CAPÍTULO 7 LA ISLA DE LOS ANTEPASADOS #2
Lidia bebió, como tantas otras veces, de la entrepierna de la reina, pero sin los besos y el afecto previo, todo resultaba artificial.
La reina no gemía, pues abrir la boca le provocaba punzadas de dolor, y Lidia se esforzaba más por cumplir que por disfrutar.
Al acercarse al orgasmo, Mireia abrió la boca demasiado y soltó un alarido de puro sufrimiento físico cortando el placer de golpe y quedándose sin final.
Lidia subió a mirarla a los ojos e intentó consolarla.
—No se preocupe, Majestad. Esa herida sanará y podremos empezar de nuevo las veces que hagan falta.
Mireia se echó a llorar en los brazos de la sirvienta, quien pensó que, quizás algún día, volverían a ser lo que fueron.
Bastian y Cédric estaban asomados por la proa, guiando el barco hacia la playa.
En la orilla, la gente de la isla empezaba a congregarse; el recibimiento estaba listo, aunque no sabían si sería amistoso.
Por suerte contaban con Julia para explicar la presencia de aquellos hombres, que además no portaban emblema alguno de la reina.
Cuando atracaron, Julia desembarcó en un pequeño muelle de madera cogida de la mano de Tristán.
Tras ellos bajaron los soldados con los caballos.
Los isleños portaban horcas, guadañas y hoces; no eran una amenaza real para guerreros veteranos, pero entrar como conquistadores no era el plan. Julia tomó la palabra:
—Estos son unos amigos que me han salvado de la Arpía —dijo señalando a los hombres—. Y este es mi sobrino.
La familia de Julia había muerto protegiéndola, pero aún conservaba muchos amigos que agradecieron el rescate.
—Tengo más amigos esperando y he de volver a por ellos —anunció Julia.
—¿Estás loca? —le espetó Daniel, uno de los isleños—.
Ni de broma volverás a Magnord. Podrías guiarlos hasta aquí, ¿y tu… sobrino?.
Cédric, que sonreía al sentirse a salvo, borró el gesto y se tocó el cinturón instintivamente, el resto de soldados miraron como si hubiera tocado un cuerno de alarma.
El ambiente se volvió gélido en un segundo.
Julia, al notar el movimiento del arquero, cambió el tono radicalmente.
—Mira, Daniel, no te he preguntado si me dejas ir.
He dicho que voy a ir. ¿De verdad quieres ponerte en mi contra?
No te lo recomiendo, y si, mi sobrino, ¿queda claro?
. —No, Julia, solo te decía... —Sé lo que me dices.
Y también sé que, si fueras tú quien estuviera allí esperándome, querrías verme volver. Así que voy.
Luego, alzando la voz para que todos la oyeran, añadió: —Estos son mis amigos y mis protegidos. Espero que los tratéis bien, ¿entendido?
Absolutamente todos los presentes se cuadraron y contestaron al unísono: —¡Sí, mi señora!
Tristán la miró con extrañeza, pero fue Gedeón quien se acercó a ella confundido. —¿Quién coño eres tú realmente? —¿Yo? Soy Julia... la reina de Borandel.
Julia le guiñó un ojo a Tristán y, sin haber dormido nada, volvió a zarpar ella sola en el barco dejando paralizados a los soldados.
Ander y sus hombres pasaron la noche agotados pero en máxima alerta.
Por suerte o por desgracia, no era la primera ni sería la última vez que permanecían en vela, con los nervios a flor de piel ante cualquier posible amenaza; sin embargo, su formación y la disciplina defensiva estaban muy curtidas en mil batallas.
En ese momento, parecían estar completamente solos.
Fue justo cuando despuntó el alba cuando un barco (el mismo en el que habían partido sus compañeros) apareció en el horizonte.
Marcus, el veterano que cubría la última guardia, fue quien lo divisó a lo lejos y alertó al resto del grupo.
Tras recoger las pocas pertenencias que les quedaban, desensillaron los caballos que iban a liberar; no obstante, mantuvieron puestos los bocados, ya que los animales seguían atados y no sería seguro soltarlos hasta que el embarque se hubiera completado.
El barco arrió las velas mucho antes de alcanzar la costa.
Al ser Julia la única tripulante, debía anticiparse con mucha antelación a las maniobras para evitar estamparse o encallar violentamente contra la orilla.
El navío contaba con una rampa lateral que, sin duda, se había utilizado para subir las cargas o, como en el trayecto anterior, a los caballos y soldados.
Julia, con una maestría que dejó impresionados a los guerreros, casi "derrapó" con el barco, dejándolo en la posición más óptima posible.
No llegó a tocar la arena, pues al cargar la nave esta podría hundirse ligeramente y quedar atrapada en un banco de arena; aún así, la distancia era mínima y los caballos podrían llegar a bordo sin necesidad de nadar, mojándose apenas las patas.
Ander dio la señal y, de la nada, los soldados aparecieron por un flanco mientras dos caballos, en apariencia salvajes al carecer de silla, se perdían por otro en la espesura del bosque.
—Hola, "Milady". ¿Me has echado de menos? —le dijo Ander al subir a bordo.
—Pues sí, y mucho. Al no tener tus ronquidos cerca, casi me quedo dormida viniendo a salvaros el culo; tu serenata me habría ayudado —respondió ella con sorna.
—Ya me conoces, lo que sea por ayudar a una dama —replicó Ander acercándose a ella, aunque sin llegar al contacto físico; ya habría tiempo para eso.
—¡Desplegad las velas! —ordenó la joven.
Los soldados se quedaron mirándose unos a otros, preguntándose si alguno sabía cómo cumplir aquella orden.
—¿Es esta cuerda? —preguntó Cónrad con duda.
Julia se limitó a soltar el timón, caminó por la cubierta esquivando los caballos y señaló lo que quería.
—Esta. La desatas así y tiras con fuerza, cuando estemos llegando, tendréis que soltarla y atarla de este modo.
Si lo hacéis mal, no solo chocaremos y perderemos este navío, sino que os ganaréis mi enfado y tendréis a una joven quejosa todos los días de vuestra vida. Y cada vez que os mire, lo haré así...
Julia puso una mueca cómica de enfado que arrancó las sonrisas de toda la tripulación.
—¡Vamos, hombres de tierra, mis bravos guerreros! ¡Espabilad!
El viaje transcurrió de manera similar al anterior, con la diferencia de que, al ser de día, Julia pudo marcarle el rumbo a Ander.
Aunque el primer oficial estaba pálido y había vomitado varias veces, fingía ser el que mejor se encontraba del grupo.
Julia aprovechó para echarse a dormir; para ella, el bamboleo del barco era como una hamaca mecida por las olas y cayó rendida casi en el acto.
Ander se quedó ensimismado observándola hasta que notó que sus cinco soldados lo miraban fijamente con rostros cetrinos.
—Te ha calado bien, ¿eh? —comentó Elías con sorna. —Sí... no sé qué me pasa, pero es mi futura mujer —confesó Ander con sinceridad—. He pasado de desear a la reina a estar enamorado de una campesina.
Julia, que solo aparentaba estar dormida, sintió una mezcla de molestia al saber que su salvador había deseado a aquella arpía y una ternura inesperada al oír su declaración, lo que le provocó una sonrisa que intentó disimular bajo su capa.
Ander tenía instrucciones precisas: debía despertarla en cuanto divisaran la isla a lo lejos.
Sin embargo, al verla tan plácidamente dormida y sabiendo el agotamiento que arrastraba tras pasar la noche en vela, decidió dejarla descansar un poco más.
Aunque se mantenía alerta por las posibles rocas, el rumbo que seguía era erróneo.
La suerte quiso que la primera roca que golpearon no estuviera firmemente anclada y se resquebrajara bajo el peso del navío. El impacto hizo que Julia diera un salto y tardara menos de cinco segundos en evaluar su posición.
—¡¿Qué estás haciendo?! ¡¿Pero no te dije?! ¡Quita de ahí! —le gritó con furia.
A Ander le dolieron aquellos gritos, pero comprendió la gravedad de su error; sabía que si un soldado suyo hubiera cometido tal negligencia, él mismo habría ordenado azotarlo.
Intentó balbucear una excusa: "Yo pensé que.
..", pero la mirada fulminante de la joven lo obligó a bajar la cabeza y pedir perdón en silencio.
Gracias a la pericia de Julia y a que los soldados ejecutaron a la perfección las maniobras que les había enseñado, el barco se detuvo. Ella se dirigió de nuevo a Ander, todavía con el pulso acelerado.
—¡Por poco nos matas a todos! —le recriminó.
—Solo quería dejarte dormir... parecías agotada y.
.. Perdóname, no volverá a pasar —respondió Ander con humildad—.
No sabía que las rocas estaban tan cerca.
—Pues sí. Ahora tenemos que dar la vuelta.
Quiero a dos hombres en proa mirando hacia abajo e indicándome con tiempo la posición de las rocas.
El viaje durará el doble, porque ahora la velocidad será diez veces menor.
Ander se sintió profundamente dolido, no solo por su error táctico, sino por haber puesto en peligro la vida de sus hombres por un enamoramiento que en ese momento le pareció infantil, y por el hecho de que fuera Julia quien tuviera que reprenderlo con tanta razón.
Con un esfuerzo titánico y constantes maniobras, consiguieron dar la vuelta al navío. La madera había soportado el golpe sin problemas, pero Ander los había metido sin querer en un laberinto de rocas donde cualquier roce podía ser el último.
—¡Veinte metros a la izquierda! —gritaba Cónrad, tumbado cuan largo era sobre la proa. —¡Veinticinco metros a la derecha! —secundaba Elías.
Así transcurrió toda la tarde, en una tensión constante que solo la fortuna permitió disolver al salir del laberinto rocoso justo antes del anochecer.
Los ánimos comenzaron a calmarse, pero Ander permanecía sentado en la popa, cabizbajo como un niño castigado cara a la pared, rumiando con amargura su error.
Cuando por fin alcanzaron mar abierto y se alejaron de la costa para bordear la isla —buscando la entrada por la que ya deberían haber desembarcado si todo hubiera ido bien— Julia se acercó a él.
Ander levantó la cabeza con un pesar tan profundo en la mirada que parecía calarle hasta los huesos.
No solo se había torturado imaginando a sus hombres muertos, sino que la imagen de Julia pereciendo bajo las aguas era un veneno que lo corroía por dentro.
—Lo siento —logró articular con un hilo de voz lastimero.
En ese momento, Julia se enderezó y algo en su porte cambió de inmediato; irradiaba una autoridad y un poder casi regios. Sin embargo, al clavar sus ojos en Ander, su expresión se suavizó.
—No lo sientas —sentenció ella—. Pero te lo advierto: a partir de ahora, y durante una semana por lo menos, te miraré así.
Acto seguido, volvió a poner aquel gesto cómico de enfado que provocó las carcajadas del resto de la tropa.
Luego, con un gesto de ternura, le alborotó el pelo como había hecho con el pequeño Tristán días atrás.
Ander solo pudo responder con una sonrisa forzada, mientras en su mente una voz tronaba con una claridad absoluta: "Te quiero, Julia".
Ya entrada la noche, el barco enfiló por fin la línea correcta hacia la playa.
Allí, el resto de los soldados y Tristán aguardaban impacientes, habiendo construido ya una rudimentaria caseta que servía como garita de vigilancia.
Julia ordenó arriar las velas y atracó con una pericia asombrosa en el muelle de madera, donde Daniel ya esperaba para asegurar las amarras de la nave.
—¿Todo bien? —preguntó Daniel al verlos llegar. —Sí, todo... más o menos bien —contestó Julia con cierta ironía.
Se giró una vez más hacia Ander para dedicarle aquella cara burlona, dejando al primer oficial sin saber si esconderse, reír o romper a llorar.