CAPÍTULO 5 REENCUENTRO #2
La reina buscó entre sus pertenencias y le entregó uno de los juguetes a Krista.
Sin decir una palabra, pero con una mirada cargada de intención, Mireia se dio la vuelta y se puso a cuatro patas sobre las colchas de seda.
Como había empezado a ser costumbre en sus encuentros, la soberana le cedía a la limpiadora la iniciativa, permitiéndole saborear el poder de poseer a quien gobierna el reino.
Krista sujetó el objeto con firmeza, sintiendo el pulso acelerado en sus oídos. Ya no era solo una trabajadora temerosa; era la dueña de la respiración de Mireia.
La reina, apoyada sobre sus antebrazos, giró levemente la cabeza para mirar a Krista por encima del hombro. Sus ojos azules, habitualmente gélidos, estaban nublados por una neblina de deseo que parecía tan auténtica como peligrosa.
Mireia respiró hondo. El juguete desapareció en su interior mientras Krista besaba su espalda; la soberana describía sus sensaciones para calar más hondo en el cerebro de la madre, que por un momento parecía haber olvidado incluso que tenía un hijo.
—Dios, sí... Me encanta. No sé cómo lo haces, pero creo que me estoy enamorando de ti. ¡Sí, no pares!
Mientras la limpiadora bombeaba, mojando su mano, las sábanas y su propio cuerpo en sangre y fluidos que emanaban un hedor ahora delicioso, la reina se encorvaba y se retorcía de verdadero placer.
—Es la primera vez que siento esto... No me dejes, nadie me ha hecho sentir tanto placer.
Krista se sentía poderosa; sabía que tenía el goce de la reina en sus manos y el poder para hacerla vibrar a su antojo.
—¡Ya, yaaaaa! —gritó la reina.
Una vez más, la orina empapó a la limpiadora.
Lo que antes le habría resultado asqueroso, se había convertido en algo que despertaba una morbosidad oculta que no lograba comprender.
¿Cómo es posible que se haya meado encima de mí y quiera que lo haga otra vez?
, se preguntaba. Pero Mireia aún tenía su turno para jugar.
Lo que escogió había sido fabricado la tarde anterior, en cuanto la limpiadora salió del castillo. Era un juguete mucho más fino y con ligeras ondulaciones.
—Hice fabricar esto pensando en ti —dijo la reina, tomando la mano de su amante—. Creo que tiene el grosor de tu dedo. Nunca me habían tocado ahí, y ahora sueño con ello.
Lamió el dedo de Krista y lo llevó hacia su propio ano.
—¿Puedo?
Al igual que antes, no recibió respuesta verbal, solo el empuje decidido del dedo que comenzó a entrar suavemente hasta cruzar la barrera dolorosa.
Mireia, que no había dejado de mirarla, entrecerró los ojos y gimió al sentirlo dentro.
Ahora era la propietaria del dedo quien lo movía lenta y rítmicamente.
Los gemidos de la reina hicieron que Krista suplicara su turno.
—Por favor, majestad... Hágame suya. Estoy a sus pies, soy entera para usted.
Mireia le puso el juguete en la boca y, de ahí, lo guió al lugar para el cual fue creado. Mientras con una mano manejaba el juguete, con la otra frotaba con rapidez, pero con delicadeza, el clítoris ensangrentado de Krista. La limpiadora consiguió articular entre espasmos:
—Ya llega... ya...
—Espérame —le ordenó la soberana—. Nos corremos las dos a la vez; sincronicemos también nuestros orgasmos.
Dicho y hecho. La explosión fue brutal, y esta vez fue la limpiadora quien no pudo contener la orina, empapando a la reina sin querer; aunque, dadas las circunstancias, pareció que ella lo disfrutó.
Ambas quedaron deshechas y blandas sobre una cama que, sin duda, Mireia mandaría quemar esa misma tarde.
Entonces, como la experta manipuladora que era, la reina fingió preocuparse:
—¿Y Tristán? ¿Habrá acabado ya el bufón?
Ella ya había dado órdenes de que el bufón actuase hasta que ellas volvieran o hasta que se le cayeran los brazos de fatiga. Al oír el nombre de su hijo, la madre recordó su realidad y se miró ensangrentada de arriba abajo.
—¿Qué hacemos?
Mireia, con toda la tranquilidad del mundo, se dirigió al baño y la llamó:
—Ven.
Una vez allí, la reina se arrodilló y, con paños de lino y agua, comenzó a lavar a la limpiadora. Disfrutaba del acto de servirla, haciendo que Krista se sintiera, por primera vez, como si ella fuera la verdadera soberana.
Las dos salieron ya limpias y con paños interiores nuevos.
Krista notaba en su entrepierna la suavidad de la seda que le había dado su majestad, en marcado contraste con los trapos de lino que solía usar habitualmente estaba encantada.
Tristán no paraba de reírse con el bufón, el cual ya sudaba a chorros por el esfuerzo de entretener al pequeño.
—¿Te lo estás pasando bien? —preguntó la madre.
—Sí, mamá. ¿Dónde habéis estado? Habéis tardado mucho.
—Sí... Su majestad quería enseñarme una cosa en el castillo y el tiempo se nos ha pasado volando, pero ya hemos terminado. Aunque ahora mamá tendrá que trabajar.
La reina se acercó con paso elegante e intervino:
—No, hoy tómate el día libre. Ya has hecho suficiente, y lo que has hecho ha sido espectacular —se acercó a Tristán, jugando con el doble sentido de sus palabras—: Sabes, tu madre hace que todo me provoque una sonrisa. Trabaja muy, pero que muy bien, y muy duro. Sin duda, ella es mi reina.
Tristán miró a su madre con asombro.
—¡Hala, mamá! Qué bien.
Krista miraba a Mireia y al niño, sintiendo un deseo casi irrefrenable de volver a entrar con ella al castillo. Sin embargo, finalmente se despidieron y salieron en dirección a su casa. En ese momento, Eduard salió de detrás de una estatua tras haber vigilado al niño todo el rato.
—La tenéis a vuestros pies, lamiendo la suela de vuestras botas —comentó el hombre—. No solo sois poderosa por ley, sino también por astucia.
—¿Lo dudabas? Cuando me propongo una cosa, la consigo siempre. En el caso de Calen, casi siempre... pero no darme lo que quiero tiene sus peligros. Que no se te olvide nunca; desde luego, a Calen no se le olvidará jamás.
A las afueras de Frainord, Calen y sus hombres, junto a Julia, preparaban la estrategia.
—¿Cómo que nosotros no entramos? —preguntó Lucas—. ¿Para qué hemos venido entonces?
Calen les explicó: —Entraremos Ander, Julia y yo.
Una pareja y un hombre solitario no llamarán tanto la atención.
Vosotros sois el refuerzo para la huida.
Bastian, Cédric, coged los arcos y estad preparados mañana en cuanto entremos.
A los demás, os quiero sobre los caballos y con los nuestros listos.
Llevaban atado el caballo del espía, aunque uno había sido designado para Julia, el otro lo reservaban para Krista. Tristán iría con su padre, quien lo sujetaría para evitar que se cayera. Calen se dirigió entonces hacia Ander y Julia:
—Vosotros tendréis que alejaros sin perderme de vista, pero no podremos ir juntos.
Cuando hable con Krista, la mandaré a ella y a Tristán con vosotros y yo saldré por mi cuenta.
Sin duda soy el más reconocible y a quien se le pueden complicar las cosas.
Si algo me sucediera, tendréis algo más valioso que mi vida que proteger: sacadlos de allí y llevároslos.
Si logro salir, nos veremos donde acampamos la primera noche, a dos días de aquí.
Esperadme un día y, si no llego, marcharos sin mi.
Calen miró a los ojos a su hermano de armas. —¿Puedo contar contigo?
Ander tenía ganas de decirle que, si algo le pasaba, desenvainaría y haría una escabechina con todo aquel que se pusiera por delante; pero, sabiendo que eran los protectores de lo más querido para su amigo, respondió con sinceridad: —Sé lo que significa tu familia, hermano.
Y aunque suene mal, te dejaré tirado en cuanto huela el más mínimo peligro. Lo juro.
Julia lo miró sin saber si aquello era bueno o no, pero guardó silencio. Calen lo observó y, con la voz más sincera que tenía, le respondió: —Gracias.
Ander y Julia se alejaron del grupo. Una vez solos, ella le preguntó: —Os he visto hablar en pocas ocasiones, pero en verdad parecéis hermanos. ¿De verdad le dejarás tirado si, por ejemplo, le hieren?
Ander se volvió hacia Julia, y todo el sarcasmo y la ironía que habían arrastrado esos días se borraron de su cara.
—Sin dudarlo ni un segundo... Para Calen, su familia vale cien mil veces más que su propia vida.
Si pusiera en peligro, aunque fuera mínimamente, la vida de Krista por entrar en una disputa, o mucho peor, la de Tristán, aunque le salvara la vida, luego tendría que batirme con él.
Y créeme cuando te digo sin fanfarronear que soy muy bueno con la espada, pero él es mejor, y me mataría sin dudarlo.
Nuestro deber son Krista y Tristán; Calen va solo y, si es necesario, morirá solo.
Ten por seguro que me dolerá, pero sacar a la madre y al niño es mi prioridad número uno.
Así que no te alejes de mí, porque aunque creo que quizá tú y yo.
.. te dejaría a ti también con todo el dolor de mi corazón.
Julia se acercó a sus labios y le dijo: —Si no te dejo yo antes.
La "s" final de la palabra rozó los labios de Ander, quien sintió el impulso de hacerla suya en ese mismo instante.
Sin embargo, el recuerdo de lo que Julia había sufrido a manos del espía le detuvo; sin duda, debería ser ella quien diera el primer paso.
Julia se quedó cerca de él, sabiendo perfectamente lo que él sentía, pero, como si fuera un juego, decidió hacerle esperar un poco más.
Las ganas de sellar ese pacto amoroso con ella le darían, más fuerzas para sobrevivir a lo que les esperaba al día siguiente.