A SUS PIES CAPÍTULO 10 COMIENZA EL DÍA
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CAPÍTULO 10 COMIENZA EL DÍA

El amanecer de mayo desperezaba la Isla de los Antepasados con una lentitud casi mística, envolviendo el paisaje en una densa bruma atlántica que trepaba desde los acantilados.

Una ráfaga de viento húmedo y salino golpeó los postigos de madera de la ventana, pero en el interior de la alcoba el ambiente permanecía ajeno al frío del exterior.

Ander se despertó sintiendo una calidez húmeda sobre el pecho.

Al abrir los ojos, descubrió la cabeza de Julia apoyada firmemente sobre su torso, dejando un rastro de baba que empapaba la tela de su camisa.

La reina debió de haberse despertado a medianoche y, empujada por el frío o por la simple necesidad de calor, se había bajado sigilosamente a dormir con su amor, recordando aquellas noches pasadas del mismo modo.

Lejos de sentir la pasión carnal que los había arrastrado los días atrás, Ander experimentó un profundo y limpio cariño. Eso era el amor: un sentimiento puro que separaba el ardor y la pasión de la simple y absoluta alegría de estar a su lado.

"No quiero volverme débil, pero si es a su lado me da igual lo que me pase", se dijo mentalmente, contemplando las facciones relajadas de la joven.

Con extrema ternura, comenzó a acariciarle el cabello mientras la claridad grisácea del alba asomaba ya por las ventanas, tiñendo el aposento. Julia gimió suavemente entre sueños, protestando como una niña pequeña a la que despiertan antes de tiempo y que implora por cinco minutos más de descanso.

De pronto, un golpe firme y seco resonó al otro lado de la puerta de madera.

El ruido la despertó en el acto. Julia levantó la cabeza sobresaltada y descubrió, con una mezcla de rubor y diversión, que efectivamente la camisa del soldado estaba empapada por su saliva.

—Milady, buenos días. Lo echaba de menos —susurró Ander con una sonrisa cómplice.

Ella le devolvió la sonrisa y se inclinó para besarlo.

Aunque el beso se prolongó más de lo normal, perdiéndose en el tiempo, fue un beso de puro amor; no hubo erección por parte de él, ni flujo por parte de ella.

Sin embargo, antes de separarse, la joven se le acercó al oído con una mirada cargada de picardía y le susurró:

—Esta noche no te escapas.

Aquellas palabras fluyeron hacia los pantalones del soldado. Su miembro comenzó a crecer por segundos, tensando la tela con una fuerza indomable.

—¡Ala! ¡Ya tenías que liarla! —protestó él a media voz.

Julia deslizó su mano con audacia, acariciando su pene duro como una piedra, y soltó una risita traviesa.

—Je, lo siento.

Se levantó de la cama de un salto y caminó decidida hacia la entrada para abrir la puerta.

Como era de esperar, quien llamaba no buscaba al soldado; era Alan, el señor del puerto, y quería verla a ella.

A estas alturas ya no había secretos en el asentamiento: Ander y la reina Julia estaban juntos, y a nadie le importaba lo más mínimo.

Al contrario, el soldado estaba encantado con la situación.

Mientras los dos conversaban en el umbral, Ander se incorporó en el lecho y notó un detalle: por la noche, Julia había quitado discretamente la sábana de la cama, la cual la noche anterior se había manchado con el periodo.

De pronto, el eco de la conversación del exterior trajo un nombre que le hizo agudizar el oído: Tristán.

La curiosidad venció a la prudencia. Sin haber sido invitado, Ander se levantó, se ajustó las ropas y se acercó a la puerta, interrumpiendo de forma educada:

—Perdonar, no sé si puedo meterme... He oído Tristán, y me ha dado curiosidad.

Alan, un hombre robusto curtido por el salitre y el viento del mar, miró a Ander de arriba abajo con una ceja alzada.

—Estáis juntos, ¿no?

Ander desvió la mirada hacia Julia, buscando apoyo, y fue ella quien respondió con rostro inocente:

—Yo se lo pedí, pero él me rechazó, así que no sé...

—¡¿Será embustera?! —exclamó Ander, abriendo los ojos de par en par ante semejante mentira.

Julia se limitó a reír con ganas antes de recuperar el semblante serio y contestar:

—Sí, estamos juntos... mientras aguante mi ritmo.

Alan lo miró fijamente, casi con lástima, y soltó un suspiro.

—Pues el ritmo de una reina cualquiera es fácil de aguantar; solo cenas de gala y pasar el día tumbado.

Pero el ritmo de Julia es un infierno. No conozco a nadie que lo aguantaría; es una especie de dios, está en todas partes y lo arregla o lo intenta todo.

Te compadezco —dijo dirigiéndose al soldado, mientras le daba un golpecito cómplice con el hombro a Julia, mirándola con el cariño incondicional con el que un padre mira a una hija.

Luego, recuperando la agitación que lo había llevado hasta allí, prosiguió—: Pues el niño de los huevos.

.. es un prodigio. Debéis llevarlo ante los maestros y, diría más, ante el consejo.

Para empezar, no quería llegar tarde y, bastante antes del amanecer, nos ha despertado a María y a mí.

El pesado, que si he de mirar sus trampas, que hay que mirarlas ya, etc.

Por fin, y solo para callarle la boca, hemos ido a ver las trampas.

Ha bajado con una agilidad pasmosa por las rocas del lateral de la playa y me ha explicado, como si yo fuera un novato, no solo por qué las había colocado ahí, sino el cebo que ha empleado y cómo afectaban las mareas a su trampa, las cuales usa a su favor para que funcionen mejor.

Había dos trampas, ¡y más de dos peces y un pulpo en cada una!

... ¡Y están fabricadas con tallos de cebada!

Me ha hecho plantearme seriamente si merece la pena salir a pescar con las barcas y cambiar todas las redes que siempre se rompen, para empezar a crear trampas por doquier.

Como ya he dicho, es un prodigio, pero eso no es todo. ..

Julia y Ander lo miraban atónitos, asimilando las palabras del pescador. El aroma a pescado ahumado y sal que siempre desprendía Alan parecía acentuar la seriedad de su relato.

—¿Sabéis cómo usamos las antorchas, no? Es un palo emplumado de madera untado en aceite de linaza que arde quemando el palo.

Julia, que ya esperaba algún tipo de magia o revelación, asintió.

—Sí, es así... —dijo, conteniendo el aliento a la espera de la respuesta del maestro del puerto.

—Pues Tristán ha cogido un simple vaso de barro y ha metido una mecha de lino.

Lo ha llenado de sal... y sabe, señorita Julia, que si sobra algo en esta isla es sal.

Luego ha vertido aceite de linaza, que me ha confesado que lo robó del almacén de Alex, y ha hecho una vela que no se consume, que va absorbiendo el aceite sin terminar de quemar el lino, sin cera ni nada.

Y apenas echa un ligero humo negro. En lo que se desperezaba María, Tristán ha hecho tres y ha iluminado mi casa en un santiamén.

María se ha despertado con los ojos como platos. Ese niño debe visitar Borandel.

Ander y Julia sintieron cómo el pecho se les llenaba de orgullo y, al mismo tiempo, de una extraña falta de sorpresa. Aquel pequeño de apenas seis años era, sin duda alguna, el hijo de Calen.

Alan, eufórico, gesticulaba con las manos toscas revueltas por el entusiasmo.

—Y eso no es lo mejor. Lo mejor, sin duda, es que quiere saberlo todo; su espíritu es contagioso. Los niños van a él para que les enseñe; es un líder nato.

Julia y Ander se miraron a los ojos y contestaron al unísono, con una mezcla de melancolía y firmeza:

—Como su padre.

El nombre de Borandel quedó flotando en el aire de la estancia, trayendo consigo el eco de un pasado sangriento y la responsabilidad de un reino entero.

Para Alan, aquel era el destino lógico para un prodigio; no se trataba de una simple plaza fuerte, sino del majestuoso castillo que gobernaba una ciudadela vibrante, con mercados que rebosaban de especias y telas, y un ejército capaz de rivalizar con las huestes de Frainord.

Mientras el maestro del puerto seguía hablando, la mente de la joven soberana viajó años atrás, a los días en que Borandel era su hogar y no solo una corona pesada sobre su cabeza.

La Isla de los Antepasados donde se ocultaban ahora (situada estratégicamente entre Frainord y su reino) era un refugio seguro, una joya de tierra firme oculta a la mirada rapaz de la reina Mireia, pero Borandel seguía siendo su verdadera herencia.

El primer oficial, por su parte, recordó con la mirada perdida la campaña en la frontera.

Mireia, consumida por el odio hacia su mejor amigo, le había ordenado conquistar aquellas tierras con el único fin de enviarlo a una muerte segura.

Sin embargo, su capitán resultó ser el estratega más brillante que la historia hubiera conocido, ganando batalla tras batalla y absorbiendo ciudadelas y asentamientos como Magnord.

Ander sentía un orgullo que le henchía el pecho al recordar la pericia de su mentor, un hombre que convertía el barro en victoria.

Fue precisamente en Magnord, un humilde lugar de campesinos, donde el destino de todos cambió.

Julia recordó con un escalofrío el asedio.

Ella estaba allí de visita con su padre y sus hermanos.

Al verse sitiados por el ejército del que entonces era su enemigo, el Rey, movido por un amor ciego a su familia y su pueblo, decidió la huida.

Como buenos monarcas, los varones de la estirpe real cerraron la marcha, siendo los últimos en intentar "abandonar el barco", pero el destino fue cruel.

En la espesura del bosque, un espía de Mireia los sorprendió.

Con la frialdad de una sombra, el asesino degolló por la espalda al Rey y a los príncipes, dejando a la muchacha sola ante el horror.