A SUS PIES CAPÍTULO 8 DIOS SALVE A LA REINA
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CAPÍTULO 8 DIOS SALVE A LA REINA

Julia se alejó caminando junto a Daniel, quien le hablaba animadamente sobre la situación actual de la isla. Mientras los veía alejarse, Ander sintió una punzada de celos tan intensa que parecía atenazarle la garganta; ella se había marchado sin siquiera dedicarle una palabra de despedida.

Gedeón, notando su abstracción, se le acercó para informarle de las novedades: —Señor, hemos levantado una garita para pasar la noche.

Nos ofrecieron alojamiento en el poblado, pero preferimos aguardar aquí vuestro regreso.

Incluso el niño no ha dejado de jugar en la arena; hemos tenido que obligarlo varias veces a bañarse o a guarecerse del sol para evitarle una insolación. .. pero, ¿señor? ¿Me está escuchando?

Ander permanecía hipnotizado, siguiendo con la mirada la silueta de Julia hasta que desapareció entre los árboles junto a Daniel. —No se ha despedido —logró articular Ander, medio ido—. Se ha marchado sin más.

Gedeón suspiró, comprendiendo la fijación de su oficial: —¿Ah, eso? No os preocupéis, tendrá mucho que atender. Nos han informado de "ciertas cosillas", pero creo que será mejor que os lo cuente ella misma. Venid por aquí.

El veterano condujo al grupo hacia la garita improvisada.

Bajo un tejado descansaban vasijas de agua fresca, fuentes de barro repletas de frutas y hortalizas, y lo que parecía ser una generosa pieza de cerdo asado.

Los soldados, acostumbrados a las penurias, se quedaron sin habla ante tal festín.

Sin embargo, el corazón de Ander seguía doliendo con cada latido.

—Señor, el tal Daniel no camina por nuestro lado del camino, no sé si me entiende —soltó Bastian al notar el malestar de su superior. —¿Qué quieres decir? —preguntó Ander confundido. —Que creo que tiene usted más posibilidades de tener relaciones con él que ella —añadió Bastian con picardía.

Como si le hubieran inyectado una droga milagrosa, el ánimo del primer oficial cambió radicalmente. De pronto, el aroma de la comida le resultó irresistible, el agua más cristalina y el paisaje, iluminado apenas por las antorchas de la playa, le pareció el mismísimo paraíso.

Sus hombres le informaron sobre las dimensiones de su nuevo refugio.

La playa superaba el kilómetro de ancho, pero la isla era mucho más vasta: unos diez kilómetros de largo por dos de ancho.

Era, en esencia, un lugar para quedarse toda la vida.

La población estaba compuesta mayoritariamente por mujeres, niños y ancianos de Borandel.

Aunque su ejército permanecía en el castillo, esta isla servía como santuario para los no combatientes.

—Menos mal que no es una isla de entrenamiento militar —comentó Grégor aliviado—. Lo habríamos pasado bastante mal. —No te creas —replicó Cédric—, teníamos un salvoconducto.

Ander miró a Cédric con extrañeza ante aquel comentario. —¿Por qué dices eso?

Cédric intercambió una mirada con Bastian antes de responder: —Creo que será mejor que se lo diga ella, ¿no?

—¿Que me diga el qué? —Señor, ¿confía en mí?

—preguntó Bastian seriamente. —Sí. —Pues créame: será mejor que hable con Julia sobre este tema.

Dígale que sus hombres le guardan un secreto sobre ella misma y deje que sea ella quien se lo cuente.

Ander devoró la comida mientras conversaba con sus hombres.

Sin embargo, cada vez que interrogaba a los que habían realizado el primer viaje, la charla terminaba siempre en una pregunta sin contestar; sus soldados evitaban darle una respuesta que, a todas luces, debía salir de labios de Julia.

El primer oficial tuvo que resignarse; si alguien tenía que revelar la verdad sobre la mujer que amaba, prefería que fuera ella misma.

Las miradas que le lanzaban los veteranos no parecían presagiar malas noticias, aunque por su cabeza desfiló todo tipo de temores: "Dios mío, estará casada", o incluso, "le gustarán las mujeres".

Tras pasar un rato ameno, buscó una pared para sentarse y descansar, pero al darse cuenta de que allí no corrían peligro, se permitió el lujo de tumbarse por completo.

Tristán ya dormía plácidamente. Los aldeanos habían traído sábanas de lino fino; era junio y, aunque en la playa la temperatura había descendido considerablemente, entre las telas, sus propias ropas y el resguardo de las paredes de la garita, el clima era ideal.

Ander cayó en un sueño profundo, al igual que el resto, sintiéndose al fin a salvo.

Pero la mañana llegó de golpe. El primero en abrir los ojos fue Cédric, quien solo acertó a gritar:

—¡Fruta fresca!

Todos dieron un salto instintivo, con las manos apretando las empuñaduras de sus espadas. Ander creyó sufrir un microinfarto ante la repentina alerta. Los aldeanos se habían acercado al amanecer y, con un sigilo asombroso, habían preparado el desayuno en silencio.

Cuando el primer oficial logró quitarse las legañas de la que, sin duda, había sido la noche más placentera en años, extrañó de inmediato el calor del cuerpo de Julia contra su pecho.

Incluso la falta de su rastro de saliva en la camisa le dejaba un vacío difícil de digerir.

Al enfocar la vista a través de la ventana de la garita, allí estaba ella.

—Dios santo —dijo la joven con una sonrisa traviesa—. Es verdad que tumbado roncas todavía más.

A Ander se le iluminó el rostro. Tenía mil cosas que decirle y otras tantas que preguntarle, pero simplemente acertó a decir:

—Tengo la camisa arrugada; tu oreja no me la ha planchado esta noche y la he echado en falta... aunque la baba te la puedes quedar para ti.

—Es una lástima —replicó ella con rapidez—, quería compartir mi baba contigo.

Aquel "zasca" le dolió a Ander como una patada en sus partes nobles, dejándolo mudo. Solo pudo balbucear un torpe:

—Si quiero...

Sus hombres, que no habían perdido detalle de la escena, rompieron a reír al unísono, inundando la garita de carcajadas.

Julia también estalló en carcajadas. Ander, aunque algo avergonzado por la mofa general, se sintió fascinado al contemplar su alegría.

—De momento tenemos tareas pendientes —dijo él, tratando de recuperar la compostura—. Milady, necesitamos que nos muestre qué es esta isla y de qué espacios disponemos para movernos, si no le importa.

Ella alzó un poco la voz, adoptando un tono más formal que resonó en la playa: —Mis valientes guerreros, si me siguen, podré enseñarles el lugar donde nos encontramos y las zonas habilitadas para sus mercedes; pero también... las zonas prohibidas, a menos que les sean asignadas.

—¿Cómo que zonas prohibidas si no nos las asignan? —preguntó Marcus con curiosidad.

Julia echó a andar y todos la siguieron.

Poco a poco, comenzó a dirigirlos hacia la zona más elevada de la isla mientras continuaba con su explicación: —Señores, esta isla es muy grande, pero también está habitada por muchas personas; gente buena que no desea ni morir ni matar.

El lugar se divide en varios ecosistemas.

En la cara norte, donde está la playa, los vientos del mar son implacables y arrasan con muchas cosechas, por lo que allí solo hemos construido las viviendas y los secaderos de pescado.

Curiosamente, los barcos se resguardan al este, en el puerto.

La ascensión se volvió exigente, convirtiéndose prácticamente en una escalada donde el frío empezaba a calar en los huesos. Sin embargo, Julia avanzaba con una agilidad pasmosa, como si hubiera recorrido esa ruta mil veces; su respiración ni siquiera se agitaba.

—Justamente al oeste están las casas de todos —prosiguió—. Lamentablemente, y debido a hombres como vosotros, hay más casas que gente para habitarlas, aunque espero que eso cambie pronto. En el centro, hacia el norte, se alza esta montaña.

—Milady, ¿podríamos descansar un poco? —intervino Ander fingiendo que no estaba fatigado—. Yo estoy bien, pero mis hombres están cansados.

Casi todos los soldados soltaron una carcajada. —¡Sí, tú estás genial! —se oyó decir a uno desde el fondo. —¡Y muy guapo! —añadió otro con sorna.

Julia rió abiertamente. Era la primera vez que Ander la veía reír de aquella manera, con total libertad.

El vello de su nuca se erizó y una sensación electrizante le recorrió todo el cuerpo; tuvo que sentarse de inmediato en el suelo para disimular el efecto que aquella risa había provocado en su anatomía.

—Solo un par de minutos —dijo él jadeando.

Julia lo miró con comprensión y se sentó a su lado. Ander aprovechó la intimidad del momento. —Mis soldados me dicen que guardas un secreto y que deberías contármelo tú. Dicen que no es nada malo, pero aún así estoy preocupado. ¿Debería estarlo?

—Primero: aquí son tus compañeros, no tus subordinados. Aquí no manda nadie —respondió ella con calma.

Gedeón pasó por allí en ese preciso instante y, como quien no quiere la cosa, soltó un comentario al aire: —Salvo vos, señorita Julia.

Luego se sentó con sus amigos unos metros más allá. Ander lo interpretó como una de las bromas habituales de la joven, suponiendo que "mandaba" simplemente por su fuerte carácter femenino; no le dio importancia, aunque la idea de que en aquel lugar todos fueran iguales le resultó muy atractiva.

Julia continuó: —Segundo: si decidís quedaros aquí, tendréis que ganaros el pan.

Aquí todos trabajamos. Los frutos que habéis desayunado han sido plantados, cuidados y recolectados por manos trabajadoras.

Sé que quizás no sabéis cómo hacerlo, pero si queréis formar parte de esto, deberéis aprender.

Y tercero... si tanto te costó dormir, ¿cómo es que tus ronquidos se oían desde la otra punta de la isla? Parecías un cerdo en el matadero.

—¡Oye! Un cerdo quizás, ¡pero muy vivo!