A SUS PIES CAPÍTULO 3 JULIA #4
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CAPÍTULO 3 JULIA #4

Un murmullo de sorpresa y temor recorrió la formación. Los dos espías restantes se tensaron, dando un paso al frente.

—Ander se ha quedado siguiendo el rastro de esos asesinos —continuó Calen, señalando hacia el norte—. Se dirigen a Frainord. ¡No voy a permitir que esa chusma llegue a las puertas de la capital! ¡Voy a darles caza ahora mismo!

Hizo una pausa dramática, mirando a sus veteranos.

—¡Bastian, Cédric! Vosotros y ocho hombres más.

¡Montad ahora! —Luego, clavó la vista en los dos informadores de la reina—.

Y vosotros dos... venid aquí. Ninguno de mis hombres tiene vuestro entrenamiento para el rastreo.

Necesito que identifiquéis quiénes son esos rebeldes y cómo mataron a vuestro compañero antes de que los pasemos a todos por el filo. ¿A qué esperáis? ¡A los caballos!

Los trece hombres salieron raudos en dirección norte.

Cabalgaron a toda prisa hacia el punto donde Ander esperaba con Julia; pero antes de llegar, Calen ordenó reducir el paso.

A cincuenta metros del objetivo, descabalgaron todos con la excusa de no alertar a los rebeldes.

La incomodidad de los ocho leales a Calen se palpaba en el aire; odiaban la idea de masacrar a campesinos armados solo con palos y piedras.

Por el contrario, los dos espías irradiaban la furia gélida de quien está acostumbrado a apuñalar por la espalda.

Solo tres hombres conocían el verdadero propósito de la marcha: Bastian, Cédric y el propio Calen.

—Aquí nos separamos —dijo Calen, apartando unas ramas—. Es vuestro turno.

Se dirigió a los espías, quienes desenvainaron sus dagas con destreza y se adentraron en la espesura con pasos de gato.

Mientras tanto, Ander y Julia habían pasado una noche difícil.

Ella no se fiaba de nadie que portara el escudo de la reina en su armadura, a pesar de que él la había tratado con el mayor de los respetos.

Ander incluso le había entregado su propia daga para ganarse su confianza, enseñándole cómo ocultarla y dónde apuñalar si era necesario.

Cuando el cansancio y el dolor sumieron finalmente a Julia en un sueño profundo, Ander quiso arroparla; pero en el último momento se detuvo.

Como intente cubrirla, tenga una pesadilla y me clave la daga en el corazón, la hemos liado, pensó.

Al amanecer, fue Julia quien despertó a Ander.

Él había intentado hacer guardia sentado apoyado en un árbol, pero el agotamiento le venció y cayó en un sueño profundo.

Ella lo despertó con “cariño”... una patada en el muslo que lo hizo dar un salto hacia atrás mientras buscaba instintivamente la daga que ya no tenía.

—Ah, mi valiente guardián —dijo ella con sarcasmo—. Me siento protegida por ti; apenas roncabas un poco. —Mi dama, es la postura —respondió Ander, lejos de avergonzarse—. Si hubiera dormido tumbado, los ronquidos habrían sido mucho peores.

Aquello logró arrancar una pequeña sonrisa a Julia, justo antes de que el sonido de los cascos de los caballos los pusiera en alerta.

El plan que habían trazado era sencillo: lanzarían piedras pequeñas contra el grupo de Calen para simular un ataque rebelde.

Ambos habían preparado montoncitos de proyectiles en distintos puntos para que pareciera que los ataques venían de varias direcciones.

En el bosque, los espías apartaron la maleza y levantaron una mano; los demás se congelaron al instante.

Señalaron una dirección y todos desenvainaron sus armas, aunque ocho de ellos lo hicieron a regañadientes.

En cuanto los espías se adelantaron para dar caza a su presa, Calen miró a Bastian.

Como si lo hubieran ensayado mil veces, ambos atacaron a la vez y sin compasión.

Clavaron sus espadas en las columnas de los informadores, matándolos en el acto y dejando helada la sangre de los otros ocho soldados.

Justo en ese instante, una piedra golpeó a Calen en la ceja, abriéndole un pequeño corte.

—¡Quietos, ya está hecho! —gritó el capitán—.

¡Ander, ¿has sido tú?! Ander salió de entre la maleza señalando a la joven.

—No, mi capitán. Ha sido Julia. —¡Pero qué dices!

—exclamó ella con fingida inocencia—. ¡Si yo ni siquiera he lanzado ninguna piedra apuntando al capitán del ejército que nos lo ha robado todo!

Calen se acercó a ella mientras se limpiaba la sangre de la frente. —Vale, lo siento. Me lo merezco. Hemos de hacer las presentaciones y partir cuanto antes.

Fue Grégor, envainando su maza con gesto confuso, quien rompió el silencio del grupo: —¿Alguien podría decirnos, o al menos a mí, qué demonios acaba de pasar?

Calen se volvió hacia sus hombres, con la sangre todavía goteando de su ceja.

—A ver... encontramos al espía que faltaba maltratando a Julia, y lo maté.

Eso va a provocar que mi mujer y mi hijo dejen de estar seguros.

Mi intención es sacarlos de Frainord; es muy sencillo: escabullirnos, sacarlos sin ser vistos y luego huir de la reina de mierda que tenemos.

Mi plan termina conmigo abrazando a Krista y a Tristán.

Después de eso, no tengo más planes. Así que ahora sois libres: podéis desafiarme, podéis uniros a mi lucha o podéis quedaros aquí durante los tres días que tardaremos en llegar a Frainord.

Si alguien quiere volver a Magnord, lamentablemente no puedo permitirlo, ya que daría la alarma. Decidid vosotros.

—¿Y por qué cuando recojáis a vuestra familia no os venís conmigo?

La voz de Julia hizo que todas las miradas se fijaran en ella. Envuelta en una manta y jirones de tela, con el rostro amoratado. Su presencia irradiaba valentía y decisión.

—¿Contigo a dónde? —preguntó Ander dubitativo. —Quizás he hablado demasiado rápido pero... hay un lugar que, si a vuestros hombres no les da por montarse en un barco, estará fuera de la vista de la reina. Pero buscad otras ropas, porque no quiero volver a ver ese escudo en mi vida.

Grégor y Silas se miraron y luego se volvieron hacia el capitán. —Cuenta conmigo —dijeron al unísono.

Uno tras otro, asqueados de lo que se habían visto obligados a hacer por la Corona, se fueron uniendo.

—¿Y tú? —preguntó Calen a Ander. —Mira, mi capitán.

.. no sé si llamarte así o simplemente idiota —respondió Ander con un bufido—.

Tristán es para mí como un sobrino al que no veo desde hace el mismo tiempo que tú.

Me mata no saber de él, así que a ti te debe de estar volviendo loco para hacerme esa pregunta.

Hugo sacó una muda de su saca y se la entregó a Julia. —Espero que te sirva —dijo, observando los moretones que ya empezaban a verdear en su rostro, horrorizado por lo que la joven había tenido que soportar.

Ander se volvió hacia ella: —Ve detrás de los árboles y vístete. Ten cuidado con la daga, ya sabes cómo y dónde ponerla. Después, tienes dos caballos para elegir.

Julia se alejó de la vista de los soldados, quienes, por cortesía militar, le dieron la espalda. Calen, con la mirada fija en el horizonte, preguntó en voz baja: —¿La has armado?

Ander estaba agachado, tratando de liberar la daga de la mano agarrotada del espía muerto a sus pies. —Pensé que eso le daría confianza; que supiera que, si me propasaba con ella, tendría con qué defenderse. Pero no ha hecho falta; ha dormido toda la noche mientras yo la vigilaba.

—¿Que tú me has vigilado? —replicó Julia, apareciendo ya vestida y con la manta que la cubría antes en la mano.

Como única respuesta, Ander se puso en pie y preguntó: —¿Nos vamos?

Cuando Krista llegó a su casa, encontró a su hijo acostado, tal como era costumbre; los platos estaban limpios y la estancia recogida.

Intentó no hacer ruido mientras sacaba una muda limpia del arca de roble del cuarto, pues sus ropas empezaban a acartonarse por la cantidad de fluidos que acumulaban.

Se dirigió al río. En su casa siempre había un balde de agua para asearse, pero hoy se sentía tremendamente sucia; de haber podido, se habría lavado hasta la parte interna de la piel.

Aún le resonaban en la cabeza los gemidos de Mireia y Lidia, y le parecía percibir aquel olor almizclado en cada poro.

Tenía las manos hinchadas de tanto contacto con el flujo de Mireia; además, aunque la reina los había echado a todos al alcanzar el clímax, luego la había hecho volver para cambiar las sábanas y el colchón.

Lo había hecho con la ayuda de Lidia, quien se mantuvo el resto de la jornada en un silencio absoluto, contestando solo con monosílabos.

Al llegar a la orilla, se aseguró de estar en un lugar solitario.

Dejó la muda a un lado y se metió en el agua con ropa y todo.

Empezó frotando con furia la tela del vestido hasta que las manos empezaron a dolerle.

Luego, usando la propia tela, frotó su piel por todos lados.

Jamás se había sentido así. El olor de la reina parecía haberse instalado en su cerebro, y la sensación de poder que experimentó por unos instantes, cuando tuvo el mando de la situación, volvía a su mente una y otra vez recordándole los orgasmos de su reina haciéndola estremecerse y acalorarse.

No, no quiero recordar ese momento. Olvídalo, Krista. Calen, ¿dónde estás? Estoy perdiendo la cabeza, pensó para sí mientras se restregaba más allá del dolor.

Cuando salió del río, el cuerpo le escocía, pero la sensación de impureza seguía grabada en su memoria.

Se cambió de ropa mientras dudaba entre lavar su vestido de trabajo o echarlo directamente al fuego; pero no tenía muchas prendas y no podía permitirse perder una.

Lo escurrió cuanto pudo y regresó a casa.

Para entonces, Tristán ya se había despertado. —Mamá, es tarde, ¿no? ¿Mucho trabajo hoy? —Sí, mi amor, pero mamá puede con todo —dijo, abrazándolo con fuerza y rezando para que el niño no notara ningún rastro extraño en ella.

Cenaron juntos mientras él le contaba sus aventuras del día.

Esta vez había fabricado trampas para pescar y mañana iría a ver si había caído algo.

Krista pensaba que, para tener solo seis años, sus ideas eran brillantes; siempre parecían destinadas al éxito, aunque todavía no hubiera pescado nada.

Tristán le explicó con entusiasmo el funcionamiento de las trampas y por qué esta vez sería diferente: —Es que los peces entran, mamá, pero no hay nada que los retenga y vuelven a salirse.

Por eso he puesto unas ramas en forma de embudo.

Terminaron de cenar y ambos fueron a lavar los platos.

Tristán, emocionado con su nueva trampa, no paraba de hablar de ella.

Luego regresaron a la cama y se acostaron.

—Buenas noches, mi niño. Te quiero —le dijo Krista.

Le dio un beso y se dispusieron a dormir; pero aunque el pequeño cayó rendido, Krista dio mil vueltas.

Le atormentaba lo que bullía en su cabeza y sentía verdadero pavor ante la llegada de la mañana.