CAPÍTULO 6 CAMBIO DE PLANES
Calen se vio a solas con Tristán.
—¿De verdad no te acuerdas de mí? Eras muy pequeño cuando me obligaron a separarme de vosotros, pero he hecho lo imposible por volver a vuestro lado.
El niño lo miraba ladeando la cabeza, intentando rescatar algo entre sus recuerdos. Por un momento, visualizó a aquel hombre enseñándole a montar la trampa para peces que, días antes, pensaba que había sido idea suya; lo vio cargándolo sobre sus hombros...
—¿Papá? —Las lágrimas brotaron de sus mejillas y corrió a abrazarlo—. ¿Dónde has estado?
—Eso ya no importa. Lo importante es que he vuelto y que no me separaré nunca más de vuestro lado.
Se fundieron en un abrazo, pero lo apremiante era salir de allí.
—Necesito que hagas algo —Calen abrió una contraventana, lo justo para que Tristán viera a Ander y a Julia—. ¿Ves a esa pareja?
—Ese señor me suena —dijo Tristán.
—Es tu tío Ander y su... mujer. Necesito que vayas con ellos y te quedes a su lado. Yo esperaré a mamá aquí. ¿Harás eso por mí? Has de ser un buen oficial y cumplir las órdenes de tu superior.
Una chispa de memoria saltó en la cabeza de Tristán, rescatando una escena de hacía más de dos años: —Papá, ¿por qué te tienes que ir? —Porque me lo han ordenado. —Pero no les hagas caso, no vayas... —Has de ser un buen oficial y cumplir las órdenes de tu superior.
Tristán se separó de su padre y, por fin, lo reconoció de verdad. Sus ojos mostraron una claridad que hizo que las piernas de Calen flaquearan. Se abrazaron una última vez y Tristán repitió:
—Tío Ander y tía Julia, ¿no?
—Exacto. Corre. Ahora nos vemos.
Mientras tanto, Krista corría directamente hacia el castillo. Pasó por delante de Lidia sin decir siquiera hola; entró y subió las escaleras tan rápido como le permitieron sus pulmones. Llamó a la alcoba de la reina apresuradamente y con demasiada fuerza.
—¡Quién es! —gritó la soberana con un tono peligroso.
Krista, sintiéndose con total confianza, entró directamente.
Mireia estaba sola y, por un segundo, no supo cómo reaccionar: si seguir con su engaño o mandarla azotar por semejante atrevimiento.
Pero la limpiadora corrió hasta la cama y besó con pasión a Mireia.
Esta, sorprendida y aún medio dormida, solo pudo preguntar:
—¿Qué pasa?
—Me voy. Calen ha venido —dijo Krista emocionada, esperando ver una reacción de alegría que no llegó.
—¿Que tu esposo ha vuelto?
—Sí, me está esperando, pero dice que corre peligro, así que nos vamos ya. Solo quería agradecerte los momentos que hemos pasado juntas; de verdad que jamás los olvidaré mientras viva.
—Sí, eso seguro... Pero, ¿por qué tiene miedo? —Mireia forzó una sonrisa gélida—. Vamos todos a verle; llevaré a mi escolta para protegerle.
—¿Haría usted eso? Es la mejor...
—No lo sabes tú bien —respondió la reina con una mirada que Krista, cegada por su propia felicidad, fue incapaz de descifrar.
—¡Tío Ander! ¡Tía Julia!
—Tristán, qué bien que estés aquí. Pero, ¿vienes solo?
—Sí, mamá ha ido a despedirse de Lidia, pero ahora viene.
Ander se quedó extrañado y preguntó: —¿Quién es Lidia?
—Trabaja con mamá en el castillo. ¿Sabéis? Ayer la reina misma vino a casa. Mamá y ella se llevan súper bien; seguro que acabamos viviendo en el castillo.
Ander y Julia se miraron con creciente preocupación y levantaron la vista hacia la contraventana.
Desde allí, una mano les hacía señas para que se alejaran; parecía que el capitán dudaba de la situación, y eso era peligroso.
Ander se tocó el cinturón, un código que indicaba peligro al capitán, pues lo había hecho justo donde solía esconder la daga.
Se volvió hacia Julia y le susurró al oído:
—Algo no va bien. Vamos hacia la entrada. Hay dos guardias; si la cosa se pone fea, déjamelos a mí. Tu prioridad es el niño, ¿queda claro?
Ese último “¿queda claro?” lo dijo en el tono que se usaba con las tropas, una orden tajante que a Julia no le gustó, pero cuyo mensaje entendió a la perfección.
—Clarísimo.
Julia se agachó y le dijo al niño: —Tristán, dime, ¿sales de la ciudadela a menudo?
—No, mamá no me deja. Pero aquí cerca pasa el río y juego mucho allí.
—¿Ah, sí? Pues teníamos pensado dar un paseo con tus papás fuera de aquí. ¿No querrías ver qué hay fuera?
Justo en ese momento, Ander sufrió un espasmo de tensión y su mano se cerró sobre el cinturón. Krista bajaba ya hacia su casa, pero detrás, la reina daba órdenes silenciosas con gestos manuales a su guardia. Lo que vio no le gustó a Ander.
—Vámonos ya. Tus padres nos alcanzarán en breve.
Tristán no se fiaba del todo del tío Ander; solo recordaba retazos de él de hacía dos años. Se alejó un paso y se giró para mirar hacia la ventana donde creía que aguardaba su padre, pero no fue así. La puerta se abrió y Calen salió a plena vista.
Algo iba mal. Ander se había agarrado el cinturón; aquello era la peor de las señales.
Por lo menos, Tristán estaba lo bastante lejos.
Luego vio a Julia hablar con el pequeño y, por la reacción de este, supo que tendrían que cargarlo a la fuerza.
Estaba seguro de que Ander lo haría sin pensárselo, incluso dejándolo inconsciente si fuera necesario con tal de salvarle la vida.
Pero cuando Ander no solo tocó, sino que aferró su arma, Calen supo que era el momento de dar la cara.
Puso la mano sobre el pomo de su daga. Su espada descansaba en Ganul, su caballo, ya que para infiltrarse no era buena idea portar un acero de metro y medio con el sello de capitán.
Pero, con espada o con daga, Calen era igualmente letal.
Se dirigió con convicción hacia la calle tras enviar una orden con la mirada a Ander.
Este agarró la mano de Tristán justo cuando Calen giraba el rostro para ver lo más bonito del mundo: Krista bajaba la cuesta hacia él.
De pronto, el tiempo se congeló. La reina se movía a cámara lenta, pero él también.
Krista logró distinguir el gesto de Calen al tiempo que un calor súbito y un dolor agudo se acumulaban en su cuello.
Se giró para descubrir que la reina empuñaba el puñal que habían usado tantas veces para proporcionarse placer, solo que ahora lo usaba para arrebatarle la vida.
Al girarse, un chorro de sangre arterial le salpicó la cara a Mireia, quien mantenía una sonrisa imperturbable.
Calen desenvainó la daga y, sabiendo que no podría acercarse a tiempo, la lanzó con furia y precisión contra la soberana.
Ella la esquivó por los pelos, pero el filo le abrió un corte profundo en la mejilla.
En ese instante, una docena de flechas volaron en dirección al capitán.
Mientras Ander corría con Tristán al hombro, el niño pudo ver cómo los proyectiles impactaban, uno tras otro, en el blanco.
La alarma estalló como un trueno sobre los muros de Frainord. Doce ballesteros, la guardia personal de la soberana, bajaron sus armas tras haber convertido el cuerpo de Calen en un erizo de madera y acero.
—¡Disparad! ¡Matad al engendro! —rugió Mireia, con la mejilla abierta y la sangre de su amante aún caliente sobre los labios.
Sin embargo, el destino concedió un segundo de gracia: los guardias se apresuraron a recargar, pero sus manos estaban temblorosas por la adrenalina.
Mientras Ander, Julia y Tristán volaban sobre el empedrado.
El aire silbaba en sus pulmones. El niño, mudo por el horror de ver a su madre degollada por la reina y su padre recién recuperado caer, era un peso muerto en los brazos de Ander.
Al llegar a la puerta principal, los dos centinelas de guardia cruzaron sus lanzas, cerrando la salida con un golpe metálico. Ander frenó en seco, el sudor quemándole los ojos.
—¡Llévatelo! ¡No mires atrás! —le gritó a Julia mientras soltaba a Tristán.
Ander desenvainó la daga del espía, esa hoja curva y oscura que brillaba con una promesa de muerte.
Se lanzó hacia un flanco, gritando como un poseso para atraer la atención de los guardias.
Los soldados, viendo en él la amenaza inmediata, le dieron la espalda a Julia, subestimando a la mujer que jadeaba a pocos pasos.
Fue su último error.
Julia no huyó. Se movió como una sombra letal, una exhalación de pura furia contenida.
Antes de que el primer guardia pudiera bajar su lanza contra Ander, ella ya estaba sobre él.
Con un movimiento seco y preciso, le rodeó el cuello con el brazo y deslizó su propia hoja por el gaznate del soldado.
Un gorgoteo ahogado fue lo único que escoltó su caída.
El segundo guardia, aterrado, intentó girarse, pero Ander ya estaba en el aire.
No hubo esgrima, ni cortes superficiales; solo la fuerza bruta de un hombre que lo había perdido todo menos su honor.
El acero del espía se hundió con un sonido húmedo directamente en la cuenca del ojo del centinela, atravesando el cráneo hasta el fondo.
—¡Ahora! —bramó Ander, recuperando el equilibrio.
Sin una palabra, Julia agarró la mano de Tristán, cuya mirada estaba perdida en el horror de lo visto, y los tres se lanzaron al vacío verde del bosque. La espesura los tragó justo cuando la primera ráfaga de flechas impactaba contra los troncos de los árboles que marcaban el límite de su libertad.
Se adentraron en las sombras del follaje, donde el sol no llegaba y el eco de los gritos de la reina empezaba a ser devorado por el silencio de los pinos. Habían escapado de la ciudadela, pero el precio pagado se quedó allí, sangrando sobre el suelo de Frainord.
La espesura del bosque no era suficiente para acallar los gritos que brotaban de las murallas.
Mireia, de pie sobre el charco de sangre que aún se expandía bajo el cuerpo de Krista, se llevaba la mano a la mejilla abierta.
La sangre se filtraba entre sus dedos reales, mezclándose con la de la limpiadora.
—¡Traedme sus cabezas! —chillaba, mientras sus soldados bajaban de las almenas—. ¡No dejéis a nadie vivo! ¡Quemad el bosque si es necesario!