A SUS PIES CAPÍTULO 6 CAMBIO DE PLANES #3
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CAPÍTULO 6 CAMBIO DE PLANES #3

A la mañana siguiente siguieron en cuanto empezó a clarear, antes incluso de que saliera el sol.

Marcus y Gedeón, que formaban la última guardia, despertaron al resto con susurros.

Iniciaron la marcha, aunque varias veces tuvieron que parar por patrullas que pasaban galopando por la explanada fuera de la arboleda.

Tanto Bastian como Cédric los mantenían en el punto de mira de sus arcos.

La reina había hecho prender las hogueras de alarma que días atrás el propio Calen había mandado construir y el ejército, el mismo de Calen, volvía de Magnord pasando cerca de la posición del grupo; y aunque alguien debía de quedarse en Magnord para defenderlo, doscientos hombres con una caballería de casi cuarenta sementales marchaban en dirección contraria a la suya.

—Podríamos ir a Magnord —dijo Gedeón—. Aún no sabrán qué ha pasado; además, solo vieron a Calen, a Ander y a Julia, podríamos ir a por provisiones.

Ander lo miró pensativo. ¿Qué haría Calen?, pero tras pensar en lo que haría el capitán y no tener nada claro, se limitó a contestar:

—¿Te la jugarías? Si dudan de ti, ¿sabes lo que te espera?

Todos saben que los diez partisteis de Magnord con Calen, olvida esa idea.

Además, aunque vayas herido como si te hubieras escapado de Calen, te retendrían y te interrogarían.

No es una opción. Mejor vayamos donde dice Julia, aunque eso me hace pensar. .. Julia, ¿hay barcos en esa playa?

La joven frenó el paso para ponerse a la altura de Ander.

—Debería haber por lo menos uno, era donde nos dirigíamos hasta que ese bastardo nos atacó. Siempre y cuando los vuestros no lo hayan hundido o usado.

—Y en esos barcos... ¿cabrán los caballos, o hablamos de barquitas?

—Llevamos bueyes a la Isla de los Antepasados hace mucho y, sí, hay barcos capaces de llevarlos. Ahora bien, estábamos huyendo de vosotros, así que no sé qué barcos habrán cogido los que salieron primero; no sé si quedará alguno o si serán los grandes, eso lo tendremos que ver allí.

—¿Y sabrás llevar tú el barco? Porque yo... no, soy hombre de tierra.

Julia lo miró con confianza.

—Sí, hombre de tierra. En Magnord no solo aramos los campos, también somos pescadores.

Llevar el barco es fácil; acercarse a la Isla de los Antepasados no tanto, aunque es enorme, hay que hacerlo por detrás.

Cuando te acercas desde la costa, solo ves un muro de roca de cien metros de altura con aguas poco profundas salpicadas de rocas que apenas sobresalen y una maldita niebla que no se va nunca.

Pero si se rodea la isla a cierta distancia, hay una playa donde se puede desembarcar.

La cuestión es que por el otro lado es mar abierto y, si vamos los trece con catorce caballos.

.. el barco pesará lo suyo y maniobrar será harto difícil.

Los caballos caminaron a un ritmo constante, buscando no agotarlos por si surgía la necesidad de acelerar en algún momento crítico.

Por suerte, las patrullas eran cada vez menos frecuentes a medida que se alejaban de Frainord y tras haber dejado atrás al grueso del ejército que regresaba de Magnord.

El grupo pudo, al fin, respirar con algo más de calma; estaban a solo día y medio de la playa donde, si la fortuna les sonreía, encontrarían un barco que les permitiría alcanzar la "Isla de los Antepasados".

La marcha se detuvo debido a un sonido casi cómico dadas las circunstancias: las tripas del joven Tristán rugieron con tal fuerza que se escucharon desde la vanguardia, donde Cónrad lideraba el paso, hasta la retaguardia, donde Ander cerraba la fila junto a Grégor.

Ander, asumiendo su papel, dio su primera orden formal desde que las tristes consecuencias lo habían dejado al mando.

Se dirigió a Elías y, más que ordenar, le pidió casi con timidez que buscara algo de comida.

El rastreador lo miró con duda al recibir una petición en lugar de un mandato directo.

Ander, al notar su error, se apresuró a decir:

—Lo siento.

Aquello fue aún peor. No solo no había sido tajante, sino que se había disculpado por ejercer su autoridad. Ander suspiró, dándose cuenta de su propia torpeza.

—Ya me entiendes... ¡no estoy acostumbrado! —se justificó—. Además, ahora ya no somos soldados; somos todos iguales.

Pero Elías, ignorando deliberadamente esa supuesta igualdad, se acercó a él con semblante serio.

—Sí, todos nosotros, menos Julia, somos soldados —sentenció—.

Y sí, todos somos iguales, pero tú eres nuestro superior.

Debe haber una sola voz y una sola orden.

Si algo sucede, todos te miraremos esperando instrucciones, y si dudas o pides las cosas "por favor", moriremos todos.

Esta es la última vez que te hablaré como a un igual.

Es usted mi superior y, como tal, haré lo que ordene.

Acto seguido, Elías extendió el brazo y sujetó el antebrazo de Ander en un firme saludo militar.

—No me obligue a tener que recordárselo, señor —añadió guiñándole un ojo.

Ander miró a su alrededor y se encontró con nueve pares de ojos que le devolvían respeto y aceptación. Todos estaban de acuerdo, excepto Tristán, que seguía con la vista perdida en el suelo, y Julia, que le lanzó una mirada desafiante.

—Como se te ocurra ordenarme algo a mí, lo vas a pasar muy mal —advirtió ella con sarcasmo.

El grupo soltó una carcajada silenciosa. Incluso sintiéndose algo más seguros, la precaución seguía dictando que no debían alzar la voz más de lo necesario.

Elías se alejó junto a Cédric mientras el grupo se detenía para repetir la rutina de supervivencia: cavar con paciencia para extraer agua de la tierra para los caballos y, una vez que estos hubieran bebido, separarlos y atarlos a los árboles.

Sin embargo, el problema ahora eran ellos; las odres de cuero de los soldados estaban prácticamente vacías.

Fue Hugo quien rompió el silencio con una observación que todos compartían: —Habría que pasar por el río, apenas nos queda agua.

Todos habían racionado sus tragos al máximo, bebiendo lo justo para no desplomarse, a excepción de Tristán, a quien nadie le negaba un sorbo.

Sabían que, en una huida como la suya, acercarse a la ribera era una maniobra suicida; el río sería, sin duda, el lugar más vigilado por los espías de la reina Mireia.

Gedeón, sintiendo el peso de ser el veterano del grupo, intervino con sensatez: —Tendremos que pasar sed todos menos Tristán.

Acercarse al río es demasiado peligroso.

Si nosotros persiguiésemos a... —hizo una breve pausa y miró de reojo a Julia antes de continuar— un ejército rival en huida, nos centraríamos precisamente en eso: vigilar los puntos de agua.

Quizás podríamos intentar cavar en otro punto para extraer algo más.

En ese momento, Tristán levantó la cabeza.

Sus ojos, aún empañados por las lágrimas, mostraron un destello de lucidez.

—Mi padre me enseñó muchas cosas —murmuró el niño—.

Si pasamos el agua por una tela con arena fina y algo más.

.. no recuerdo qué era, sale filtrada. La recuerdo sucia y mi padre me hizo beberla; estaba asquerosa.

Ander, al escuchar aquello, sintió una punzada de nostalgia y orgullo por su amigo fallecido. De repente, la pieza que faltaba en el rompecabezas de Tristán encajó en su memoria. —Carbón —exclamó Ander—. Hay que hacer un filtro con arena y carbón. Muchas gracias, pequeño, nos has salvado a todos.

Dicho esto, le alborotó el pelo con cariño, logrando que, por un instante, la pesada carga que arrastraba el hijo del capitán pareciera un poco más ligera.

Ander y Hugo cavaron con energía en un punto seleccionado, mientras Marcus y Grégor hacían lo propio en otro.

El primer agujero estaba destinado a buscar el agua que tanto necesitaban; el segundo, a proteger una pequeña hoguera de las miradas indiscretas.

Ander extrajo de su montura el kit de fuego: un eslabón, un pedernal y tela de lino carbonizada, todo protegido por trozos de cera de abeja que impermeabilizaban el conjunto.

Aunque cada soldado llevaba el suyo y algunos tenían más maña que otros, todos dominaban el arte de encender una llama en condiciones adversas.

—Julia, ¿por qué no Tristán y tú os vais a por ramitas secas? —preguntó Ander.

Julia se quedó inmóvil, sosteniéndole la mirada mientras esperaba que terminara la frase.

—Por favor —añadió el primer oficial con una sonrisa de complicidad.

Ella se acercó a él y, aprovechando la cercanía, le susurró al oído con tono pícaro: —Sabes que ya te tengo rendido a mis pies, ¿no? —Y yo a ti babeando en mi pecho —replicó él sin borrar la sonrisa.

Julia no pudo evitar una sonrisa encantadora antes de volverse hacia el niño. —Vamos, Tristán. Ahora me toca a mí enseñarte cosas.

Los dos se alejaron en un pequeño radio de veinte metros, una distancia prudencial que les permitiría regresar en segundos si surgía cualquier peligro.

Julia comenzó a explicarle los métodos de rastreo, caza y recolección que había aprendido en su infancia.

Su intención, más que impartir una lección de supervivencia, era distraer al pequeño y arrancar de su mente, aunque fuera por un instante, el horror que había presenciado.

—Hay que ir agachados —le instruyó Julia—. Nos dolerá la espalda, pero si un animal nos ve, por un momento no sabrá qué somos. Además, hay que buscar ramas que se rompan al doblarse y fijarse en su interior.

Tristán se acercó a un árbol y dobló una rama.

Esta crujió y se partió, pero la corteza, aún flexible y verde, la mantuvo unida al tronco.

—¿Así? —preguntó el niño. —No. ¿Ves que la corteza sigue verde?

Eso creará mucho humo y tardará en prender.

Sin embargo, esa corteza sirve para hacer cuerdas; si la deshilachas y la trenzas, es muy resistente.

También deberás aprender a distinguir los tipos de árbol y cómo hacer yesca o varas emplumadas. .. ya te enseñaré. Mira esto.