un salto y Ander también agarrando la ropa y su acero, aunque sin saber qué sonaba ni por qué.

—¿Es una alarma? —preguntó él mientras se vestía a toda prisa. —Sí, pero no de guerra. Es la madera —supuso Julia con esperanza.

Los dos salieron corriendo hasta montar cada uno en su respectivo caballo y galoparon con brío hacia la playa.

Lo que Ander vio allí al llegar le hizo quedar helado: primero apareció el típico barco en el que habían llegado ellos, pero detrás flotaba una enorme pirámide de troncos atados.

A simple vista, parecía haber cincuenta enormes troncos o quizás más, una masa de madera que cabeceaba sobre el oleaje.

Fue María la que desembarcó, saludando a Julia y a Ander con una expresión de triunfo:

—Ese niño... hicimos cuerdas como dijo él, y luego más cuerdas, y empezamos con "yo creo que cabe otro", y quizás otro, otro, otro... Despoblamos un bosque entero y lo trajimos todo a la vez, es difícil navegar tirando de tanto peso y la velocidad se reduce muchísimo, pero una vez en marcha....

Tanto Julia como Ander estaban impresionados por la magnitud del cargamento.

—Traeré a los hombres y sobre todo a los caballos —dijo Ander recuperando el aliento—. ¿Dónde están las sierras? Julia, con la boca abierta por el asombro, solo alcanzó a decir: —En el molino de trigo.

Ander besó a Julia con pasión y una sonrisa de victoria.

—¡Ya tenemos madera! —Sí, y mucha —respondió ella devolviéndole el beso con la misma alegría.