A SUS PIES CAPÍTULO 9 SE DESVELA EL PASTEL
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CAPÍTULO 9 SE DESVELA EL PASTEL

Ander se levantó de la silla de golpe, como si el asiento quemara, y clavó la mirada en Julia.

.. en la reina Julia. En ese instante, todas las piezas del rompecabezas encajaron con una claridad dolorosa.

Todo cobraba sentido: ella era la soberana de Borandel.

Recordó las palabras de Gedeón: “Nadie manda aquí, salvo vos, señorita Julia”.

El dolor que sintió en el pecho fue devastador, una punzada de traición que le nubló el juicio.

Sin decir una palabra, se dio la vuelta y se marchó, alejándose de la fiesta sin mirar atrás.

Llegó a la casa que le habían adjudicado y, con movimientos erráticos, empezó a recoger sus pertenencias.

El estallido de rabia que le recorría las venas no encontraba salida; para colmo, ni siquiera podía terminar de empaquetar, pues sus otras ropas se las habían llevado las lavanderas al río.

Frustrado y con el alma rota, se sentó en la cama y, por primera vez en muchos años, se descubrió a sí mismo llorando en silencio.

—¿Mi bravo guerrero llora? ¿También sabes hacer eso?

Ander levantó la mirada con los ojos enrojecidos. Julia lo había seguido y lo observaba desde el umbral.

—Sí, hago muchas cosas —respondió él con amargura—.

Es que me he enterado de todo hace un momento.

Su majestad, sin duda, no querrá a un rudo guerrero en su vida.

Quizás para probarlo como un capricho, pero.

.. yo sí te quería en la mía. Las reinas solo usáis a los hombres a vuestro antojo y luego elegís a otro; vuestro poder os lo permite y lo usáis de formas muy dolorosas para brutos como yo.

—Si quieres que me ponga en “modo reina” contigo, lo haré —replicó ella con firmeza, aunque sus ojos traslucían su propio dolor—, pero tus palabras también me hacen daño.

Así que escúchame bien, soldado. Lo primero: no quise que te enteraras para no vernos en esta misma situación; no quería que me miraras con ese odio que veo ahora.

Lo segundo, y es lo que más me duele, es que asumas que soy igual que Mireia.

Decir eso me convierte en alguien como ella, porque al oírlo me dan ganas de mandarte azotar o directamente a la horca.

Tercero: ¿qué ha cambiado en mí, salvo mi título?

Cuarto: yo no era reina hasta que gente como tú mató a mi padre y a mis hermanos; yo era la última en la línea de sucesión.

Puedo seguir así mucho tiempo... ¿Se puede saber qué te he hecho yo?

—Estoy enamorado de ti, eso es lo que me has hecho —estalló Ander—. Sueño contigo, me levanto pensando en ti... y las reinas...

—¡Pero yo no soy “la reina”! —le interrumpió ella acercándose—.

Soy Julia, aquella que fue violada por uno de los hombres de “tu reina”.

Te dejé claro que no quería que lo supieras porque me verías con otros ojos, y eso es lo que me hace mirarte a ti de forma diferente ahora mismo.

Te debo mi vida y la liberación de mi sufrimiento, pero no te debo nada más, ni siquiera mi amor.

Sin embargo, elijo dártelo. Yo también pienso en ti constantemente.

Se acercó lentamente, rompiendo la distancia de seguridad.

—Y además, tengo una mala noticia que también es buena —susurró ella con voz ronca—. No podemos hacer nada... o mejor dicho, tú no puedes hacerme nada a mí, porque estoy con el periodo. Pero...

Su mano se deslizó con audacia bajo los ropajes del soldado, palpando aquel miembro que, al contacto con su piel, se enderezó de inmediato como si siguiera una orden militar.

—... yo sí que te puedo hacer muchas cosas a ti.

Ander le agarró la mano con firmeza y se la alejó, aunque sus ojos no reflejaban rechazo, sino una lucha interna.

—Me imaginaba esto de otra forma. No quiero disfrutar si tú... si Julia, Milady, mi amor... no puedes ser correspondida en el placer. Lo cual me lleva a preguntar: ¿en qué momento, después de sincerarnos, decirme que tienes el periodo es una buena noticia?

—Significa que el bastardo que me violó no me dejó embarazada —sentenció ella con una crudeza que heló la sangre de Ander.

El oficial se dio cuenta de su torpeza y de la profundidad del trauma que ella arrastraba.

Con el corazón encogido, se arrodilló ante ella.

No fue el arrodillamiento protocolario ante una soberana, sino una disculpa sincera ante su futuro amor; era la promesa de que, si ella le permitía quedarse, jamás dejaría que nada malo volviera a rozarla.

Estaba entregando todo su ser, no a la reina de Borandel, sino a Julia.

En ese momento, el nombre de Julia le sonó a deidad, a belleza pura, a alegría recobrada.

Ander se incorporó hasta quedar frente a su rostro y la besó.

Al principio fue un contacto suave, casi tentativo, pero pronto ella respondió con una lengua dulce que recorrió cada rincón de su boca.

Las manos de Julia bajaron por el torso del soldado, pero cuando él intentó corresponder y acariciar su cuerpo, ella se apartó con una sonrisa melancólica.

—¿Recuerdas? Ahora no puedo... pero creo que en tres o cuatro días...

Ander se alejó entonces, sin ocultar el bulto que definía su brutal erección.

—Pues si tú no puedes, yo tampoco. Te esperaré. Pero que sepas que ni de broma te llamaré «su majestad» ni nada parecido.

—Tampoco lo quiero —rió ella.

—¿Y habrá que ocultárselo a la gente? —preguntó él, recuperando algo de su compostura.

—Todas las lavanderas ya saben que eres mío —respondió Julia con seguridad—. Daniel sabe que eres mío. Tú sabes que te tengo a mis pies... y yo estoy a los tuyos.

Los dos pasaron un largo momento simplemente mirándose, dejando que el silencio hablara por ellos, hasta que la atracción se volvió insoportable y volvieron a besarse con una pasión desmedida.

Era un forcejeo de labios y lenguas que terminaba doliendo, no por el contacto, sino por la tortura de tener que detenerse justo cuando el cuerpo pedía entregarse por completo.

Julia, sintiendo cómo el calor de la excitación complicaba su situación, tuvo que tener un cuidado absoluto de no manchar nada.

Su flujo interno, estimulado por el deseo, se mezclaba con la sangre del periodo, empapando la gasa de lino que usaba como protección.

Al retirarla, vio cómo el rastro escarlata decoraba sus muslos, un recordatorio físico de su imposibilidad actual.

Tras cada beso interrumpido, los gritos de frustración de ambos resonaban entre las paredes de adobe.

—Tengo muchas ganas —confesó Julia con la voz quebrada por la necesidad.

—Ya, y yo... tantas que tengo miedo de terminar antes de tiempo y dejarte insatisfecha si llegamos a tocarnos —respondió Ander, intentando controlar su respiración.

—Si haces eso, te mato —replicó ella con una sonrisa felina—, aunque... ¿de verdad piensas que yo tardaré mucho en correrme?

Aquel vocabulario, tan directo y carente de los remilgos de la corte, no hizo más que bombear más sangre hacia el miembro de Ander, que se sentía tan tenso que juraría que iba a estallar en cualquier momento.

—Julia, tu nombre cobra otro significado ahora —dijo él con solemnidad—. Ya no es el de una reina, sino el de la mujer a la que amo ahora que nos hemos descubierto de verdad.

—¿Ahora que nos hemos descubierto? —rio ella con suavidad—. Yo sé que me amas desde el momento en que dejaste que te pisara la espalda para subir al caballo.

Ambos sonrieron al recordar aquel instante, aunque una sombra de dolor cruzó los ojos de Julia. Aquel día, ella apenas podía moverse por el maltrato que el espía le había infligido.

—Me despierto muchas noches con pesadillas sobre ese momento —confesó Ander con el rostro ensombrecido—, pero luego recuerdo al bastardo tragando el acero de Calen hasta que le asomó por la nuca y vuelvo a dormir plácidamente. Por eso me duele más la muerte de mi amigo; él te salvó.

Ander bajó la cabeza, pero Julia le tomó el mentón con dulzura.

—Mientras yo esté aquí, nadie te hará daño —prometió el oficial—, nadie.

—Ander, debemos dejar algo claro. Te amo, pero me debo a mi pueblo —sentenció ella, recuperando parte de su autoridad—.

Habrá veces que discutiré, y muy fuerte, con mis consejeros, como el anciano que estaba sentado a mi lado esta noche y por el que te impedí acercarte.

En esos momentos, aunque me veas abatida, no debes intervenir.

Me esfuerzo por ser una buena reina; esta gente me importa por encima de todo.

Aquí todos me hablan con confianza y yo pido permiso para pasar, no soy como la ramera de Mireia que teníais por soberana.

Por eso mismo, doy permiso a mi gente para reclamarme lo que sea o incluso echarme la bronca si es necesario.

No quiero que "mis soldados" le quiten la libertad a mi pueblo por miedo a vuestras represalias.

Así que, mientras vivas, sabrás que eres mío, pero deberás dejarme sufrir si es mi pueblo el que me hace sufrir.

Quiero ser una buena reina, y se atrapan más moscas con miel que con espadas.

—La mierda también atrae a muchas, pero imagino que cagarles encima no es una opción —soltó Ander para rebajar la tensión.

La carcajada de ambos rompió la seriedad del momento, lo que dio paso a una nueva ronda de besos y caricias prohibidas que terminó, otra vez, en gritos de frustración. Julia tuvo que volver a lavarse.

—Sal y busca a una de las lavanderas, a Rosa —le pidió Julia desde el baño—. Dile que estoy aquí y que traiga paños limpios; ella ya sabrá.

Pero de pronto, desde la casa contigua donde se alojaba Elías, empezaron a escucharse gemidos rítmicos y gritos de placer que traspasaban las paredes.

—Bueno... no sé si encontrarás a Rosa ocupada o libre —dijo Julia entre risas, mientras abría un poco las piernas para mostrar el rastro que descendía por su muslo, del cual solo una mínima parte era sangre—. Pero yo no puedo salir así a la calle.