A SUS PIES CAPÍTULO 8 DIOS SALVE A LA REINA #3
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CAPÍTULO 8 DIOS SALVE A LA REINA #3

—De acuerdo, pues escuchadme con atención: esta noche habrá fiesta.

Bailaremos, beberemos y comeremos como si no hubiera un mañana.

Sé que mañana estaréis rotos, así que será día de paseo; os enseñaré los campos en persona y os presentaré a quienes los dirigen.

Aunque los ayudantes rotan, los maestros permanecen y siempre serán ellos quienes lideren cada zona.

Después os enseñaré el lago y lo que queda por ver, y pasado mañana.

.. —hizo una pausa, clavando la vista en el primer oficial—.

Os presentaréis cada uno al alba, con el canto del gallo, ante vuestro.

.. ¿cómo lo llamáis? ¿Vuestro superior? Para vosotros, él será vuestro rey, vuestro sargento o vuestro capitán.

Si él da una orden, vosotros la ejecutáis; así un día tras otro.

Salvo que llueva, el trabajo será desde el alba hasta la hora de comer y, después.

.. al campo de entrenamiento. Allí os tocará enseñarme a mí a luchar; quiero aprender todas vuestras destrezas.

Los soldados asintieron con respeto ante la perspectiva del trabajo duro, pero sobre todo con unas ganas inmensas de que llegara la noche. En los últimos tres años no habían tenido una sola celebración, y mucho menos una organizada por una reina, así que la ansiaban con verdadera devoción.

La bajada, aunque resultó más resbaladiza y peligrosa que el ascenso, fue mucho más descansada. Las conversaciones abandonaron aquel tono serio y oscuro para teñirse de un matiz más ligero y personal, algo que Julia echaba de menos.

—¿Alguno de aquí está casado? —preguntó ella con curiosidad.

—Yo fui el único que pasó por el altar —respondió Gedeón con un poso de nostalgia—, pero perdí a mi mujer por unas fiebres hace casi diez años.

—Pues no sé si os he dicho qué tipo de habitantes predominan aquí, pero hay muchísimas mujeres. Así que elegid con cuidado; si una os atrapa, no os soltará, y podríais arrepentiros si luego aparece otra mejor.

Los soldados se intercambiaban miradas, cada vez más impacientes por llegar a la ciudad. Fue Ander quien, caminando cerca de Julia, se atrevió a preguntar:

—¿Así que tendré que buscar bien con quién me quedo? ¿Elijo yo o me elegirán a mi?

—En tu caso, no tendrás problemas para cambiar —replicó ella con sorna—. Te acostarás con una, tus ronquidos la echarán de tu lado y podrás elegir a otra.

—Yo ya he elegido —confesó Ander en voz baja—, pero no sé si soy correspondido.

—Eso es fácil de saber. Cuando la tengas cerca, sácala a bailar; si te babea la camisa, es que es tuya.

—Es una buena camisa... ¿No hay una forma más sencilla de saberlo? Como, no sé... ¿roncarle por la noche y que decida volver a la noche siguiente?

—Seguro que si ha vuelto, ha sido solo para babearte la camisa de nuevo.

"¿Sería esta la noche?", se preguntaba Ander mientras el corazón le latía con fuerza. Al llegar abajo, entraron por fin en la ciudad. Daniel ya había ordenado los preparativos para la fiesta por el regreso de su reina, a la que muchos daban ya por muerta.

Las casas estaban construidas con adobe, una mezcla de paja y arcilla que les confería un aspecto robusto y orgánico.

Los tejados de madera también estaban recubiertos de adobe, entretejiendo la paja de la cubierta con la de las paredes; habían descubierto que era la única forma de evitar que los fuertes vientos se llevaran los techos por los aires.

Sin embargo, el perímetro de la ciudad era un muro sólido de piedra labrada, sin rastro de arcilla.

Los soldados quedaron impresionados por la ingente cantidad de roca que había sido necesaria para levantar semejante defensa.

Julia les explicó que, aunque obtenían agua del lago para beber y regar, toda debía ser desalinizada.

Para ello, la hervían y dejaban que el vapor ascendiera por unos tubos metálicos enfriados con agua fresca, lo que provocaba la condensación y permitía obtener agua pura.

Con todo, las lluvias eran frecuentes y aprovechaban cualquier recipiente para recolectar hasta la última gota.

Los baños de las viviendas no eran más que estancias cerradas con un sumidero que daba directamente al mar, donde se vertían los desechos y se enjuagaba lo justo; en aquel lugar, el agua dulce era un tesoro más preciado que el acero.

Finalmente, acomodaron a los once soldados en casas contiguas y gemelas, preparándolos para la gran noche que estaba por comenzar.

Cuando llegó la noche, los cánticos despertaron a todos los soldados sin excepción.

Los guerreros, con la intención de simplemente "probar" la comodidad de las estancias, se habían tumbado en las camas y habían abandonado este mundo casi en el acto y al unísono.

Ander se levantó con una evidente erección marcando sus pantalones; Julia había aparecido en sus sueños y había sido una fantasía de la que resultó doloroso despertar.

Sin embargo, la promesa de volver a verla en la realidad le hizo espabilar de inmediato.

Mientras Julia los guiaba por la montaña, sus monturas habían sido descargadas y todas sus pertenencias personales habían sido distribuidas en cada casa.

Así, Ander encontró su odre de agua lleno y su ropa "limpia" dispuesta para la ocasión.

Se cambió con rapidez mientras oía los golpes en las puertas adyacentes y, finalmente, en la suya propia.

Al salir, esperaba encontrar a Julia, pero fue Daniel quien lo recibió.

—He de llevarlos a todos al baño, me lo han ordenado —anunció el isleño—. Así que, si me siguen...

Los once soldados le siguieron con la ropa “limpia” en las manos sin saber exactamente a dónde se dirigían, pero al llegar y ver el lago, sintieron que aquello les venía caído del cielo.

A pesar de estar acostumbrados a la vida de campaña, el olor que desprendían tras tantos días de huida era ya bastante desagradable.

Sin pudor alguno, todos se desnudaron por completo y se lanzaron al agua, escandalizando a Daniel.

El hombre hizo el ademán de girarse lentamente, aunque no pudo evitar echar un vistazo furtivo antes de que los guerreros se sumergieran.

Solo disponían del llamado jabón negro, elaborado a base de sebo animal y ceniza, pero se lo frotaban por todo el cuerpo con desesperación, ansiosos por desprenderse de la mugre acumulada. Se frotaban con tal fuerza que llegaban a provocarse pequeñas heridas y a enrojecerse la piel.

Mientras estaban en el agua, aparecieron curiosamente diez mujeres.

Daniel les advirtió a voces que no salieran del agua todavía.

Las recién llegadas preguntaron de quién era cada prenda de las sucias que estaban tiradas en el suelo y se las llevaron con la promesa de devolverlas limpias al día siguiente, dejando solo las mudas “limpias” de los soldados.

La última de ellas recogió las ropas de Lucas y las de Ander; el oficial quiso creer que Julia, con intención, no le había asignado una mujer específica para esa tarea.

Cuando las lavanderas desaparecieron —aunque en realidad no se habían ido, sino que se habían ocultado entre la vegetación—, los soldados salieron desnudos del lago. Escandalizar a Daniel se convirtió entonces en el deporte de moda entre la tropa.

—¡Pero no te gires, hombre, que tengo lo mismo que tú! —gritó Ander entre risas mientras caminaba por la orilla.

—Seguro que sí, Daniel —añadió Marcus con sorna—. Aunque Ander la tenga más pequeña, también cuenta.

—¡Mira quién habló! —replicó Lucas divertido.

—Eso es trampa —respondió Marcus de inmediato—, tú es que eres mitad caballo.

Tras los arbustos, las jóvenes observaban la escena impresionadas, guardando un silencio absoluto mientras hacían sus propias elecciones visuales entre los guerreros.

De pronto, un carraspeo a sus espaldas las sobresaltó: "Ejem".

Era la reina. Pero lejos de reñirlas por su curiosidad, Julia se acercó con una sonrisa cómplice.

—¿Puedo mirar yo también? —preguntó.

Las muchachas rieron por lo bajo y le hicieron un hueco entre las hojas para que pudiera observar la hilera de hombres desnudos. Julia recorrió el grupo con la mirada hasta detenerse en uno.

—Ese... es mío —sentenció con suavidad.

Cuando los soldados terminaron de vestirse, las diez lavanderas y Julia aparecieron como brotando de la nada.

—¡Ah, qué casualidad! Hemos llegado justo cuando ya estáis vestidos. No es que os hayamos estado mirando tras los arbustos —soltó Julia con sorna, provocando que las lavanderas se sonrojaran violentamente.

Silas, con su habitual desparpajo, replicó: —Si queréis, nos desnudamos otra vez.

Las mujeres rieron mientras Julia le lanzaba una mirada que transmitía una calma socarrona. —Después de la fiesta —sentenció la joven.

Acto seguido, se acercó a Ander y le susurró al oído—: Así que... ¿roncas y la tienes pequeña?

Ander, escandalizado, respondió: —¿De verdad estabais mirando? —Yo nunca miento. Y sí, ese tal Lucas es, efectivamente, mitad caballo. —Milady, no se trata de lo que uno tiene, sino de cómo lo usa. —Pues como el tal Lucas sepa usarla bien, ya me contarás...

—¡Oye! —protestó Ander rodeando a Julia con un abrazo.

Al estrecharla, se acercó demasiado y su erección, todavía presente, no pasó inadvertida para la joven. Ella, con una audacia que lo dejó sin aliento, bajó la mano y palpó el bulto mientras le sostenía la mirada fijamente.

—Quizás es que estaba demasiado lejos... No parece pequeña —murmuró ella.

Ander respiró profundamente, intentando mantener la compostura ante aquel contacto eléctrico. —Y tampoco ronco tanto —consiguió decir.

Sin embargo, el comentario rompió la tensión y Julia estalló en una carcajada. "Maldito sea tu sentido del humor", se dijo el oficial para sus adentros, entre la frustración y la adoración.

Julia alzó la voz para que todos la oyeran: —Señores, bajen sus armas. Y cuando hablo de armas, creo que todos sabemos a qué me refiero, sobre todo tú, Lucas; ya buscaremos una yegua para ti.

Una explosión de risas sacudió el grupo.

—Primero la fiesta. Dentro hay cerca de cuatrocientas personas, no solo estas diez —añadió, recordando a los soldados lo que les había advertido antes: que no se encariñaran con lo primero que vieran, pues la isla rebosaba de mujeres y no quería líos amorosos prematuros.

Menos mal que lo dijo, porque en sus mentes, los soldados ya se habían casado y tenían cuatro hijos con las lavanderas.

La celebración fue una auténtica brutalidad en cuanto a comida y bebidas fermentadas.

Probaron desde la mejor cerveza hasta el vino más exquisito que hubieran catado jamás.

Para la ocasión, se sacrificaron tres corderos y una vaca entera.

En la zona más protegida del banquete estaban los niños, con Tristán integrado como uno más; incluso habían ido a la playa y el pequeño les había enseñado a fabricar sus trampas para peces.

A medida que el alcohol calentaba el ambiente, todos se volvieron más cariñosos.

Ander se abstuvo de beber en exceso, no solo para no meter la pata con alguna otra mujer (ya que recibía invitaciones para bailar cada cinco minutos), sino para vigilar que ninguno de sus hombres causara problemas.

Julia se había sentado en el extremo opuesto de una mesa descomunal, formada por varios tablones unidos.

Cruzaban miradas constantemente, pero la distancia les impedía hablar o lanzarse puyas.

Cuando el anciano que estaba sentado al lado de Julia se levantó para bailar, Ander intentó preguntarle mediante gestos si podía ocupar su lugar, pero ella lo detuvo con un movimiento imperceptible de la mano.

De pronto, un grito, o mejor dicho, la continuación de un clamor, rompió todos los esquemas de Ander. Una mujer desconocida gritó a pleno pulmón:

—¡Viva la reina!

Ander sintió que la furia le nublaba el juicio. En su cabeza solo existía una reina, y esa era la asesina de sus amigos y de la esposa de Calen. Julia vio cómo los ojos de Ander se inyectaban en sangre y odio puro, pero entonces, un anciano continuó el vitoreo:

—¡Que viva la reina Julia!

En ese instante, el tiempo se detuvo para el oficial.