A SUS PIES CAPÍTULO 4 ¿PODEROSA? #3
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CAPÍTULO 4 ¿PODEROSA? #3

Todos estallaron en una carcajada contagiosa. Julia también rió, pero se volvió para mirar esos ojos y esa cara que cambiaba de color por el rubor. —Pues él se lo pierde —le dijo—, porque lo haces muy bien.

Cónrad y Gedeón aparecieron de entre los matorrales.

Habían traído la cena: varias perdices y un par de conejos.

No era mucho, pero eso y las raciones de carne seca que llevaban en sus alforjas bastarían para esa noche.

Por supuesto, Julia dispondría de la mayor cantidad de comida y de todo lo que quisiera.

Cenaron contando historias pasadas. Dado lo que había soportado Julia, todos evitaron temas de batallas o refriegas anteriores, centrándose en relatos de cuando eran niños o en chistes malos que hacían que todos rieran.

Calen mandó retirada.

—Mañana será un día igual de largo y habrá que ir con más cuidado. Nos acercaremos demasiado a Frainord e iremos por caminos internos, pero si Dios nos acompaña, pasado mañana estaré con Krista y Tristán. Me pregunto qué estarán haciendo ahora... Seguro que estarán también cenando.

Cada uno se fue a un rincón con una manta y se echaron sobre el suelo. Ander se acomodó junto a un árbol cerca de Julia. Ella le dijo:

—Gracias por “desvigilarme” otra vez.

—Faltaría más. Hoy estoy más cansado, así que puede que la «desvigile» antes.

Los dos se echaron a reír.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Milady.

Los cuerpos de Mireia y Krista cayeron sobre la cama, empapados en sudor y en todos los fluidos de sus experiencias pasionales.

Se besaron con ansia; fue como absorber dos años de abstinencia en apenas unas horas.

Krista se quedó abrazada a la reina, sumida en ese agotamiento y esa flojera que conlleva haberse entregado al éxtasis, y se quedó profundamente dormida.

Mireia se levantó, ya más acostumbrada a esas sesiones, caminó hasta el arcón, de donde sacó un vestido de seda, y salió de la alcoba sin hacer ruido, dejando descansar a la veterana. Dio órdenes tajantes a los guardias:

—¡Que nadie entre o salga! ¿Queda claro? ¡Nadie!

Los guardias asintieron y Mireia bajó las escaleras dirigiéndose a uno de los lores del castillo.

Torien era un gobernante de una aldea vecina que, tras ser absorbida en la batalla de Thoral, asumió el puesto de consejero de la reina para afianzar las relaciones con Frainord.

Desde su incorporación, el hombre, que ya pasaba los cincuenta años, había perdido el físico que le caracterizaba como guerrero terrible y se había convertido en un hombre gordo y cansado; apenas podía subir o bajar escaleras sin detenerse cada pocos peldaños. Aún así, era un buen hombre.

—¿Dónde está Eduard? —preguntó la reina.

—No lo sé, mi señora. ¿Quiere que mande buscarlo?

—Sí, inmediatamente. Pero no vayas tú; lo quiero aquí ya, y si vas tú, tardarás todo el día.

La reina le lanzó una mirada de desprecio y le dio la espalda mientras Torien hablaba con un soldado, enviándolo a buscar a Eduard.

En cuestión de veinte minutos, Eduard apareció en la sala de reuniones.

Su olor siempre atraía a la reina, ya que su aseo dejaba mucho que desear y su lujuria, tanto con hombres como con mujeres, hacía que emitiera un fuerte aroma que a cualquiera le hubiera parecido asqueroso o repugnante, pero a la reina le encendía.

Lo primero que hizo Eduard fue sentarse.

—Perdonad mi tardanza, mi señora, pero estaba acabando unas pesquisas.

La reina se levantó y, rodeándolo, lo olió de arriba abajo.

—Hueles a sexo. ¿A quién te tocaba hoy?

—¡Oh, qué olfato tiene su majestad! Hoy estuve con un joven soldado. Al principio se resistió un poco, pero tras unas cuantas promesas vacías de ascenso, se entregó por completo. Luego él mismo se puso...

—Basta, Eduard. Yo ya vengo servida. De eso precisamente quería hablarte: hay un cambio de planes respecto a Calen.

—¿Qué ha pasado?

—Que he conseguido hacer una jugada maestra disfrutando en el proceso. Ya no quiero que sufra por la posible muerte de su mujer e hijo... quiero que sufra porque ella me elija a mí.

—Pero, majestad... ¿os habéis enamorado?

—¿Qué tonterías dices? Voy a enamorarla a ella y, si es posible, me ganaré la amistad de su hijo también. Luego haremos venir a Calen para que vea cómo su querida esposa me elige. Y más le vale a ella y al niño que así sea; de lo contrario, Lidia va a tener que limpiar mucha sangre.

Regresó a su alcoba y preguntó a los guardias:

—¿Ha intentado salir? —No, mi señora —respondió el guardia.

Mireia abrió la puerta y vio a Krista desnuda, en la misma posición boca abajo en la que la había dejado una hora antes. Tras desnudarse otra vez, usó su propia melena rubia, algo enmarañada, pasándola por la espalda de la limpiadora mientras aprovechaba para besar su cuello y susurrarle al oído:

—Preciosa... eres muy bonita.

Krista gimió y abrió un poco los ojos. Normalmente sus labores acababan cuando el sol ya estaba bajo, pero aún era temprano. La reina midió sus palabras con una manipulación demoníaca:

—Querría que te quedaras a dormir aquí conmigo, pero entiendo que lo primero para ti es Tristán. Deberías irte ya, aún es muy pronto, pero podrías darle una sorpresa; pero antes, si me dejas, me gustaría darte un beso. ¿Puedo?

Krista primero se aseguró de mirar la claridad que asomaba por la ventana para comprobar, efectivamente, que era la hora que le habían dicho. Luego se volvió y dijo:

—Por supuesto.

Besó a la reina, pero ya no había pasión en esos besos; solo ternura, candidez y, quizá, algo de... amor.

—Mañana, si quieres y solo si quieres, podemos ir a dar un paseo y dejarnos de juegos —continuó Mireia—. Hace mucho que nos conocemos, pero nunca te había conocido como hasta ahora. ¿Me harías el honor de acompañarme?

—Mi señora, por supuesto —respondió Krista sin pensar, embriagada por una cordialidad que no había recibido en años.

—Muchas gracias, este día ha sido muy especial.

—Para mí también, majestad.

—Y me has hecho volverme loca por ti, Krista. Me encanta todo de ti; tu nombre es tan bonito, casi tanto como tú... Bueno, no te entretengo más. Mañana, si quieres, nos volveremos a ver, ¡pero con ropa, eh!

Las dos se rieron entre caricias y besos románticos. Luego, la reina ayudó a vestirse a la limpiadora y esta salió de la estancia con ansias de llegar a su casa.

Krista llegó a tiempo de ver cómo su hijo limpiaba el plato de la comida en la fuente de la plaza; el niño había guardado las truchas para la cena y se había comido el bocadillo.

Ella se escondió para darle una sorpresa y, cuando él terminó de lavar los platos, se acercó por detrás y lo abrazó con fuerza.

—¿Este es mi niño? ¿O es un señor bajito?

Tristán la reconoció de inmediato por la voz.

—¡Mamá, suelta, que se me va a caer el plato! —le dijo con una sonrisa.

Ella lo soltó y le dio la vuelta para mirarlo. Hoy el día parecía perfecto, justo hasta que el niño se le acercó y la olió.

—Mamá... hueles mal. ¿Has trabajado mucho? Has vuelto muy pronto.

Krista repasó en un segundo todo el día. Lamentablemente, el comienzo de la jornada había sido encontrar un cadáver asesinado por la mujer a la que se había entregado después.

—Eh... sí. He tenido que limpiar... mucho. Tengo que lavarme.

Su mente se dividía entre el sí y el no; los pensamientos que le venían eran contradictorios.

Primero le llegó el recuerdo de Mireia: Me gustaría que durmieras aquí conmigo.

... Luego pasaron las palabras que ella misma le había dicho a Lidia: ¿Qué crees, que te casarás con ella?

¿Que habrá dos reinas?. Los orgasmos se mezclaban en su memoria con la sangre del suelo.

—Tengo que lavarme —le repitió a Tristán.

El niño la miró extrañado. La mirada de Krista estaba vacía; sin duda, su cabeza daba vueltas sin saber qué decidir.

Tras llegar a su casa, Krista mandó a Tristán a echarse la siesta.

El niño, como siempre, obedeció, y ella se dirigió al río a lavarse.

Siempre iba al mismo sitio, sabiendo que, aunque estaba bastante lejos, nadie pasaba por allí nunca; además, el acceso estaba oculto entre zarzas y solo aquel que sabía sortearlas podía pasar sin rasgarse las ropas o la piel.

Cuando llegó a la orilla, algo cambió. El olor que desprendía, por momentos, se volvió agradable.

Tocó su cuello y olió su mano; ese aroma no era solo suyo.

Miles de destellos de imágenes salieron a la luz.

Empezó a acalorarse y se descubrió a sí misma acariciando su entrepierna, buscando ese rastro húmedo.

Recordó a Mireia introduciéndole los dedos para luego llevárselos a la nariz, y eso mismo hizo ella.

Ese era su olor: el olor del deseo, de la pasión; un aroma que ahora ya no le desagradaba si no que la hacía estar más caliente aún.

Notó cómo una gota solitaria caía por su muslo; sin duda, aún estaba excitada.

Pero cuando miró al río, el calor desapareció en el acto y sus ojos se quedaron fijos en un punto.

El cuerpo del soldado degollado flotaba, arrastrado por la corriente río abajo.

Lo habían desnudado, quizá para que no se supiera que era un guardia o para aprovechar sus ropas para el siguiente que vendría.

El corte en el cuello se veía perfectamente.

Por su mente pasaron todas las veces que ese bastardo la había manoseado y se descubrió a sí misma pensando con frialdad: Te lo mereces.

La noche cayó sobre el pequeño campamento improvisado.

Estaban a solo una jornada de Frainord, y la tensión por la cercanía del destino se mezclaba con la extraña camaradería que había surgido en el grupo.

Calen permanecía sentado frente al fuego, con la mirada perdida en las brasas; su mente ya no estaba en el camino, sino tras los muros del castillo, buscando el rostro de Krista.

Cerca de él, el juego entre Ander y Julia continuaba, aunque el tono de sus pullas había perdido la aspereza del principio para ganar una profundidad mucho más peligrosa.

—¿Otra vez vigilando el cielo, Milady? —soltó Ander mientras se acercaba a ella con una manta—. Si espera que bajen los ángeles a rescatarla, me temo que hoy el turno de guardia me toca a mí, y soy lo más parecido a un querubín que va a encontrar en este bosque.

Julia ni siquiera se giró, pero una sonrisa involuntaria curvó sus labios.

—Un querubín con la cara sucia y que ronca como un jabalí herido. Qué suerte la mía —respondió ella, aceptando la manta—. Pero dime, valiente soldado, ¿qué harás cuando lleguemos? ¿Me entregarás a Calen y buscarás a la siguiente desvalida para asustarla con tus ruidos nocturnos?

Ander se sentó a su lado, guardando una distancia que parecía quemar a ambos.

—No creo que haya otra como usted. Además, dudo que mi daga quiera volver a un cinturón aburrido después de haber estado en sus manos. Se ha vuelto... caprichosa. Igual que su dueña.

—¿Caprichosa yo? —Julia le clavó una mirada gélida que, sin embargo, chispeaba de diversión—. Solo soy exigente. Y de momento, lo único que ha cumplido mis expectativas son tus masajes. Por lo demás, sigo esperando a ver ese heroísmo del que tanto presumes.

—El heroísmo está sobrevalorado —susurró Ander, acercándose apenas unos centímetros—. Prefiero la supervivencia. Aunque, si mañana las cosas se ponen feas en Frainord, quizá tenga que hacer algo estúpido para que dejes de llamarme cobarde.

—No te atrevas —dijo ella, y por un segundo, la ironía desapareció de su voz—. Prefiero un cobarde vivo que me dé conversación a un héroe muerto en una zanja.

Ander la miró fijamente. La pulla que tenía preparada se le murió en la garganta al ver la seriedad en los ojos de Julia. El aire entre ellos se volvió denso, cargado de una electricidad que nada tenía que ver con las tormentas.

—Entonces —dijo él recuperando el tono burlón, aunque con menos fuerza—, tendré que esforzarme por seguir vivo solo para fastidiarla un día más. No querría que se aburriera en el camino.

—No lo haré. Alguien tiene que recordarte lo mal que hueles después de un día de cabalgata.

—Y alguien tiene que recordarle a usted que, por muy "Milady" que sea, se le da fatal disimular que le gusta mi compañía.

Julia lanzó una ramita al fuego y se envolvió en la manta, dándole la espalda para ocultar un rubor que el fuego no podía justificar.

—A dormir, soldado. Mañana necesitaremos que tus ojos estén abiertos, aunque sea para variar.

Ander sonrió para sí mismo y se recostó contra el tronco de un árbol como siempre.

A pocos metros, Calen los observaba en silencio.

Sabía reconocer esa chispa; él mismo la había sentido años atrás.

Pero su corazón se encogió al pensar que, mientras el amor nacía entre sus hombres, él quizá llegaba tarde para salvar el suyo.

Observaba el fuego, pero las llamas no le devolvían calor, sino recuerdos. Al ver el juego de miradas entre Ander y Julia, su mente voló años atrás, a una pequeña cabaña en las afueras, mucho antes de que el peso de la corona y la guerra lo cambiaran todo.

Recordó la noche en que concibieron a Tristán. No hubo la urgencia desesperada de los encuentros furtivos. Fue una noche de lluvia suave contra el tejado de paja. Krista lo esperaba con una vela encendida, y el aire olía a leña y a la lavanda silvestre que ella siempre colgaba para secar.

Recodó cómo sus dedos se entrelazaron mientras se desnudaban con una lentitud que era casi una oración.

El cuerpo de Krista, bajo la luz temblorosa de la vela, le pareció lo más sagrado que jamás había visto.

Cuando se unieron, no fue un acto de conquista, sino de entrega.

Fue un movimiento rítmico y pausado, como el pulso mismo de la tierra.

Él buscaba sus labios no para silenciarla, sino para beber su aliento, y ella lo rodeaba con sus piernas como queriendo protegerlo del mundo entero.

Hicieron el amor con la certeza de quienes saben que pertenecen al mismo sitio.

En aquel entonces, Krista no era una limpiadora agotada, ni él un traidor perseguido; eran simplemente dos mitades encontrándose en el silencio.

Recordó el momento exacto en que ambos alcanzaron el clímax: un suspiro compartido, un abrazo tan fuerte que parecía que sus huesos iban a fundirse.

—Te quiero, Calen —le había susurrado ella contra el pecho, mientras la lluvia amainaba.

—Y yo a ti, siempre —había respondido él, convencido de que aquel momento duraría eternamente.

Una chispa saltó de la hoguera, devolviéndolo bruscamente al presente. El contraste era doloroso. Se tocó el pecho, donde sentía un vacío que solo la presencia de su esposa podía llenar.

¿Seguirás siendo esa mujer?, se preguntó con temor. ¿O el castillo te habrá robado la luz de los ojos igual que me ha robado a mí la paz?.