A SUS PIES CAPÍTULO 8 DIOS SALVE A LA REINA #2
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CAPÍTULO 8 DIOS SALVE A LA REINA #2

Julia volvió a reír para luego clavar sus ojos en los de él.

Con un susurro, usando la voz más cálida y profunda que guardaba solo para Ander, le dijo: —Mi secreto aquí no es tal, pero puede hacer que me mires con otros ojos, y eso, a su vez, podría cambiar la forma en que yo te miro a ti.

¿De verdad quieres saberlo? Tarde o temprano te enterarás, de eso no cabe duda, pero preferiría que fuese tarde.

.. lo más tarde posible. Eso nos permitiría seguir siendo solo la tía Julia y el tío Ander por un tiempo.

Pero pídemelo y te lo contaré ahora mismo.

Ander reflexionó sobre aquellas palabras y, totalmente seguro de su decisión, alzó la voz para que todos lo oyeran: —Eh.

.. ¿compañeros? —el término le resultó inusual en sus labios, tanto que los soldados lo ignoraron, pero continuó con fuerza—.

Me suena muy raro, mejor… ¡ATENCIÓN! —Los soldados se cuadraron por instinto—.

Julia me ha dicho que sería mejor que no supiera su secreto de momento, así que queda totalmente prohibido que me entere por cualquiera de vosotros. ¿OÍDO?

—¡SÍ, SEÑOR! —tronaron los guerreros con disciplina marcial.

Julia se limitó a negar con la cabeza, divertida por la escena. Luego se dirigió al primer oficial: —¿Señora, ya has descansado suficiente?

Ander la miró confundido. —¿Cómo que "señora"? ¡Señorita! Por lo menos hasta que me lo pidas. Luego, si quieres, podrás llamarme señora, pero tendrás que ponerme un anillo antes.

Al joven Tristán no le había hecho falta tiempo para integrarse con los chicos de su edad.

Los aldeanos acogieron al "sobrino" de Julia como si realmente llevara su sangre, llevándolo de un lado a otro para presentarle a todos los niños y niñas.

Le enseñaban de todo: desde cómo se araba la tierra con la fuerza de los bueyes hasta el momento exacto en que se debía recoger la cosecha. Tristán estaba sencillamente encantado.

Mientras tanto, la escalada continuaba.

—Si tu intención es subirnos a lo más alto para empujarnos al vacío, creo que desde aquí ya no lo contamos —dijo Ander, quien a pesar del frío ya sudaba la gota gorda—. No nos hagas subir más, acaba con nuestro sufrimiento de una vez.

El resto de los soldados no lo pasaba mejor. Julia los miró con una sonrisa burlona.

—Vale, vale... Quería llevaros a la cima para enseñaros la isla entera; hay unas vistas preciosas desde arriba. Pero un poco más arriba hay un mirador desde donde se ve casi igual —cedió Julia.

—Si me lo cuentas, me lo creo, no hace falta subir más —añadió Lucas entre arcadas por el esfuerzo físico.

—Venga, mis guerreros... Quizás no deberíamos habernos defendido de vosotros, solo haberos propuesto una carrera —bromeó ella.

—Eso, tú haz leña de nuestras deficiencias —gruñó Gedeón, que al ser el mayor del grupo ya sentía calambres hasta en los párpados.

—Ahí está.

Habían llegado por fin. La senda se desviaba hacia una plataforma natural no muy extensa, pero desde la cual los doce pudieron contemplar la zona sur de la isla en todo su esplendor.

—Si estuviéramos en la cima, veríamos la isla completa.

Desde aquí solo divisamos la zona sur, pero os servirá de momento —explicó Julia señalando el horizonte—.

A la izquierda, hacia el este, está el puerto.

Allí se resguardan los barcos en una cala que los protege del fuerte oleaje.

También están todas las instalaciones para trabajar el pescado: desde el despiece hasta los ahumaderos y secaderos.

Hizo una pausa y señaló hacia el lado contrario.

—Al oeste, a la derecha desde nuestra posición, está la ciudad, como ya os dije.

De frente, tenemos la isla dividida en diez zonas, y todos pasaréis por las once áreas si decidís quedaros.

Las tres primeras, de derecha a izquierda, son los cultivos de vides para uvas y vino; luego el trigo para el pan y la harina; y el cultivo de lino para las prendas de vestir o las velas y el preciado aceite de linaza.

Cada campo tiene su centro de manufacturación: las vides tienen sus cubas donde se pisa la uva, el trigo tiene su molino y el lino sus ruecas y su prensa.

Los soldados escuchaban asombrados la organización de aquel lugar.

—Después viene otra línea de cultivo —continuó ella—.

Este año toca guisantes y habas en la cuarta zona.

Luego está el área de las ovejas, las vacas y los cerdos.

A continuación, los campos de cebada, donde elaboramos cerveza y sacamos alimento para el ganado.

El séptimo sector es de nabos y chirivías; luego el centeno, que tiene su propio molino para obtener harina de muela; le sigue la avena, cuyos tallos sirven para alimentar a vuestros caballos.

Y lo último es el campo de entrenamiento y una torre de vigía. ¿Lo entendéis?

—Entendemos que cada uno irá a ayudar a un sitio diferente, ¿no? —preguntó Ander.

—No. Todos iréis rotando —corrigió Julia con seriedad—.

Si algo os pasase, no podemos permitir que el conocimiento lo acumule una sola persona.

Eso ya nos ocurrió una vez y perdimos muchas cosechas cuando cayeron los pantanos.

Allí murieron muchos maestros y perdimos campos enteros por no saber lo que ellos sabían.

Ahora rotamos para que el conocimiento esté repartido entre todos.

Ander recordó la batalla de los pantanos. Él mismo había matado a mucha gente allí siguiendo órdenes. Por un momento, sintió un vacío en el estómago al pensar que, en el fragor de aquella carnicería, pudo haberla matado a ella.

—Lo siento muchísimo —logró decir Ander con el corazón encogido.

Uno tras otro, los soldados se acercaron a Julia y le pidieron perdón con sinceridad. Ella los miró con una mezcla de tristeza y comprensión.

—Sois buenas personas —respondió ella en voz baja—, pero decidisteis seguir a la reina equivocada.

Todos comprendieron el peso de esa frase, excepto Ander, quien sintió que había algo más profundo en sus palabras que todavía se le escapaba.

—Pues eso. Todos, incluido Tristán, iréis rotando.

Pero lo más importante es que los campos también lo harán: donde este año se planta cebada, por ejemplo, el año que viene será la zona destinada al ganado.

Los excrementos de los animales alimentan la tierra y la nutren.

Lo único que siempre permanece en el mismo sitio es el campo de entrenamiento y, hablando de eso.

.. necesito aprender a tirar con arco —sentenció Julia mirando fijamente a Ander.

—Milady, sé que quieres entrenar para estar a mi lado, pero en esa destreza, Bastian o Cédric me superan con mucha facilidad —respondió Ander con sinceridad.

—¿Y tú? ¿En qué eres bueno exactamente? —preguntó ella con curiosidad.

—Hago un estofado de cordero excelente.

Por detrás de ellos, comenzó a formarse una serie de murmullos y bromas entre los hombres: —Eso depende de a quién le preguntes.

.. —Yo conozco a uno que no vomitó después de comérselo.

.. —¡Callaos! —gritó el oficial, aunque sin verdadera furia.

Su tono cambió de pronto a algo más serio y cargado de un dolor profundo—.

La verdad es que no sé en qué soy bueno.

.. porque en aquello que domino, no me siento orgulloso.

Soy bueno matando. Soy bueno con la espada y con la daga.

Calen era el mejor de todos nosotros y ahora, supongo que, aunque no le llegue ni a la suela de sus botas, soy el mejor de los que quedan aquí.

Pero no sé en qué puede ayudarte eso, lo siento mucho.

El silencio se instaló entre los soldados, dándole la razón con un respeto solemne. Julia lo sostuvo con la mirada, sin apartarla.

—No te confundas, soldado. Sé muy bien a quién miro y sé lo que has hecho, pero incluso de una mala cosa puede salir una buena —dijo ella con firmeza—. Veamos: Bastian y Cédric con los arcos. ¿Y con las espadas? ¿Solo Ander?

Gedeón se adelantó para explicar la formación del grupo: —Con la espada destacamos Ander, Marcus, Lucas, Silas y yo mismo. Por otro lado, Grégor es el único que usa maza de guerra; una herramienta que es mucho más útil contra diez espadas que contra una sola.

—No entiendo eso —confesó la joven.

—Es sencillo —continuó Gedeón—. Si te atacan diez hombres por el mismo flanco, sus propias espadas se estorban entre sí; la maza, sin embargo, barre con todo por su propio peso, siendo capaz de romperlas, doblarlas o mellarlas.

Pero si te ataca un solo contrincante, la maza resulta más lenta y, por lo tanto, el portador queda en desventaja frente a una hoja rápida.

Julia asentía, procesando la información táctica. —¿Y qué me dices de Elías, Hugo y Cónrad?

—Elías es explorador. Es astuto, se mueve como un espía; es silencioso y letal en las distancias cortas.

Aunque usa la espada como todos, incluidos los arqueros, su fuerte es el combate cerrado.

Lleva dos dagas en la espalda y, si consigue situarse a menos de un metro de ti, estamos todos muertos.

Nuestras armas tienen un tamaño estándar de poco más de un metro; si él rompe esa distancia, no tenemos nada que hacer.

Hugo y Cónrad, por su parte, son los únicos que portan escudo.

Son protectores. En la batalla no solo importa el ataque; la defensa es igual de vital.

Da igual lo bueno que seas con el acero si te enfrentas a dos arqueros, pero un escudo puede detener las flechas y, de paso, partir alguna cabeza.

Además, ellos dos usan espadas cortas, de menos de un metro; no es una diferencia enorme, pero se nota en el peso y en la agilidad de sus movimientos.