CAPÍTULO 4 ¿PODEROSA? #2
La limpiadora se entregó por completo, olvidándose por un instante de los muros del castillo y de las manchas de sangre en el suelo.
Se convirtió en la maestra del placer que Mireia tanto anhelaba.
Krista la agarró por el cabello y tiró con suavidad hacia atrás, obligándola a levantar el rostro para dejar su cuello expuesto.
Sus labios recorrieron la piel de porcelana de la soberana con besos lentos; los suspiros de la reina eran silenciosos y entrecortados.
Las manos de la veterana acariciaron sus hombros sin ninguna prisa y fueron descendiendo hasta los pechos.
No se centró en los pezones de inmediato; se dedicó a rodear sus contornos, rozando apenas las aureolas, notando cómo los músculos de Mireia se tensaban y sus pezones se endurecían al tacto.
Rodeó a su majestad y deslizó sus uñas por su espalda muy suavemente, erizando el vello de todo su cuerpo hasta alcanzar los glúteos.
Los sujetó con firmeza, pero sin hacer daño, solo para separarlos y permitir que el aire de la estancia levantara aquel perfume natural que la reina tanto ansiaba encontrar en las demás.
Krista subió su mano izquierda, rodeándola por detrás hasta alcanzar de nuevo el pecho de la soberana pellizcando suavemente el pezón duro como el granito , mientras la derecha descendía por detrás para explorar su intimidad, recorriendo desde el clítoris hasta el ano con caricias expertas.
La respiración de Mireia se transformó en gemidos de puro gozo.
Krista se había perdido por completo en sus deseos más oscuros.
Besó el cuello de la soberana y lamió su espalda, bajando centímetro a centímetro.
Empujó suavemente el hombro de la reina, sugiriéndole sin palabras que se pusiera a cuatro patas sobre la cama; Mireia obedeció al instante, sin necesidad de órdenes.
Al arquear la espalda, todo se abrió para la limpiadora, quien se dispuso a beber de su majestad.
Empezó por los labios mayores y fue adentrándose con la lengua, recorriendo cada pliegue y recogiendo cada gota de néctar que emanaba de aquella flor.
Luego ascendió y se deleitó en su esfínter, mientras sus dedos jugaban con su clítoris; esta vez, la lengua suplía al puñal.
Entraba rítmicamente, abriendo aquel pequeño y apretado rincón hasta que, al notar por la respiración que la reina estaba en el límite, Krista se detuvo.
—Date la vuelta —ordenó, como si ahora el mando le perteneciera solo a ella.
La reina obedeció sumisa. La veterana acarició sus muslos y abrió sus piernas, dejando a la vista lo que ya no tenía miedo de admitir que deseaba.
Pero en todo juego debe haber placer mutuo; así que, sin pensarlo, Krista se sentó sobre el rostro de la reina, empapándola por completo de flujo y sudor.
Aquel gesto de dominio hizo que Mireia estuviera a punto de alcanzar el primer orgasmo tántrico de su vida.
Cuando la lengua de la reina acarició el clítoris de Krista, esta vio las estrellas.
Hacía mucho tiempo que nadie la tocaba, que estaba sola y privada de placer; pero hoy no sería ese día.
Su cadera se movía rítmicamente, lanzando embestidas contra la lengua de Mireia, que se movía con una soltura profesional.
Los gemidos dejaron de ser ahogados. Krista era quien más gozaba y, a punto de alcanzar el clímax, agachó la cabeza para sumergirse de nuevo en las mieles de la soberana y llegar juntas a la meta.
La reina, recordando el tacto de Krista del día anterior, decidió devolverle el favor.
Humedeció su dedo en el flujo de la limpiadora y rodeó su ano, imitando el juego de papeles cambiados, para introducirlo después poco a poco hasta el fondo.
Logró que Krista estallara en un orgasmo brutal al mismo tiempo que ella.
Ambas cayeron sobre la cama empapadas, sin aliento y exhaustas.
Krista miraba al techo. Su mente, nublada de placer y cansancio, se debatía entre sentimientos encontrados.
Lo he traicionado, pensó. Pero la mano de Mireia le hizo girar la cara hasta establecer contacto visual.
En esos profundos ojos azules había algo que no había visto antes; parecía que la soberana estaba.
.. agradecida. Parecía que esa mirada emitía un sentimiento real.
La reina se acercó y besó a la limpiadora, pero esta vez no hubo pasión; parecía haber cariño, casi amor.
—No me gusta en lo que me he convertido para ti —le dijo Mireia con un hilo de voz—. Aún recuerdo cuando las dos limpiábamos aquí, y me duele haber tenido que cambiar.
—Su majestad, es normal —respondió Krista—. La responsabilidad que conlleva su puesto le tiene que pasar factura y ha de endurecerse; lo entiendo. Además, no ha estado nada mal, ¿no?
—Ha sido maravilloso. Llevaba queriendo hacer esto mucho tiempo, pero no quería obligarte. Pensé que jamás te ofrecerías a ello, y ayer... ayer me hiciste sudar y gemir de placer. Hoy tenías que ser mía.
—Cuando quiera, majestad.
Las dos se fundieron en un abrazo que volvió a encender la llama. Y todo comenzó de nuevo...
Los caballos estaban rendidos. Aunque durante el camino pararon de vez en cuando para beber y descansar, todos tenían la espalda destrozada por el galope y estaban agotados; pero las ganas de llegar imperaban en Calen.
Sabía que su mujer y su hijo estarían pasando un calvario y si la noticia de su traición llegaba a oídos de la reina, sus vidas correrían peligro.
Julia era la que peor lo estaba pasando.
Como la “niña” del grupo, todos se deshacían en halagos y muestras de cariño, viéndola casi como a una hija y peleándose por ofrecerle comodidades.
Todos menos Ander, quien, sin duda, la veía como la mujer que era.
El movimiento del caballo le destrozaba la espalda ya magullada, y él se ofreció a masajearla.
—Tengo un ungüento que puede relajarte. Si quieres te pongo un poco, o te lo doy y te lo pones tú.
—Mi vigilante es tan atento... pero dime, ¿me roncarás al oído?
—Milady, solo ronco para mis invitadas y mis protegidas.
Ahora eres un miembro más del grupo; si quieres ronquidos, te aconsejo a Elías, tiene buenos pulmones.
Julia soltó una pequeña carcajada que iluminó el corazón de Ander. Él la miró con otros ojos, pero como buen caballero, bajó la mirada cuando ella dijo: —Me has relegado... he pasado de ser tu protegida a “una más”. Qué decepción. ¿Quién se dormirá protegiéndome ahora?
Pero en su juego de ataques, Ander era un maestro.
—Para los ronquidos ya te digo que Elías; pero para dormirse durante una vigilancia, nadie mejor que yo.
Siento que ya no la “desvigile”, pero ahora tiene mi daga y es usted capaz de destripar a cualquiera.
—Pues echaré de menos tu cuello torcido, tus ojos cerrados y tus ronquidos de vigilancia.
—No se meta con mis ronquidos, los hice aposta para espantar a los animales salvajes.
Julia explotó en risas, iluminándole la cara.
El resto del grupo notó lo que pasaba y dio un paso atrás, dándoles espacio.
Ander siguió: —¿Te pondrás esto? —¿En la espalda?
—preguntó ella. —Sí, claro. Si te lo pones en los ojos te va a escocer.
—Qué gracioso. Me refiero a que no llego a la espalda y, si es bueno, algo en los hombros no me vendría mal.
—Tú pide, no te cortes. No solo te presto mi daga, mi ungüento y mis ronquidos.
.. ¿también quieres mis manos? —Calla y trabaja —dijo ella finalmente, dándole la espalda y bajándose la camisa que le había prestado Hugo por la mañana.
Ander se giró instintivamente. Ella volvió la cabeza cubriéndose los pechos con el brazo. —¿Mi valiente soldado se ruboriza? Por desgracia, creo que me has visto enteramente desnuda; andar a estas alturas con miramientos es harto inútil.
Ander se volvió con el dolor del recuerdo de verla en esa situación, pero intentó cambiar de tema y dejarlo pasar, haciendo un esfuerzo por mirarla a los ojos. —Mira, ¿que te lo pones tú, eh?
Ella volvió a sonreír y se giró dándole la espalda. Lo que vio Ander le hizo hervir la sangre: la espalda entera era un moretón enorme y varios cortes asomaban aquí y allá. Pensó que, de haber estado él en esa situación, no habría podido cabalgar todo el día como hizo ella.
El grupo, aunque retirado, estaba lo suficientemente cerca para observar, aunque nadie lo hizo hasta que Silas señaló la espalda de Julia.
.. Todos se giraron y, al ver el horror que tuvo que soportar la joven, sus rostros cambiaron.
Sintieron un odio profundo por lo que eran, por lo que representaban y por lo que habían permitido en el pasado.
Primero uno y luego el resto fueron despojándose de cada placa o prenda que tuviera el escudo real en sus vestiduras; uno tras otro, las arrojaron al fuego.
Ander pensó que le haría falta más ungüento. —Milady, esto te va a escocer y no quiero hacerte daño bajo ningún concepto.
El tono de ella cambió; la ironía y el sarcasmo habían quedado de lado. —Gracias por preocuparte, pero aguantaré.
El soldado mojó una de sus camisas en agua y limpió las heridas con ternura, con un roce tan suave que erizó el vello de la joven.
Soplaba las heridas cuando ella emitía un quejido de dolor y luego restregó con sumo cuidado el ungüento por los hombros y la espalda, intentando esquivar las llagas aún abiertas.
Los quejidos de ella cambiaron de tonalidad.
La tropa entera quedó hipnotizada con el masaje de Ander.
Incluso Calen le miraba con cara dubitativa.
¿Quién es este tipo?, pensó. Fue Grégor quien dijo, en voz lo suficientemente alta para que lo oyera Julia: —Un día me pasó algo parecido en una refriega y Ander me untó ese ungüento suyo.
.. pero lo hizo de otra forma. Digamos que me arrancaba las costras de lo mucho que frotaba.