CAPÍTULO 7 LA ISLA DE LOS ANTEPASADOS
El barco zarpó en cuanto terminaron las maniobras de embarque.
El peso de los animales no supuso un inconveniente mayor, ya que cinco de los soldados se habían quedado en tierra con sus monturas.
Para asegurar la flotabilidad y no sobrecargar el navío en aquellas aguas traicioneras, se decidió que los caballos de los espías (tanto el que usaba Julia como el que estaba destinado originalmente para Krista) fueran liberados para que se internaran de nuevo en el bosque.
Mientras tanto, en el corazón del reino, el grueso de las tropas de Magnord llegaba a Frainord al galope, levantando nubes de polvo tras de sí.
La propia soberana, con el rostro marcado por la furia y el dolor, bajó a recibirlos.
La acompañaba una comitiva de peso: Torien, representando los intereses de Thoral; Eduard, el consejero de guerra; Normand, consejero de administración; Fernand, consejero de la ciudadela; y Julen, consejero de justicia.
Fue Eduard quien se adelantó para interrogar al sargento de armas, quien a falta del capitán, ostentaba el rango más alto disponible entre los recién llegados.
—Cuénteme, sargento —ordenó Eduard con tono gélido.
El sargento se quedó pálido, alternando la mirada entre los consejeros y la presencia imponente de la reina. —No lo entiendo, señor. ¿Qué quiere que le cuente? Hemos acudido a su llamada en cuanto se encendieron las hogueras de alarma. Vinimos lo antes posible. ¿Dónde está el peligro?
Mireia cerró los ojos con fuerza. Fue en ese instante cuando el sargento reparó en la cicatriz que surcaba la cara de la reina. —¿Qué ha pasado aquí? —exclamó el soldado, aterrado—. ¿Su Majestad está herida? ¿Han sido los de Thoral otra vez?
Al oír la mención a su reino, Torien se infló de indignación, a punto de estallar contra el sargento. Pero fue la reina quien tomó la palabra. Hablaba con evidente esfuerzo; la herida le causaba un dolor agudo y apenas podía mover los labios, lo que volvía sus palabras difíciles de descifrar.
—El capitán Calen y su primer oficial, Ander, han atentado contra mi vida —sentenció la soberana—.
Iban acompañados por una mujer desconocida.
Logramos abatir al capitán y, en la refriega, también cayó su esposa, que se interpuso en la trayectoria de los proyectiles de las ballestas. ¿Sabe usted algo de esto?
El sargento de armas se quedó helado, como si le hubieran echado un cubo de agua helada por encima.
—No, mi señora. No tenía ni idea. Pero..
. ¿el primer oficial Ander también cayó?
—No —respondió Eduard con desprecio—. Huyó con esa ramera secuestrando al hijo del capitán —Pues siento decirles que no están solos —continuó el sargento, recomponiéndose.
Detalló entonces lo sucedido seis días atrás: cómo el capitán Calen había solicitado a diez de sus mejores hombres y a dos espías —aunque al tercero, curiosamente, no se le había visto desde entonces— bajo el pretexto de que perseguían a un grupo de rebeldes.
Mireia sentía que la rabia la consumía por dentro. Para ella, todos los presentes eran unos incompetentes. En seis días de ventaja, un grupo bien montado podía cruzar fácilmente sus fronteras. A esas alturas, sus enemigos ya estarían muy lejos de sus dominios.
Tristán lucía una sonrisa enorme en la cara, iluminada por el sol, mientras Julia le enseñaba a navegar.
Con paciencia, le explicaba la función de cada amarre del barco, cómo se sujetaban las velas, la forma en que estaban cosidas y el misterio de por qué una construcción tan pesada era capaz de flotar.
Mientras tanto, cinco gallardos y fornidos caballeros tenían la cara pálida y devolvían lo poco que les quedaba en el estómago por la borda.
—Sí, Tristán, sin duda son hombres de tierra —comentó Julia con sorna—. Míralos. Tú serás mucho más fuerte que cualquiera de ellos; aprende de sus destrezas con el acero, pero aquí, ni los mires. Vaya "hombretones"...
El niño rió por primera vez en varios días, un sonido que trajo un alivio momentáneo a la cubierta.
A kilómetros de allí, Ander y los que se habían quedado en la costa mantenían los turnos de guardia, con la vista clavada alternativamente en la orilla del río y en el camino hacia Magnord.
Ander sabía que los soldados de la reina eran hombres de tierra; bastante mérito tenían los suyos con saber nadar.
Se preguntó cómo les iría a sus compañeros en el barco y, de inmediato, su pensamiento voló hacia Tristán y, finalmente, se detuvo en Julia.
Esa mujer le había robado los pensamientos por completo.
Sin duda echaría de menos sentir su cabeza apoyada en su pecho esa noche, pero ahora debían ser parte del paisaje; debían ser vegetación, debían ser invisibles.
Al llegar la noche en el barco, por fin divisaron en el horizonte la isla de los antepasados.
—Ahí está —dijo Julia.
A lo lejos, un pequeño punto iluminado por el resplandor de las hogueras les indicaba el rumbo a seguir. Los hombres, tirados en el suelo con el estómago en la boca, ni siquiera tuvieron fuerzas para alegrarse al ver tierra.
—Es muy pequeña —observó Tristán.
—No, enano, es enorme —respondió ella—. Solo es que aún estamos lejos, pero mide varios kilómetros de punta a punta, y de largo mucho más todavía.
Bajo el mando de Julia, el navío rodeó la isla, continuando el recorrido hasta que la hubieron pasado de largo.
—¿No deberíamos girar ya? —preguntó Tristán, extrañado por la maniobra.
—No. La isla tiene un pasillo de rocas traicionero; si rompemos el barco, no podremos volver a por los demás.
Pasaremos de largo y, cuando amanezca, entraremos por la playa.
Además, no quiero aparecer allí de noche y que los míos nos ataquen por error. Intenta dormir un poco.
Amaneció en el castillo. Lidia limpiaba las alcobas de la planta baja.
Sofía, la nueva, se había convertido en el deseo de Eduard, quien tenía una forma muy particular de despertar.
“Yo no sé con qué soñará este hombre para levantarse todos los días igual”, se preguntaba la ahora veterana mientras oía los gemidos de Sofía a través de la puerta.
"Letrina, agua y sexo... y lo peor es que, mientras ellos están ahí, yo tengo que hacerlo todo".
Los gemidos terminaron con el típico grito del consejero llegando al orgasmo.
Poco después, Sofía salió para ayudarla, luciendo muy mala cara.
Lidia se le acercó con confianza. —¿Qué?
No me digas que se ha corrido en tu boca.
.. —Sí, y me lo ha hecho tragar. Joder, qué asco, me ha sentado fatal —respondió Sofía con náuseas.
—Te acabas acostumbrando. Venga, tres habitaciones más, la de la reina y acabamos aquí.
Luego quedan las del servicio, pero como esos están trabajando y ademas ya se acuestan entre ellos, no habrá mucho que limpiar.
Terminaron las estancias y subieron a la planta real. Lidia llamó suavemente a la puerta. —Adelante —respondió la soberana.
Entraron y encontraron a Mireia vistiendo un camisón de seda. —Buenos días, Majestad —dijeron al unísono mientras se dirigían directamente a la letrina. Lidia, en un gesto de compañerismo, se encargó de recoger los desechos, dejando a Sofía el balde con el agua limpia.
Bajaron al vertedero para vaciar los cubos.
Al volcar los excrementos, Sofía no pudo contenerse más y vomitó en el agujero, cayendo al suelo pálida como la cera.
—No puedo más, Lidia. Estoy fatal. —Vete a tu casa.
La reina lo entenderá —le dijo Lidia, aunque por dentro pensó: "O no, y te cortará el cuello por inútil".
El tiempo en el castillo la había inmunizado contra cualquier barbaridad.
Tras limpiar el orinal y rellenar el balde, Lidia regresó a los aposentos reales.
—Majestad, Sofía se ha indispuesto y tendré que terminar yo sola.
—¿Qué le ha pasado? —preguntó Mireia sin mucho interés.
—Seguramente algo que se ha tragado —respondió Lidia, usando el doble sentido para que la reina entendiera exactamente lo ocurrido.
—Eduard se está pasando —comentó la reina—.
Tiene fijación con terminar en la boca de todas.
Aunque mira el lado bueno: si no fuera así, habría media ciudadela embarazada.
Lidia sonrió con discreción y se retiró al baño para dejar el agua limpia. Cuando volvió a la estancia principal, la reina estaba desnuda. —Lidia, ¿puedes venir aquí? —Sí, Majestad.
La limpiadora se sentó al lado de la soberana.
No habían intimado desde que Mireia la había sustituido por Krista, y aunque guardaba algo de rencor, sabía que expresarlo sería como poner un puñal en su propio cuello.
—¿Sigo siendo bonita para ti? —preguntó Mireia de repente.
—Sí, mi señora. Es usted preciosa. —No mientas.
Tengo la cara deformada. —No es verdad, Majestad.
Es usted hermosa. Tiene una cicatriz, sí, pero quien sepa ver a través de ella la verá como realmente es: muy bella —le dijo Lidia mientras le apartaba con delicadeza un mechón rubio de la cara.
Mireia la agarró suavemente por el cuello y la besó.
En ese instante, los puntos de la mejilla tiraron de la carne viva y el dolor le arrancó un grito.
Lidia saltó hacia atrás, aterrada ante la posibilidad de sufrir las consecuencias del dolor de la reina.
—Perdone, Majestad. No fue mi intención.
.. —Ya no puedo ni besarte —se lamentó la soberana.
Luego, abriendo las piernas, continuó—: Pero tú a mí sí.