CAPÍTULO 9 SE DESVELA EL PASTEL #2
—Pues gracias a tu "apertura de piernas", yo tampoco puedo salir —replicó Ander señalando la erección más brutal de su vida, que tensaba el cuero de sus pantalones de forma casi violenta.
Los dos estallaron en risas nerviosas y Julia, con un gesto tierno, le invitó a sentarse en la cama, aunque manteniendo un metro de distancia por pura supervivencia.
Silvia (Silvi), una de las veteranas, era la encargada de cuidar a los niños.
Los pequeños ya habían sido llevados a dormir mucho antes de que el desenfreno provocado por la "sangre fresca" de los soldados se extendiera entre las jóvenes, que llevaban demasiado tiempo desprovistas de varones.
La plaza se había convertido en un hervidero de hormonas donde comentarios como "lo podemos compartir" o "yo voy aunque sea después" flotaban en el aire; definitivamente, no era sitio para niños.
Incluso los ancianos, contagiados por el ambiente, se habían llevado a sus mujeres a casa para recordar viejos tiempos.
En una gran casa comunal con treinta camas, apenas diecisiete niños dormían —o fingían hacerlo— intentando ignorar el jaleo exterior.
Aunque la casa estaba alejada de la plaza, las risas y los cánticos llegaban atenuados por el viento.
Tristán le susurraba a Carla, su nueva mejor amiga.
Ella era la hija del maestro del molino de trigo y siempre desprendía un reconfortante olor a pan.
—Menuda fiesta están montando los mayores —murmuró Tristán—.
¿Crees que podremos salir cuando Silvi se duerma?
—No, Tristán. Silvi se hace la dormida, pero no se duerme nunca.
Creo que tiene magia y sabe cuándo no estamos descansando —respondió Carla con cautela.
—¡Shhh! El que no se duerma ya, mañana no podrá ir a la playa —sentenció Silvi desde la penumbra.
Intentaba sonar severa, pero los niños sabían que era difícil hacerla enfadar de verdad.
—¿Lo ves? —susurró Carla—. Mejor duérmete. Mañana iremos a mirar tus trampas.
Carla no era una niña común; no jugaba con muñecas, prefería cazar ranas o destripar pescado sin inmutarse mientras a los otros niños les daban arcadas. Eso la hacía especial a ojos de Tristán, quien se giró algo molesto por la orden, aunque cayó rendido en apenas unos minutos.
Mientras tanto, Ander recorría las calles con la urgencia marcada en el rostro, preguntando a cada mujer que encontraba: —¿Rosa?
—No, María. ¿Pero no te valgo yo? —respondió la joven con picardía—.
No te preocupes, no se lo contaré a Rosa, puedes ir a buscarla luego.
—No, lo siento. ¿Sabes dónde está? —La he visto con uno de los nuevos, uno joven, pero ni idea de dónde se han metido.
—Gracias, María. Y tened cuidado con los "nuevos", hace tres años que no ven a una mujer.
—¡Ni nosotras a un hombre desde hace diez!
—rio la joven alejándose—. Ya estábamos pensando en jugar entre nosotras, así que imagínate.
Ander pensó que, de no estar locamente enamorado de Julia, aquella isla sería el paraíso de un sátiro.
El olor a sexo y el pulso de las hormonas vibraban en el aire.
Caminaba por el centro de la calzada, intentando ignorar los gemidos que atravesaban los muros a ambos lados de la calle.
Al poco, dio con otra mujer que lo miró con fastidio al reconocerlo.
—¿Eres Rosa? —preguntó Ander. —No, Lourdes. Pero tú estás cogido, ¿no? No podemos... aunque si tú no hablas, yo tampoco lo haré. —Lo siento, Lourdes. Busco paños limpios para Julia. —Ah, ya veo que mi frustración no es la única esta noche. No te muevas, ahora mismo te los traigo.
Lourdes se retiró y Ander cometió el error de apoyarse en una pared; el contacto hizo que la presión en sus pantalones aumentara dolorosamente.
"En nueve meses no habrá diez bebés nuevos, habrá treinta", pensó alejándose del muro.
A lo lejos divisó a Lucas y le hizo una seña.
El joven, que sin duda esperaba a alguna chica, acudió algo resignado ante la llamada de su oficial.
—¿Mi señor? —¿Cuántas, Lucas? —Tres, señor... y a la vez —confesó el joven eufórico—. No sé si quiero más o si necesito dormir un siglo. Ellas se han quedado traspuestas y he salido a despejarme. —Pues quiero presentarte a alguien.
En ese momento regresó Lourdes con un fardo de telas.
—Tome... Hola... ¿buscas a alguien? —preguntó ella al ver al joven soldado.
—Lourdes, este es Lucas —presentó Ander con una sonrisa cómplice—.
Es un buen amigo y me pedía algo de "tranquilidad", ya que tus amigas no lo dejan en paz.
Debe de ser un amante excelente y le persiguen agobiándolo; quizá tú sepas dónde esconderos para darle un poco de paz.
—Sí, desde luego. Ven conmigo —dijo ella sonriendo agradecida a Ander, casi tirándole los paños a la cara mientras agarraba a Lucas del brazo.
Lucas miró a su superior con una expresión que decía "¿dónde me has metido?", pero Ander solo le sonrió y volvió a su casa. Al entrar, Julia ya no estaba en la cama.
—¿Julia? —Aquí, en el baño.
Ander entró y la encontró sentada en una silla, tratando de asearse.
—No sé qué me haces, pero no paro de "babear" —dijo ella con voz entrecortada—.
Si no es mi boca en tu camisa, es mi entrepierna en tu casa.
—Es que soy muy salado —bromeó él, pero ella le lanzó una mirada que decía claramente que no era momento de risas, sino de necesidades más profundas.
Ander se arrodilló ante ella. Acercó un balde de agua limpia y fría, sumergió uno de los paños y comenzó a limpiarla con una delicadeza extrema, desde los pies hacia arriba.
Al llegar a las rodillas, tuvo que enjuagar el paño.
Julia se estremecía; aquellas caricias eran una mezcla de placer absoluto y tortura china.
Tras limpiar cada zona, él aprovechaba para besar la piel húmeda y soplar suavemente para enfriarla, haciendo que todo el vello de ella se erizara como si recibiera una orden militar.
—Puedo hacerte lo que quieras —jadeó ella entre espasmos—. Yo ahora no puedo, pero yo a ti... —Ya hago lo que quiero —la cortó él suavemente—. Y lo que quiero es limpiarte y esperarte.
El paño alcanzó la parte interna del muslo y un nuevo espasmo liberó más flujo que goteó por sus glúteos. —Si sigues así, no terminarás de limpiarme nunca... o me dejarás seca —consiguió decir ella con la respiración entrecortada.
Julia se giró subiendo sus ropajes y apoyando los codos en la silla donde había estado sentada.
Dándole la espalda y una visión completa de toda su intimidad abierta en su peor momento, entregándose a él y a su juicio, deleitándole con la visión de lo que le esperaba en el futuro.
El rastro de su excitación descendía de nuevo por sus muslos.
El primer oficial se sintió mareado, con la vista nublada por el deseo, mientras contemplaba de cerca aquello que más ansiaba en el mundo.
Remojó el paño en el agua fresca y comenzó a frotarlo con una suavidad extrema por los glúteos de Julia, deleitándose con la textura de su piel.
Al pasar la tela, notó cómo, por puro instinto biológico y placer, tanto su ano como su vagina se abrían y cerraban en pequeños espasmos rítmicos.
Llegó el momento de abordar las zonas más sensibles.
Con la punta del dedo envuelta en el lino húmedo, Ander se acercó a su esfínter, que lucía un tono rojizo debido a la sangre que se había deslizado y acumulado mientras ella permanecía sentada.
Con caricias circulares y profundas, limpió la zona con una dedicación casi religiosa, provocando que Julia se contorneara sobre la silla y emitiera gemidos pausados, interrumpidos por sacudidas involuntarias de sus caderas.
Después, tocó ocuparse de lo demás. Ander buscó una parte limpia del paño y la sumergió de nuevo en el agua la cual ya debía ser cambiada, pero en ese momento no podría salir de allí, ni quería.
Empezó recorriendo los labios exteriores, que se sentían gruesos, turgentes y desprendían un calor abrasador.
Aquello desató en Julia una oleada de placer que la situó al borde del abismo; pero cuando el dedo de Ander, protegido por la tela, rozó los labios internos y ese pequeño bulto que pedía a gritos ser acariciado o lamido, ella tensó todo el cuerpo.
—Me voy a correr si sigues... para —logró articular ella con un hilo de voz, antes de que el deseo la venciera por completo.
—Déjame que lo haga yo o esto será una tortura para ambos —pidió ella. —Mirando lo que estoy mirando, quiero sufrir. Eres preciosa en todos tus rincones.
Ella se volvió a girar y lo besó con una pasión que casi los hace perder el control, pero finalmente le puso la mano en el pecho y lo sacó del baño.
—No aguanto más, tengo que terminar yo sola.
Cuatro días, Ander... solo cuatro. Quizá tres.
.. o si me apuras, en dos ya no mancharé mucho. Mañana te aviso, quizás mañana….
Ander soltó una carcajada. —Milady, como siga así, acabará diciendo ayer. —¡No me digas eso! ¡Ayer no manchaba, joder! —exclamó ella antes de estallar en risas junto a él.
Ander se sentó en el borde de su cama, aguardando a que Julia saliera del baño.
A través de las paredes de adobe, el sonido de los gemidos y las risas de toda la zona se mezclaban en una sinfonía de desenfreno; parecía que la isla entera se había sumergido en una orgía colectiva.
Sin embargo, para Ander, el mundo se reducía al espacio entre esas cuatro paredes.
Cuando Julia finalmente salió, la imagen fue la antítesis de la excitación visual, aunque el contexto fuera otro. Caminaba con cierta dificultad, y el abultamiento entre sus piernas era tan evidente que Ander no pudo evitar una punzada de humor para aliviar la tensión.
—Milady... ¿y esa erección? —preguntó Ander aguantando la risa—. Ahora me siento pequeño; tiene usted más paquete que yo.