A SUS PIES CAPÍTULO 3 JULIA
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CAPÍTULO 3 JULIA

Calen escoltaba a la joven hacia su cabalgadura, sosteniéndola con firmeza para ayudarla en su penoso caminar.

Mientras tanto, Ander escudriñaba cada rincón del bosque, con los sentidos alerta ante la presencia de posibles espías; sabía bien que la reina había ordenado vigilar cada paso del capitán con el celo de un halcón.

—Antes de seguir —dijo Calen con voz contenida—, dime: ¿cuál es tu nombre?

—Julia —respondió ella en un quejido ahogado. El esbirro de la soberana le había propinado tal castigo que incluso el aliento le resultaba doloroso.

—¿Podrás montar, Julia?

—No lo sé... el dolor me atenaza el cuerpo, pero será mejor que caminar. Haré lo que sea necesario.

Calen cerró los ojos un instante, apretando la mandíbula al imaginar los tormentos que la joven habría padecido bajo el puño de aquel bárbaro al servicio de la Corona.

—Os prestaré toda la ayuda que esté en mi mano —sentenció él, sosteniéndole la mirada con gravedad.

Los tres avanzaron entre la espesura hasta alcanzar los caballos. Julia quedó muda de asombro al encontrarse frente a Ganul.

—Necesitaré una escalera para ascender a tal altura —murmuró, señalando la silla del imponente animal.

Ander, con rapidez y cortesía militar, se dispuso a cuatro patas frente a ella.

—Usa mi espalda como apoyo —ofreció.

Con la ayuda de Calen y la firmeza de Ander, Julia logró finalmente alcanzar el arzón. El capitán montó tras ella, rodeándola con sus brazos para estabilizar su cuerpo herido y evitar que cayera al suelo durante la marcha.

—¿Y qué pretendes hacer ahora? —inquirió Ander con preocupación—. No pretenderás llevarla al campamento. Nadie creerá que eres el autor de tales heridas y comenzarán las investigaciones.

Calen bajó la cabeza y cerró los ojos. Ander reconoció de inmediato aquel gesto: era el silencio del estratega trazando planes de batalla.

Sin embargo, en esta ocasión, el peligro era mayor; un paso en falso y podrían verse enfrentados a sus propios hombres, y sin duda eso pondría en riesgo a Krista y Tristán.

—Debo alcanzar Frainord como sea —confesó Calen—. Debo sacar a mi esposa y a mi hijo de aquel nido de víboras. Mientras permanezcan allí, mi voluntad estará encadenada. Pero, ¿cómo desaparecer sin ser visto? ¿Y cómo proteger a Julia al mismo tiempo?

Ander intervino con rapidez:

—De la joven puedo encargarme yo... si ella lo permite. Pero lo de escabullirse durante varios días... Ya sería difícil hacerlo con el consentimiento de la tropa, pero hacerlo sin que nadie lo vea... No, es imposible

Julia alzó la vista hacia Ander, con un brillo de desafío en los ojos.

—¿Es que no tenéis ningún hombre de confianza entre toda vuestra hueste?

—Son soldados de la reina —replicó Ander—. Quizás podamos confiar en cinco, tal vez diez... pero sumamos más de doscientos.

—¿Y no podéis alegar que habéis visto indicios de... cómo llamáis a los campesinos a los que masacráis sin clemencia?

La joven lanzó aquellas palabras con la intención de herir, pero Calen la miró con los ojos muy abiertos, como si acabara de encontrar una salida.

—Sí... si simulamos que un grupo de rebeldes cabalga hacia algún punto, podríamos reunir a unos pocos hombres leales y partir en su busca.

Julia lo interrumpió con amargura:

—¿Rebeldes? ¿Rebeldes a qué o a quién? Somos campesinos que aran la tierra. ¿Nos llamáis rebeldes por no entregaros nuestros campos? ¿Por resistirnos a vuestras violaciones? ¡Rebeldes!

—Iremos a un sitio apartado en el bosque, lejos de Magnord, y esta noche Ander se quedará contigo —le dijo Calen.

Luego se dirigió a Ander— Y mañana empezaremos a buscar aliados, pero de momento es mala idea que volvamos los tres.

Diré a los soldados que se interesen que estás de reconocimiento buscando. .. —miró a Julia— campesinos.

Cuando llegaron, Ander terminó de asegurar el perímetro y se acercó a Calen, que seguía observando el camino con la mirada fija, calculando cada movimiento. El silencio del bosque solo se veía roto por el lejano crujir de las ramas.

—Si vamos a sacar a Krista y al niño de Frainord —susurró Ander, bajando la voz para que Julia no captara los detalles—, no podemos hacerlo solos. Necesitamos hombres que no duden cuando la reina dé la orden de darnos caza.

Calen asintió, apretando el pomo de su espada con una mezcla de rabia y determinación.

—No podemos confiar en toda la hueste, Ander. Muchos están cegados por el oro de la Corona o por el puro miedo a Mireia. Debemos elegir solo a aquellos cuyo honor pese más que su temor.

Ander sacó un pequeño estilete y empezó a trazar marcas invisibles en la corteza de un árbol mientras recitaba los nombres.

—He pensado en diez. Bastian y Cédric han servido bajo tu mando desde las campañas del norte; morirían por ti, son los mejores arqueros y se defienden bastante bien con la espada.

Elías es el mejor rastreador que tenemos y no tiene familia a la que la reina pueda amenazar.

Marcus y Gedeón son veteranos curtidos; están tan asqueados como nosotros de esta carnicería de campesinos.

Calen escuchaba con atención, asintiendo a cada nombre.

—Suma a Hugo y a Cónrad —añadió el capitán—.

Son hombres de pocas palabras pero de brazo firme y usan tan bien el escudo como la espada.

Y Lucas... es joven, pero tiene una lealtad inquebrantable.

También necesitaremos a Grégor para la retaguardia; nadie maneja la maza como él.

Y por último, Silas. Silas nos debe la vida desde aquel asedio en la frontera y sabe guardar un secreto hasta la tumba.

—Diez hombres —concluyó Ander—. Es un grupo pequeño, pero si ellos están con nosotros, tenemos una oportunidad.

—Bien. Yo partiré hacia Magnord ahora mismo para guardar las apariencias.

Si llego solo y tranquilo, creerán que sigo bajo su mando.

Tú quédate aquí con Julia. Mañana, cuando el campamento despierte, empieza a hablar con ellos uno a uno, con cautela.

Pero ten cuidado, Ander... si uno solo de ellos duda y avisa a los espías de la soberana, nuestras cabezas adornarán las picas de la muralla antes del amanecer.

Calen llegó a Magnord solo, montando a Ganul.

El asentamiento era un hervidero de soldados y sirvientes moviéndose entre tiendas y casas de piedra requisadas.

Dejó a su montura en los establos improvisados, dándole una palmada en el cuello que se sintió como una promesa silenciosa, y caminó sin prisa hacia la que había designado como su casa provisional.

Cada paso le pesaba. El olor a cuero húmedo, humo de hoguera y metal oxidado le recordaba la guerra que tanto empezaba a detestar.

Al entrar en la penumbra de su estancia, se despojó del manto y se sentó frente a una mesa de madera tosca, donde un mapa de las tierras circundantes descansaba bajo la luz mortecina de una vela.

Sabía que en ese mismo instante, en Frainord, Krista estaba viviendo un infierno, y cada segundo de espera era una puñalada en su pecho.

La mañana siguiente llegó con una luz grisácea que se filtraba por la pequeña ventana de la cabaña.

Krista apenas había podido pegar ojo; la imagen de Mireia y Lidia en la alcoba real, entregadas a una pasión nacida del despecho, seguía grabada a fuego en su mente.

No era celos lo que sentía, sino una náusea profunda ante la perversión del poder.

Se levantó del jergón intentando no despertar a Tristán, que dormía a su lado con la respiración pausada de quien aún no comprende del todo el peligro que le rodea. Al salir a la estancia principal, el frío de la piedra le recordó que ya no estaba en su hogar, sino en una prisión con muros de oro.

Afuera, el castillo de Frainord despertaba con el sonido de los cascos de los caballos sobre el empedrado y el grito lejano de los guardias.

Krista se preparó para una nueva jornada de servidumbre.

Sabía que, en algún lugar de la fortaleza, Mireia se despertaría entre las sábanas de seda junto a Lidia, planeando nuevas formas de quebrarle la voluntad.

Mientras se anudaba el delantal, Krista miró hacia el sur, hacia las tierras baldías de Borandel. El aire traía un aroma a lluvia y a hierro. "Vuelve", susurró para sí misma, con el corazón latiendo contra las costillas.

Como cada mañana, salió al mercado. Aún le quedaban algunas monedas y compró algo de carne de ciervo y unas verduras; nada ostentoso, puerros y zanahorias, lo justo para dejarle algo a Tristán mientras ella se iba a trabajar al castillo.

Al regresar, el niño aún dormía. Encendió un fuego y puso la olla a calentar con un trozo de manteca de ciervo; luego troceó y echó las verduras y la carne y, cuando todo estuvo pochado, añadió agua.

Krista sabía que ese olor era el mejor despertador para su hijo, el cual ya daba vueltas perezosas en la cama.

—Arriba, hay cosas que hacer —le dijo.

—No, mamá, hoy no hagamos nada. ¡Vámonos al río!

—Ojalá pudiera, pero todo esto vale dinero; si no trabajo, no comemos.

—Pues yo cazaré. Ayer tuve una rana enorme en la mano, pero saltó justo antes de poder atraparla.

Los dos rieron.

—Ya sé que puedo contar contigo, mi pequeño gran cazador.

—Buenos días, mamá —dijo levantándose al final.

—¿Ahora? Buenos días. Llevo ya un rato cambiando el olor del bacín por el del guiso. Vamos, es hora de levantarse y hacer las tareas: tú letrina y yo comida.

Tristán se levantó enfundándose en su ropa, que aún estaba húmeda del rocío de la noche pero caliente al estar cerca del fuego, y se dirigió a vaciar el orinal.

Krista era muy escrupulosa para esas cosas: las aguas menores de la noche podían aguantar hasta la mañana, pero si habían heces, había que vaciar el orinal en el acto.

Así que lo que Tristán tiraba todas las mañanas era, quizás, un simple orín que había hecho él mismo durante la noche, pero eso le permitía pasar por delante del río y lavarse la cara.