CAPÍTULO 10 COMIENZA EL DÍA #2
La tristeza y la furia que sintió en aquel momento aún le escocían en el alma, pero nada comparado con el terror cuando aquel hombre la desnudó sin miramientos entre la hojarasca y la ató a un árbol.
Durante una tarde eterna, una noche de pesadilla y la mañana siguiente, el espía la sometió a sus más bajos instintos.
La joven recordó el dolor lacerante cuando él la penetraba de la forma más sucia, escupiendo en su sexo y en su ano para lubricar su crueldad mientras le apretaba los pechos con tal fuerza que le dejaba marcas amoratadas, le hacia cortes con su daga o simplemente se divertía golpeándola.
Cada embestida era un insulto a su dignidad, una invasión cargada de desprecio que la dejó sumida en la desesperación más absoluta.
Ander recordó entonces la llegada de Calen al lugar.
Su amigo apareció como un ángel vengador justo cuando el espía, de espaldas a la ruta, penetraba a la joven por detrás con saña.
Sin mediar palabra, el capitán desenvainó y, con un movimiento preciso, le cortó los tendones de las rodillas.
El grito del hombre se ahogó cuando cayó de rodillas, aún unido a ella por la inercia del acto.
Antes de que pudiera comprender su final, el acero de su capitán le entró por la boca abierta de dolor, atravesando la lengua y el paladar hasta salir por la nuca, seccionando la médula al instante.
Así fue como la joven pasó de ser una princesa vejada a la reina absoluta de Borandel, rescatada por el hombre que ahora era una leyenda y protegida por el soldado que ahora la amaba.
—Ese niño debe visitar Borandel —repitió Alan, sacándolos de sus pensamientos—. Necesita ver lo que su padre señorita Julia, ayudó a forjar.
La tensión en la alcoba, densa y pesada tras el vívido recuerdo de la tragedia en el bosque, se disipó no con pasión, sino con la gravedad del deber.
Las sombras del pasado habían dejado a la soberana sin apetito carnal; la reina que habitaba en ella se había impuesto a la mujer.
El primer oficial, compartiendo ese mismo poso de amargura y respeto, sentía que su deseo se había enfriado bajo el peso de la historia; no era momento de piel, sino de decisiones.
Alan, que apenas llevaba un par de jornadas tratando con el grupo nuevo y asombrándose con las particularidades del niño, seguía esperando una respuesta con el gorro en la mano. La joven recobró la compostura y se ajustó la túnica de lino, mientras una idea política empezaba a gestarse en su mente.
—Si es tan prodigioso como dices —comenzó ella, mirando a ambos hombres con la firmeza de quien gobierna un reino—, quizá deberíamos tratarlo como a uno más.
Rotarlo en los campos, enviarlo a los talleres de los maestros, darle responsabilidades.
.. convertirlo, de la noche a la mañana, en un adulto más de esta comunidad.
Si tiene la mente de su padre, la disciplina no le será ajena y la aprovechará.
El soldado asintió lentamente, considerando la propuesta con pragmático rigor militar.
La vida en la Isla de los Antepasados era una lucha constante contra los elementos, y cada par de manos contaba.
Sin embargo, fue él, quien había cargado a Tristán en brazos cuando apenas era un recién nacido y lo había visto dar sus primeros pasos entre los muros de Frainord, quien arrugó el entrecejo.
—Creo recordar que el cumpleaños del muchacho es en agosto —intervino Ander, tratando de aportar un dato útil sobre Tristán—.
Cumplirá los siete años. Milady, con todo el respeto.
.. sacarlo de esta isla donde ahora es feliz, o cargar sus hombros con el peso de un hombre adulto, no me parece buena idea.
Alan caminó hacia la ventana, observando el bullicio matutino. Pero fue el primer oficial, el hombre que conocía cada gesto del niño desde que abrió los ojos al mundo, quien tomó la palabra con una autoridad que nadie en esa habitación podía cuestionar.
—Dejemos que el niño sea un niño durante unos años más —continuó el soldado con voz pausada y profunda—.
Aquí puede aprenderlo todo. Tiene el mar para entender la paciencia, tiene los campos para entender la vida y tiene a los mejores combatientes para instruirlo cuando llegue el momento, sin necesidad de llevarlo a un sitio como Borandel el cual no he visto nunca, pero imagino que será como Frainord.
Allí se vería agobiado, rodeado de muros de piedra fría y, sobre todo, terriblemente solo entre consejeros y maestros que jamás entenderían su espíritu libre.
Yo lo he visto crecer, Julia, y sé que su mente vuela más rápido que sus pies.
No le cortemos las alas antes de tiempo.
Julia escuchó en silencio, sintiendo cómo la lógica y el cariño de su amante calaban en ella.
Comprendía que, en su afán por fortalecer su reino, quizá estaba intentando acelerar un destino que ya estaba escrito en la sangre del hijo de Calen.
Alan, al ver que la reina asimilaba esas palabras, añadió un matiz para no desperdiciar tanto ingenio:
—No me he explicado bien, lo único que digo, es que no dejemos escapar esa mente tan prodigiosa, eso sería un pecado.
Pero quizá cuando cumpla los doce inviernos, o algo así, sea la época adecuada para llevarlo a la ciudadela.
O incluso llevarlo antes, pero solo para que lo vea, para que respire el aire de la corte y sea él mismo quien decida si quiere cambiar la arena de la playa por el mármol del castillo.
Ander puso una mano callosa y firme sobre el hombro de la soberana. Ella suspiró, dejando que la tensión abandonara sus hombros.
—Tienes razón, Alan. Y tú tienes más razón aún, Ander —concluyó con una media sonrisa—. Que siga cazando peces con cebada y robando aceite para sus lámparas. Ya tendrá tiempo de sobra para cargar con el peso del mundo.
Dicho eso, Alan se despidió con un breve gesto de respeto y se dirigió a su puesto en el muelle para continuar con sus labores.
El sol ya empezaba a calentar las piedras del puerto mientras el maestro enseñaba al pequeño Tristán el arte de la conserva: cómo destripar los peces con cortes limpios, salarlos para que el tiempo no los pudriera, o disponerlos para el ahumado y el secado.
Trabajaban con la generosa captura de las trampas de cebada, bajo una brisa que hoy traía un aroma dulce a retama y mar.
Mientras tanto, cada soldado se dirigió a su campo asignado con una alegría renovada, dispuestos a trabajar la tierra y, sobre todo, a aprender de los maestros de la isla.
Ander, el único que no tenía un surco que arar, cabalgó hacia el campo once, la zona de entrenamiento.
Allí, bajo la atenta mirada de los acantilados, estudió y organizó el escaso armamento disponible.
Pasó horas hablando con Miguel y Olga; él, antiguo infante de primera línea, y ella, veterana de la enfermería de campaña, le ayudaron a idear circuitos de obstáculos y campos de tiro.
Sin embargo, la madera necesaria no llegaba y los escasos árboles de la isla, retorcidos por el viento, eran considerados casi sagrados por la comunidad. Había que esperar.
Julia, por su parte, no se quedó quieta.
Se desplazó por todo el asentamiento, echando una mano allí donde sus dedos fueran útiles.
Empezó con las lavanderas, sumergiendo las manos en el agua fría para lavar sábanas y túnicas de lino, hasta que el rítmico trote de un caballo anunció la llegada del primer oficial.
—Milady, necesitamos madera —soltó él sin preámbulos—. Es imperativo para el entrenamiento y las defensas.
—Lo sé, Ander —respondió ella, secándose las manos en el delantal—.
Ya he mandado traerla, pero debes entender nuestra posición.
Estamos más cerca de Frainord que de Borandel.
Mis barcos deben adentrarse mucho en mi frontera antes de virar hacia la costa para no ser vistos.
Además, los troncos pesan más que los hombres o las bestias.
Cuando los barcos regresen, traerán como máximo dos o tres árboles cada uno.
Habrá que racionarlos, porque Carlo la necesita para las cercas y Jaime debe levantar un establo para vuestros caballos.
La pérdida de Magnord nos ha dejado en una situación precaria.
El soldado guardó silencio, pensativo, mientras el sol de mayo sacaba destellos de su armadura descuidada.
—Milady... Julia, sabes que te quiero, ¿verdad? —preguntó de pronto, bajando la voz.
—Eso creo —respondió ella con una sonrisa socarrona que iluminó su rostro cansado—, aunque de momento solo sé que me roncas por la noche y yo te babeo el pecho.
Ander, sin embargo, no devolvió la broma. Recuperó ese semblante de acero, el del oficial que impone su voluntad en el campo de batalla, ese gesto que Julia tanto odiaba porque la hacía sentirse pequeña ante el deber.
—Recuperaremos Magnord mañana —sentenció él.
Antes de que ella pudiera soltar una sola protesta, el soldado partió al galope, levantando una nube de polvo.
La reina se quedó helada, mirando cómo se alejaba.
Se volvió hacia las lavanderas, fijando su vista en Rosa y Lourdes, que conocían bien a los hombres de Calen.
Su tono cambió de golpe, volviéndose regio y gélido.
—Traedlos. Por orden de la reina, traedlos a todos. A los once. Los quiero en la sala de reuniones de mi casa de inmediato.
Hasta ese día, Julia siempre había habitado en la casa asignada a Ander, pero él jamás había cruzado el umbral de la residencia real.
Al entrar, los soldados se sintieron pequeños.
La casa era vasta, lindando con la falda de la montaña, protegida del viento racheado y el salitre por las construcciones colindantes.
Aunque los suelos no eran de mármol, la piedra local estaba tan pulida que devolvía el reflejo de sus botas como si de un palacio se tratara.