CAPÍTULO 10 COMIENZA EL DÍA #4
—Ante el hierro al rojo vivo, todo el mundo cede —sentenció el anciano con una frialdad que heló el ambiente.
Ander miró a Julia, buscando su apoyo, y pidió silencio educadamente un par de veces, pero la gente estaba demasiado caliente y nadie le hacía caso.
Los gritos entre los partidarios de la seguridad y los de la expansión se cruzaban como flechas.
En medio del barullo, el primer oficial se inclinó hacia la reina.
—Lo siento, Milady —le dijo al oído, con un tono cargado de arrepentimiento—. De verdad que quiero hacer esto por vosotros, para que tengamos recursos y futuro, pero jamás pensé que se liaría esta tormenta.
Justo en ese momento, la puerta pesada se abrió de nuevo.
Tristán regresó de la mano de una niña pequeña: Carla, la amiga de juegos del muchacho.
Alan, al verlos llegar, miró a los amantes y levantó un dedo, luego dos y, al llegar al tercero, tanto Julia como Ander y el propio Alan gritaron al unísono con una potencia que hizo vibrar las vigas del techo:
—¡SILENCIO!
El estruendo fue tal que todos se callaron en el acto, mirando a la soberana con el corazón en la garganta. Julia dio un paso al frente, barriendo la sala con su mirada de reina.
—De momento —dijo con voz firme—, el que mejor ha sabido leer esta situación ha sido un niño que me cuesta creer que solo tenga seis años.
Ese niño dice que su amiga Carla es mejor estratega que él.
Aquí tenemos a Carla. Ya que hemos tenido la decencia de escuchar al niño, oigamos lo que tiene que decir la niña.
Carla se colocó en el centro del círculo, rodeada por más de veinte adultos que la doblaban en tamaño.
Estaba visiblemente cohibida, jugueteando con el dobladillo de su túnica y sin saber por dónde empezar.
Ander, suavizando su semblante de guerrero, se acuclilló frente a ella para infundirle confianza.
—Hola, cariño —le dijo con voz suave—. Estamos hablando sobre estrategia. Todos quieren perseguirme... Mira, si yo voy a Magnord y me coloco justo delante de su puerta, a la vista de todos... ¿no crees que vendrían a por mí dejando la otra cara del asentamiento vacía?
Carla levantó la vista y clavó sus ojos limpios en los del primer oficial. Sin titubear ni un segundo, con una lógica aplastante y desprovista de toda gloria militar, respondió:
—Si yo te quisiera muerto y te pusieras ahí delante, te cosería a flechas.
El salón quedó en un silencio sepulcral, un vacío absoluto donde solo se oía el silbido del viento contra la montaña.
Ander se quedó pálido, como si una de esas flechas imaginarias le hubiera atravesado el pecho de verdad.
Julia abrió mucho los ojos, impresionada por la sencillez con la que una niña pequeña acababa de desmontar la bravuconería de un veterano.
A Ander, de golpe, se le quitaron todas las ganas de hacer de cebo.
Julia hizo una seña firme a una de las mujeres que aguardaban cerca de la pared.
Esta, con presteza, le trajo una silla de madera, rústica y sólida como la del anciano del consejo.
La soberana se sentó con una elegancia que contrastaba con la tosquedad del mueble y, cruzando las manos sobre el regazo, habló en un tono calmado y bajo, pero que cortó el aire de la sala como un puñal.
—Silencio todo el mundo —ordenó, y el murmullo de los presentes se extinguió al instante—.
Lo primero: ¿es absolutamente necesario atacar Magnord?
La respuesta es NO. ¿Nos vendría bien hacerlo?
SI. Pero escuchadme bien: la cuestión es que Carla y Tristán, a partir de hoy, se han convertido en consejeros reales.
Y lo digo completamente en serio. Si alguien desea mi trono, se lo cederé con gusto; si no es así, mis decisiones se cumplen.
Las únicas dos personas que han hablado con sentido común aquí han sido ellos.
¿Alguien se atreve a pensar lo contrario?
Los soldados, con sus cotas de malla aún sucias del trabajo, y los maestros artesanos se miraron los unos a los otros en un silencio sepulcral. Solo Alan, con la confianza que le daba su veteranía, levantó la mano.
—Yo no estoy en contra, Julia. Solo secundo tu opinión —dijo, dando un paso al frente—.
Este hombre pequeño y esta mujer pequeña nos han cerrado la boca a todos.
Tienen algo que a nosotros ya nos falta: imaginación.
Ellos luchan todos los días, inventan formas distintas ya sea para pescar.
.. —añadió mientras alborotaba con cariño el pelo de Tristán— o simplemente para ganar una batalla sin necesidad de espadas, caballos ni grandes ejércitos.
Solo astucia pura. Así que apoyo la idea.
Además —añadió sacando pecho y con un tono socarrón que relajó un poco el ambiente—, los he traído yo.
Julia asintió y clavó su mirada en la niña, que permanecía en el centro de la estancia.
—Me gustaría oír lo que tiene que decir mi consejera de guerra.
Ander y la reina se turnaron entonces para explicarle la situación táctica de Magnord a la pequeña.
Lo hicieron con paciencia, procurando no interrumpirse, exponiendo la disposición de las ruinas y los campos de cultivo.
Carla se veía por momentos abrumada por el peso de tantas miradas adultas y la responsabilidad de su decisión, pero en sus ojos castaños empezó a brillar el destello incipiente de un plan maestro.
Cuando terminaron, le preguntaron qué haría ella.
—Pues yo... —comenzó Carla, aclarándose la garganta— por lo que me habéis contado, tendría que saber primero si la información que tenéis es cierta. ¿Sabemos si al desembarcar no habrá un gran ejército allí esperándonos? Y lo segundo, si supiésemos a ciencia cierta que es como dice el tío Ander...
El primer oficial se inclinó hacia el oído de Julia, con una sonrisa ladeada.
—Ya tengo dos sobrinos, y tú solo uno —susurró con picardía.
—Si tú eres mío, lo tuyo también es mío. Y ahora, chist —le respondió ella en un susurro igual de bajo, cortándole el paso. Ander sonrió, complacido, y dejó que la niña continuara.
—Creo que lo mejor es dividir en línea recta —continuó la pequeña estratega—. Aunque sea más cansado, obligaría a una lucha de cerca y a usar el parapeto de los árboles.
Ander sintió un escalofrío. Tristán era, sin duda, el hijo de Calen, pero ella... era Calen en miniatura.
—Explícate, guapa —le pidió Ander, fascinado.
—Pues van solo los soldados, siempre dejando a uno atrás, un arquero.
Sois once, ¿no? Pues diez avanzan, pero no hacia el asentamiento, sino hacia el bosque.
Y un arquero se queda vigilando en la playa.
Es muy importante que no haya contacto visual.
Os dividís: cinco y cinco. Los primeros cinco se arrastrarán por la maleza o subirán a las copas de los árboles, pero no deben ser descubiertos por nada del mundo yendo al lado contrario.
Los otros cinco esconderán sus espadas, escudos, ballestas o arcos cerca de ellos, entre los matorrales.
Pero lo que sí mostrarán serán hachas. Se pondrán tranquilamente a talar árboles, como si nada pasara.
Carla gesticulaba con las manos, dibujando el bosque en el aire y mostrando a seis contando al arquero, en un sitio y cinco yendo al lado contrario.
—Si no os descubren, seguís trabajando, pero haciendo mucho ruido: "¡Árbol va!" y esas cosas. Debéis parecer simples aldeanos recolectando madera. Una cantidad pequeña de soldados enemigos, quizá cinco, saldrán a ver...
—Seis —corrigió Ander por instinto profesional—. Un oficial y cinco soldados. Siempre se mueven en grupos de seis u once.
—Pues eso —asintió Carla sin inmutarse—.
Irán a por vosotros, seguramente para amedrentaros o abusar de su poder.
Es ahí cuando debéis huir lentamente, como si tuvierais miedo, diciendo cosas como: "solo queremos calentarnos" o "solo necesitamos un poco de madera".
Debéis dejar que os persigan un poco hacia la espesura.
Una vez allí, si los cinco que talan pueden con ellos, acabad con los enemigos, siempre manteniendo al arquero en la playa, el cual podrá cubrir vuestra huida en el peor de los casos.
Mientras los otros cinco siguen su camino sin ser descubiertos, creo que Magnord está cerca de los acantilados, por debajo podréis pasar desapercibidos habrá luego una escalada eso sí .
El plan trata de que los que están dentro de Magnord no piensen, sino que SEPAN que solo hay cinco leñadores.
Debéis seguir talando como si no pasara nada, como si los soldados que han salido a por vosotros simplemente se hubieran perdido o incluso como si los hubierais convencido de daros o dejaros talar en paz, quizás un “MUCHAS GRACIAS”.
También "¡Árbol va!" y más gritos. Imagino que entonces mandarán a más gente.
Es vital que los que talan estén siempre a cubierto.
Si alguien ve a los leñadores... yo los cosería a flechas.
Pero si no los veo, enviaría a un último grupo antes de sospechar o de dar la alarma.
Y ahí, cuando el enemigo haya mandado dos grupos y vea que por el otro lado no hay nadie, desprotegerá el flanco contrario.
No verán el peligro; lo que verá el oficial al mando será la incompetencia de sus propios hombres que no regresan.
Mirará hacia el bosque cabreado, sin saber qué pasa.
Y es justo a la salida del segundo grupo cuando debéis atacar por el lado que han dejado vacío, por supuesto yo usaría flechas que no hacen ruido y si es posible acabar con sus arqueros lo primero para que el segundo grupo se quede a merced de los leñadores y los de dentro sean vencidos por el factor sorpresa.