A SUS PIES CAPÍTULO 10 COMIENZA EL DÍA #6
54%

CAPÍTULO 10 COMIENZA EL DÍA #6

Ella avanzó hasta él mientras arrastraba una de las pesadas sillas de madera, la dejó a su lado y levantó una pierna mostrando su sexo. El cual ya estaba mojado por sus propios jugos, pero por fin, no había ni rastro de sangre en su piel clara.

—Pues chúpamelo, sácame toda la leche —le ordenó con ese lenguaje impropio de una reina.

Quizás fuera un lenguaje digno de Mireia, pero escucharlo de Julia lo hacía arder aún más por dentro.

Ella, por otro lado, luchaba internamente con su deseo de tener esa experiencia brutal de sexo salvaje y, al mismo tiempo, medía sus palabras sabiendo que a él le afectaban, pero a ella también, aunque por otro motivo.

A ella le daba vergüenza; no quería que el amor de su vida la tomara por una cualquiera, pero sabía perfectamente que eso le excitaba y luchaba contra su propia voluntad, encendiendo aún más sus deseos.

Cuando Ander se acercó a los labios de su sexo, solo sopló suavemente.

Vio como este, al contacto con el aire, se contraía de forma involuntaria mientras de la boca de Julia salía un pequeño y suave gemido que rompió el silencio de la sala.

Él la agarró con fuerza por el trasero y abrió sus nalgas, haciendo que el frío de la estancia penetrara enfriando esa zona donde jamás daba el viento.

Con su lengua acarició su muslo, dejando un rastro de saliva húmeda que luego sopló desde ahí, acabando su recorrido en su clítoris.

Ella tembló de arriba abajo y el juego se estaba acabando, porque quería más; estaba a punto de explotar de deseo.

Lo quería allí mismo, quería que comiera de ella; los juegos ya eran una tortura insoportable, lo habían pospuesto demasiado y ahora lo quería todo, aunque se debatía internamente pensando en qué querría él, pues haría todo por complacerle.

Mientras tanto, él pensaba en cómo darle el amante que ella merecía.

Sus palabras obscenas le habían puesto de tal forma que sabía que el más mínimo roce le haría eyacular brutalmente.

Solo había una opción y era que ella acabara antes; por suerte, le había pedido acabar en su boca y él no solo era bueno con la espada, también lo era con la lengua.

Así que, tras los preámbulos de saliva y soplidos, con mucho cuidado besó los labios exteriores del sexo de Julia, lo cual la hizo gemir de una forma sonora que resonó en las paredes de piedra.

Los ojos se le cerraron por el placer y agarró al soldado con desesperación por el pelo.

Lo atrajo con fuerza hacia su clítoris y, en el siguiente beso, pensó que ya terminaría, que su orgasmo rompería toda barrera y saldría mojándolo todo; quería hacerlo por él, quería ser la meretriz que todo hombre deseaba en la cama, todo por su amor.

Cuando Ander abrió la boca y sus labios rodearon el clítoris de Julia, ya fue suficiente para ella.

El grito de "¡me corro!" de Julia llenó toda la casa.

El flujo de esta llenó la boca de Ander que, sin pensarlo ni un segundo, tragó deleitándose con su sabor intenso.

Luego, al notar cómo las piernas de ella flaqueaban por el espasmo, la levantó por el trasero y la tumbó sobre la fría mesa de piedra de la estancia.

Pero no lo hizo para penetrarla, sino para seguir comiéndosela sin descanso.

Su boca succionaba el clítoris mientras la lengua daba pequeños lametones rítmicos, guiándose por sus gemidos para acelerar o parar según ella lo necesitaba.

Ese primer orgasmo sería solo el primero de muchos, y el segundo tendría que llegar también de su boca, porque su miembro ya le pedía estallar y aún permanecía encerrado en sus pantalones.

Cuando ella gritó de nuevo, retorciéndose sobre la piedra: "¡otra vez, sí, yaaaa!

", y notó cómo su cuerpo por fin se relajaba, Ander paró.

Levantó las piernas de su amor y vio el esfínter palpitante de ella, ahora empapado por sus propios fluidos.

Volvió a bajar la cabeza y lo lamió haciendo círculos suaves sin entrar en su deseo.

Ella lo quería todo; la vergüenza se había ido por completo con el primer orgasmo y ahora deseaba cada sensación.

Ya no se sentía sucia, o mejor dicho, ya no había suciedad alguna en lo que hacían, solo placer compartido.

Se agarró sus propias nalgas para abrirlas para él, dejando su pequeño agujero más accesible, y fue entonces cuando él introdujo la lengua con decisión.

Mientras tanto, su mano subió para masturbarla con caricias suaves sobre todo su sexo y pequeños toquecitos en su clítoris, ayudando así a que el tercero llegara.

Su flujo se mezcló entonces con una incontinencia que le mojó de orina la mano y la cara.

La mesa, que antes estaba fría, había alcanzado ya la temperatura de su cuerpo, y Julia solo pensaba en que ahora le tocaba sentir placer a él.

Pero cuando esta se peleaba todavía contra los espasmos de su cuerpo y la flacidez de sus músculos exhaustos de tantas contracciones, él se apartó bruscamente.

En su rostro había miedo, terror incluso.

Julia pensó de inmediato que no le había gustado y se sintió muy mal consigo misma:

—¿Es que he hecho algo que no te haya gustado? Perdona por orinarme, se me ha escapado —dijo ella con vulnerabilidad.

Pero él estaba realmente aterrorizado por su propia reacción:

—No, mi amor, tengo miedo —confesó él—. Sé que si me tocas, o bastará con que me beses para hacerme... que me corra. Y me cuesta mucho hablar así, pero me encanta cuando lo dices tú. Tengo miedo de no ser capaz de ser el amante que mereces, y eso me da pánico.

Todo el miedo previo de Julia se convirtió en una comprensión profunda.

—Ven aquí —le dijo.

Sentada en la mesa, sus pies colgaban y su flujo mojaba el suelo, haciendo ya un charco que era una mezcla de fluidos de todo tipo.

—Bájate los pantalones —le ordenó.

Él obedeció, pero sus ojos seguían mostrando ese miedo que ya había descrito antes.

Ella agarró su miembro con firmeza y él, en ese preciso momento, se mordió el labio con tal fuerza que llegó a sangrar.

Ella bajó con cuidado de la mesa por miedo a resbalarse con el charco del suelo y, sin miramiento ninguno, tragó su miembro hasta el fondo de su garganta.

Le hizo eyacular en el acto con un grito ensordecedor que pareció sacudir la habitación.

Pero ella no paró; siguió bombeando con su boca.

Tras ese primer clímax, el miembro de Ander flaqueó un poco, pero solo fueron diez segundos; luego volvió a su estado erecto, brutalmente duro.

Ella se lo sacó de la boca y le preguntó:

—¿Y ahora? ¿Podrás aguantar un poco más?.

Ander recobró el aliento con dificultad y notó que seguía empalmado, pero ya no tenía esas ganas locas luchando por salir de forma inmediata.

—Ahora puedo aguantar toda la noche, Milady —respondió él con seguridad recuperada.

Ella saltó sobre él, ensartándose en su miembro con un gemido de satisfacción, y él la recostó de nuevo sobre la mesa de piedra.

No era tanto ya el placer de penetrar o ser penetrada, como el hecho de mirar directamente a los ojos a sus respectivos amantes y ver el placer que describían estos.

Ella lo abrazaba con fuerza, dejando marcas rojas con las uñas en su espalda, pero a él no le importaba en absoluto el dolor; ahora era otra forma de sentirla.

Ella jadeaba y gemía sin descanso; en su mente no había espacio para nadie más.

La sala se volvió borrosa a su alrededor y solo la nitidez de su pasión hacía que se vieran tal cual eran el uno al otro.

Cuando Julia sintió que se acercaba otro orgasmo, le hizo parar y se giró, dejando su trasero abierto para él.

Quiso entregarse por completo, sin reservas.

Allí se unieron para siempre, formaron un solo ser en la penumbra.

Él se enganchó entrando en lo prohibido, en lo que no se entrega a cualquiera, y los dos volvieron a gritar al unísono.

Los dos experimentaron lo que podían hacer el uno por el otro; los dos se corrieron a la vez, acabando abrazados y añadiendo el sudor a la compleja mezcla de fluidos y aromas que ahora inundaban toda la estancia.

Tras la explosión que unió a la pareja en un torbellino de placer, se dirigieron a la habitación de ella.

Ander se fascinó con una cama tan grande, un lecho de proporciones nobles donde sus deseos se volvieron carnales otra vez, pero esta vez su pasión quedó contenida por la profundidad de su amor.

Las palabras obscenas de la mesa de piedra se convirtieron ahora en sugerencias susurradas al oído y miradas cargadas de promesa; pasaron del "me corro" a simplemente demostrar su orgasmo con gemidos ahogados que se perdían entre las sábanas.

Las felaciones pasaron a ser caricias lentas y exploratorias, y la noche se extendió en una calma infinita hasta la mañana, donde un nuevo día comenzaba.

Esta vez amanecían desnudos y abrazados, sintiendo el calor de la piel del otro, y sin rastro de baba en la camisa; hoy era, sin duda, un día feliz.