CAPÍTULO 5 REENCUENTRO
El sol comenzó a ocultarse tras las almenas de Frainord mientras, en la pequeña cabaña, el olor del pescado fresco llenaba la estancia. Krista había preparado las truchas con esmero, asándolas al fuego con unas pocas hierbas que guardaba en un tarro de barro.
Cenaron en un silencio inusual. Tristán devoraba su ración con el hambre propio de un niño que ha pasado el día corriendo, ajeno a la tormenta que arreciaba en el interior de su madre.
Krista, en cambio, apenas probaba bocado.
Cada vez que el niño la miraba, ella forzaba una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
El recuerdo del cuerpo flotando en el río se le clavaba en la garganta como una espina.
—Están muy buenas, mamá. Mañana pondré más trampas —dijo Tristán con la boca llena. —Sí, cariño... Mañana —respondió ella, acariciándole el pelo.
Esa noche, cuando se acostaron, Krista abrazó a su hijo con una fuerza desesperada.
Tristán se durmió casi al instante, pero ella permaneció con los ojos abiertos, mirando la oscuridad del techo.
El olor del mediodía no se iba de su cabeza; ni con todo lo que se había frotado en el río lograba borrar la memoria sensorial de los dedos de Mireia, ni la suavidad de su seda.
Se sentía sucia y, por primera vez, eso le gustaba.
Se sentía extrañamente viva. Por primera vez en años, alguien no la miraba como a una herramienta de limpieza, sino como a un objeto de deseo absoluto.
El despertar fue brusco. La luz del alba entró por las rendijas de la madera, pero no fue el sol lo que despertó a Krista, sino un golpe seco en la puerta.
Krista se levantó de un salto y se vistió rápidamente. Al abrir, descubrió a la Guardia Real y, detrás, sobre un caballo blanco precioso, a la reina. Mireia bajó de la montura y se dirigió a la puerta bajo las miradas curiosas de los vecinos.
—He traído leche, mantequilla y pan recién hecho. Me preguntaba si me invitaríais a entrar.
Krista se quedó muda por un instante. —Eh... Sí, por supuesto, alteza.
La reina hizo un gesto y una docena de soldados rodearon la casa. Tristán, que solía tener un despertar perezoso, estaba aún en la cama.
—¿Quién es, mamá?
Mireia puso un dedo sobre los labios de Krista para que guardara silencio y se acercó a la habitación. —Solo soy yo —dijo con su voz más suave.
El niño notó que esa voz no era la de su madre y se irguió como un resorte. —¿Quién eres tú? —preguntó con su tono más amenazante, que en un niño de seis años resultaba cómico.
Krista apareció entonces tras la pared. —Tristán, te presento a la reina Mireia.
El niño abrió mucho los ojos. —Perdonarme, su altestad.
Las dos mujeres se echaron a reír mientras Krista se acercaba al pequeño. —Se dice “perdonadme” y su “alteza” o su “majestad”. Pero Tristán se limitó a responder: —Pues eso.
El desayuno, como era de esperar, resultó exquisito; contenía lo mejor que los cocineros reales habían podido preparar. Tristán comió por tres días: no paraba de untarse mantequilla en el pan y de beber un vaso tras otro de leche recién ordeñada.
—Gracias, mi señora, de verdad.
—No, por favor, qué menos. Sabes, Tristán, yo te conocí cuando eras muy pequeño; tú, claro, no te acordarás, pero conocí a tu madre, luego a tu padre y luego a ti.
El niño, que aún tenía los mofletes llenos de pan, habló con la boca llena:
—¿De verdad?
Krista le reprendió de inmediato:
—¡Tristán, con la boca llena no se habla!
—Perdón, mamá.
Mireia intervino con una sonrisa:
—Déjalo, un día es un día.
Cuando terminaron, salieron a pasear a los jardines del castillo.
Tristán corría por todas partes, maravillado de lo cuidados que estaban; todo allí era de un verde vivo, hasta parecía que alguien le hubiera pasado un peine a la hierba.
En un descuido, Mireia y Krista se quedaron momentáneamente solas mientras el niño se alejaba un poco.
—Quería darte las gracias por lo de ayer —dijo la reina.
—No, por favor, gracias a usted. No sabía que podría...
—Yo tampoco. Pero ahora es imposible, estoy manchando.
—¡Anda! Yo también, justo ayer por la noche.
—¡Vaya! Qué cosas... nos hemos sincronizado en más de una cosa —añadió la reina soltando una pequeña risa. Luego siguió—: Pero eso no me quita las ganas de besarte, aunque no quiero hacer nada que tú no quieras.
—Majestad, yo quiero... quiero y mucho, pero Tristán...
—Seguro que algún bufón puede entretenerlo un rato. Ya encontraremos la forma.
Como si estuviera premeditado, entró un bufón haciendo trucos y malabares.
—¡Mira, mamá! —exclamó el pequeño.
La madre se acercó y los dos se quedaron mirando, pero al poco de empezar, Mireia agarró suavemente la mano de Krista, acariciándola con dulzura, y le dijo a Tristán:
—¿Puedo llevarme a tu madre un momento? Tengo algo que contarle. Quédate aquí un ratito, enseguida volvemos.
Krista se deshacía por dentro, deseando que Tristán le diera su permiso. Este, embelesado con los malabares, respondió sin apartar la vista del espectáculo:
—Sí, sí... Hasta ahora, ma-jes-tad.
Aquello provocó una carcajada en las dos mujeres, que caminaron con cierta premura hacia el interior del castillo.
En cuanto cruzaron el umbral y se quedaron a solas, la reina la empujó contra la pared; se notaba el ansia, pero sin brusquedad.
Se acercó mucho, pero antes de hacer nada, la soberana le apartó el pelo de la cara, le sonrió y le preguntó:
—¿Puedo?
Krista, con la respiración entrecortada, no respondió.
Se limitó a rodear el cuello de Mireia con sus brazos y a besarla apasionadamente.
Sus lenguas jugaron, pasando de boca en boca.
Las telas que debían contener su flujo se empaparon en el acto.
La mano de la reina bajó del rostro de Krista hacia sus pechos, acariciándolos con delicadeza, pero fue Krista quien bajó aún más.
Apartó el paño de la reina, manchándose de sangre y provocando un gemido en esta.
—Te vas a manchar el vestido... —le dijo la soberana con la voz rota por el deseo.
—Sí... mejor me lo quito y luego nos lavamos —respondió Krista.
Por la cabeza de la reina solo pasaron tres palabras triunfales: Ya eres mía.
A pocos kilómetros de los muros de Frainord, el grupo se detuvo en un saliente rocoso que ofrecía una vista clara del valle. El sol de la tarde bañaba las torres del castillo, pero para Calen, aquellas piedras no representaban gloria, sino una prisión que custodiaba lo que más amaba.
—Ahí está —susurró Calen, con la voz cargada de una mezcla de alivio y terror—. Frainord.
Julia se acercó a su lado, cubriéndose los ojos del sol con la mano.
A pesar de las pullas y el cansancio, su rostro se puso serio.
Por primera vez, veía el lugar del que Calen hablaba con tanta veneración y miedo.
Ander se colocó detrás de ella, con la mano descansando instintivamente en el pomo de su espada.
—Parece tranquila —observó Ander, entornando los ojos—. Demasiado tranquila para ser la guarida de una reina que degüella campesinos por capricho.
—La calma antes de la tormenta, muchacho —gruñó Grégor, que ya estaba revisando las cinchas de su caballo—. Calen, si entramos por el camino principal, nos verán a leguas. El escudo real que quemamos ayer nos habría servido de salvoconducto, pero ahora somos solo un puñado de jinetes armados.
Calen negó con la cabeza sin apartar la vista de las torres.
—No entraremos como soldados. Mañana, al amanecer, nos dividiremos.
Yo entraré a pie por la zona de los vertederos; conozco los horarios de las patrullas y sé por dónde sacan los desperdicios.
Vosotros os quedaréis en el linde del bosque con los caballos.
Si algo sale mal... —se detuvo y miró a Julia—, Ander, te encargarás de que ella esté a salvo. Huye hacia el sur.
Julia se dio la vuelta bruscamente, con los ojos centelleando.
—Ni hablar. No he cabalgado con la espalda destrozada para quedarme mirando cómo te arriesgas solo. Sé pasar desapercibida mejor que cualquiera de estos brutos.
Ander soltó una risita nerviosa para rebajar la tensión, aunque su mirada no se apartaba de la joven.
—Tiene razón, capitán. Además, si la dejo aquí sola, es capaz de robarme el caballo y entrar ella misma por la puerta principal solo por llevar la contraria.
Calen suspiró. El peso de la responsabilidad le hundía los hombros.
No sabía que, en ese mismo instante, dentro de esos muros, su esposa acababa de despojarse del vestido, no por la fuerza, sino por voluntad propia, y que el enemigo más peligroso no eran los guardias de las almenas, sino el "cariño" que la reina estaba sembrando en su hogar.
—Descansad —ordenó Calen finalmente—. Comed algo y afilad el acero. Mañana recuperaré a mi familia... o moriré intentándolo.
Mireia y Krista subieron casi corriendo por las escaleras hasta la alcoba real.
Entraron y cerraron la puerta tras de sí, dejando fuera el mundo y la mirada del bufón que entretenía al niño.
Ambas sangraban, un recordatorio físico de su ciclo compartido que, lejos de frenarlas, parecía haber encendido una chispa de urgencia prohibida.
La reina abrió un pequeño cofre de madera oscura al lado de su cama. En su interior, guardaba sus juguetes: piezas talladas en acero frío, mármol pulido y madera suavemente labrada. Sabía que hoy, a ninguna de las dos le faltaría placer.
Las ropas cayeron al suelo en un montón descuidado.
Krista miró a la soberana de arriba abajo, deseando cada centímetro de esa piel de porcelana que ahora lucía rastros rojizos.
La sangre manchaba los muslos de ambas, pero en ese momento a Krista no le importó; aquel fluido, que antes asociaba a la muerte del guardia, ahora le sabía a vida, a secreto y a una extraña libertad.