A SUS PIES CAPÍTULO 10 COMIENZA EL DÍA #5
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CAPÍTULO 10 COMIENZA EL DÍA #5

Alan, que había escuchado toda la lección con una sonrisa de oreja a oreja, se sentó en el suelo cómodamente, cruzó las piernas y abrió las manos hacia la concurrencia, como diciendo: "Y hasta aquí la clase maestra".

La sala volvió a quedar en silencio, pero esta vez era un silencio de absoluto respeto ante la lógica de una niña que acababa de diseñar una emboscada perfecta.

Julia quedó, como todos, boquiabierta ante la exposición de la pequeña. La sala de reuniones, antes un hervidero de gritos, se había transformado en un templo de silencio y reflexión. La soberana se reincorporó en su silla, mirando alternativamente a los mapas y a la niña.

—Desde luego, mañana no se hará nada. Hay que discutir esto con calma antes de arriesgar un solo cuello —dijo Julia, señalando a los once soldados con un gesto de barbilla—. Pero... no lo sé. Vosotros sois los profesionales del acero, ¿qué pensáis?

—Es tan sencillo que da miedo cómo piensa la niña —respondió Gedeón, el veterano, rascándose la cicatriz de su mejilla con respeto. Marcus, a su lado, asentía con la cabeza pesadamente, reconociendo la lógica de la emboscada.

Ander, que aún sentía el frío en la espalda por el comentario anterior de las flechas, dio un paso al frente.

—Me acaba de salvar la vida quitándome de la cabeza esa idea de hacer de diana —confesó con honestidad—. Y ahora nos ha puesto Magnord en bandeja de una forma asombrosamente fácil.

Carla, lejos de envalentonarse, mantuvo la seriedad que requiere la guerra e interrumpió con una advertencia:

—No olvidéis que todo depende de la información. Si llegáis haciendo ruido y resulta que hay doscientos soldados esperándoos... caeréis todos.

Ander se volvió hacia Elías, el rastreador del grupo, cuyos ojos siempre estaban analizando cada rincón de la sala como si buscara una huella invisible.

—Tú verás, Elías. ¿Sería posible explorar Magnord sin ser descubierto?

—Si voy solo, sí —respondió el rastreador con voz queda—. Pero no sé navegar; necesitaría orientarme en el mar y saber exactamente dónde desembarcar. Como ha dicho Carla, Magnord está cerca de unos acantilados; si me ven llegar con un bote desde la costa... hemos terminado antes de empezar.

Alan, que seguía sentado en el suelo con las manos sobre las rodillas, intervino de inmediato.

—Yo te llevo. Pero te dejo allí y me largo enseguida para no levantar sospechas.

Elías negó levemente con la cabeza mientras calculaba la logística.

—No hará falta ni que toques la arena. Ya iré nadando el último tramo, solo acércame un poco a la costa bajo el amparo de la oscuridad.

Si voy a desaparecer entre las sombras, no podré llevar la cota de malla ni nada que brille o haga ruido, solo mi cuero y el acero necesario.

Pero el problema sigue siendo que me vean al llegar; incluso si acabo con el primer guardia que me detecte, eso ya llamaría la atención y daría la alarma.

Fue entonces cuando Carla, con una confianza que ya nadie en la habitación osaba cuestionar, se metió de nuevo en la conversación para pulir el plan.

—Serían dos barcos y mucha espera —dijo la niña, como si estuviera moviendo piezas en un tablero invisible—.

Uno al este, en las tierras de Borandel, y otro al oeste, en la desembocadura del río.

Seis hombres en el lado este y cinco en el del río.

Pero Elías tiene que espiar primero y hacer llegar la información a los seis.

.. —Carla hizo una pausa, uniendo los puntos en su mente—.

En cuanto los seis de Borandel empiecen a talar y oigáis el primer "¡Árbol va!

", esa será la señal para los demás. Significará que Elías lo ha visto todo despejado y que el plan se pone en marcha.

El anciano del consejo, que no había quitado ojo a la pequeña, dejó escapar un suspiro de asombro. La estrategia estaba cobrando una forma tan sólida que el aire de la habitación ya olía a madera recién cortada y a hierro listo para la batalla.

La sesión se disolvió bajo el peso de la responsabilidad y la asombrosa lucidez de los más pequeños.

Julia, con gesto solemne, dio por terminada la reunión, no sin antes estrechar las manos de Tristán y Carla, agradeciéndoles formalmente sus servicios como consejeros.

El plan de la madera de Tristán también recibió luz verde; no solo serviría para Magnord, sino que se convertiría en el nuevo estándar de transporte para la isla.

Alan, el veterano maestro de Borandel que llevaba ya años gobernando el puerto de la isla, se marchó junto a Elías para ultimar los detalles.

Aunque Alan no era un soldado de la hueste de Calen, su lealtad a la reina y su conocimiento de las corrientes eran vitales.

Su mujer, María, también maestra en las artes del mar, se encargaría de patronear el segundo barco.

Los soldados se dividieron: Bastian iría en una embarcación y Cédric en la otra, asegurando que los mejores arqueros cubrieran ambos flancos de la operación.

Sin caballos que entorpecieran el sigilo, cargando solo con el acero de sus espadas y la tensión de sus ballestas, los hombres se retiraron a descansar.

Finalmente, el gran salón quedó en silencio.

El eco de las discusiones fue sustituido por el suave crepitar de las últimas brasas en el hogar.

Ander y Julia se quedaron solos, acompañados únicamente por una mujer del servicio que, con movimientos lentos y discretos, comenzaba a recoger los vasos y a limpiar la gran mesa de piedra pulida.

La oscuridad de la noche se filtraba por las ventanas, y el aire, antes cargado de estrategia militar, ahora pesaba con el cansancio acumulado y la intimidad recuperada.

Julia suspiró, deshaciéndose de la rigidez real de sus hombros, y miró a Ander, que permanecía de pie, observando el mapa como si aún pudiera ver las flechas de Carla atravesando el aire.

—Ha sido un día largo, primer oficial —susurró ella, rompiendo el silencio.

Ander se giró hacia ella. La luz de las velas bailaba en sus ojos, suavizando las facciones del guerrero.

—Demasiado largo, Milady —respondió él con voz ronca—. Jamás pensé que dos niños nos pondrían en nuestro sitio de esa manera.

La mujer del servicio hizo una pequeña reverencia y se retiró hacia la cocina, dejándolos finalmente en una soledad absoluta, envueltos en el aroma de la cera quemada y el frío que bajaba de la montaña.

Julia miraba fijamente a Ander, el cual aún le daba vueltas a lo dicho en la reunión, procesando cada palabra mientras el silencio de la estancia se hacía pesado.

—Parece que los niños saben más que nosotros —dijo él, rompiendo el silencio mientras le daba vueltas en su cabeza a la expresión de Carla sobre coserlo a flechas.

—Esa niña o sus padres han debido pasar mucho tiempo en el campo de lino, entre las ruecas y los telares de Alex y Elisa, porque por un momento me he visto como un alfiletero con todas las flechas saliendo de mi cuerpo.

Julia no contestaba; se acercaba a él con el deseo desbordado en los ojos, una llama que quemaba más que cualquier sol de verano. La espera había acabado por fin, pero el soldado seguía absorto en sus estrategias:

—Debería ser en luna nueva, cuando la oscuridad absoluta de la isla nos proteja —dijo mirando al suelo de piedra fría.

Mientras tanto, Julia se había quitado ya uno de los tirantes de su vestido, dejando que la tela se deslizara por su hombro, y su pecho asomaba erizado por completo bajo la tenue luz de las velas. Sin duda, ella no pensaba en la incursión ni en los peligros exteriores.

—Pero claro, hay que tenerlo todo en cuenta, porque si nos ven venir... —Ander repasaba una y otra vez la idea en voz alta, atrapado en su deber de oficial, hasta que Julia le susurró con una voz que helaba y encendía la sangre a la vez:

—¡Soldado! De rodillas —le dijo al oficial, el cual levantó la vista sorprendido y al ver el pecho desnudo de esta, cayó al suelo como fulminado por un rayo.

Hincó las dos rodillas en el suelo de piedra creando un sonido seco y contundente que, sin duda, debió dolerle profundamente, pero no mostró ningún gesto de dolor.

Sus ojos se habían perdido por completo en la hermosura de la que ahora era su reina, su amor y su vida entera.

Julia deslizó la otra tira del vestido, dejando que la prenda cayera pesadamente al suelo, amontonándose a sus pies y mostrando su entera desnudez ante la mirada atónita del hombre. Ander quiso quitarse la ropa de inmediato, pero Julia tenía otros planes muy distintos:

—Como tu reina, ¿te he dicho que te muevas? —Ander quedó petrificado, con los músculos en tensión bajo el jubón.

—No, mi señora, tiene razón; estoy aquí para lo que usted ordene —respondió él con total sumisión.

Julia caminaba hacia él, pasando por encima del vestido muy lentamente, cada paso era una tortura de deseo.

—Dime, soldado, ¿sabes cuánto llevo sin correrme?

—Otra vez esa expresión, pensó Ander; sin duda Julia lo hacía aposta.

Podría haber usado términos como clímax, orgasmo o simplemente hablar de disfrutar o gemir, pero esa expresión cruda le decía al primer oficial que lo que venía ahora no era solo por amor; era disfrute puro.

No quería sentirse amada en ese instante, quería sentirse mujer, quería experimentar placeres y probar con el hombre que amaba, pero buscando el juego de roles de reina y soldado.

—Mi señora, me encantaría beber de usted y sacarle hasta la última gota de su clímax —dijo Ander intentando sonar parecido, con la voz ronca por la excitación. Pero Julia le cerró la boca con una frase directa como una estocada:

—¿Quieres que me corra en tu boca? —El primer oficial ya sentía puro dolor en sus pantalones por la presión de su hombría y sintió el pánico repentino de terminar antes incluso de empezar. Aunque lo único que salió de su boca fue un:

—Sí, señora, lo quiero —admitió él con entrega absoluta.