A SUS PIES CAPÍTULO 6 CAMBIO DE PLANES #2
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CAPÍTULO 6 CAMBIO DE PLANES #2

Minutos después, en la sala de audiencias, el ambiente era gélido.

Un cirujano de la corte, con manos temblorosas, cosía la carne de la soberana sin atreverse a usar anestesia típica basada en opio; ella quería sentir cada pinchazo como un recordatorio.

Eduard, Torien y el gran consejero permanecían a una distancia prudencial.

—Majestad —intervino el Consejero con voz queda—, habéis enviado a tres centurias tras ellos. Si movilizamos más hombres, Frainord quedará desprotegida. Los reinos del sur siempre acechan... no podemos vaciar la ciudadela por una venganza personal.

Mireia se puso en pie de un salto, apartando al cirujano de un manotazo.

Un hilo de seda colgaba aún de su mejilla, dándole un aspecto espectral.

—¿Venganza personal? Han osado herirme en mi propia casa.

Han matado a mis guardias. Si ese niño llega a crecer con esa sangre en las manos, volverá.

¡Quiero que los borréis de la faz de la tierra!

—El invierno se acerca, mi señora —insistió Eduard, intentando razonar—. Si el ejército se desgasta en una persecución por los bosques, no tendremos suministros para la guarnición. Dejad que las patrullas fronterizas se encarguen. Son dos contra un reino. Morirán.

Mireia apretó los dientes, sintiendo cómo los puntos de sutura tiraban de su piel. —Cazadlos. Y al que traiga al niño vivo para que yo misma termine el trabajo, le haré noble.

A varios kilómetros de allí, el grupo de Ander y Julia emergió en el claro donde los diez hombres restantes aguardaban con los caballos. El silencio del bosque fue roto por el galope frenético de los tres fugitivos, Ganul galopaba solo junto al caballo sobrante del segundo espía muerto.

—¡Preparad las monturas! —bramó Ander al divisarlos.

Bastian y Cédric, que estaban en lo alto de unas rocas con los arcos tensos, bajaron al ver que solo venían tres. El aire se detuvo cuando vieron a Ganul sin Calen, y a Ander con el rostro desencajado.

—¿Dónde está el capitán? —preguntó Lucas, sujetando las riendas de Ganul, que relinchaba inquieto al oler la muerte en el viento.

Ander no respondió. Simplemente agarró a Tristán por la cintura y lo subió al caballo que habían preparado para el niño, asegurándolo con las cinchas y atando el caballo al suyo.

—Calen se ha quedado en Frainord —dijo finalmente Ander, con una voz que no parecía la suya—. Al igual que Krista. No hay tiempo para lutos. Si no salimos de aquí, nos darán caza. ¡En marcha!

El grupo partió en una formación cerrada. No iban como soldados orgullosos, sino como espectros huyendo de una maldición. Durante el primer día, el sonido de los cuernos de alarma de la reina resonaba a sus espaldas, recordándoles que la furia de Mireia no conocía límites.

Al caer la noche, el agotamiento era extremo.

Se detuvieron en un paso estrecho entre dos colinas.

Fue entonces cuando una patrulla avanzada de la reina, seis jinetes ligeros, les dio alcance.

No hubo parlamento. Los hombres de Calen, ahora bajo el mando de facto de Ander, reaccionaron con la ferocidad de quien no tiene nada que perder.

Bastian y Cédric abatieron con el arco, a dos antes de que desenvainaran, el resto cayó bajo el acero de los veteranos en una refriega breve y brutal.

—No podemos seguir por el camino principal —advirtió Julia—. Conozco una ruta por los acantilados de la costa. Es un terreno escarpado, los caballos sufrirán, pero las patrullas de Mireia no se atreverán a meterse allí con armaduras pesadas.

—¿A dónde nos llevas, Julia? —preguntó Ander, mirando al pequeño Tristán, que no había pronunciado palabra desde que salieron de la ciudadela.

—A la Isla de los antepasados —respondió ella, mirando hacia el horizonte donde el olor a salitre empezaba a mezclarse con el de los pinos—. Una tierra rodeada de arrecifes traicioneros y niebla perpetua. Si no vas en barco, no vas. Y una vez allí, ni siquiera la reina podrá encontrarnos.

Ander miró a sus doce compañeros, luego al caballo vacío de su capitán, y finalmente a la mujer que le había salvado la vida. —Tres días —sentenció—. Tres días para llegar al mar o morir en el intento. ¡Galopad!

El grupo galopó hasta que los propios caballos corrieron peligro de infarto, pero aún así, el miedo a Mireia seguía en sus corazones.

A mediodía llegaron a los acantilados del río, donde se sintieron más relajados, pero solo por las patrullas; el miedo al desplome, tanto del caballo como del jinete, atenazaba los corazones de todos.

—¿Esta es tú solución? ¿Morir o por las patrullas o estampados contra las rocas? —dijo Ander a Julia—. Yo tendría miedo hasta de pasar por aquí caminando; llevamos caballos, no cabras.

—¡Vaya un valiente caballero! —dijo la joven—. Aunque, si te digo la verdad, lo recordaba más ancho; no sé si porque era pequeña cuando pasaba por aquí, o porque en el tiempo que no venía por este sitio haya habido algún derrumbamiento.

Cónrad estaba acojonado, y su miedo se extendía a todos por igual.

—¿Y si desmontamos y vamos andando? Siempre podremos soltar las riendas si cae algún caballo.

Julia miró a Tristán. El niño era un fantasma de lo que fue; revivía la escena una y otra vez en su memoria.

Veía a Mireia, esa mujer tan amable que hace solo dos días le había invitado a leche y mantequilla, y ayer degollaba a su madre y mandaba asesinar a su padre recién recuperado, una y otra vez.

—Julia, parece que más adelante se ensancha —dijo Cónrad.

Marcus advirtió la cara del hijo del capitán.

—Además, Tristán no creo que pueda caminar, o por lo menos guardar la fila; y si él cae, yo voy detrás. Ya hemos perdido demasiado en estos días, no perderemos a nadie más.

Y no le faltaba razón: en tan solo cinco días habían desertado para salvar a dos inocentes (Krista y Tristán), y no solo Krista había muerto, sino también Calen, su capitán, su mentor, su amigo.

—Julia, sí ha debido de ser un derrumbe, porque a partir de aquí se ve bastante bien; espero que no haya otro y acabemos en el fondo —dijo Cónrad, que encabezaba la marcha.

Aunque el paso se aceleró debido al mejor estado del camino del desfiladero, no era como para galopar, y debían llegar al final antes de que acabase el día, ya que avanzar por allí de noche, o pasarla allí, sería la muerte por lo menos de los caballos, que, cegados por la oscuridad, acabarían cayendo al río.

El sol ya tocaba el horizonte cuando el camino se abrió de golpe, dejándolos entre la arboleda del bosque.

Tampoco permitía cabalgar, pero dadas las circunstancias, todos respiraron profundamente.

Elías preguntó a Ander:

—¿Seguimos o acampamos aquí?

Ander casi hizo ademán de girarse hacia Ganul, pero en el último momento recordó que el caballo caminaba sin jinete y que ahora él estaba al mando.

—Sigamos un poco, alejémonos de la otra orilla y de posibles flechas. Cuando nos adentremos en el bosque pararemos, pero nada de acampar: ni fuego ni mantas. Haremos guardias y estaremos preparados para salir en todo momento.

Ataron los caballos a las ramas o directamente a los troncos de algunos árboles, manteniendo bastante separación entre ellos.

Tanto Bastian como Cédric llevaban yeguas, ya que eran más mansas y les permitían mantener mejor la puntería con el arco en lugar de los sementales del resto, y no querían que hubiera ruidos por la noche.

Además, mantenerlos separados les daba más posibilidad de huida, porque no se agolparían para montar y habría más blancos en vez de uno solo más grande; ya que en esas circunstancias, perder el caballo venía precedido de perder la vida.

Ander se sentó junto a Tristán, y Julia al otro lado del chico.

Aunque la mañana de la incursión en Frainord habían sellado con un beso la promesa de algo más si salían vivos, no les pareció a ninguno el momento de acercarse siquiera, y menos aún con Tristán tan necesitado de atención.

Julia lo miraba y luego a Ander, como preguntándole si debería hablar con él o no, pero Ander estaba en blanco; lo que había vivido el niño en tan poco tiempo era tan devastador que no sabía cómo empezar.

Fue Julia quien rompió el silencio:

—No conocí a tu madre, pero sé que tu padre la amaba.

Al que sí conocí fue a tu padre, solo un poco, pero en ese corto espacio de tiempo me salvó la vida y me devolvió mi dignidad.

Estaré en deuda con él el resto de mi vida y, dado que no puedo pagárselo a él, lo estaré contigo.

Era un muy buen hombre, lo siento muchísimo.

Ander se sintió con ánimos para seguir:

—Yo sí conocí a tu madre y, por supuesto, a tu padre aún más.

Eran la pareja perfecta, se amaban y, fruto de su amor, nació algo más grande que ellos.

Tú, Tristán. Te querían muchísimo y eras la obsesión de tu padre; todos nosotros hemos venido por ti por lo que tu padre nos contaba y lo orgulloso que se sentía de ti.

Era un hombre extraordinario, y tú también lo serás, lo juro por mi honor.

El niño reaccionó con un espasmo, como si hubiera despertado de un sueño, solo para decir:

—Me enseñó a pescar.

Y luego rompió a llorar en los brazos de Julia, la cual lo abrazó con fuerza mientras en su rostro se dibujaba una lágrima solitaria.

Los “diez” habían cavado un agujero con las espadas y las propias manos para sacar algo de agua para los caballos, a los cuales acercaban por turnos para beber, y luego los soldados hicieron guardias de dos en dos cada cierto tiempo, mientras Ander, Julia y Tristán intentaban descansar sin conseguirlo; el dolor de los recuerdos aún brotaba en sus cabezas.