CAPÍTULO 4 ¿PODEROSA?
El día amaneció soleado. Como de costumbre, la madre se levantó, se aseó, se vistió y salió.
La noche no había sido buena, pero sacó fuerzas para cumplir con su rutina.
Fue al mercado y esta vez compró algo de pan y carne ahumada de caballo; hoy tocarían bocadillos.
Al volver a casa, Tristán aún dormía. —Buenos días, mi amor —dijo ella, pero el niño se levantó como un resorte.
—¡Las trampas! —saltó de la cama vistiéndose a toda prisa.
—Buenos días, mamá. ¿Has pasado toda la noche pensando en ellas?
—Sí, mamá. ¿Me acompañas a verlas? —Pues mira por dónde, hoy tengo un poco de tiempo.
Caminaron raudos por las calles de la aldea exterior del castillo, cruzando el mercado con su característica mezcla de olores, y llegaron al río. —Ssshhhh, mamá, no hagas ruido. No quiero que nadie sepa dónde pesco —susurró Tristán, intentando ocultarse de cualquier curioso. —Por aquí.
Ella lo siguió hasta su escondite. Allí estaban las trampas: ramas entretejidas formando un doble embudo.
Tristán había usado caracoles como cebo.
La primera que sacó tenía premio: una trucha de tamaño medio se había quedado atrapada entre los juncos.
La alegría desbordó el rostro del niño. —¡Lo conseguí, mamá! ¿Lo ves? ¡Te lo dije!
Krista no cabía en sí de orgullo, pero la segunda trampa resultó pequeña para lo que contenía: la cola de una trucha enorme asomaba por el extremo.
—Esa es impresionante —dijo la madre—. Hoy comeremos pescado, pero ahora he de irme a trabajar.
Llevemos las piezas a casa y nos despedimos allí, ¿vale?
Regresaron a la cabaña y Krista limpió rápidamente el pescado antes de marchar. —Te quiero. Ya sabes: primero el bacín, luego a jugar. —Hasta la tarde, mamá. Te quiero.
Tras despedirse de su hijo con un beso, caminó hacia la puerta del castillo esperando encontrar a Lidia, pero el sol seguía subiendo y su amiga no aparecía, así que entró sola.
Limpió las alcobas inferiores y, por algún motivo, todas estaban vacías; parecía que nadie hubiera dormido allí.
Los baldes tenían agua limpia, las letrinas estaban vacías y las camas hechas.
Krista pensó: Lidia ha querido ganarse el favor de la reina o dejarme mal a mí.
Le sentó fatal lo de ayer... a ver cómo le explico que no tuve otra opción.
Subió las escaleras. Allí estaban los guardias, pero el tipo sobón no estaba en su puesto. La limpiadora llamó a la puerta y esperó. —Adelante.
Abrió esperando otro espectáculo sexual, pero lo que vio le congeló la sangre.
Lidia estaba en el suelo, frotando la piedra, pero lo que intentaba limpiar era sangre.
El cuerpo del guardia acosador yacía a su lado desnudo y degollado; la reina sujetaba aún la daga ensangrentada.
Como quien ve llover, Krista reaccionó mecánicamente: —Buenos días, majestad.
Se arrodilló al lado de Lidia y comenzó a frotar la sangre. La reina, sin alteración alguna, contestó: —Buenos días, Krista. ¿Sabes? Hoy he soñado contigo. Ayer lo pasé muy bien; habrá que repetirlo. —Como guste, mi señora.
Cuando el balde de agua donde enjuagaban sus propios harapos se llenó de un rojo espeso, Lidia habló: —Voy a cambiar el agua. —Espera —dijo Krista—. Aprovecho y vacío el bacín.
Se levantó y fue directa al baño para sacar el cubo, que estaba bastante usado.
Bajó junto a Lidia hasta la zona de los vertederos.
Cuando estuvieron solas, Lidia rompió a llorar.
—Perdóname —sollozó—. Hoy vine pronto para estar con Mireia.
Incluso le hice una mamada a sir Eduard.
.. repetí todo como el primer día. Pero cuando subí y llamé, quien me dio el paso fue el guardia.
Se estaba follando a Mireia y a ella eso le molestó.
Le gritó: ¿Quién eres tú para autorizar la entrada de nadie a mis aposentos?
. El soldado mientras la penetraba se vio con la confianza de responderle: Vamos, Mireia, quiero que me la chu.
... Lo siguiente fue que ella le cortó el cuello con el puñal de ayer.
La sangre saltó por todas partes y él... él...
Krista abrazó a Lidia. —Tranquila. Pero ya lo sabes: ten cuidado con la reina.
Si se le cruzan los cables, te cortará el cuello a ti también.
¿Por qué crees que ayer hice lo que hice?
Lidia la miró a los ojos. —Pues juraría que ayer disfrutaste jugando con Mireia.
Te vi... tenías una expresión de llevarla por donde querías que hasta me dieron ganas de jugar contigo.
—No te confundas, Lidia. Puedo ser muy convincente y complaciente con la reina, pero lo que me mueve es el miedo, no el placer.
O eso creo, pensó Krista con una punzada de duda.
Recordó el día anterior y se dio cuenta de que sí se había sentido poderosa.
Y era verdad que, tras aquel primer orgasmo escandaloso de Mireia, ella no pudo parar y buscó un segundo y un tercero.
.. Fue para dejarla exhausta y que nos dejara en paz. .. ¿o no?.
Subieron con el balde lleno de agua limpia y el recipiente del orinal vacío. En la puerta solo quedaba un soldado custodiando la entrada; llamaron y la voz de la reina resonó desde el interior: —Adelante.
Al abrir, la sangre seguía allí, extendiéndose sobre las losas de piedra, pero el cadáver del guardia ya no estaba. Como si no le diera importancia al rastro de muerte, Lidia se arrodilló y comenzó a frotar, mientras Krista iba al baño a colocar el cubo del orinal en su sitio.
—Deberías aprender de ella —le dijo la reina a Lidia, refiriéndose a Krista—. Ayer lo hizo excepcionalmente bien. De verdad, calaste hondo en mí.
Krista salió del baño y miró a Lidia, quien le devolvió una mirada cargada de recelo. Toda la complicidad de la conversación que habían tenido junto al vertedero se había esfumado de su cabeza; ahora solo quedaban los celos.
—Solo hice lo que pude, mi señora —respondió Krista con cautela. —Pues quizá deberías darle clases a Lidia.
La joven que limpiaba el suelo levantó la vista hacia Krista.
Ya no eran celos lo que brillaba en sus ojos, sino un odio puro y gélido.
—Me temo, mi señora, que hay que estar receptiva para disfrutar —intervino Krista intentando desviar la atención—.
Ayer creo que su majestad lo estaba; yo solo cumplí con lo que se me ordenó.
La reina se acercó a Krista y le sujetó la cara con fuerza, obligándola a mirarla de cerca.
—No me mientas nunca. Ayer te pedí que me follaras con el puñal, casi te lo supliqué.
Eso no se lo digo a cualquiera, y tu negativa a cumplir esa orden tan simple fue lo que hizo que.
.. Dios, me estremezco solo de recordarlo.
Si no me hubieras hecho llegar al clímax varias veces, me lo habría tomado muy mal.
Me dejaste con ganas porque tenías algo mejor preparado para mí, y me gustan las sorpresas.
Eso, y lo que me hacías... aún recuerdo tu dedo en mi trasero.
—Majestad, por favor... dejadme recoger la sangre antes de que atraiga a los gusanos.
La reina la retuvo y su expresión cambió.
Krista agradeció que, al menos, Mireia no tuviera el puñal en la mano en ese momento.
—¿Te gustó hacerme esas cosas? —preguntó la reina en un susurro.
—Mi señora... —Responde —ordenó Mireia soltándole la cara y acercándose a su cuello para olerlo—.
¿Qué te gustó más? ¿Hacerme sufrir? ¿Hacerme suplicar que me metieras el mango del puñal?
¿Cuando me corrí la primera vez, o las siguientes? ¿O fue cuando te mojé con mi orina?
La mano de la reina descendió con decisión hacia la entrepierna de Krista. Para su sorpresa, la “leña” ya no estaba seca. El camino se había abierto; estaba suave, húmedo y caliente.
—Lidia, ¿has acabado ya? He de hablar a solas con Krista.
Lidia casi escupió las palabras al responder: —Sí, mi señora. Se levantó y salió de la alcoba sin mirar atrás.
La cabeza de Krista daba vueltas. ¿Qué me pasa?, pensaba aterrada. ¿Es que la deseo? No, Calen... yo le quiero a él. Pero, en ese instante, los dedos de la reina penetraron su intimidad y un gemido, silencioso y suave, escapó de sus labios contra su voluntad.
La puerta se cerró tras Lidia, dejando un silencio denso, solo roto por la respiración agitada de ambas mujeres.
La reina no retiró su mano; al contrario, sus dedos se movieron con una pericia que delataba su pasado, cuando no era una soberana, sino una mujer que conocía cada rincón de su propio cuerpo y el de las demás.
—Mírame, Krista —susurró Mireia, pegando sus labios a la oreja de la limpiadora—. Tu cuerpo no sabe mentir. Tu boca dice no, pero aquí abajo... aquí abajo me estás llamando.
Krista cerró los ojos con fuerza, intentando visualizar el rostro de Calen, pero el calor que emanaba de la reina y la humedad que la traicionaba eran más fuertes que cualquier recuerdo.
La seducción de Mireia no era solo física; era la fuerza de una voluntad que no aceptaba un no por respuesta.
La reina comenzó a desatar los nudos del vestido de Krista con una lentitud tortuosa, dejando que el aire frío de la alcoba erizara la piel de la veterana.
—Enséñame —ordenó Mireia, guiando la mano de Krista hacia su propio cuerpo—. Enséñame dónde se esconden tus fuentes del placer. No quiero que me obedezcas... quiero que me desees.
Ese fue el punto de quiebre. Krista, abrumada por la tensión de tantos días de miedo y represión, dejó escapar un sollozo que se transformó en un suspiro de rendición.
Abrió las piernas, permitiendo que la reina explorara sin obstáculos, y por primera vez, fue ella quien buscó los labios de Mireia.
Fue un beso hambriento, desesperado, donde el asco se mezcló con una pasión prohibida.