A SUS PIES CAPÍTULO 3 JULIA #3
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CAPÍTULO 3 JULIA #3

La limpiadora obedeció sumisa, manteniendo la vista en el suelo para evitar la imagen de su amiga Lidia, quien parecía disfrutar de tal humillación y estaba tan entregada a los designios de la reina que se habría ofrecido a todo el castillo si ella se lo hubiera pedido.

—Límpiame —ordenó la reina.

Krista tomó un trozo de su propio vestido, aprovechando la parte que aún estaba húmeda para limpiar lo que el soldado había derramado sobre el vientre de la soberana.

Mireia la miraba fijamente a los ojos mientras gemía por lo que Lidia le seguía haciendo.

—¿No echas de menos a Calen? ¿No querrías tener un momento con nosotros?

—No, mi señora. Las ganas de tener a mi marido me ayudan a desearle con más fuerza para el día que regrese.

La mirada de Mireia se tornó sombría. —Pero eso no te impide proporcionarme placer a mí. Toma —dijo entregándole el puñal, que ya estaba pegajoso por la mezcla de fluidos de ambas mujeres—. Métemelo y haz que llegue al clímax. Aplícate bien, o si no...

Krista agarró el puñal y por su mente pasó la idea de desenfundarlo y degollar a aquella mujer, pero sabía que tanto Lidia como el soldado intervendrían de inmediato. Se sentó en la cama al lado de ella. Lidia interrumpió su labor: —Majestad, yo puedo hacerlo...

¡Plaf! La reina propinó un bofetón a Lidia en plena cara. —¡Tú te callas! Se lo he ordenado a Krista, ¿entendido?

Lidia bajó la cabeza y dio un paso atrás.

Krista se acercó y con una mano apartó los labios internos de la reina.

Cuanto mejor lo hagas, menos durará esto, se dijo.

No usó el puñal de inmediato; se limitó a acariciar con los dedos aquel pequeño montículo de placer hasta que sus dedos quedaron empapados en un flujo resbaladizo y caliente, recordando cómo Calen lo hacía con ella.

Luego agachó la cabeza y sopló muy suavemente sobre él.

La reina se retorció. —Más... métemelo hasta el fondo.

Fue entonces cuando Krista se empoderó, teniendo en sus manos el placer de la soberana. —Ssshhhh, poco a poco, majestad —susurró.

Dejó el puñal sobre la cama y usó ambas manos; una a cada lado de la fuente de placer, apartando el vello mojado y apelmazado por restos de flujo y saliva, masajeando suavemente los labios que rodeaban un clítoris hinchado y palpitante.

Se acercaba sin tocarla, solo para susurrarle al vello púbico: —Ahora te toca sudar. Es tu momento de aguantar.

La reina, muda, solo podía retorcerse. Deseaba explotar y, al mismo tiempo, que aquello no acabara nunca.

Krista humedeció sus dedos, pero no fueron hacia donde antes estuvo Lidia.

Con una dulzura y suavidad solo comparadas con las de Calen, acarició el ano de la reina mientras su otra mano buscaba el puñal.

Cuando notó por la respiración de Mireia que ya no podía más, apoyó el mango sobre la entrada, pero no lo introdujo.

Ahora mandaba ella; daba igual lo que la reina pidiera u ordenara, Krista tenía el control.

Mireia suplicaba: —Métemelo, vamos... mételo hasta el fondo.

Pero Krista la miraba a los ojos con paciencia y suavidad.

Solo cuando la punta del puñal entró, dejó de acariciar para introducir la punta de su dedo en el ano, provocando que la reina estallara en un orgasmo contenido durante demasiado tiempo.

Fue tan brutal que se contorsionó, y su grito se oyó más allá de los muros del castillo.

Krista bombeaba el puñal rítmicamente salpicando las sabanas con el fluido del placer real; no buscaba un solo orgasmo.

La reina repitió el éxtasis, incluso orinándose de gusto sobre la cama, hasta quedar exhausta y sin aliento.

—Fuera todos —dijo Mireia sofocada con la respiración entrecortada, mirando a Krista con incredulidad en sus ojos.

Krista asintió pensando: ¿no querías olor? Pues este te durará un par de días, pero al girarse se topó con la mirada de Lidia. En sus ojos ya no reconoció a una amiga; solo vio una furia asesina.

Calen despertó con la primera luz de la mañana.

Salió de su cabaña y, con paso firme, dio las instrucciones necesarias para hacer llamar a Bastian y Cédric a su estancia.

Regresó al interior y esperó en silencio.

Al cabo de pocos minutos, aparecieron. El capitán les indicó con un gesto que se sentaran a la mesa y, cuando estuvieron cerca, su tono descendió hasta convertirse en un susurro cargado de veneno fingido:

—Ander está siguiendo a un grupo de rebeldes en dirección a Frainord. Las órdenes son claras: hemos de masacrar a esa lacra, a esa inmunda y pestilente gentuza. Para ello, necesito diez hombres.

Tanto Bastian como Cédric se miraron con el ceño fruncido, desconcertados por la frialdad de su superior. Fue Bastian quien se atrevió a romper el silencio:

—Con el debido respeto, mi señor... esa “inmundicia” no son más que aldeanos, campesinos que no hacían nada hasta que les robamos sus tierras. No comprendo por qué usted, precisamente usted, se refiere a ellos de esa forma.

Calen dio un golpe seco en la mesa que hizo saltar el polvo de la madera.

—¡Son órdenes de la reina! ¿Acaso deseáis desobedecerla?

Cédric se levantó de golpe y su mano se posó instintivamente sobre el pomo de su espada. Su mirada era puro desafío.

—Mi señor, no sé qué pensará Bastian, pero hablo por mí mismo: sí, estoy harto de esa maldita arpía.

Si tengo que morir, estaré encantado de batirme con usted si es necesario, pero no masacraré más aldeas.

No seguiré viendo cómo esos que se hacen llamar soldados, esos que se hacen llamar compañeros, violan a niñas inocentes y les arrebatan la vida a sus padres y hermanos.

Será un honor morir bajo su filo, mi capitán, pero mi conciencia no aguantará una carga más.

Bastian se puso en pie a su lado, secundando a su compañero con la misma firmeza:

—Yo pienso exactamente igual.

Fue entonces cuando la rigidez de Calen se quebró y una sonrisa amarga, pero sincera, asomó a sus labios.

—Y yo —confesó, relajando la postura—. Y esto ha de acabar ya.

Pero mi familia está retenida en Frainord, y antes de que les pase nada a ellos, quemaría este mundo con todos sus habitantes si hiciera falta.

Escuchadme bien: Ander no persigue a ningún grupo.

Ayer matamos a uno de los espías de la reina para salvar a una pobre chica que estaba siendo torturada por ese engendro.

Necesitamos hombres, pero hombres de confianza. Sentaos... os contaré el plan.

Calen les detalló los planes que Ander y él habían urdido, y repasaron juntos la lista de los otros elegidos: Elías, Marcus, Gedeón, Hugo, Cónrad, Lucas, Grégor y Silas. Bastian escuchó con atención y comentó en un susurro:

—El problema siguen siendo los espías de la reina.

Sabemos de tres, pero sin duda habrá más.

—Quedan dos —respondió el capitán con frialdad—.

Pero para esos ya tengo planes: nos los llevaremos con nosotros.

Así, los que se queden aquí confiarán en que estamos vigilados.

Hay que difundir la noticia de los “asquerosos rebeldes” y reunir al grupo.

Esta vez fue Cédric quien intervino: —Mi capitán, con todo respeto.

.. no. Lo que más me llamó la atención fue que usted hablara en esos términos de los campesinos.

Sus dotes de interpretación dejan mucho que desear.

Cuando hable ante la tropa, hágalo desde el sentimiento; diga lo que siente, simplemente no diga lo que hará en realidad.

Diga que usted y Ander han visto a unos campesinos y al espía muertos y que usted, lo ha enviado a seguir las huellas mientras venia a por apoyo.

Diga que iban en dirección a Frainord y que habrá que cabalgar duro para no perderlos.

Añada que necesitaremos a espías de verdad, ya que ninguno de nosotros lo es; así se unirán los dos que quedan.

Sin duda preguntarán por el tercero, pero diremos que hay que darse prisa para alcanzarlos.

Esa barbarie nos vendrá bien. Dirá que, entre los cadáveres de los campesinos, ha visto el cuerpo del espía.

Por cierto, ¿cómo se llamaba? —Ni idea..

. ¿Espía de la Arpía? —improvisó Calen con amargura.

Bastian soltó una carcajada seca. Cédric continuó con el plan: —Bien, entonces tendrá que dar una alarma, pero una que no llame la atención de Frainord.

Nosotros reclutaremos a la gente, nos pondremos juntos y usted pedirá a diez hombres para cubrirle.

«Vosotros mismos», dirá señalándonos. Pero luego añadirá: «necesitaré espías para saber cuántos son y cosas así».

Así haremos que esos dos bastardos se unan a nosotros, porque señor…

aunque el grupo que ha elegido es bueno, del resto no me fio.

—Ni yo —apostilló Bastian. —Ni yo —concluyó Calen, sellando el pacto con la mirada.

Bastian y Cédric salieron a buscar a los suyos, Calen les dio un rato largo, y salió de la cabaña con el rostro demudado, fingiendo una agitación que solo el pensamiento en su familia hacía real.

Se detuvo en el centro del campamento y, con un grito que cortó el aire de la mañana, ordenó que tocaran la campana de asamblea.

Los soldados, aún desperezándose o limpiando sus cueras, se arremolinaron alrededor de su capitán.

Entre la multitud, Calen localizó a los otros ocho leales, que ya intercambiaban miradas rápidas con Bastian y Cédric.

Pero sus ojos buscaron, sobre todo, a los dos hombres que quedaban del servicio de inteligencia de la reina: tipos delgados, de mirada esquiva y manos siempre cerca de sus dagas.

—¡Escuchadme! —bramó Calen, dejando que la rabia por lo que había visto en el bosque fluyera libremente—. ¡Se ha acabado la paciencia! Ander y yo hemos hallado una masacre cerca de la costa. Campesinos degollados... y entre ellos, uno de los nuestros. ¡Han matado a uno de los espías de la reina!