CAPÍTULO 6 CAMBIO DE PLANES #5
Ambos soltaron las cuerdas al unísono. Como expertos que eran, sabían exactamente dónde causar el mayor daño y apuntaron a carne blanda.
Dos flechas volaron de forma simultánea, atravesando limpiamente los cuellos de los dos primeros objetivos, siendo el soldado al mando el primero en caer y terminando clavadas en los soldados que marchaban justo detrás.
Cuando el resto quiso reaccionar, los dos arqueros ya estaban tensando sus arcos de nuevo.
Solo cinco quedaron en pie, además de un Lucio que volvía a estar inconsciente por el golpe.
Tras los árboles, los soldados de la reina entraron en pánico. Habían perdido a sus propios arqueros y a su líder en el primer instante y solo quedaban los infantes con espada, totalmente indefensos ante una amenaza que no veían. Quedaron petrificados, gritando y lamentándose entre las sombras.
—¿Qué hacemos? ¡Han matado a los arqueros y a Tairon! ¿Cuántos son? —se gritaban unos a otros.
Cédric le dijo a Bastian en un susurro apenas audible: —Mucho ruido, ¿no crees?
Bastian apuntaba a un hombro que asomaba tímidamente detrás de un tronco; el soldado había elegido un árbol demasiado fino para cubrirse.
Era el hombro izquierdo, pero por experiencia sabía que sería más efectivo esperar al derecho, así que mantuvo la puntería con una paciencia gélida.
De pronto, el canto de un cuco sonó muy cerca de su posición.
—Elías y los demás... ya están aquí —susurró Bastian sin pestañear.
Cédric tampoco bajó el arma. Sabían que cualquiera que asomara la cabeza estaría muerto antes siquiera de tocar el suelo.
Los ocho rodearon el jaleo que montaban los soldados sin ser oídos y atacaron por la espalda. Bastian, que los observaba de frente desde su posición elevada, no podía dar crédito a lo que veía:
—Y no se callan... —murmuró—. Casi podrían abrazarlos... y ni siquiera se han dado cuenta de que están ahí.
Cédric, por su parte, sintió una punzada de desdén mezclada con resignación:
—Me dan lástima. Deben ser novatos. Lo siento por ellos.
Todo acabó demasiado rápido. El desplazamiento en abanico de los ocho hombres no solo había servido para rodear al enemigo, sino que les había permitido peinar la zona para asegurarse de que no hubiera más refuerzos ocultos.
Ander recordaba bien las enseñanzas de su amigo: Calen siempre tenía un plan, una reserva y un engaño.
Haber matado a un maestro de la guerra de su calibre solo había servido para debilitar estratégicamente al ejército de la reina, pero aún así, sus fuerzas seguían siendo inmensas.
La promesa de un ascenso o de una vida de lujos era suficiente para que cualquier recluta inexperto intentara acabar con ellos ante el menor descuido.
En una huida no se perdonaban vidas; los supervivientes habrían corrido a dar el aviso.
Así que, tras liquidar a los soldados, fue fácil e indoloro terminar también con Lucio.
Elías desapareció entre la espesura y, al poco rato, regresó guiando diez caballos.
—Ya tenemos agua, comida, ballestas y de todo —anunció—. La reina nos debe de tener muchas ganas; los ha mandado armados hasta los dientes. Vámonos de aquí.
Desarmaron a los soldados y cargaron con todas las armas.
Montaron en los caballos capturados y se dirigieron hacia donde Julia aguardaba con Cónrad.
Elías fue imitando el canto del cuco durante todo el trayecto; no pensaba jugarse la piel muriendo por una espada amiga en un malentendido.
Cuando se reunieron, hicieron acopio de todas las provisiones, el equipo y las armas que encontraron en las monturas de los soldados reales.
Acto seguido, soltaron a los caballos de la reina sin sillas ni alforjas, dejándolos totalmente desnudos.
Eran animales sin marcar que ahora, libres de sus dueños, se perdían en el bosque como bestias salvajes.
—¡¿Dos días y nada aún?! —estalló Mireia, encarando a Eduard.
—Es el primer oficial de Calen, Majestad —respondió él con cautela—. No hay que olvidar lo que esos hombres hicieron en Borandel.
—¡Esos hombres no! ¡Lo hizo todo mi ejército!
—Pero bajo el mando de esos hombres —insistió Eduard—. Mañana volverán las tropas de Magnord y ellos podrán darnos más detalles.
—No quiero que me cuenten nada. Quiero sus cabezas, tanto la de él como la de la andrajosa que lo acompañaba.
La reina había ordenado retirar todos los espejos y superficies reflectantes del castillo.
Calen había tenido una puntería letal: no solo le había desfigurado el rostro, sino que el corte había cercenado los nervios precisos para que ahora le costara hablar con claridad.
La soberana se había convertido en el hazmerreír de la ciudadela, aunque las burlas siempre se ahogaban en susurros a sus espaldas.
Ignorando los consejos de Eduard y del gran consejero, había movilizado a más de dos tercios de su ejército.
En un acto de crueldad desesperada, incluso había mutilado a varios soldados que habían servido bajo las órdenes de Calen para soltarlos después en el bosque; esperaba que, al localizarlos, Ander y su "chica" (de quien nadie sabía nada) se apiadaran de ellos y revelaran su posición.
Desde aquel fatídico día, Mireia no había tenido un solo momento de respiro, y su furia crecía de tal modo que incluso Eduard empezaba a temerla.
La tarde transcurrió con el grupo avanzando a caballo.
Cónrad abría la marcha, manteniendo una distancia de cien metros por delante para actuar como avanzadilla, mientras el resto lo seguía a un ritmo constante.
El equipo del grupo había mejorado considerablemente tras el último encuentro: ahora cada soldado portaba una ballesta y Ganul cargaba sobre su lomo un fardo de piel con nueve espadas adicionales.
El otro caballo, (el que era para Krista) transportaba las provisiones, dagas de repuesto y dos arcos nuevos.
Bastian y Cédric habían repuesto su carcaj cada uno, asegurándose de tener flechas de sobra para lo que pudiera venir.
Julia lucía un cinturón nuevo del que colgaba una espada real, además de la daga que Ander le había regalado. Ander, observándola, decidió romper el hielo:
—Milady, ahora que tiene dagas para elegir, ¿podría devolverme la mía?
—¿Hablas de "mi" daga? —respondió Julia con un deje de ironía—. ¿Por qué quieres "mi" daga si ahora tienes muchas otras para escoger?
Ander la miraba con un deseo juguetón que aligeraba la pesadez de la marcha.
A pesar del peligro constante que los acechaba, sentía que todo el riesgo valía la pena solo por estar a su lado.
No obstante, era consciente de los traumas que ella cargaba y se limitaba a esperar; lo que sentía iba mucho más allá del puro deseo físico.
Estaba dispuesto a aguardar el tiempo que fuera necesario para que ella se recuperara, tanto física como psicológicamente, hasta que estuviera preparada de verdad.
—¿Tanto quieres lo mío? —le preguntó ella, subrayando el doble sentido de sus palabras.
—Lo único que quiero es a alguien que aprecie mis serenatas nocturnas —replicó él con una sonrisa—. Porque, Milady, no ronco para cualquiera; es usted especial y merece los ronquidos más graves de mi repertorio.
Pero fue Tristán quien los metió en un aprieto con su curiosidad infantil: —Tía Julia, ¿el tío Ander y tú estáis casados?
Los dos abrieron mucho los ojos ante la inesperada pregunta, pero fue Ander quien decidió seguirle el juego al niño: —No, Tristán. Se lo pedí, pero me rechazó.
—¿Por qué le rechazaste? —preguntó el pequeño con inocencia.
—Porque ronca —respondió la joven con una sonrisa traviesa.
Sin embargo, lo que vino a continuación les rompió el corazón a ambos: —Mamá también roncaba —murmuró Tristán—, pero eso me gustaba. Me hacía sentir que no estaba solo, que estaba seguro... y ahora...
Julia se armó de valor, conmovida por la tristeza del niño, y le dijo con firmeza: —Ahora tampoco estarás solo.
Nunca me separaré de ti. ¿No has oído a mi futuro marido?
—añadió dedicándole una sonrisa a Ander—.
Tú eres mi prioridad, y las prioridades son lo primero.
Vas tú antes que él, porque tú no roncas.
Ander le lanzó una mirada cargada de una profundidad que su boca no habría podido expresar en ese momento.
Cuando empezó a anochecer, retomaron la rutina de la jornada anterior.
Ander, como de costumbre, eligió un árbol para protegerse, pero esta vez Julia se acomodó a su lado y Tristán usó las piernas de la joven como almohada.
Mientras el niño se sumía en un sueño inquieto, Ander acarició la cabeza de Julia, apartando con delicadeza un mechón de pelo que le caía por la cara.
Los ojos de ella, al encontrarse con los de él, transmitieron una urgencia silenciosa por llegar pronto a un sitio seguro… y privado.
Los soldados, con su disciplina habitual, se turnaban para hacer las guardias.
Elías había atado los caballos a una distancia prudencial, a unos treinta metros; lo suficiente para que, si el ruido de los animales atraía algún peligro, sirvieran de cebo y el grupo tuviera tiempo de reaccionar.
Aún así, con la veteranía de los hombres que formaban la escolta, era casi imposible pillarlos por sorpresa.
Si todo iba bien, al día siguiente alcanzarían la playa. Allí descubrirían qué les deparaba el destino y si el plan de la Isla de los Antepasados seguía en pie o si el barco que tanto necesitaban seguía allí esperándolos.
Esa noche pasó rápido y la marcha continuó al alba.
La reina les había hecho un favor, al haber dado la alarma y vaciado Magnord, no encontraron resistencia alguna en su camino hacia el mar.
Sin embargo, el destino los llevó directamente a "el sitio": el lugar exacto donde Ander vio a Julia por primera vez, donde el espía la había violado reiteradamente durante dos días, donde ella había sufrido los mayores horrores de su vida y donde aún yacían, los restos de su familia y amigos.
No llegaron a entrar en aquel claro, pero según se acercaban, Ander notó que la joven se quedaba sin aliento, con el rostro pálido y la mirada perdida.
Aunque podría haber variado ligeramente la dirección, Ander prefirió que pasara aquel mal trago con tal de llegar lo antes posible; ese era el camino más corto y cada minuto contaba.
A mediodía alcanzaron por fin la playa. Tristán, que nunca había visto el mar, quedó encantado ante la inmensidad del agua y el sonido rítmico de las olas rompiendo contra la arena fina. Los diez soldados y Ander escudriñaron la orilla con preocupación.
—No hay barco —sentenciaron.
Julia, con el ánimo aún turbio por los recuerdos de la zona, respondió con un tono más brusco de lo que pretendía: —No íbamos a dejarlos a la vista para que la gentuza nos lo robara también.
Sin esperar respuesta, espoleó su montura y galopó por la orilla con Tristán, arrancándole una sonrisa, adelantando a Cónrad por primera vez en todo el viaje.
Los once soldados la siguieron hasta llegar a la desembocadura del río, donde una densa vegetación de matorrales ocultaba la nave.
La embarcación era de gran tamaño; en ella cabrían todos sin problema, pero no así los caballos.
El espacio era limitado y solo permitía transportar a cinco o seis animales, lejos de los catorce que traían.
—¿Cuánto se tarda en llegar a la isla? —preguntó Ander.
—No más de un día —respondió Julia. —¿Y podríamos ir y volver dos veces?
—Sí, pero si ya estamos allí seguros, ¿para qué querríamos volver?
Son solo caballos, soltadlos como a los otros —dijo ella, restando importancia a lo que para los soldados eran compañeros de mil batallas.
Bastian, Marcus, Cédric y Ander se miraron con firmeza.
—Nos quedamos —dijo Ander con un gesto definitivo—.
Id, descargad y volved. No pienso separarme de mi montura; lleva cinco años conmigo y me ha salvado la vida demasiadas veces.
Pero está claro que las yeguas deben ir en el primer viaje; si queremos criar en la isla, son las únicas dos que tenemos y no sabemos qué encontraremos allí.
Se decidió entonces que en la primera expedición partirían Bastian, Cédric, Lucas, Hugo, Gedeón, Julia y Tristán, llevando consigo seis caballos —incluido Ganul— y todas las armas y provisiones posibles.
El resto esperaría en la costa hasta el día siguiente.
Los cinco que se quedaban (Ander, Cónrad, Silas, Grégor, Marcus y Elías) solo contarían con lo que llevasen puesto encima.
—Elías, Cónrad, buscad un lugar donde escondernos y ocultar a los caballos que se quedan —ordenó el primer oficial—. El resto, preparemos la partida. No hay tiempo que perder.