A SUS PIES CAPÍTULO 6 CAMBIO DE PLANES #4
30%

CAPÍTULO 6 CAMBIO DE PLANES #4

Julia cogió una rama alta y la partió casi sin esfuerzo.

—El núcleo está apagado. Esta rama murió hace mucho y su savia se ha solidificado dentro, lo que la hace muy inflamable e impermeable.

Arderá pronto, aunque si está mojada soltará humo blanco; y si tiene mucha resina, el humo será negro.

Esta tampoco es perfecta, pero nos la llevaremos por si no encontramos nada mejor.

Pasaron el rato juntos, fortaleciendo un lazo que empezaba a unir sus destinos.

Tristán buscaba con avidez, no solo leña, sino cualquier cosa que llamara su atención.

Encontró setas y plantas que Julia identificó de inmediato, explicándole cuales eran comestibles y cuales venenosas, detallando los efectos de estas últimas ya fuera al ingerirlas o por simple contacto.

El niño prestaba una atención absoluta; poseía una retentiva envidiable y, aunque algunos nombres se le resistían, absorbía el conocimiento como una esponja absorbe el agua.

No habían terminado de cavar el hoyo cuando un sonido rasgó el aire.

Parecía el canto de un cuco, pero la reacción fue inmediata: todos se agacharon y desenvainaron en el acto.

Se alejaron de los caballos, sabiendo que eran imposibles de acallar, para usarlos como cebo si fuera necesario.

Ander se movió con una rapidez medida por su sigilo hasta entrar en el campo visual de Julia.

Ella vio cómo él hacía contacto visual y se tocaba el cinturón, justo donde descansaba la daga; reconoció el gesto al instante y, sin perder un segundo, hizo callar a Tristán y ambos se tumbaron en el suelo, camuflándose con la maleza.

Se oyeron los cascos de un solo caballo.

La situación era, como poco, extraña. Nadie se adentraría solo en el bosque para buscar a alguien, ni siquiera si al que buscan estuviera herido, pero el jinete se dirigía directamente hacia el grueso de la caballería de Ander y los diez, sin intentar disimular su avance.

Cédric y Elías fueron los primeros en adelantarse para interceptar al desconocido.

Hicieron una señal a los demás confirmando que venía solo, algo harto raro.

Como si se abriera un agujero en el tejido de la realidad, los nueve hombres restantes emergieron de distintos puntos, apareciendo de la nada.

Solo Julia y Tristán permanecieron ocultos en el suelo.

El jinete estaba herido. Hugo lo reconoció de inmediato: —Es Lucio.

Ander se le acercó, manteniendo la distancia suficiente para reaccionar ante cualquier imprevisto. —¿Qué te trae por aquí, Lucio? —preguntó con un tono poco amigable.

El jinete intentó descabalgar, pero cayó a plomo contra el suelo, totalmente agotado. —Mis propios hombres... —alcanzó a decir.

Lucio comandaba una patrulla de seis soldados y, en un arrebato de conciencia, se le había ocurrido la idea de dar la razón a Calen y desafiar las órdenes de la reina.

Pensó que la lealtad de sus hombres estaría con él, pero, tristemente, se equivocaba.

Presentaba heridas por todo el cuerpo; no parecían mortales, pero lo urgente era saber quién lo seguía.

Sin embargo, el soldado se quedó inconsciente antes de poder explicar nada.

Incluso su caballo tenía una flecha clavada en la pata; una herida superficial, pero una fuente segura de infección que acabaría matando al animal si no se trataba.

—¿Qué hacemos? —preguntó Silas. Ander miró a Hugo.

—Tú lo conoces. ¿Te fías de él? Hugo sostuvo la mirada del primer oficial antes de responder: —Pondría la mano en el fuego por cada uno de vosotros, pero por él.

.. no sabría decirte. La reina es astuta; no sé si ha herido a sus propios espías para mandarlos al bosque a dar pena y que les sirvan de rastro. Lo siento, pero no me mojaré por él.

Ander tomó una decisión rápida y llamó a Julia y a Tristán. —Montad. Nos vamos de aquí; ya pararemos cuando estemos muy lejos.

Cédric y Elías, que habían aprovechado para cazar un par de conejos, los ataron a sus monturas. Dejaron a Lucio apoyado contra un árbol y a su caballo atado en una rama cercana, y partieron sin mirar atrás.

Unos doscientos metros más adelante, Julia notó lo que estaba pasando.

De forma coordinada, todos se detuvieron.

Bastian y Cédric sacaron sus arcos, desmontaron y se quedaron haciendo guardia, vigilando a Lucio en la distancia.

Ander les hizo una señal indicando una dirección y un número que a ella le pareció una distancia, pero nadie pronunció una palabra.

Tristán se había subido con Julia y ella le susurraba lo que creía entender:

—No se fían de ese tal Lucio, así que lo han dejado atrás.

Pero no son tan desalmados como para dejarlo morir solo en el bosque.

Esperarán a ver qué hace cuando despierte.

Si es de los buenos, supongo que será un golpe duro y no sé si intentará montar o curar a su caballo.

Si es de los malos, hará algún tipo de sonido para alertar a los que vienen con él.

Mira, Ander parece que les ha dicho en qué dirección iremos y a qué distancia.

.. creo que dice tres. Tres kilómetros, tres.

.. no lo sé. Quédate con las señales no verbales, Tristán; te serán muy útiles.

Los demás continuaron la marcha, llevándose las yeguas de los arqueros y caminando con el mayor silencio posible, intentando que el ruido de la caballería no los delatara.

Bastian arrancó unas ramas y, con la destreza de quien ha pasado mil noches en vela junto a una hoguera, se puso a tallarlas con su daga mientras el grupo los dejaba atrás.

Cédric, a su lado, no apartaba la vista del horizonte, vigilando cada sombra.

Julia y Tristán seguían en absoluto silencio, escrutando cada movimiento de los soldados como si fuera un juego de lógica, intentando descifrar el significado de sus señas mudas.

Doscientos metros después, Cónrad, que como siempre abría la marcha, levantó la mano con el puño cerrado.

Julia ya había visto ese gesto antes, pero siempre con la palma abierta; lo comentó en voz baja con Tristán.

Sabía que la mano abierta significaba algo parecido a "detenerse y alerta" o "alto, he oído algo", pero el puño cerrado era una variante nueva.

—¿Será peligro? —preguntó Tristán con un hilo de voz.

Julia negó con la cabeza; los movimientos de los soldados, aunque tensos, no emanaban esa urgencia eléctrica del combate inminente. El chico se acercó aún más para susurrarle: —¿Lo preguntamos?

Ella sabía que la situación no estaba para charlas; no quería distraer a los hombres, que parecían estar sumidos en una concentración absoluta. Todos, a excepción de Cónrad, desmontaron y le entregaron las riendas.

Cónrad siguió caminando lentamente, guiando a la reata de caballos. Ander se dirigió entonces hacia Julia; llevaba en el rostro esa expresión de mando que ella tanto odiaba, pero que no dejaba lugar a dudas sobre la importancia de sus palabras.

—¿Tu prioridad? —le soltó a la joven, secamente. —Tristán —respondió ella sin dudar. —Exacto. No os alejéis y quedaos en silencio.

A cierta distancia, Bastian y Cédric ya esperaban ocultos.

Bastian había terminado de tallar tres varas largas y aguardaban con una paciencia infinita a que Lucio diera alguna señal de vida.

Pasó un buen rato, marcado solo por el susurro del viento entre los pinos, hasta que al fin el soldado herido abrió los ojos lentamente.

Lucio miró a su alrededor, comprobando que el grupo se había marchado, y se puso en pie con dificultad.

Cédric no perdía ni un solo movimiento del hombre apuntándole con el arco destensado, mientras Bastian sacaba su arco.

Sin embargo, en lugar de una flecha, encajó una de las varas que había tallado momentos antes.

Lucio, que parecía herido en su orgullo por haber sido abandonado a su suerte, giró la cabeza hacia la espesura y emitió una especie de silbido entrecortado, una señal clara de que no estaba solo.

En ese mismo instante, Bastian soltó la cuerda y lanzó la vara en dirección a la marcha del grupo...

Julia y Tristán guardaban un silencio tan absoluto que parecía que se les había olvidado respirar. De pronto, un golpe seco resonó no muy lejos de allí. Ander, atento al sonido, levantó un dedo mientras susurraba para sí mismo:

—Venga, dos más... solo dos más.

Pero los golpes no llegaron. El primer oficial se giró hacia Julia, quien seguía cada uno de sus movimientos con la mirada fija.

—Quedaos aquí —le ordenó en voz baja—. Cónrad vendrá ahora; seguid sus instrucciones al pie de la letra. Tenemos que irnos.

Los ocho hombres que estaban con él desenvainaron sus aceros y, con una coordinación impecable y sin emitir el menor ruido, comenzaron a avanzar hacia la posición de Bastian y Cédric, abriéndose en abanico para rodear la zona.

Mientras tanto, Cédric observaba desde su escondite cómo Lucio recuperaba la conciencia y fijaba la vista en alguien. Nueve soldados de la reina se aproximaron a él con cautela.

—Estaban aquí, no habrán ido muy lejos —le dijo Lucio al que parecía liderar el grupo.

—¿Por qué no los has entretenido? —le recriminó el soldado al mando, con dureza.

—Os habéis pasado con los golpes... me he desmayado —se justificó Lucio.

—¿Y hacia dónde han ido? —No lo sé, se marcharon mientras estaba inconsciente.

El soldado, sin mediar palabra, le propinó un puñetazo en el rostro a Lucio con tal violencia que lo tumbó de nuevo.

Acto seguido, se puso a escudriñar el suelo.

Catorce caballos habían dejado un rastro inequívoco, por lo que no tardaron en encontrar la dirección de la huida. Pero esa búsqueda fue su sentencia.

Bastian susurró: —Blanco pequeño. Cédric respondió: —Fallo pequeño.