CAPÍTULO 9 SE DESVELA EL PASTEL #4
—Presentaros a todos es fundamental para vuestra nueva vida —comenzó Julia—.
Román es el maestro de las vides y, junto a su esposa Elena, se encarga de la uva y el vino.
Su hogar se mueve según las necesidades de la tierra; aunque el campo rote, ellos siempre están donde crecen los racimos.
Alan y su esposa María son los señores del puerto: pesca, ahumaderos y secaderos; todo lo que sale del mar pasa por sus manos y, lógicamente, el puerto es el único lugar que no rota.
Continuó señalando a una pareja de aspecto robusto: —Alvar y su esposa Silvia se encargan del trigo, la molienda y el pan; ellos se desplazan con su cultivo.
Alexandro, a quien llamamos Alex, y Elisa, gestionan el lino: siembra, cuidado, recolecta y las ruecas para tejer la urdimbre.
Son quienes cuentan con más ayudantes. Franco y Belma se ocupan de las verduras y hortalizas; este año tocan guisantes y habas, pero otros se dedican a las zanahorias.
—Carlo y Saray cuidan del ganado (prosiguió señalando hacia los pastos): vacas, ovejas y cerdos.
Se encargan de su salud, su cría y, por supuesto, intentarán que vuestras yeguas den potros.
Mario y su esposa Irene llevan la cebada y la cerveza, además de aprovechar los tallos para el forraje.
Sebas y Andrea son nuestro refuerzo; si un campo falla, ellos aseguran la despensa con nabos y chirivías.
Jonás y Claudia cultivan el centeno, rico en fibra, y gestionan su propio molino para hacer un pan diferente.
Jaime y Esther se encargan de la avena y la comida para los animales de tiro y vuestras monturas.
Finalmente, señaló hacia el punto más lejano del horizonte: —Y por último, Miguel y Olga son nuestros cuidadores. Viven en la torre de vigía del acantilado, en el extremo sur. Es una vida solitaria, pero pasamos por allí a menudo para que no se sientan aislados.
—No paráis de dar la tabarra —refunfuñó Miguel con una sonrisa oculta tras su barba—, ojalá pudiéramos estar solos más tiempo.
Julia se giró entonces hacia sus soldados con semblante serio: —Todos son marido y mujer, y todos se ayudan entre sí.
Ahora os tendrán a vosotros. Rotaréis cada día por los campos ayudando en lo que podáis.
Al principio estaréis perdidos, pero este lugar ya funciona bien sin vosotros; lo que quiero es que aprendáis este estilo de vida y que ayudéis de corazón.
Vuestros caballos son vuestros y os servirán para desplazaros, algo que antes hacíamos a pie.
Pero ojo: los caminos solo son seguros si están secos.
Si llueve o intentáis cruzar un arado, vuestras monturas se romperán las patas y tendréis que sacrificarlas.
Hizo una pausa antes de llegar al punto crucial: —Y luego está el verdadero trabajo, el que haréis con Miguel y Olga.
Todas las armas que trajisteis están en el campo de entrenamiento.
En esta isla no sobra la madera; casi toda llega por barco.
He ordenado traer suministros para fabricar flechas de práctica y espadas de madera.
Como sois diez, cada día dos de vosotros enseñarán a luchar o a defenderse a quien quiera aprender.
Me da igual que sea un niño como Tristán, con sus nueve años. ..
—Tristán tiene seis —le corrigió Ander con una sonrisa de orgullo.
—¿De verdad? —se asombró Julia—. Es increíble lo que sabe ese niño para su edad. Pues eso: sea niño o anciano, si alguien quiere aprender a cazar, a hacer ejercicio, a disparar a las piedras o a proteger a los suyos, vosotros les enseñaréis.
Ander se reunió con sus hombres, que comenzaron a murmurar entre ellos. De pronto, la voz de Gedeón se alzó sobre el resto: —¡Ni de coña! ¡Seremos todos!
Tras una breve pero intensa deliberación liderada por el veterano, Ander se acercó a Julia con una mezcla de asombro y respeto en el rostro.
—Ya lo hemos hablado y... bueno, Gedeón nos ha "amenazado" —dijo Ander con humor—.
Todas las tardes, sin excepción y salvo que se nos necesite con urgencia en otro lugar, estaremos todos en el campo de entrenamiento.
Gedeón dio un paso al frente y se cuadró ante ella.
—Señorita Julia, usted sí es una reina a la que quiero servir.
No me veo obligado a ello por ley, pero jamás me habían tratado con tal dignidad.
Si esta tierra me permite pasar los últimos días de mi vida aquí, daré mi sangre por ella y por usted.
Sé que no tengo voz ni voto en vuestros consejos, pero si le sirve de algo, yo la elijo como mi reina.
Dicho esto, Gedeón hincó la rodilla en tierra, un gesto que todos los soldados secundaron al unísono.
Ander, aprovechando que estaba de rodillas frente a ella, le tomó la mano con suavidad.
Le dio un beso casto en el dorso y luego, dejando que su pasión aflorara por un instante, subió los labios por sus dedos hasta lamerle uno con una mirada cargada de promesas.
Como si se hubieran puesto de acuerdo por una señal invisible, cada soldado se dirigió a un maestro diferente. El interés en sus rostros no era fingido; después de años de guerra y destrucción, la promesa de una vida construida con las manos resultaba un bálsamo para sus almas guerreras.
Bastian se fue directo hacia Carlo y Saray, bombardeándolos a preguntas sobre cómo podría hacer criar a su yegua para obtener un potro fuerte.
Gedeón, por su parte, se quedó fascinado frente a Alex y Elisa; le intrigaba sobremanera cómo funcionaba un telar y el misterio de convertir una simple planta de lino en tela infinita.
Elías, con su instinto de rastreador, se sintió atraído por el brillo del mar y la capacidad de Alan y María para distinguir los bancos de peces bajo el agua.
Marcus, con su habitual franqueza de veterano, fue de cabeza hacia Alvar y Silvia para agradecerles el pan tan rico que habían comido el día anterior y pedirles que le enseñaran el secreto de su hornada.
Así, uno a uno, los soldados se repartieron por los campos, dejando a Julia encantada ante la estampa de integración de sus hombres.
Tristán, que había logrado dar esquinazo a Silvia mediante una serie de fintas que harían palidecer a un espía, apareció de la nada justo cuando Ander se acercaba a Julia con ojos de depredador.
El oficial se congeló en el sitio y se giró por puro instinto; aunque todavía no tenía ningún "bulto" que lo delatara, no quiso arriesgarse a que el niño notara su agitación.
—¡Tía Julia! —interrumpió el pequeño jadeando.
—Hola, Tristán. ¿Y Silvia? ¿Le has dado esquinazo otra vez?
—Sí, y me ha costado un montón. ¡Parece que tenga seis ojos!
Pero... ¿qué puedo hacer yo? Yo también quiero aprender.
—Si quieres y les caes bien a los maestros, tú también rotarás con ellos para aprender de todos —respondió Julia con ternura.
Tristán se cuadró, se armó de valor y, adoptando el tono más formal que sus seis años le permitían, interrumpió la conversación de Elías con los señores del puerto.
—Maestros de los peces, soy Tristán. Mi tía Julia dice que si me porto bien, ustedes me enseñarán a pescar.
Yo ya sé un poco, he hecho unas trampas que seguro que funcionan; en el río pesqué dos truchas enormes.
Quería saber si les caigo bien y si puedo ir con ustedes.
Alan abrió mucho los ojos, impresionado por la determinación del chaval.
—¿Me has llamado "maestro de los peces"?
Con eso me basta, pequeño. Mañana a primera hora empezamos.
El día pasó sin darle tregua a Julia. Ander iba "olfateando" a su alrededor, intentando robarle al menos un beso, pero acabó agobiado por la cantidad de gente que reclamaba la atención de la reina.
Si no estaba mediando en una disputa, estaba tomando decisiones sobre el grano o entreteniendo a los niños.
Ella lo hacía todo con una sonrisa que terminaba de enamorar al soldado, pero el cansancio que arrastraba era evidente.
Cuando por fin llegó la hora de la cena, Ander la tomó de la mano y le susurró: —Ven conmigo.
Ella lo siguió a casa con gesto compungido.
En cuanto cerraron la puerta, se adelantó: —Ander, te juro que quiero, y mucho.
.. pero todavía mancho muchísimo. Él la cortó con un beso casto y suave.
—Yo tengo las mismas ganas que tú, o más, pero no te traigo por eso.
Mira —dijo señalando su entrepierna, donde apenas se notaba nada bajo el pantalón—.
Te he traído para que te tumbes. Quiero que descanses.
Ponte boca arriba y relájate. —¿Relájame?
Mmm... —murmuró ella con picardía. —No, en serio.
Hoy no toca eso. Quiero que cierres los ojos, me dejes hacer y escuches lo que tengo que decirte.
Julia lo miró extrañada, pero obedeció y se tumbó.
Ander la descalzó con delicadeza y sacó un pequeño vaso de barro que contenía ungüento de soldado, un preparado a base de aceite de oliva y hierbas curativas que Calen le había dado hacía tiempo y que él atesoraba como oro puro.
Untó un poco en sus manos y comenzó a masajear los pies de Julia.
Ella saltó por las cosquillas, pero Ander aplicó la presión justa para que el cosquilleo se convirtiera en un alivio profundo que destensaba cada tendón y músculo fatigado.
Julia emitió un gemido que actuó de inmediato sobre el cuerpo de Ander, haciendo que su miembro empezara a crecer, pero lo ignoró como pudo y siguió con su tarea. La reina respiraba profundamente, retorciéndose de un placer muy distinto al de la noche anterior. El masaje la volvió dócil y relajada.
Entonces, el soldado la ayudó a incorporarse y la desnudó de cintura para arriba.
Ahí sí que la lucha interna fue feroz; su erección se volvió visible y dolorosa.
Cuando Julia fue a palparlo, él le sujetó la mano con suavidad, sufriendo al ver cómo sus pezones se contraían ante el frío y el deseo.
—Te estás tensando... y aunque esto sea de lo más doloroso que he sentido en mi vida, el verte y no poder tocarte o lamerte me hace perder el juicio. Túmbate boca abajo, por favor.
Julia lo miró con ojos de animal en celo, emanando feromonas directas hacia su macho, pero obedeció.
Al tumbarse boca abajo, sus pechos quedaron ocultos contra la sábana y Ander casi suspira de alivio y pena a la vez.
Aplicó el ungüento en su espalda, recordando aquella primera noche en la que la masajeó para aliviar sus heridas.
Pero ahora, sin costras que esquivar, sus manos envolvieron cada curva de su anatomía.
Aunque sus callos de guerrero podrían exfoliar la piel más dura, con el aceite y la suavidad de sus movimientos, consiguió que Julia empezara a humedecer la cama.
El flujo seguía siendo rojizo, pero a Ander no le importó; pensó que con dormir esa noche en el suelo se arreglaría todo.
Su prioridad era demostrarle lo que sentía.
Mientras masajeaba, empezó a hablar con voz baja y profunda: —He visto cómo atiendes a todos hoy, cómo ayudas y la paliza que te pegas solucionando los problemas de la isla.
Solo quiero decirte que te amo, pero mi amor es distinto.
Decir que te amo no suena diferente a lo que tu pueblo siente por ti; todos te adoran.
Gedeón, el más viejo de nosotros, juró no servir jamás a otra reina, y hoy se ha enfrentado a mí cuando yo intentaba convencerlos de tu plan.
Se disgustaron porque sentían que daban poco a cambio de todo lo que tú les has otorgado.
El hombre que más odiaba a la realeza ha clavado su rodilla ante ti.
Quizá para ti no signifique mucho, pero para mí lo es todo.
Todos hemos jurado protegerte porque hemos aprendido a amarte.
Ander continuó, ajeno a que el ritmo de la respiración de Julia había cambiado.
—Milady Julia, eres un ángel caído del cielo.
No existe nadie como tú. Tu simple sonrisa ilumina una estancia y tu genio es tan poderoso como justo.
Tu belleza rivaliza con la fuerza del océano o el canto de los pájaros.
¿Cómo decirte que te amo cuando ya eres el amor en sí misma?
Si mi vida sirviera solo para verte sonreír un segundo más, tómala, es tuya.
Al no recibir respuesta, se asomó a su rostro y descubrió que Julia se había quedado profundamente dormida hacía rato.
Lejos de enfadarse, Ander sintió una inmensa ternura al comprender el agotamiento que debía arrastrar.
Se alegró de haberle proporcionado ese descanso.
Con cuidado, se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra la cama para velar su sueño.
—Hasta mañana, Milady —susurró antes de cerrar los ojos.