CAPÍTULO 9 SE DESVELA EL PASTEL #3
—¡Calla! —bufó Julia entre avergonzada y divertida—.
Me he tenido que poner todos los paños que has traído a la vez.
El primero que he usado, al contacto con mi.
.. rajita, se ha empapado en el acto. He usado otro, y luego otro.
.. al final me los he puesto todos intentando frenar la cascada que desatas en mí.
Ni que decir tiene que ayer esperaba, por lo menos, pasar la noche babeándote…
. la camisa, pero por culpa de mi maldito cuerpo ahora no podremos ni dormir juntos. ¡Joder! ¡Coño! ¡Mierda!
Ander la abrazó manteniendo una distancia prudencial, evitando que sus partes sugerentes se rozaran, aunque el calor que emanaban ambos hacía que el esfuerzo fuera casi inútil.
—Cuatro días... pasarán rápido —intentó consolarla él.
—Eso es mentira y lo sabes. Se nos van a hacer eternos.
—Sí, lo sé... El destino nos odia —dramatizó Ander, imitando un llanto de desesperación—. Y lo peor de todo es que ni siquiera estoy borracho; recordaré perfectamente cada segundo de esta tortura mañana.
Julia rio, relajando los hombros.
—¿Quieres reírte de verdad? —le dijo Ander—. Buscando a Rosa me he encontrado con María, quien me ha confesado que llevan tanto tiempo sin hombres que ya estaban pensando en hacérselo entre ellas.
—Eso es mentira —contestó Julia con naturalidad—. Llevan haciéndolo entre ellas desde el primer año, y llevan aquí diez.
La revelación paralizó a Ander por un segundo, su mente de soldado procesó la imagen antes de continuar con su relato.
—Luego me encontré con Lourdes, la que fue a por los paños. En ese momento apareció Lucas, huyendo de las chicas.
—Ese es el "mitad caballo", ¿no? —preguntó ella con curiosidad.
Ander, lejos de sentirse ofendido por la comparación, asintió.
—Sí, ese chico es un prodigio de la naturaleza.
Si todo eso se le llena de sangre, se le dormirán hasta las manos.
El caso es que me dijo que ya había dejado exhaustas a tres y que buscaba algo de paz para dormir.
Cuando llegó Lourdes los presenté, y creo que si yo estoy furioso por no poder, él mañana lo estará por todo lo contrario.
—Eso si no le da un infarto por falta de riego en el cerebro —apostilló Julia.
Ander la besó de nuevo, intentando que fuera un beso casto y sin pretensiones, pero la pasión volvió a prender de inmediato. Julia se agarró la entrepierna, sintiendo la humedad reclamar su espacio.
—Me voy antes de manchar el vestido. Mañana vendré a levantaros... Te deseo.
—Yo te amo, Julia.
—Pues ahora mismo, yo te deseo más de lo que te amo, así que me voy —sentenció ella, cerrando la puerta tras de sí.
Ander se quedó solo, condenado a dormir boca arriba.
Las ganas de masturbarse fueron inmensas, pero la idea de que Julia lo esperaría y el respeto que le profesaba le hicieron decidirse por la castidad temporal.
Sin embargo, nunca llegó a saber que Julia no fue tan paciente.
Una vez en sus aposentos, la reina fue directamente al baño.
Sus dedos se convirtieron en el miembro de su amor y, en apenas veinte segundos de frenesí, alcanzó un orgasmo que la dejó temblando.
Solo entonces pudo lavarse y dejar de emanar aquel flujo constante. Se acostó con una sola idea martilleando en su cabeza: "Cuatro días... quizá tres, o dos... ya es de noche, así que mañana, quizá...".
La noche pasó como una agonía constante para unos y como un rayo para otros. Al amanecer, junto con el grupo de niños, Julia iba de camino a ver a los “recién llegados”. Al cruzarse con Tristán, le preguntó con una sonrisa:
—Tristán, ¿cómo vas? ¿Te lo estás pasando bien?
—¡Tía Julia, vamos a mirar las trampas! —exclamó el niño con entusiasmo, mientras Carla gritaba impaciente desde unos metros:
—¿Vienes ya? ¡Vamos, pesado!
El niño dejó a la reina con la palabra en la boca, se giró y salió corriendo tras su amiga.
“Estos dos... cuando sean mayores y puedan estar a solas y sus bocas se junten... ¡Julia! ¡Que son solo niños!”, se reprendió a sí misma mentalmente.
Sin duda, aún le duraba la agitación de la noche anterior.
Cuando llegó a la primera puerta, llamó con firmeza. Al abrirse, vio a Gedeón durmiendo plácidamente junto a una de las limpiadoras. “Ah, ahí está Rosa”, pensó.
—¡Vamos, arriba! ¡Es hora de levantarse! ¡El que vale para beber ha de valer para trabajar! —sentenció en voz alta, sabiendo que en ese instante sería la persona más odiada de la isla.
Sin embargo, el resentimiento era mutuo; mientras ellos gemían de placer la noche anterior, ella los había odiado a todos desde su soledad.
Movida por la curiosidad, dejó de llamar formalmente y empezó a asomarse para ver qué sorpresas encontraba.
Vio a María, que al final había encontrado lo que buscaba, y a Patricia, y a Diana.
.. Puerta tras puerta, hasta que abrió la de Lucas.
Sus ojos se abrieron como platos: dos mujeres yacían en la cama mientras él dormía profundamente en una silla, y otras dos descansaban en el suelo.
“Este chico... mira, ahí está Lourdes”, murmuró para sí misma, asombrada, “y… Paula, Pilar y Paloma, ¿las elegirá por las P?”.
Tras despertar a todos los demás, entró sin llamar en la casa de Ander.
Él seguía con la misma erección con la que se había despedido hacía horas, pero roncaba sonoramente boca arriba.
Julia se deslizó sin hacer ruido y retiró las sábanas, descubriendo su miembro.
Primero lo besó con ternura, pero en sueños, Ander murmuró:
—Julia, me da igual que manches... te quiero.
Con una sonrisa cómplice, ella lamió su virilidad y se la introdujo en la boca todo lo que pudo, succionando y bombeando rítmicamente con la cabeza.
Ander dejó de roncar de inmediato. Julia sabía que le faltaría poco para despertar o alcanzar el clímax; ella prefería lo segundo, sentía que se lo debía.
Aceleró los movimientos con pericia hasta que él se giró abriendo los ojos de golpe.
No llegó a terminar, pero se quedó a las puertas, lo que le provocó un dolor agudo tanto en los genitales como en todo su ser por la interrupción.
—Pero... ¿no quedamos en que...? ¿Ya no manchas? —logró decir Ander, confundido.
—Todavía sí, pero me apetecía despertarte con algo de alegría.
—Sí, pero no... yo... y tú... pero... ¡jo! Casi... No me vuelvas a hacer eso —protestó él, frustrado.
—¿No te gustaba? ¿No quieres que lo haga más veces? —preguntó ella con malicia.
—Sí, claro que sí, pero... —Ander observó su cara de pícara y le devolvió la mirada—. Tú ya sabes lo que quiero decir. Entonces, ¿hoy tampoco? ¿Mañana podrá ser?
—Aunque manche —respondió ella con ansiedad.
—Es hora del paseo —le recordó Julia lamiéndose los labios y acariciándolo con la mano—. Te recomiendo ir al lago; el frío te bajará esto... a menos que prefieras que te lo baje yo de otra forma.
—Me voy al lago —sentenció él—. Me da igual si me ven empalmado, esto ya no baja; he dormido así toda la noche. Me dejas... así.
Se levantó, cogió su ropa y, tras lograr esquivar el pantalón por la dificultad de su estado, salió con la camisa en las manos intentando tapar la dureza que se adivinaba tras la tela. Solo se detuvo un segundo para volver sobre sus pasos y besarla con pasión.
—Te amo, Julia.
Cuando llegó al lago, comprobó que no era el único allí, aunque él acudía por motivos muy distintos a los del resto.
Sus hombres intentaban deshacerse de los fluidos mutuos que ya acartonaban su piel tras la noche de excesos; solo Ander buscaba desesperadamente el agua gélida para intervenir su priapismo.
Tras un largo rato en el agua, escuchando las aventuras de los diez guerreros que intentaban camuflar su resaca con bravuconadas, Ander por fin notó que su excitación física se batía en retirada, permitiéndole salir del lago con cierta dignidad.
Sin embargo, al pisar tierra firme se topó de frente con Daniel, quien le sostuvo la mirada antes de bajarla descaradamente hacia su entrepierna.
—¿Te ayudo en algo, Daniel? —le espetó Ander al cazarlo en plena inspección.
—Ojalá pudieras —respondió el isleño con un suspiro de resignación—, pero me da que tú ya tienes dueña, así que para mí no queda nada, como de costumbre.
—Seguro que acabas encontrando a alguien.
—¿Ah, sí? ¿Hay alguno aquí que...? —insinuó Daniel con una chispa de esperanza.
—¡No, no, no! —La respuesta fue un coro unánime y rotundo de los soldados, que negaron con la cabeza uno tras otro mientras se secaban.
—Entre nosotros no —aclaró Ander mientras se vestía—, pero no eres el único en el mundo.
He servido con muchos hombres que no sé si lo deseaban, pero desde luego se dejaban querer por otros.
.. ya me entiendes. Especialmente Sir Eduard; a ese le gustaban tanto los hombres como las mujeres.
Claro que, si estuvieras en Frainord, Mireia te despellejaría para sacarte hasta el último secreto sobre tu reina, pero si hay uno, seguro que hay más. No desesperes.
Daniel, conmovido, abrazó a Ander con fuerza. El contacto masculino, carente de cualquier malicia por parte del oficial, terminó por bajarle la erección a Ander del todo. "Por fin, Daniel es mi salvación", pensó aliviado al sentir que su cuerpo volvía a la normalidad.
Una vez todos vestidos, Julia se acercó acompañada por los diez maestros de la isla, cada uno flanqueado por su esposa. La reina comenzó las presentaciones con la solemnidad de quien conoce el valor de cada brazo trabajador: