CAPÍTULO 3 JULIA #2
Los dos desayunaron algo de pan duro de hace tres días y agua. La leche escaseaba y o estaba carísima o le pertenecía a la reina, así que, desde que su padre se fue, el agua había sido suficiente para él.
Por un momento, Krista pensó en Lidia. ¿Habría pasado la noche en el castillo entre sábanas de seda?
Bueno, en breve lo sabría. Se despidió de su hijo con un fuerte abrazo y un beso, repasó las tareas para que no se le olvidase nada y salió hacia el castillo.
Ya en la puerta, Lidia estaba esperándola.
—Lidia.
—Krista.
—Que no es por meterme, pero ayer...
Lidia se ruborizó.
—Fue especial. Creo que estoy enamorada.
—¿De la reina?
—Sí. Tuvimos un momento precioso y unos orgasmos brutales.
—Lidia, que yo no sé, pero creo que no te deberías hacer ilusiones. —La voz de Krista tenía un tono más preocupado de lo habitual.
—Ya lo sé —contestó Lidia—. Ella es la reina y yo... limpio su mierda.
Como cada mañana, empezaron por las alcobas inferiores donde, cómo no, en una de ellas Eduard se despertaba. Como cada día, estaba totalmente empalmado, pero esta vez se limitó a manosearse él solo mientras miraba a Lidia y a Krista.
—Buenos días, mis bellas damas —dijo con un escalofrío, sin duda masturbándose bajo las sábanas.
Krista agradeció no ver lo que había debajo de ellas, pero el pudor repentino de Sir Eduard la dejó preocupada. Sin embargo, cuando salieron a vaciar el orinal, fue Lidia quien habló:
—¿Has visto a Eduard? Eso es porque la reina habrá hablado con él; seguro que quiere que solo ella sea quien me ponga la mano encima.
—Lidia, por favor, ¿recuerdas? Ilusiones no. Ella es la reina, y no una reina cualquiera.
—Pero tú misma lo dijiste, antes era limpiadora como nosotras, ¿no?
—Sí, ¿y qué? Se casó con el rey y luego el rey enfermó y murió. ¿Qué crees que pasará contigo? ¿Se casará contigo y tendremos dos reinas? Lidia, por favor, espabila.
Lidia bajó la cabeza entristecida por el golpe de realidad, pero siguieron con sus tareas. Cuando llegaron a los aposentos de la reina, el guardia sobón se dirigió otra vez a Krista, pero esta vez antes de llamar.
—Tú y yo tenemos que hablar a solas —dijo tocándole los pechos con descaro a manos llenas.
—Mejor que no —dijo ella apartando la mano—. Cuando vuelva mi marido, me encargaré de que sepa quién me ha tratado bien y quién no.
El guardia le apretó tanto la mano que la hizo gritar. La acercó y su otra mano intentó entrar bajo su falda, llegando incluso a palpar su entrepierna, hasta que... toc, toc, toc. Esta vez fue Lidia quien llamó a la puerta.
—Adelante —se oyó detrás de ella.
El guardia, como teletransportado, se volvió a su puesto, inmóvil como si no hubiera roto un plato en su vida. Lidia había llamado, pero no le correspondía abrir la puerta a ella, así que Krista se puso bien el vestido y abrió.
—Buenos días, majes... tad.
La reina estaba de pie, desnuda y con un puñal en su mano. Lidia la miró, sonrió y le dijo:
—Buenos días, majestad. —Pero el tono contenía más confianza. Cerró la puerta y se giró.
—Quietas —ordenó la reina.
Las dos mujeres se quedaron inmóviles y preocupadas. El puñal estaba enfundado, pero aún así la reina no era conocida por sus bromas, sino más bien por su crueldad. Tan desnuda como cuando vino al mundo, la reina se acercó a las dos mujeres.
—¡Quitaos la ropa, toda!
A Lidia le faltó tiempo; antes de que la reina acabara la última palabra, su cuerpo ya lucía con todo el vello erizado. Krista estaba dudando la orden cuando Mireia se le acercó:
—¿No me has oído?
La veterana dejó caer su vestido, quedándose desnuda. La reina cogió el puñal por la funda de la hoja y frotó el mango por la entrepierna de esta; luego se lo acercó a la nariz, aunque Krista era una mujer bastante aseada y esa escenita le había cortado hasta las ganas de respirar.
—No hueles a nada, estás seca —le dijo la reina.
Luego se fue hacia Lidia, la cual, en cuanto se acercó la reina, abrió un poco las piernas.
Casi no le hizo falta ni el mango del puñal, ya que el flujo ya corría por su pierna, así que la reina usó los dedos para palpar y recoger lo que había allí y se los llevó a la nariz.
Krista pensó: Joder con la reina y sus fetiches olfativos.
Luego Mireia lamió sus dedos saboreando las mieles de Lidia.
—Tú sí que hueles bien.
—Gracias, mi señora.
—De rodillas las dos.
Tanto Krista como Lidia se arrodillaron, pero esta última lo hizo como formando parte de un juego sexual, encantada de hacerlo.
La reina las rodeaba caminando y, de vez en cuando, se acercaba a oler su cuello y a acariciar sus pezones.
Los de Lidia, ya desde el primer momento, estaban tensos y duros, mientras que los de Krista permanecían relajados y la aureola cubría gran parte del pecho. Eso molestó a la reina.
—Dime, Krista, ¿te parezco guapa?
—Sí, mi señora, muy bella.
—Entonces, ¿por qué estás más seca que la leña? ¿Por qué tu cuerpo me dice lo contrario?
—No lo sé, señora, yo no controlo lo que hace mi cuerpo.
La reina se acercó a la veterana hasta que su pubis estuvo a escasos centímetros de la cara de la limpiadora.
—¿Y yo? ¿Huelo bien?
A Krista se le revolvieron las tripas, pero hizo lo que le pidieron y respiró profundo.
El olor de esa entrepierna era intenso y almizclado; sin duda la reina estaba muy mojada.
No sabía si porque estaba muy cachonda al ver a Lidia, al verla a ella o simplemente por el poder que ejercía sobre ambas, pero Krista se limitó a mentir:
—Sí, mi señora, huele muy bien.
La reina dejó el puñal sobre un arcón y volvió ante la veterana. Volvió a colocar su vagina cerca y apartó su vello dejando a la vista su clítoris.
—Bésalo.
Krista levantó la mirada hacia la que un día limpiaba con ella, buscando un resquicio de cordura en su antigua amiga, pero la demostración de poder era lo que más ponía a la reina. Así que la mirada devuelta por su majestad no dio lugar a dudas y la limpiadora la besó.
—Ves, no es para tanto, ¿no?
—No, mi señora —dijo asqueada, pero disimulando su asco.
Luego la reina se acercó a Lidia.
—Ya sabes, bésalo.
Pero Lidia usó la lengua; se amorró, succionando y haciendo que temblaran las rodillas de Mireia.
—¡Para, para, para!
—Perdón, su majestad, pero es que huele usted muy bien, y sabe aún mejor.
Por la cabeza de Krista solo pasaba un pensamiento: Quiero salir de aquí, cuándo acabará esta mierda. La reina recogió el puñal.
—A cuatro patas —dijo sin dejar ninguna duda de que era una orden directa.
Las dos obedecieron. Lidia incluso arqueó la espalda hacia abajo sacando todo lo que tenía, pero en ella no había dominación, ya que ella ya estaba totalmente entregada.
Mireia buscaba a Krista, así que se puso detrás suyo y acarició primero con el mango del puñal, luego abrió los labios con los dedos e introdujo el mango hasta la guarda; pero lo que escuchó no fue placer, sino dolor.
—Lo que te he dicho: estás seca.
Sacó el puñal y se fue a Lidia, la cual, al rozarla, ya estaba gimiendo y ronroneando como una gata en celo. Puta enferma real, pensó Krista. La reina sacó el puñal y lo introdujo repetidas veces, hasta que el placer hizo contorsionarse a Lidia llegando al orgasmo y empapando el suelo con su flujo.
—¿Ves, Krista? Solo quiero daros placer. Tú me lo pones difícil. Anda, ve a limpiar. Lidia, tú ven conmigo ahora me toca a mi.
La veterana no perdió tiempo en subirse los ropajes mientras la pareja se movía sensualmente hacia la cama entre caricias y jadeos.
Krista se apresuró a entrar al baño para sacar el orinal lo más rápido posible; la cargó y bajó las escaleras rauda pero con cuidado, pues sabía bien que cualquier gota o resto que cayera de allí tendría que ser limpiado con su propia ropa.
Llegó al agujero, vació el recipiente y lo cerró.
Después lo limpió a conciencia y subió corriendo de vuelta hacia la alcoba, que ya tenía la puerta cerrada.
Llamó por cortesía y entró. La sorpresa fue encontrar dentro al guardia que antes la había manoseado; el hombre ya no vestía ni su armadura ni su ropa, y se había unido a la pareja.
Mireia, sin apartar la vista de Krista, le daba órdenes a Lidia sobre qué hacerle al soldado.
Lidia succionaba su miembro con la complacencia de quien disfruta obedeciendo a su reina.
La limpiadora se apresuró con el balde de agua mientras los gemidos le taladraban la cabeza.
He de salir de aquí, se repetía una y otra vez como un mantra.
En su urgencia, el agua se había desbordado sobre los peldaños, así que acabó limpiando las escaleras con su propia ropa para no dejar rastro.
Con las vestiduras empapadas, pero con menos peso en el balde, pudo moverse con más agilidad.
Bajó, tiró el agua sucia, enjuagó bien el recipiente y volvió a llenarlo.
Esta vez, subió más despacio, midiendo cada paso.
Krista llegó con el balde de agua manteniendo un pulso sobrenatural, evitando que la superficie siquiera ondulase.
Llamó a la puerta y abrió temiendo encontrarse lo peor, y así sucedió: el soldado penetraba a Lidia por detrás, mientras esta degustaba a la soberana.
Por alguna razón, Mireia estaba de cara a la puerta y seguía los pasos y la mirada de la limpiadora mientras su rostro se contraía por momentos entre espasmos de placer.
Los gemidos de Lidia eran, al mismo tiempo, de gozo y de dolor; sin duda el soldado se esforzaba en demorar el final, aunque no pudo más.
En medio de tanto desenfreno, estalló con furia sobre Lidia, retirando su miembro y desparramando su simiente sobre la espalda de la joven.
Mientras Krista recogía con su propia ropa los fluidos que Lidia había dejado en el suelo anteriormente, la reina le gritó al soldado: —¡Qué haces! ¡Me has manchado! Krista, ven.