CAPÍTULO 10 COMIENZA EL DÍA #3
Rosa escoltó a los once guerreros hasta la sala de reuniones.
Allí aguardaban los maestros de la isla, el anciano del consejo que se sentó junto a Julia en la fiesta y, por una insistencia extraña de Alan, el pequeño Tristán.
Como no había una mesa lo suficientemente grande para los treinta presentes, todos permanecieron de pie, salvo el anciano, que ocupaba una sencilla silla de madera.
Julia tomó la palabra en cuanto los soldados formaron frente a ella.
—Ander ha dicho algo esta mañana que requiere la opinión de todos. No puedo decidirlo sola, ya sea por mis sentimientos hacia él o porque hay vidas en juego. No quiero cargar con esa decisión en solitario, ni lo haré jamás... Dice de entrar en batalla y recuperar Magnord.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el crepitar de una antorcha. Fue el propio primer oficial quien rompió la calma:
—Sé que no sois hombres de guerra, que vuestra vida es pacífica.
Pero mis hombres y yo podríamos tomar Magnord fácilmente.
Mireia nos busca, pero no lo hará donde cree que no nos atreveremos a ir.
No espera que ataquemos una fortaleza. Recuperarla no solo sería un golpe contra ella; sería conseguir un punto de desembarque clave para la madera y los recursos que, tarde o temprano, necesitaremos aquí.
El viejo del consejo alzó la voz desde su silla, con la sabiduría que dan los años.
—La vida aquí es difícil, joven, pero esta isla ha sobrevivido cinco generaciones desde que la encontramos. Con el debido respeto, ¿quién eres tú para decir que necesitamos algo que en más de cien años no nos ha hecho falta?
Las palabras del anciano cerraron la boca de Ander en el acto, dejándolo sin réplica. Julia aprovechó el silencio para añadir:
—Además, si os ven llegar de una dirección, ¿qué impedirá al ejército de Mireia construir barcos y seguir vuestro rastro hasta aquí? Nos pondríais a todos en el mapa.
Ander se había envalentonado para lucirse ante su dama, pero no había sopesado las consecuencias logísticas. La sala parecía haber llegado a un punto muerto hasta que una voz infantil rompió el protocolo.
—¿Cuál es el problema con la madera? —preguntó Tristán.
Los presentes miraron al niño con sonrisas condescendientes, pero Alan se arrodilló ante él, tratándolo con la seriedad que se le debe a un consejero.
—Pues que aquí los árboles son pobres y retorcidos, pequeño. Para construir o entrenar hace falta madera de calidad, pero los barcos tardan días en traerla y solo pueden cargar dos o tres troncos. Si metemos más, el peso hundiría la nave.
Muchos en la sala murmuraron, preguntándose por qué Alan perdía el tiempo explicando asuntos de estado a un chiquillo. Solo Julia y Ander aguardaban, conteniendo el aliento.
—Pues hagamos cuerdas —respondió el niño con sencillez.
—¿Qué dice? —susurró uno de los maestros. —¿Cuerdas? ¿De verdad vamos a escuchar a un niño? —se burló otro.
El salón se llenó de cuchicheos y risas ahogadas, hasta que Julia soltó un "¡Silencio!" contundente que hizo vibrar las paredes. Se acercó a Tristán y le puso una mano en el hombro.
—¿Cómo que cuerdas, pequeño? Explícate.
—Sí... ¿por qué hay que meter los troncos dentro del barco?
—preguntó Tristán con lógica aplastante—.
La madera flota, ¿no? Tú misma me dijiste que si se trenzaban las ramas salían cuerdas muy resistentes.
¿Por qué no hacemos muchas cuerdas y atamos los troncos fuera, llevándolos en el agua cómo si un barco tirase de otro?
Incluso a los troncos atados se les podría poner una vela para que el viento ayude.
Alan se giró lentamente, recorriendo con la mirada a todos los que se habían burlado, desafiándolos con un silencio triunfal por haber traído al niño. Solo soltó un sonoro:
—¡Ja!
El asombro se apoderó de las paredes de piedra pulida de la estancia, pero lo bueno vino después. El pequeño no había terminado de trazar su mapa de genialidad.
—Y sobre lo del tío Ander... ¿por qué no hacemos una finta? Con Silvi funciona —soltó Tristán con total naturalidad, entornando sus ojos cargados de una madurez impropia para sus casi siete años.
Esta vez no hubo risas condescendientes. Fue Miguel, el veterano de infantería que custodiaba la torre de vigía, quien dio un paso al frente. El soldado veterano se agachó ligeramente para tratar al pequeño genio como a un igual.
—¿A qué te refieres, muchacho? —preguntó Miguel con tono serio, clavando sus ojos curtidos en el niño.
—Pues que podemos hacer como con la madera. Imagino un barco lleno de hombres, o mujeres, yendo más hacia la frontera de Boreal...
Julia dejó escapar una suave carcajada cargada de ternura y corrigió de inmediato al niño:
—Borandel, mi cielo.
—Eso —continuó él, asintiendo rápido—. Como si fueran a por madera.
Unos pocos podrían coger los troncos, atarlos y hacer lo que os he dicho antes, montando una vela.
Basta con una triangular atada al suelo y levantada con un simple palo, no es necesario un mástil grande ni pesado, ya que el otro barco tirará de él.
Y el resto de los tripulantes pueden ser los hombres del tío Ander, el cual podrá atacar Magnord llegando por otro camino.
¡Jamás verán que venís del mar! Además, si los del barco quizás hicieran algo. ..
De pronto, Tristán se quedó callado. Al levantar la vista, se dio cuenta de que los once soldados, los once maestros y el anciano del consejo lo devoraban con la mirada. Avergonzado por convertirse en el centro de atención de toda la sala, el niño se encogió de hombros y enmudeció.
Sin embargo, la curiosidad y el impacto eran demasiado fuertes. Julia, Alan y Ander se agolparon a su alrededor casi a la vez, acortando la distancia para instarle a continuar.
—¿Algo cómo qué, Tristán? Continúa —le pidió el primer oficial, con el corazón acelerado por la estrategia militar que brotaba de aquella boca infantil.
—No sé... prender fuego al bosque, por ejemplo, o a una pared.
Algo que mande a toda la gente defensora a un lado y vosotros podáis atacar por el otro —explicó el pequeño con las manos temblorosas—.
Aunque, si yo defendiera un sitio y pasase algo extraño en una esquina, inmediatamente miraría hacia la contraria.
.. Así que quizás sería mejor en el bosque.
Un fuego controlado, que no represente una amenaza real, aunque ahora en mayo estará todo muy seco y no podemos quemar lo que necesitamos y hemos ido a buscar.
.. No sé, pero hace falta una distracción.
Es como en la pesca: hace falta un buen cebo.
Al oír la palabra "cebo", Julia giró la cabeza con brusquedad hacia su amante. Al ver la reacción en el rostro del primer oficial, cuyos ojos brillaban con una chispa suicida y decidida, la reina abrió los ojos de par en par. El pánico y la autoridad real se mezclaron en su garganta.
—¡No, ni se te ocurra! ¡Te lo prohíbo! —exclamó ella, dando un paso hacia él.
El anciano del consejo, que permanecía sentado en su sencilla silla de madera observando la escena con sus ojos cansados, intervino rompiendo el tenso silencio.
—Julia, ¿qué pasa? ¿Qué has visto?
—Ander se va a poner de cebo para que sus hombres entren por el otro lado —sentenció la reina, con la voz rota por el miedo a perder al hombre que dormía en su pecho.
—Pero funcionaría —replicó el primer oficial, defendiendo su posición con ese semblante de acero que usaba en las grandes batallas—.
En Magnord no creo que haya un contingente de más de veinte hombres de Mireia custodiando las ruinas y los campos.
Nosotros somos once soldados formidables.
Tenemos diez ballestas pesadas y varios arcos en el inventario.
Mis hombres matarán a diez de ellos con las ballestas y luego, con los arcos. ..
Tristán, ajeno a la jerarquía militar y guiado solo por la lógica de sus juegos, interrumpió al curtido guerrero.
—No, habría que usar primero los arcos. Llegan más lejos y las ballestas se pueden almacenar ya cargadas para cuando se acerquen.
Ander estaba completamente estupefacto, mirando al hijo de Calen como si estuviera viendo a un fantasma del mismísimo general reencarnado. El niño, emocionado al ver que sus ideas cobraban sentido en un plano real, siguió explicando con total inocencia:
—Así jugamos aquí. Carla podría ayudar, es muy buena estratega. Siempre me gana.
El asombro se apoderó de las paredes de piedra pulida de la estancia, pero lo que vino después fue un torbellino de voces encontradas.
En un instante, la sala de reuniones se convirtió en un campo de batalla dialéctico.
Los soldados, con la sangre encendida por la posibilidad de volver a la acción, cerraron filas en torno a la idea de Tristán, asegurando que era un plan maestro.
Por el contrario, los maestros y el anciano del consejo negaban con la cabeza, viendo en aquella aventura un riesgo innecesario que podría acabar con la paz de la isla.
En medio de la disputa, Alan se agachó para susurrarle algo al oído a Tristán. El niño asintió con gravedad y salió corriendo de la sala con una agilidad que solo Julia, desde su posición elevada, alcanzó a notar, viéndolo irse extrañada pero suponiendo a donde iba.
—He librado batallas mil veces peores —exclamaba Ander, tratando de imponer su voz sobre el murmullo general—. Conozco cada piedra de Magnord. Os aseguro que mis hombres y yo somos capaces de tomarla antes de que se den cuenta de qué ha ocurrido.
—¿Y si fracasáis? —le espetó uno de los maestros, con el rostro enrojecido por la angustia—.
Si capturan a uno solo de vosotros, lo torturarán sin piedad.
Los hombres de Mireia son carniceros. Le arrancarán la lengua si hace falta para que confiese la localización de esta isla. ¡Nos condenaréis a todos!
Los soldados estallaron en insultos y protestas, golpeándose el pecho.
—¡Nuestra lealtad no tiene precio! —rugió Grégor, apretando los puños—. ¡Moriríamos antes de vender a los nuestros!