A SUS PIES CAPÍTULO 5 REENCUENTRO #3
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CAPÍTULO 5 REENCUENTRO #3

La noche para Krista fue un sueño lujurioso de morbosidad contenida.

En él, rompía todas las reglas impuestas desde que era niña y hacía que la suciedad o la humillación fueran no solo agradables, sino codiciables.

Mireia hacía todo lo que ella quería, y ella quería siempre más; los tabúes eran devorados por un hambre voraz de placer y sensualidad donde absolutamente todo estaba no solo permitido, sino deseado.

.. Para Calen, en cambio, sus sueños fueron los abrazos tiernos de su hijo y el candor de los besos de su esposa; un reencuentro tan ansiado que mantenía el sueño con tal ligereza que, aún dormido, sentía el sonido de la brisa.

Debía descansar; la mañana requeriría de toda su suerte y pericia.

El alba llegó con la neblina habitual de Frainord.

Calen encontró a Ander dormido, sentado y apoyado en "el árbol" —que aunque nunca era el mismo, su postura sí lo era—, con Julia dormida sobre su pecho.

Por un momento, Calen se imaginó paseando con Krista de la mano y a Tristán corriendo por la playa, con Ander y Julia caminando a su lado.

Paso a paso, aún queda mucho camino, se dijo a sí mismo.

—Julia, Ander, es la hora.

La pareja se despertó con pereza; los nervios habían hecho que la noche se alargara demasiado antes de lograr conciliar el sueño profundo.

—Milady, me ha babeado la camisa —le dijo Ander a Julia con su tono habitual.

—Es para compensar tus babas por mí desde que me viste.

—Eh... Vale, me has ganado en esa, pero no te acostumbres.

Julia se incorporó un poco y le propinó un beso inocente en los labios.

—Salgamos de esta y habrá más; pero como sigas roncando así, habrá solo un poco más.

—Estoy pensando en cortarme el cuello para dejar de roncar —respondió él, lo que provocó una sonrisa en la mujer que ya ocupaba demasiado sitio en el corazón de Ander.

Calen se alejó de sus compañeros en silencio, dejando atrás la seguridad del bosque para adentrarse en la bruma que lamía los cimientos de Frainord. El olor fue lo primero que le dio la bienvenida: una mezcla rancia de comida podrida, excrementos y humedad estancada.

Llegó a la base del muro norte, donde el terreno descendía abruptamente hacia un foso seco que servía de vertedero.

Allí, una pesada rejilla de hierro, corroída por el óxido y los años de negligencia, marcaba el final de uno de los túneles de desagüe.

Calen consultó su memoria; sabía que esa rejilla no se abría desde el interior, pero los años de humedad habían debilitado la piedra que la sujetaba.

Se agachó, ocultándose tras un montón de escombros, mientras una patrulla de guardias pasaba por las almenas de la ciudadela, sus siluetas apenas visibles a través de la neblina.

Esperó a que el sonido de sus pasos desapareciera y, con un esfuerzo que le hizo crujir los dientes, comenzó a trabajar en la base de la rejilla.

El lodo le manchaba las manos y el rostro, pero para él era una marca de guerra necesaria. Tras varios minutos de tensión, una de las barras cedió con un gemido metálico que le heló la sangre. Se quedó inmóvil, pegado a la pared, esperando una voz de alarma que no llegó.

Se deslizó por el conducto, sintiendo cómo el hedor de las letrinas y la materia orgánica en descomposición se le pegaba a la ropa.

Sabía que ese túnel de desagüe desembocaba en la zona baja, donde los desechos del mercado principal y de las viviendas más humildes se acumulaban antes de ser evacuados.

Al salir del túnel, se encontró en un callejón estrecho y oscuro, flanqueado por paredes de piedra húmeda.

A pocos metros, el ruido de la ciudadela empezaba a cobrar vida.

Frainord no era solo una fortaleza; era un hervidero de calles empedradas, casas de madera apiñadas y plazas que olían a pan fresco y a cuero curtido.

Calen se asomó desde las sombras: el mercado estaba a pleno rendimiento.

Los aldeanos empujaban carretas cargadas de hortalizas y los mercaderes gritaban sus precios, creando el caos perfecto para alguien que no quería ser visto.

Calen se echó la capucha sobre los ojos y se mezcló con la gente.

Sabía exactamente dónde estaba: si lograba cruzar el bullicio del mercado y atravesar la plaza principal, solo le quedarían dos calles más para llegar a su hogar.

Caminó con la cabeza baja, evitando el contacto visual con las patrullas de la guardia que vigilaban las esquinas.

Cada rincón de esa ciudadela le traía un recuerdo: la taberna donde celebraron el nacimiento de Tristán, el puesto donde compró la primera cinta de pelo para Krista.

.. Pero ahora, el aire se sentía distinto, cargado de una tensión que solo él parecía percibir.

Cruzó la plaza, donde la fuente central apenas lograba acallar el murmullo de los vecinos comentando los sucesos del día anterior.

Escuchó fragmentos de conversaciones sobre "la visita de la reina a los suburbios", lo que hizo que su corazón golpeara contra sus costillas con más fuerza.

Apretó el paso. Tras girar en la última esquina, divisó al fin su calle.

Allí estaba su casa, pequeña y humilde, pero para él era el único refugio que importaba en todo el reino.

Al mismo tiempo, una pareja que parecía estar en medio de una agria discusión amorosa cruzaba la puerta principal de la ciudadela.

—¿Qué? ¿Quieres ver de lo que soy capaz otra vez? —espetó Ander en voz alta.

Lo decía para que los soldados no hicieran preguntas por la cara amoratada que lucía Julia; era tristemente normal que a los hombres de allí se les fuera la mano con sus mujeres.

—¡Tira ya! ¡Cómo se vuelvan a acabar las zanahorias, el estofado lo haré con tus dedos!

—gritó el soldado, ignorando a los guardias, quienes ante la escena prefirieron mirar hacia otro lado.

En cuanto estuvieron lo suficientemente lejos, susurró con angustia: —Perdón, perdón, perdón. .. Milady, perdón.

—Sí, sí... ya me lo compensarás. Esto no me lo dices a solas, recuerda que aún tengo tu daga —respondió Julia, señalando discretamente con la mirada a lo que parecía un indigente—. Allí está.

Ander reconoció de inmediato a Calen. Sabía perfectamente qué dirección tomaría, pues había estado en su casa muchas veces. Aunque estaba sorprendido por lo mucho que había cambiado la ciudadela en poco más de dos años, sus ojos no se desviaron de su capitán.

Mientras tanto, en la casa, Krista se levantó húmeda, tanto por el ciclo como por los sueños que la habían rondado incluso después de despertar.

No veía el momento de regresar al castillo para ver a su reina.

Despertó a Tristán de forma más brusca de lo habitual; quería que el niño terminara sus tareas cuanto antes para correr de nuevo a los brazos de su amante.

—Vamos, Tristán, ya está bien de despertar tan lento. ¡Hay que hacer cosas, venga, vacía el bacín ya!

—Pero, mamá, tengo sueño...

—Pues ya dormirás después de comer. Aún queda pan y mantequilla en la fresquera, así que hoy comerás eso. Hoy no iré ni al mercado; la reina me dio el día libre ayer y hoy tengo que ir antes... Y volver a jugar con sus juguetes, pensó para sí misma.

De repente, un sonido inesperado la sobresaltó. No era un golpe seco, no llamaban con los nudillos; era un arañazo, como si alguien acariciara la madera de la puerta. No puede ser... ¿Calen?. Corrió a abrir de golpe. Allí, sucio y maloliente, estaba él: su amado esposo.

—Amor, has venido...

—Sí, y tenemos que irnos ya.

—¿Qué pasa?

—Te lo contaré luego, pero... ¿Tristán? —El niño asomó la cabeza tras la puerta—. ¿Mamá, quién es este hombre apestoso?

Calen cayó de rodillas y una lágrima surcó su rostro mientras Krista respondía: —Es tu padre, Tristán. Ha venido por fin.

Calen se quitó la capa que lo camuflaba de la guardia —que era, además, lo que apestaba— y la arrojó hacia el área del baño.

Abrió los brazos con esperanza, pero el niño, tras dos años de ausencia a esa edad, no lograba recordarlo con claridad; tenía destellos, pero nada más.

Calen decidió darle tiempo al pequeño y se apresuró a besar a su esposa.

Ella le devolvió el beso con afecto, pero una chispa extraña saltó en su interior: a ese beso le faltaba algo.

Algo que la reina había sembrado poco a poco en su cabeza: el veneno de la lujuria.

—Nos vamos ya —apremió Calen—. Pero antes he de decir adiós a Lidia —mintió Krista de inmediato—. Es mi mejor amiga, espérame diez minutos y vuelvo.

—No, mi amor, no es seguro. Sin duda me buscarán y me alejarán de ti en el mejor de los casos.

Pero Krista ya no lo escuchaba; caminaba decidida hacia la puerta. —Ahora mismo vuelvo.

Salió sin dejar que Calen replicara, dejándolo a solas con un hijo que lo miraba como a un extraño.